Miedo a la muerte ¿o a la vida?

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El vertiginoso progreso distancia al hombre de sus verdaderas inquietudes. La evasión de la muerte condiciona su estilo de vida. Hoy los seres humanos no sabemos vivir porque no nos hemos preparado para morir. El perpetuo miedo a fallecer rige las decisiones de nuestro existir.

El hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos.

Pitágoras

Creer en la inmortalidad es una cosa, pero primero se necesita creer en la vida.

R.L. Stevenson

En el mundo de hoy, donde se imponen las directrices del progreso, la fama, el dinero, el estatus, la mercadotecnia y el liderazgo, la muerte se relega a un rincón de la existencia. Ante tantos asuntos a sortear en el día a día, morir es uno más sin demasiada importancia.
Su carácter espiritual se ignora, probablemente enterrado bajo la agenda diaria. ¿Pensar en la muerte? Sólo lo necesario, sólo como parte de un proceso natural al que todos hemos de llegar, sólo cuando un familiar o amigo muere. Las noticias sobre asesinatos ya no escandalizan a nadie.
La apatía que mostramos hacia la muerte es un eco de la calidad de vida que llevamos. Lo dijo Octavio Paz: «La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida». Y si vivimos prestándole poca o nula atención a este hecho capital, es probable que estemos huyendo de la vida misma.
El distanciamiento de la sociedad actual hacia la filosofía y la religión provoca una herida que aún no sabemos cuán profunda es. Cada vez más alejados de la trascendencia, los seres humanos nos refugiamos en la perennidad del instante. La traducción de tales acciones es un hondo miedo a la vida. Ante la incertidumbre de una posible existencia eterna, la seguridad temporal es más placentera. Por desgracia, la satisfacción es tan efímera que de inmediato nos recuerda la naturaleza de la vida: ciclo que inicia con el nacimiento y termina con la muerte.
 
ODA A LA MUERTE
Los antiguos egipcios desarrollaron una cosmogonía deliciosa. En ella incluían el mito de Osiris, hermano de Isis y Seth e hijo de Nut y Geb. Desde el momento de su nacimiento, Osiris se convirtió en el rey mítico de Egipto y enseñó la civilización por medio de la amabilidad y persuasión; mostró a los hombres las leyes y a adorar a los dioses y se marchó a civilizar otras tierras.
En Egipto, Seth permanecía celoso de su hermano y al regreso de Osiris le preparó una trampa junto con otros 72 compañeros que lo mataron y descuartizaron. Amorosamente, Isis recupera los pedazos de su hermano y con la ayuda de Anubis lo embalsama. Isis utiliza su magia y regresa a la vida al momificado Osiris, quien ahora reina como el dios de la resurrección y símbolo de la fertilidad y regeneración del Nilo.
El culto a Osiris se prolongó durante siglos. El pueblo egipcio vio en la resurrección de Osiris la promesa de la vida eterna. A partir de entonces se momificó a los muertos imitando el proceso del dios –al principio los servicios funerarios eran exclusivos de la realeza hasta que poco a poco se extendieron a todos los habitantes–. Al hacerlo estaban seguros de perpetuar su vida en el más allá.
Al morir, el difunto debía pesar su corazón –símbolo de su conciencia en la Tierra– en la balanza de Ma’at, diosa de la verdad, quien en el otro contrapeso colocaba una pluma de avestruz. Si existía equilibrio, el difunto podía ingresar al más allá y gozar de la vida eterna; de lo contrario, la diosa Ammit devoraba el corazón y su dueño debía permanecer para siempre en el reino de los muertos.
Sabemos que el mito trascendió el plano teológico y se instauró en la conciencia colectiva de los egipcios. La implantación de una cultura mortuoria benefició el desarrollo de esta civilización (3032 a.C – 313 d.C.). Si bien muchos otros factores llevaron al éxito a Egipto, su concepción sobre la muerte fue determinante. Su vida se regía, claramente, por el deseo de una mejor en el más allá.
 
¿SUPREMACÍA DE LA MUERTE SOBRE LA VIDA?
Buena parte del pensamiento occidental surge de las ideas griegas. Nuestra cultura se conecta íntimamente con aquella que surgió al menos cinco siglos antes de Cristo. Como sabemos, la mitología cedió paso a las explicaciones racionales y, con ello, a la ciencia como la entendemos hoy.
Al igual que los egipcios, los griegos poseían un exquisito panteón de dioses con el que explicaban el mundo. Sin embargo, la idea de la muerte no estaba presente de la misma manera que para el pueblo egipcio. De hecho, a través de la filosofía se retomó el pensamiento alrededor de este tema. Fue Platón quien, en el Fedón, enunció que «la filosofía debe ser un prepararse para la muerte» y que «sólo el verdadero sabio desea el arribo de la muerte».
Muchos se escandalizaron ante la brutalidad de estas afirmaciones. ¿Cómo era posible que se testificara de esta manera la supremacía de la muerte sobre la vida? ¿Qué sucedería con la vida? Para Platón sencillamente era la posibilidad de prolongar exponencialmente lo vivido en la tierra.
Al morir, dependeremos de la vida vivida en este cuerpo para regresar a ese lugar donde el ser humano puede contemplar la verdad en su máxima pureza. Tales ideas, además de servir de explicación antropológica, pueden anclarse a fines prácticos. Teniendo en cuenta esta teoría resultaba factible que las personas buscaran ser morales, es decir ser buenos y justos, pues sus acciones serían evaluadas al momento de la muerte. El miedo de una reencarnación vil araba el camino para una vida virtuosa.
 
RESURRECCIÓN Y PROMESA ETERNA
La llegada del catolicismo significó muchos cambios en las estructuras morales reinantes. Entre los muchos temas que aborda la religión de Cristo, la muerte ocupa un lugar importante.
Jesús nos enseñó a amar a Dios, al prójimo y a nosotros mismos. Su religión se finca en el amor, que nos permitirá crear una mejor sociedad. De hecho, su muerte es el ejemplo de su prédica, su amor hacia nosotros. La misericordia de Dios es otra muestra de infinito amor.
Por los Evangelios conocemos su historia. Una vez crucificado y depositado en la tumba, resucitó al tercer día. Nuevamente encontramos esperanza de una vida después de la muerte. Cultura tras cultura se repite esta creencia.
Se nos avisa que llegará el día del Juicio Final donde seremos juzgados, salvados o condenados por nuestros pecados. Si tuvimos una vida ejemplar, podremos entrar al paraíso; si no fue así, pagaremos nuestras fallas en el infierno.
La propuesta es vivir bajo los imperativos del amor para asegurarnos el ingreso al reino de Dios. Por un lado, el deseo por la vida eterna en los cielos conduce nuestro actuar terrenal de la mejor forma posible. Por otro, el temor a no alcanzar esa dicha también nos encauza al bien obrar.
 

NACIMIENTO Y DESTINO
Los mexicanos nos inclinamos al chiste, la burla, la carcajada. A todo le buscamos el humor y la guasa. Esta condición nos permite alejarnos de los problemas y llevar una vida más «alegre». Las fiestas, sin duda, están incluidas.
Una de las celebraciones más importantes para el mexicano es el Día de Muertos (2 de noviembre). Esta festividad toma sus raíces de las culturas prehispánicas. Los antiguos mexicas pensaban que el rumbo de las almas estaba determinado por el tipo de muerte que tenían. El comportamiento en vida importaba poco para este hecho.
Las moradas a las que podían llegar eran: Tlalocan (lugar de reposo y abundancia a donde arribaban quienes habían muerto por causas relacionadas con el agua y los niños sacrificados a Tláloc), Omeyocan (lugar de gozo permanente donde llegaban las almas muertas en combate y madres en trabajo de parto; permanecían cuatro años en este lugar y luego regresaban al mundo convertidos en aves de plumas multicolores). Mictlán (lugar oscuro, sin ventanas del cual ya no se podía salir, era la residencia de quienes morían por causas naturales; el camino para llegar a este sitio duraba cuatro años y era tortuoso y difícil) y Chichihuacuauhco (lugar especial donde había árboles de los que brotaba leche, habitado por niños, quienes regresarían al mundo una vez destruida la raza que habitaba ese momento).
Para los aztecas existía esperanza en la muerte, pues al hacerlo había una posibilidad de acompañar al sol en su diario nacimiento y trascender convertido en pájaro. El viaje era infinito. La vida no terminaba con la muerte; antes bien, era una prolongación de la vida. Engarzadas, vida y muerte complementaban la existencia humana. Sin embargo, poco importaba la vida, porque desde el nacimiento su destino quedaba trazado.
 
ENTRE NEANDERTALES Y CRO-MAGNONES
La teoría de la evolución y muchas de las ideas de Darwin son por todos conocidas. Hemos logrado entender que las especies sobreviven gracias a la mejor adaptación al medio ambiente; que el ser humano evolucionó porque precisamente logró adaptar el entorno para sí mismo, pues la bipeidad así se lo permitió. Sin embargo, más allá del desarrollo de herramientas que nos ayudaron a sobrevivir, existe un acontecimiento particular que se considera como uno de los manifiestos de la inteligencia humana.
De acuerdo con los descubrimientos antropológicos, hasta antes de los neandertales, los homínidos no enterraban a sus muertos. ¿Por qué comenzaron a hacerlo? El cadáver comenzó a cobrar, repentinamente, un nuevo sentido. Despertaron dos procesos en el ser humano: la individuación y el sentido de trascendencia.
Quien entierra a sus muertos está manifestando un reconocimiento hacia la persona fallecida. Dicho respeto sólo se logra cuando se ve en el otro a un ser especial; el individuo tiene valor por sí mismo, ya no sólo es uno más de la especie, sino alguien distinguido. Esto presupone el surgimiento de la capacidad de abstracción en su sentido más humano.
Universal proviene del latín unum versus aliud, que literalmente significa: lo uno frente a lo diverso. Las tribus que enterraron a sus muertos realizaron esta manifestación de la inteligencia: abstrajeron lo particular dentro de lo universal, al individuo dentro de la especie. Por ello, a pesar de formar parte de la misma especie, cada individuo es único.
 
EL AGUJERO DEL ALMA
La muerte entre los homínidos primitivos evidencia el desarrollo de la imaginación y, por lo tanto, de la inteligencia. El ritual mortuorio ha ayudado a entender no sólo a las distintas culturas, sino la evolución del ser humano. El respeto por el fallecido denota un uso de la facultad racional como nunca antes, pues además de lo ya mencionado, también podemos asomarnos al despertar de la moralidad.
Entre las tumbas, en especial las megalíticas, se aprecia que se dejaba un hueco entre la piedra o piedras que cubrían al cadáver. Los paleontólogos han acordado llamar a este hallazgo el «agujero del alma». Con ello, se alude a que estas personas habían desarrollado no sólo su inteligencia, sino también su sentido de trascendencia. Por este agujero se escapaba el ser inmaterial de toda persona para continuar su existencia.
Claramente la idea de inmortalidad surgió en ese momento. Cuando se contempla al ser humano como un ser en sí mismo también se alberga la idea de trascendencia. Desde entonces, la muerte ha sido una fiel compañera en las culturas sucedáneas.
 
RÉQUIEM POR LA VIDA
Constantemente buscamos evadir lo que incomoda. Dolor y miedo son sensaciones desagradables de las cuales toda persona quiere huir. Pero es imposible. La realidad es una dualidad donde los contrarios constantemente intercambian posiciones y la mejor estrategia es aprender a encararlos.
El miedo a lo desconocido es instintivo. Por ello, el miedo a la muerte es absolutamente natural, tanto como el cosquilleo que se percibe al entrar a un nuevo colegio, declararle el amor a una mujer, tomar una decisión radical pero necesaria o decir acepto tras una propuesta de matrimonio. En todos hay un grado de duda sobre el porvenir. ¿Cómo me recibirán los nuevos compañeros, qué pensarán de mí? ¿Me dirá que sí? ¿Será ésta la decisión correcta para corregir los vicios de la empresa? ¿Es el hombre de mi vida?
Lo que resulta incomprensible es el miedo a morir, no en tanto que desconozco lo que me espera, sino en tanto que el apego material es más fuerte que la posibilidad espiritual. Es decir, el vacío humano es tal que sólo en los objetos y placeres instantáneos encuentro alivio a la fugacidad de mi permanencia. El miedo a la muerte es, en última instancia, el miedo a la vida: el miedo a envejecer, a enfermar, a sufrir, a gozar, a reír, a amar. Es inevitable.
Los faros que guiaban nuestros caminos en la oscura noche han diezmado su luz. De hecho, su luz continúa siendo la misma; somos nosotros quienes volteamos la mirada ante ella y buscamos en los reflejos la seguridad de un buen trayecto. ¡Error! Desde hace siglos hemos conocido la manera de llegar a buen puerto. ¿Por qué ignorarla ahora?
Sólo recuperando la esperanza en la trascendencia podremos recuperar la capacidad para vivir una auténtica vida. Conciencia de la muerte y fe en la posibilidad de perpetuar la existencia tras el fallecimiento son el mejor remedio contra la apatía hacia la vida. Una apatía que traducida en miedo nos paraliza y carcome los segundos que permanecemos en la tierra.
Xavier Villaurrutia tiene algo que agregar sobre el tema:
 
En vano amenazas, Muerte, / cerrar la boca a mi herida / y poner fin a mi vida / con una palabra inerte. / ¡Qué puedo pensar al verte, / si en mi angustia verdadera / tuve que violar la espera; / si en vista de tu tardanza / para llenar mi esperanza / no hay hora en que yo no muera!
 
CON FECHA DE CADUCIDAD
El individuo se niega a concebirse finito. Es natural. Sabe que su existencia material tiene fecha de caducidad, pero se niega a pensar que esto sea todo. Culturas y filósofos han especulado alrededor del tema. Los egipcios, por ejemplo, concebían la vida sensible como un mero tránsito hacia la auténtica vida, la del más allá. Ni qué decir del panteón griego o de la misma cultura mexicana que hace de la muerte una fiesta.
Kant reflexionó sobre la idea de trascendencia del ser humano y apunta una muy interesante observación. Si el ser humano es incapaz de completarse a sí mismo mientras está vivo en este mundo, seguro debe ser porque lo podrá hacer en algún otro momento.
 
La muerte nos permite entender el despertar de la inteligencia y hoy, a 200 mil años de la aparición del homo sapiens, esta misma inteligencia nos permite preguntarnos ¿qué es la muerte? La respuesta seguro la hallaremos en la observación de la propia vida.
 




 

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