La nostalgia del olvido

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Hay un soneto de Borges que siempre me ha encantado, Everness. Sus primeros versos son maravillosos:
 
 
Sólo una cosa no hay. Es el olvido
Dios que salva el metal salva escoria
y cifra en su profética memoria
las lunas que serán y las que ha sido
 
A su manera, este artículo es también un alegato contra el olvido. Y es que me estoy haciendo viejo. Caí en la cuenta hace unas semanas, cuando comí en el Sep’s de la calle Michoacán, en la colonia Condesa del DF. ¿Lo han visitado? Todo un viaje en el tiempo. Los domingos, un pianista toca música suave y romántica: los Beatles, los Carpenters y a la hora de la nostalgia extrema, música de «El Flaco de oro», Agustín Lara. Es el único lugar que conozco donde aún venden cerveza Kloster de barril. La decoración es decadente: madera vieja, espejos opacos, ventanales de aluminio dorado.
Es un local desvencijado, donde los meseros no son jovencitos espiritifláuticos que tutean a la clientela. Al restaurante le urge una manita de gato. Eso sí, la comida es espléndida, platillos sólidos, sustanciosos: salchichas, chuletas ahumadas, milanesas, chucrut, verduras ahogadas en mantequilla, papas al horno con crema agria. Uno sale de ahí con miedo al infarto fulminante, pues a su cocina le despreocupan el colesterol y los triglicéridos.
 
La Condesa: ¿una filosofía de vida?
El contraste con la cocina artificiosa y rebuscada del resto de la Condesa es evidente. El Sep’s no sirve cocina fusión ni cocina de autor, platillos abstractos e insípidos. Lo mejor es que su concurrencia no está compuesta por novelistas que esperan que durante la comida les llamen para avisarles que se ganaron el Nobel. No hay «poetas malditos», ansiosos de beber absenta ni jóvenes financieros que discuten sobre macroeconomía. Tampoco hay «estacionamiento» para perros ni comensales que llegan en bicicleta, tras haber utilizado todo el día su camioneta de ocho cilindros. El Sep’s es definitivamente un refugio de la vieja guardia.
No conozco muchas ciudades del país. Ignoro si tienen barrios como la Condesa chilanga. Probablemente sí, porque a los mexicanos nos encanta sentirnos a la moda. La Condesa nos traslada (sic) al Saint Michel parisino o al Village de Nueva York. Lamentablemente, nuestra versión huele a caño. Sus restaurantes padecen severos problemas de falta de agua y los valet parking estacionan los automóviles de los clientes en la calle. Vamos, pues, que la Condesa es un barrio «aspiracional» de cierta intelectualidad mexicana; ya no es la colonia de clase media que conocí cuando estudiaba la primaria.
 
Jóvenes intelectuales sin memoria
¿Y quiénes forman parte de esta intelectualidad condechi? Permítanme generalizar, son quienes se jactan de no haber leído a Homero ni a Cervantes ni a Tolstoi, pues para ellos los únicos libros que vale la pena leer son los que reseña The New York Review of Books y traduce Anagrama. Desprecian el trabajo académico y escriben en revistas contraculturales que viven a expensas del statu quo.
Parezco un viejo cascarrabias, pero seguiré con mi diatriba. Ya verán por qué no desvarío. La Condesa chilanga es un estilo de vida, la tropicalización de la intelectualidad posmoderna. El problema es que para jugar a la posmodernidad hace falta haber sido moderno. La posmodernidad es el tedio de la modernidad; el desencanto de las utopías, el intento deliberado de olvidar la cultura occidental. El habitante promedio de la Condesa jamás leyó a Marx ni a Adam Smith: no se intoxicó con la cultura occidental ni intentó cambiar el mundo. Estoy exagerando, por supuesto. El punto es que ahora hay un tipo de intelectual que pretende olvidar una historia que jamás conoció.
¡Ay! Estoy muy quejumbroso. Así somos los viejos. A ver, se los pongo en términos gastronómicos. La comida fusión presupone el dominio de varias tradiciones culinarias, de lo contrario no es «fusión», sino revoltijo. ¿Cómo fusionar lo mexicano con lo chino o lo francés si no dominamos la cochinita pibil y el mole negro? Algo así sucede con la posmodernidad cultural estilo condechi. No es fusión, es batidillo; no es el olvido deliberado del pasado, sino su ignorancia. No es tedio, sino petulancia.
Reconozco que me gusta caminar por la Condesa, es uno de las pocas colonias del DF donde aún hay camellones. Lo que la hace un lugar habitable es el pasado, su historia, su tradición, el art decó, sus árboles octogenarios.
Visiten los helados Roxi. Ahora están de moda. Incluso hay una sucursal en Polanco. Es una heladería old fashion. Las paredes son color crema con franjas verde «escuela», con pintura de aceite. Su éxito descansa en un simple motivo: son helados de frutas naturales, sin los refinamientos de los gelati italianos. Y éste es mi punto, aunque algunos intelectuales condechi no lo adviertan, el encanto de la zona es vivir en el pasado con algunas pinceladas de posmodernidad minimalista.
 
Contra el olvido
Estudiar historia nos ayuda a vivir con mayor plenitud el presente. Según Nietzsche, el ser humano debe aspirar a convertirse en un «animal del instinto y del instante». El otro día leí en un libro de autoayuda que afirmaba algo parecido: el secreto de la felicidad está en la capacidad de olvido. El autor afirma que la memoria es nuestro gran enemigo. Concentrarnos en el momento, tomar la vida como viene, inmediata, instantánea, nos permite disfrutar el presente sin los prejuicios aprendidos.
La diferencia entre la juventud y la vejez consiste en el valor que le damos al pasado. Los viejos gozamos lo vivido; los jóvenes gozan lo que están viviendo. Pero el presente es efímero; nace caduco. Apenas nos estamos saboreando el presente, cuando ya se agotó. El pasado persiste. «Sólo una cosa no hay. Es el olvido». Aquello que guardamos en la memoria, seguirá siendo fuente de gozo o de dolor. La memoria puede ser fuente de sufrimiento, pero también de satisfacción.
Todo esto es lo que me sucede con el Sep’s. La mitad del placer que me proporciona comer allí tiene que ver con mis vivencias. Evoca para mí la primaria, cuando estudiaba en el Colegio Freinet de la calle de Sinaloa. Acabarse la milanesa del Sep’s venía con un premio: un helado de mamey en Roxy.
Vivir del pasado es vivir en plenitud. ¿Envidio a los jóvenes? Sí, envidio su capacidad de desayunar pizza y de zamparse media docena de hot cakes con medio litro de miel sin temor a los triglicéridos. Lo llamativo es que ellos sólo gozan el sabor, porque carecen del tic de poner el presente en perspectiva como nosotros los viejos. Disfrutan del azúcar, pero esa satisfacción es un placersillo que se les desvanece rápidamente. Creo que únicamente cuando resguardamos el ahora en la memoria, podemos gozarlo en plenitud. La historia, la memoria y la tradición son algo más que un refugio para viejos. Acaso nada nos pertenezca, sino nuestros recuerdos; allí entonces habría que salvar la vida de su propia precariedad.
Les recomiendo Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh. Magnífica novela, ambigua, profundamente conservadora y, simultáneamente, libertina. También recomiendo la miniserie basada en el libro. El narrador pronuncia una frase lapidaria: «Estas memorias, que son mi vida –porque no poseemos nada con certeza, excepto nuestro pasado–, me acompañaron siempre». La memoria, eso somos. ¿Qué sería de nosotros si perdiéramos todos nuestros recuerdos? Perderíamos nuestra identidad.
O quizá, para decirlo con los versos finales de Ewigkeit, otro soneto de Borges:
 
Sé que una cosa no hay. Es el olvido;
sé que en la eternidad perdura y arde
lo mucho y lo precioso que he perdido:
esa fragua, esa luna y esa tarde.
 

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