Mi abuela lo tenía claro: sus hijos debían estudiar

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Mi padre murió hace un año a consecuencia de insuficiencia renal. Aunque desde hace años esperábamos su muerte, no por previsible es menos dolorosa, siempre es una visita indeseable. El aniversario me recordó algunos episodios de su vida, en especial la ausencia de su padre y la solidez de su madre. Permítanme contar algunos de mis recuerdos y cavilaciones.
Fue mi padre hijo de un minero, que trabajaba en San Lorenzo Tetzicapan, por el municipio de Zacualpan, Estado de México, en las inmediaciones con Guerrero.
Las montañas de Zacualpan fueron ricas en plata. Antes de la conquista, los pobladores tributaban metales preciosos a los aztecas. Los españoles explotaron las minas intensivamente desde el siglo XVI. Para el siglo XIX, Tetzsicapan era ya importante.
Mi abuelo se llamaba Bardomiano Zagal Martínez. Su madre, María Luisa, mi bisabuela paterna, una mujer de armas tomar. Poco sé sobre su vida, sólo una foto con la familia. A la abuela Emilia, huérfana de padre y madre, la crió una tía que se deshizo de ella a la brevedad. Mi abuelo se casó con ella cuando tenía 14 años. En aquella época, la expectativa de vida de la mujer era de 50 años y casarse a esa edad no era escandaloso.
Cuando la abuela dio a luz a su primogénito, cayó gravemente enferma. La daban por muerta. Las tropas de Zapata pasaron por el rumbo. La bisabuela María Luisa se plantó ante el general para pedirle ayuda. Zapata le mandó a un doctor que le salvó la vida. Luego se enteraron que no era médico, sino un caporal experto en partos de vacas.
Los zapatistas iban y venían. Frecuentemente había rapiña. Quisieron robarse la vaca, la propiedad más preciada de la familia. Mi abuela no podía amamantar a su hijo; esa leche era el alimento del bebé. La bisabuela María Luisa, al tú por tú con la tropa, se aferró a la cola del animal mientras los soldados intentaban llevársela. Ante ese desplante, los zapatistas desistieron. ¿Dónde estaba mi abuelo? Quizá en la sierra, trabajando en las minas.
 
La silicosis y los reyes magos
A finales de los años 30, mi abuelo estaba postrado en cama víctima de silicosis pulmonar, enfermedad típica de mineros. Se contrae por respirar constantemente partículas de cristal de sílice. En esa época ya vivían en la ciudad de México. Supongo que vinieron a la ciudad en busca de médicos o un trabajo menos pesado.
La enfermedad avanzó. Rodeado de la familia, el abuelo murió en una vecindad de la calle de Ciprés, un 5 de enero por la noche y los Reyes Magos no llegaron a casa. Una vecina, compadecida de mi padre, le regaló un caballito de palo; detalle amable pero que no consoló al huérfano. Tanto lo marcó ese suceso que, años después, me llevó a visitar aquella vecindad de Santa María la Ribera para mostrarme el cuartito donde murió su papá.
La abuela Emilia quedó a cargo de seis niños. No había prestaciones laborales, pagos por incapacidad, hospitales públicos, ni pensión de viudez. La enfermedad terminal consumió el poco dinero de los Zagal. El abuelo trabajaba en minas de plata. ¿Ven por qué me enoja tanto que los mineros sigan trabajando y muriendo en condiciones inhumanas?
Para sacar adelante a la familia, la abuela lavó ropa ajena, limpió casas, fregó pisos. La comida ordinaria, frijoles y tortillas; carne sólo en días muy especiales. A mi papá le encantaba el chocolate espumoso, a la francesa; soñaba con ese lujo. Cuando un guisado contenía verduras y carne, reservaba la carne para el final. «Cuando veas que alguien se come la carne al final, es porque de niño fue pobre», me decía.
 
El temple de la mujer
La abuela tuvo algo muy claro: sus hijos debían estudiar. Mi padre estudió primaria y secundaria en escuelas públicas. Después se inscribió en la vocacional. Una pequeña beca en efectivo mejoró un poco su situación económica. La vocacional era exigente. Y mi abuela, para su vergüenza, iba a preguntar por las calificaciones de su hijo. En aquella época, un muchacho de preparatoria o vocacional era casi un adulto, no como hoy, en que los seguimos tratando como niños.
Mi padre ingresó a la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica del Politécnico Nacional. El nivel de estudios era altísimo y el material –libros, compases, reglas de cálculo, tablas– carísimo. Mi padre los cuidaba mucho. En secundaria, yo utilicé sus compases y tablas de logaritmos.
El Politécnico le mantuvo la beca. Una de mis tías trabajaba como secretaria y le ayudaba a comprar libros. No obstante, había veces que a mi padre y sus amigos no les alcanzaba el dinero para el trolebús y debían caminar largos trechos para llegar a casa. En exámenes, se juntaban en casa de mi padre a estudiar. Sus amigos querían a mi abuela porque que en esas largas veladas les daba de cenar frijoles negros, tortillas, chile verde y café negro. No había para más; pero cenaban
No había dinero para diversiones. Era la época del danzón. Como mi padre era muy hábil para arreglos manuales, pagaba el boleto de los bailes escolares decorando los salones de baile.
Hizo prácticas profesionales en la refinería de Minatitlán, Veracruz. En aquellos tiempos el optimismo reinaba en PEMEX. Había esperanza en la industria petrolera. Cuando acabó la carrera, siguió en PEMEX un par de años; luego, se fue a una empresa privada.

 
La virilidad de las mujeres
Mi padre perteneció a la naciente clase media, clase entrona, que venía de la pobreza y que gracias a la educación pública, las becas, los créditos blandos y las industrias paraestatales pudo salir adelante; pero sobre todo, salió adelante gracias a mi abuela.
Este país sale adelante gracias a las mujeres, uno de cada cuatro hogares los encabeza una mujer (INEGI, 2012). No es casualidad que el 10 de mayo sea tan importante.
Aristóteles afirmó que los hijos únicamente podían aprender ciertas virtudes del padre. No creía que la mujer pudiera ser un modelo cabal de fortaleza. Este prejuicio viene de más atrás. ¿Recuerdan cómo trata Telémaco a su madre Penélope en la Odisea? La mira con respeto, pero piensa que su papel está en el hogar. Por eso, la diosa Atenea –una mujer virilizada– saca al príncipe Telémaco de la casa. Sólo fuera del hogar aprenderá (sic) las virtudes viriles. ¿Se habían percatado de  que virtud y virilidad son palabras emparentadas? Lo mismo sucede en griego con la palabra fortaleza, andreia, que literalmente significa masculinidad.
Pedro Infante y Jorge Negrete van dejando de ser modelos sociales. No obstante, la sociedad mexicana aún piensa que al padre le corresponde educar en la «virilidad». ¿No me creen? ¿Cuántos padres se empeñan en que sus hijos jueguen futbol? ¿O se horrorizan si un hijo quiere estudiar ballet? ¿Por qué la educación deportiva sigue a cargo del hombre? Me temo que seguimos con estereotipos de masculinidad y feminidad.
Estas ideas me vinieron a la mente al recordar a mi padre. ¿Cómo aprendió a ser fuerte, constante y trabajador? Su modelo fue una mujer. Para formar el carácter lo relevante no es el sexo del modelo, sino su solidez. Creo que es un error «virilizar» el temple del carácter. La solidez de una personalidad no depende de gestos estereotipados.
 

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