Festival de cannes 66. Familia y violencia, dos temas dominantes

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En el fondo, no es de extrañar que el festival develara su inclinación por cuestiones relacionadas con la violencia y las relaciones familiares, en sus diversas formas. Este tipo de encuentros suele reflejar la realidad del mundo y los temas que conciernen a la agenda mediática, quizá manipulada, pero siempre significativa.
En los recuerdos, la edición 66 del Festival de Cannes quedará sobre todo con su palmarés frustrante, que recompensa con la Palma de Oro, La vie d’Adèle del franco-tunecino Abdellatif Kechiche, obra militante sobre el lesbianismo, que se introduce así en las polémicas que dominan la vida pública francesa desde hace varios meses sobre el matrimonio homosexual.
Parecía imposible que Steven Spielberg, presidente del jurado avalara esta recompensa. Pero es bien sabido que siempre se invocará la libertad de cada miembro del jurado. La declaración casi inmediata del Presidente de la República, el socialista François Hollande, no dejaba dudas sobre el sentido ideológico de la decisión del jurado. Curiosa, además, porque el conjunto de los premios, con una sola excepción, parecía razonable y equilibrado. Se repartían, casi en partes iguales, entre franceses y americanos, con una escapada a Japón y a China, que hacen patente la presencia en Cannes de estas dos importantes cinematografías.
Quedarán también en el recuerdo de este Festival, los días de lluvia e incluso de vendaval, antes de que el sol ocupara su lugar en la Costa Azul. Los vendedores ambulantes trocaban paraguas por sombreros, en una afluencia récord de periodistas, artistas y profesionales, como si el festival hubiera decidido ignorar la crisis. La realidad del mundo se imponía, sin embargo, con los rigurosos controles de seguridad para responder a las amenazas del terrorismo.
Si como es lógico, se viene a Cannes a ver películas, el festival ofrece una visión de la realidad del mundo, más o menos fiel, más o menos manipulada por intereses políticos o ideológicos, pero siempre significativa. Muchas veces será sombría. Sólo en dos películas domina el humor. La de los vampiros inofensivos de Jim Jarmusch en Only Lovers Left Alive que ya en su título parece indicar que sólo los vampiros aman eternamente. Y la de La Vénus à la fourrure de Roman Polanski, ejercicio de estilo para su esposa Emmanuelle Seigner.
 
LAS EVOCACIONES HISTÓRICAS
Del resto de la programación merecen citarse ciertas adaptaciones de obras literarias, un poco fuera de tiempo por su tema: Michael Kohlhaas del francés Arnaud des Pallières, transposición de una novela de Heinrich von Kleist a la Francia del siglo XVI, o Jimmy P del francés Arnaud Desplechin, curioso relato inspirado en el libro del etnólogo Georges Devereaux (1951) y protagonizado por Benicio del Toro.
Será preciso retroceder al comienzo del siglo para descubrir The Immigrant de James Gray con Marion Cotillard y Joaquin Phoenix. Hasta ahora, Gray contaba historias de familias, a veces de origen judío, que llegaban a Estados Unidos a comienzos del siglo pasado, en los que había difíciles lazos de fraternidad que imponían sacrificios. En sus películas, los hombres eran los principales personajes, pero en esta ocasión el acento es más personal. La historia se alimenta de los recuerdos de sus abuelos, llegados a América en los años veinte, pasando por los controles de la inmigración. La película se rodó sobre el terreno de Ellis Island, y Gray se inspiró en fotografías de época y recuerdos de su propia familia.
James Gray da un viraje, primero porque elige como personaje central a una emigrante polaca, católica y deja de lado –sin olvidarlo–, el medio judío. Abandona la trama de gángsters para abordar el melodrama, y domina una idea: la posibilidad para todos de obtener perdón y redención. La puesta en escena aúna el carácter realista de la reconstitución histórica con los aspectos melodramáticos, sin olvidar que los temas relacionados con la inmigración siguen siendo de actualidad.
Los hermanos Coen también invitan al retorno al pasado en Inside Llewyn Davis (gran premio de Cannes, la segunda recompensa del festival). Ethan y Joel Coen forman parte de los íntimos del festival gracias a Barton Fink en 1991. Esta vez con la historia de un cantante de folk music que, en 1961, en Greenwich Village, se debate por imponer una música que sólo años más tarde sería aceptada.
La película parece la biografía de un artista que no llega a obtener reconocimiento de su talento, pero es una ficción. La realidad es más compleja; el guion se inspira en las memorias de Dave Van Ronk, músico que sí existió, pero a los Coen interesa recrear una época a través de unos personajes. Todo siguiendo las huellas de un gato que participa en las desventuras de Llewyn Davis. Éste se encuentra sin casa y sin dinero, víctima además de su desorden personal. La historia comienza y termina con las canciones que T Bone Burnett readaptó.
En suma, una película nostálgica, con buena dosis de humor que le confieren sus personajes pintorescos, asumidos por excelentes actores: Oscar Isaac como Llewyn Davis, pero también Carrey Mulligan, Justin Timberlaque y Garrett Hedlund.
 
LAS MÚLTIPLES FORMAS DE LA VIOLENCIA
Evocar las cuestiones relacionadas con la violencia y su representación en la pantalla no es una novedad, pero sí una nota dominante del cine moderno que vemos en varias películas. La de Amat Escalante, Heli que cuenta cómo cae sobre una familia la maldición de su relación indirecta con el tráfico de drogas.
Habla de un joven, Heli (Armando Espitia), quien da título al film, pero sobre todo de su hermana, Estela (Andrea Vergara), de doce años que mantiene un idilio improbable con un aprendiz de policía de 17 años. Este policía esconde dos paquetes de cocaína, que cayeron en manos de una policía corrompida. Hecho que trae todo género de desgracias sobre la familia de Estela, cuando los policías se dan cuenta de lo sucedido y de que Heli ha destruido la droga.
El relato conduce a escenas de tortura organizadas por los policías corrompidos, que marcan un nuevo límite en la presentación de la violencia. Lo peor es que acompaña a esas escenas de violencia extrema, una cierta falta de ritmo narrativo.
También la violencia domina en Only God Forgives de Nicolas Winding Refn, una de las grandes decepciones del festival. El autor, cuya película Drive le valió el éxito del año pasado, vuelve con una sombría historia de venganza en Bangkok. La preocupación estética es evidente. Los decorados, en fondo rojo, sirven un ballet de ejecuciones sangrientas, sin que sepa nunca a dónde va.
Una violencia más real, y en el fondo más positiva, inspira al chino Jia Zhang-ke, quien ya ha visitado Cannes tres veces. Aunque Venecia es el festival que le consagró luego de obtener el León de Oro en 2006 con Still Life, obra dedicada al tema de las transformaciones que el país ha vivido en los últimos años.
Esta vez, A Touch of Sin de Jia Zhang-ke parte de una realidad: si se ignoran los reflejos de una sociedad que descubre la libertad y el desarrollo económico al mismo tiempo, entonces los cambios políticos y sociales cristalizarán en reacciones de violencia.
Como ya hacía en Still Life, Jia Zhang-ke cuenta varias historias. Aquí cuatro, unidas bajo el signo de la violencia: un minero irritado por la corrupción de los dirigentes de su pueblo; un emigrado que descubre las posibilidades de un revólver; Xiao Yu, quien trabaja en un sauna y es obligada a utilizar las artes marciales para frenar los impulsos de un cliente; en fin, la impresionante crítica del trabajo de masa, conducirá al suicidio de un joven obrero en diversos sectores, cada vez más deshumanizados.
A Touch of Sin puede aparecer como película comprometida que defiende de forma didáctica una tesis social. La definición sería justa, pero carece de lo esencial en una película: una fuerza extraordinaria de la forma, que crea, a cada paso, nuevas fórmulas de expresión para traducir en imágenes, ideas y sentimientos.
 
LA PARÁBOLA DEL MAL METAFÍSICO
El significado metafísico de la violencia y del mal encuentra una representación inesperada en Borgman, octava película del neerlandés Alex Van Warmerdam, quien llega por primera vez a Cannes. Difícil etiquetar a esta película, y más difícil aún orientarse sobre la dirección de la historia.
En principio se da una pista: un vagabundo se instala en una familia burguesa. Verdadero y falso, pues ya de entrada asistimos a una batida, escopeta en mano, que dan las fuerzas vivas de una ciudad a un vagabundo instalado en un bosque. Un vagabundo, pero en realidad varios, que posee una verdadera red de escondites. Este inicio, no realista, nos devuelve pronto a la realidad.
El hombre, Borgman (Jan Bijvoet), se involucra con una familia sembrando la discordia, pero no habrá ni pasiones reprimidas ni «liberadas». Sigue la petición de ayuda a dos mujeres agentes de una organización criminal que eliminan progresivamente a los personajes. Roza la película de horror para concluir con una visión metafísica del mal. Recuerda una cita bíblica que habla de los espíritus malignos que vagan por el mundo para perder a las almas.
Van Warmerdam se cuida bien de decir quiénes son sus personajes misteriosos decididos a turbar a los humanos. Parece evidente que representan el mal que pone de manifiesto los deseos turbios de los hombres, y la inspiración es, sin duda, judeo-cristiana. Pero llama la atención la nota negativa que corona la obra, Borgman consigue eliminar a todo el mundo, para ganar a los tres niños de la familia para su causa, la cual, teniendo en cuenta a sus compañeros «infernales», no promete al mundo un porvenir feliz.
 
INTERMEDIO ITALIANO
Italia despliega en Cannes sus posibilidades, primero con la obra de Paolo Sorrentino. La Grande Bellezza podría definirse como la reflexión de un hombre maduro sobre la ciudad de Roma, quizá del propio Sorrentino o de su intérprete, Toni Servillo. También sobre sus relaciones en la ciudad eterna y sobre la nostalgia de un amor de juventud.
El personaje, Jep Gambardella, autor de una sola novela, periodista mundano, se ha transformado en un símbolo de la ciudad. Puede ir a todas partes, abrir todas las puertas, participar en todas las fiestas. Evoca irresistiblemente a La Dolce Vita y Roma de Federico Fellini.
¿Pero qué cuenta Sorrentino? Haciéndose eco de otros muchos cineastas italianos, proyecta una visión negativa de cierta burguesía o nobleza romana pasada por el prisma deformante de la caricatura, de la que la Iglesia no escapa. Desde el punto de vista formal, y una vez liberado de ciertas imágenes inútiles, encontramos la realidad esplendorosa de Roma, filmada con la elegancia del amante del arte. Roma da para una película entera y casi es el caso de la de Sorrentino. Queda aún la nostalgia de los primeros amores y, a fin de cuentas, el temor de perderse definitivamente en la belleza de una ciudad que dicen eterna, para los hombres que no lo son.
 
LA FAMILIA: TEMA INAGOTABLE
En el fondo de este festival aparece un tema central: la familia y sus imitaciones imposibles. Y es interesante comenzar por las discusiones apasionadas en Francia sobre el matrimonio homosexual, que ha suscitado una oposición rotunda que el estado de la sociedad no permitía presagiar.
En cierto sentido la película en competición de Steven Soderbergh, Behind the Candelabra, que cuenta la relación homosexual del famoso pianista-cantante Liberace con un joven (Michael Douglas y Matt Damon), ilustra el fracaso de este tipo de relación. Inevitable cuando su fundamento es esencialmente sexual. Lo que parece al comienzo una pasión real termina de forma sórdida. Y ésta parece ser, en un tono militante, también la conclusión del film de Abdellatif Kechiche La vie d’Adèle, a pesar de su defensa brutal del lesbianismo.
Ambos autores llegan a la misma conclusión: las relaciones basadas únicamente en sexualidad están condenadas al fracaso. Se nos dirá, y no sin razón, que lo mismo sucede a las parejas heterosexuales, aunque entre ellas puede existir el lazo fundamental de la paternidad.
Las relaciones familiares en sus diversas formas son la base de las películas más interesantes del festival. Se puede comenzar esta serie de obras por la de Valeria Bruni-Tedeschi, Un château en Italie, destinada enteramente a volver a contar la historia real de una familia italiana. Sin entrar en detalles de esta complicada saga familiar, el nervio de la historia es el drama de la protagonista, que ha perdido la posibilidad de ser madre, a causa de su edad.
Y en el terreno de los problemas planteados por los divorcios y las separaciones, se sitúa la película francesa de Asghar Farhadi, Le Passé. Las dificultades que conocen ciertos directores iraníes no son ajenas a que Asghar Farhadi haya venido a rodar en Francia, pero el tema abordado es de carácter universal. Sus grandes películas lo son y si Una separación ha dado la vuelta triunfalmente al mundo ha sido precisamente por encontrar eco en todas las latitudes.
Le Passé continúa con la temática de Una separación: la necesidad de que la verdad venga a liberar a sus personajes de sus dificultades existenciales. Y, como siempre, todo se hará en un riguroso proceso psicológico en el que los personajes podrán expresar su profunda humanidad. La historia es la de Ahmad (Ali Mosafa), que ha vivido largo tiempo en Francia y que después de la separación de su mujer, María (Berenice Bejo premio de interpretación femenina), vuelve a París para concluir las formalidades de su divorcio. Para comprender la complejidad de las situaciones es preciso añadir que María comenzó a vivir con Samir, del que espera un hijo, pero que además es madre de dos hijas de un anterior matrimonio.
Este cuadro se completa con una tentativa de suicidio de la esposa de Samir, quien se condujo a un coma profundo desde hace muchos meses. No es difícil comprender la riqueza del cuadro que Asghar Farhadi ofrece, cuando se conocen las sutilezas psicológicas que es capaz de infundir a sus personajes. Todo se organiza, además, en torno a una verdad que será preciso revelar sobre las razones de la tentativa de suicidio de la esposa de Samir.
Descubrimos en esta película la misma habilidad del guion que en sus obras precedentes, una forma de crear un suspense con los valores psicológicos que son, al mismo tiempo, valores morales. Farhadi afirma también que no ha querido dar al personaje de Ahmad un carácter nacional, no se trata del iraní que viene a arreglar los problemas de los europeos, por ello ha querido dar un relieve internacional a su historia. Es cierto, sin embargo, que son las sociedades «modernas» con sus familias recompuestas, las que ofrecen de forma eminente, los problemas que aborda la película.
DOS OBRAS EXCEPCIONALES SOBRE LA FAMILIA
Los temas familiares aparecen también en obras positivas que abordan situaciones excepcionales u ordinarias. En el primer caso se sitúa Like Father, Like son, película que confirma el talento del director japonés Hirokazu Kore-Eda que ya ha demostrado su maestría al tratar temas relacionados con la familia y con la infancia en Nobody Knows (2004), Still Walking (2008) o The Wish (2011).
Esta vez presenta un caso no nuevo en el cine, tema favorito del melodrama popular: la sustitución de recién nacidos en una maternidad. Es el problema que enfrentan Ryota (Masharu Fukuyama) y su joven esposa, cuando la maternidad les anuncia que su hijo de seis años no es el que han educado. Su verdadero hijo se encuentra en otra familia, de nivel social más modesto. Pero la diferencia no es sólo social, pues el padre que ha educado a su verdadero hijo, Yukari (Yoko Maki) tiene un carácter exuberante e imaginativo, bien distinto del de Ryota, acaparado por su éxito profesional. Sobre estas bases, Hirokazu Kore-Eda borda una trama sin estridencias, todo se resuelve de forma verosímil y sin caricaturizar a los personajes. Y de ello obtiene a veces una comedia, a veces un drama, situaciones que alternan humor y emoción con una serie de conclusiones para la pedagogía de los padres.
Cuando se pregunta a Kore-Eda por la técnica para acceder a la condición de padre, dice que él lo es desde hace seis años, pero que no tiene una fórmula mágica que resuelva todos los problemas. Precisa que para las mujeres, al menos para la suya, el problema fue resuelto de forma inmediata en el momento del nacimiento. A todos los que interesa el tema se les aconseja ver esta película, seguros de que, sin fórmula mágica, encontrarán numerosos motivos de reflexión.
Alexander Payne es un director que ama los viajes. En su última película va a través de la América profunda, como ya hizo una vez David Linch, también para seguir los deseos de un viejo testarudo. En Nebraska el viejo testarudo es Woody Grant (Bruce Dern, premio al mejor actor) quien piensa que ha ganado un millón de dólares ofrecido en un folleto publicitario para facilitar la venta de revistas. La cosa es simple para todo el mundo pero no para Woody, que cree en lo que afirma el folleto: «Vd ha ganado un millón de dólares».
Finalmente, su hijo David (Will Forte) se decide a partir hacia Lincoln, ciudad donde estaría el premio prometido, pero las cosas se complican en el camino y padre e hijo aterrizan en la ciudad de la que es originaria la familia. Una reunión familiar se improvisa y en ella se mezclan una multitud de personajes, por otra parte, la fama de Woody se propaga como ganador de un millón de dólares. Imposible resumir aquí la riqueza humana de los personajes.
 
El magnífico guion y diálogos de Bob Nelson, así como la fotografía en blanco y negro de Phedon Papamichael, dan a la película toda su fuerza dramática. Porque a fin de cuentas, y a pesar de las disputas constantes de los personajes, se habla de la familia, de la paternidad, del paso de una generación a otra que se hace en una relación de amor, tan evidente que no necesita manifestaciones exteriores. Será, finalmente, esta emocionante y divertida relación paterno-filial el mejor recuerdo del 66 Festival de Cannes.
 

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