Dinero para la cultura. Alegato a favor de la libertad y el sentido común

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El nivel más elevado de la cultura, dice Zaid, es el de la libertad, el amor y la crítica. Los tres conceptos afloran en este último libro del autor, pensador y crítico mordaz, cuya independencia de criterio le permite ajustar cuentas con muchas realidades controvertidas, y ganarse el respeto incluso de quienes opinan diferente. Con argumentos claros y particular estilo, analiza la génesis, desarrollo y difusión de la cultura en México.
Gabriel Zaid reúne y resume en este gozoso libro un considerable número de las ideas que a lo largo de su vida y de su obra lo han movido a la reflexión. Resulta un compendio de su prosa creativa siempre fértil, precisa e irónica, pero a la vez, propositiva.
Con lenguaje de una sencillez y claridad extraordinaria, analiza la situación actual de esa «fiesta de amigos» que es o debería ser la cultura en México, «en la que todos contribuyan con su imaginación, talento, iniciativa, cosas o dinero, al margen del Estado y el mercado» para que la vida «suba de nivel».
En Dinero para la cultura desfila todo el mundo que la rodea, empezando por cómo y dónde se gestan sus múltiples manifestaciones, cómo salen a la luz o quedan olvidadas sin alumbrar o alegrar a los que debieran; quiénes contribuyen o escatiman su financiamiento y quiénes facilitan u obstaculizan su difusión («Siempre ha habido una fauna parasitaria de la cultura») y cómo contribuyen a esos «encuentros felices» que se dan al contacto del arte.
De acuerdo al título del libro, empieza citando las cinco fuentes de financiamiento para la cultura: el sacrificio personal, la familia, los mecenas, el Estado y el mercado. «Todas pueden liberar o esclavizar de distintas maneras. Todas tienen consecuencias en la obra, más allá de sus efectos financieros». Ilustra sus argumentos con ejemplos escogidos con esmero: uno o varios ampliamente conocidos y alguno de un creador, un mecenas o un editor que hizo algo valioso pero no recibió o no aceptó los focos de la fama.
El volumen, integrado por 69 artículos1 o pequeños capítulos, es un alegato a favor del sentido común y la libertad que alientan la cultura. No habla el intelectual encerrado en su biblioteca, sino el ingeniero, que busca posibles soluciones a los problemas; el hombre práctico que se pregunta muchos porqués que a nadie se le han ocurrido y otros que están en el aire, pero que una vez que los lleva al papel nos hacen exclamar: «claro, es obvio». Por ejemplo, por qué los libros no traen teléfono, dirección o correo electrónico para hacer pedidos o preguntar por más títulos del mismo autor. Cómo evitar que en conciertos, conferencias, funciones de teatro, danza… queden sillas vacías cuando el precio o la calidad no son la razón, sino la falta de información oportuna para la gente interesada. O, por qué no crear una «Wikifedeerratas», donde editores y lectores avisen de las erratas que encuentran en los libros, lo que sería útil para la calidad de la cultura.
Para Zaid es indispensable que la cultura florezca sola, libre, apartada de las pirámides burocráticas (estatales, sindicales, académicas, empresariales) que siempre ha criticado, porque La cultura asalariada se ocupa más de conservar su puesto, su ingreso, dar gusto a los jefes o brillo a la institución: «…el mejor principio es el contacto cero: el extremo opuesto a la incorporación. A partir de cero, cada milímetro de contacto entre el mundo burocrático y el artesanal debe justificarse rigurosamente». «…ten el dinero, arréglate como puedas y entrégame resultados».
 
CON FUERZA ARGUMENTATIVA
Combina la claridad de ideas con un humor sutil, irónico. Con frecuencia se vale de ingeniosos juegos de palabras para evidenciar las innumerables paradojas sociales que rodean a la cultura, o para burlarse de los absurdos: «Una vez que la educación superior produce millones de ignorantes de su propia ignorancia…». «…hoy que la clase política tiene más títulos universitarios que nunca, más ingresos que nunca y más recursos que nunca para desplegar sus ambiciones, son pequeñas». «…la cultura moderna se volvió administrativa, y quiere verse en el espejo administrando la cultura». «Las conferencias son media events relativamente baratos. Producir y difundir veinte segundos de un comercial cuesta infinitamente más». Sin embargo, Zaid no se estanca en la burla corrosiva, salva lo que considera rescatable y propone posibles salidas o mejoras.
Muchos de sus textos se refieren al libro y a la lectura, que el autor ve como esa labor callada, contemplativa, que en «el silencio de las páginas» permite el feliz encuentro de un autor con un lector y que a fin de cuentas es el detonador de la cultura libre. Subraya la escasez de personas que, en México, sepan corregir textos, editar una solapa, atender una consulta en una librería, editar una revista, organizar un archivo, elaborar índices corregir pruebas, traducir, ocuparse del «Diseño editorial: no sólo la arquitectura física de un libro (tipografía, diseño gráfico, encuadernación), sino su arquitectura lógica».
Analiza los aciertos y desventuras que enfrentan editores y libreros y se extiende en la difusión, las muchas acciones requeridas para que un volumen llegue al encuentro del público que lo puede apreciar. Como es su costumbre, antes de escribir, investiga profusamente, y con una serie de datos concretos expone y fundamenta sus ideas con cifras, estadísticas y ejemplos precisos.
Como muchos de sus libros y propuestas desde que salió de la imprenta ha sido ampliamente comentado y analizado porque el autor es referente obligado en México y en muchos otros países. Se citan sus argumentos en muchos ámbitos: económicos, literarios, políticos… pero especialmente en todo lo relacionado con la industria editorial a la que ha dedicado varios libros, empezando por su tesis de licenciatura.
Textos suyos, han sido clave para la creación del FONCA (Fondo nacional para la Cultura y las Artes), el rescate de la ley de exención autoral, la ley del libro y muy diversas iniciativas.
Aboga por lo pequeño que propicia la libertad, con frecuencia cita en sus textos a Schumacher, autor de Lo pequeño es hermoso: Economía como si la gente importara, porque considera el gigantismo un despilfarro inútil.
 
LA NECESARIA Y BUENA MEMORIA HISTÓRICA
Las dos últimas partes del libro, «Medios y cultura libre» y «Fisco y cultura libre» (antes están: «Cultura libre y animación» y «Libros y cultura libre»), tienen una fuerte carga histórica, alimentada en parte con la narración de las luchas en que se ha empeñado el autor.
En el primer bloque desfilan ejemplos de la eterna y recurrente tentación de los gobiernos sexenales por limitar o acotar la libertad de expresión en los medios escritos o en radio y televisión. Describe, por ejemplo, cómo en 1997, la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas, dependiente de la Secretaría de Gobernación [a la que seguimos sujetos todas las publicaciones] otorgó el certificado de Licitud de Contenido al directorio telefónico de la ciudad de México y agrega: «Tan ridícula censura, digna de pasar a la historia, es un extremo delirante del poder barroco. Nos hace reír, pero nos distrae de lo esencial: el abuso del poder».
El segundo bloque revive las vueltas de tuerca en la lucha por la exención de impuestos para los creadores y la casi absoluta indiferencia de las autoridades hacendarias hacia la cultura, «¿por qué los autores deben recibir un trato diferente a los fabricantes de pantalones?»; con sus dignas excepciones: «Lo que todos los creadores le hayan costado al erario es ridículo, frente a lo que México ha ganado con la obra de sus grandes escritores pintores y músicos».
Un argumento central es que las obras creadoras son de interés público, prueba de ello es que el Estado las confisca para protegerlas, cosa que no ocurre con un inmueble, una joya o una fábrica. Además, los derechos de autor tienen una vigencia finita y pasan después a ser de dominio público. A la sociedad le conviene estimular la formación de capital autoral, que al final será propiedad de todos, y porque, entre muchas otras cosas, «la riqueza cultural propia da a los pueblos confianza en sí mismos y en su capacidad creadora».
No resisto traer a colación un párrafo de Vaclav Havel en un capítulo titulado «El oculto sentido de la cultura» (La responsabilidad como destino. FCE. 1991) cuando comenta el daño social que causan las dictaduras cuando condicionan o suprimen la cultura libre.
«…hasta esos imperceptibles centelleos del conocimiento, que bajo ninguna circunstancia iluminarán el camino de la sociedad en su conjunto, revisten un profundo significado social, (…) constituyen la realización de cierto circuito de potencia social, bien sea en el sentido de las fuerzas creadoras o sencillamente de las libertades; contribuyen a crear y determinar el clima cultural imprescindible para que surjan centelleos más contundentes. Es decir que el espacio de la toma de conciencia espiritual es indivisible, porque al cortar una fibra se deteriora la consistencia de toda la red».
 
Notas finales
1          Al final del libro, da cuenta precisa de cuándo y en qué medio se publicó cada texto. «Los 69 capítulos de este libro parten de 101 artículos (abreviados, combinados, corregidos, actualizados, reescritos) y ocho manifiestos (no modificados, aunque fueron redactados por mí), de 1971 a 2013)».
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Para abrir el apetito. Párrafos de Dinero para la cultura
•          Todavía hoy, la cultura puede ser como una fiesta de amigos, en la que todos contribuyen con sus propios recursos de imaginación, talento, iniciativa, cosas o dinero, al margen del Estado y el mercado. En la cultura, la vida sube de nivel; y eso es lo importante: la inspiración festiva, la conversación entre lectores inteligentes, las aventuras de buenos aficionados que se lanzan a la exploración, la experiencia de lo mejor: lo que resplandece y conmueve, la información curiosa, la reflexión que hace más habitable el mundo. Ese nivel logrado es un premio en sí mismo, aunque no gane puntos curriculares, aplausos ni dinero. (p. 17).
 
•          Ver el milagro de la cultura como una actividad más o menos superflua es no tener sentido de la realidad. La cultura es el origen y la culminación del desarrollo. (p. 21).
•          Aunque sea bochornoso, hay que explicar lo que antes era obvio: la importancia de la cultura. A) Es deseable que todas las personas sean más libres, que desarrollen su conciencia individual, social e histórica, que ejerzan su autonomía y responsabilidad, que cultiven su inteligencia, la sensibilidad de sus cinco sentidos y el uso creador de todas sus facultades intelectuales, emotivas y corporales. (p. 31).
•          En el fenómeno artístico y literario se pueden distinguir tres momentos: la elaboración, la transmisión y la recepción. El agente del primer momento es el hacedor, el poeta en el sentido etimológico de la palabra que designa a todos los artistas, sena pintores, escultores, músicos o escritores. El segundo momento abarca al medio en que se transmite el mensaje (palabra, color, sonido, etcétera) y a la forma social en que se difunde. El agente del tercer momento es el público, que nunca es pasivo pues, al recibir el mensaje lo rehace. (p. 37).
•          No hay que confundir la información para el público (creada para beneficio de los posibles interesados en asistir) con las relaciones públicas (creadas para beneficio de los que dirigen la institución). Si se anuncia algo maravilloso, y por todas partes resuena el nombre de la institución (mejor aún: del funcionario que la encabeza, de preferencia con su foto), pero no se dan los teléfonos, correo electrónico, dirección, horarios ni detalles útiles sobre los servicios, se está gastando en imagen, no en facilitar que el público aproveche la oportunidad. (p. 57).
•          En el mejor de los casos, la cultura se incluye [en la prensa] como redondeo del paquete de soft news, frente a las verdaderas noticias: desastres, guerra, política, deportes, crimen, economía. Se añade como una salsa un tanto exótica, porque de todo hay que tener en las grandes tiendas. (p. 61).
•          Lo pragmático no es poner el ojo en la calidad de los textos, sino el oído en los nombres que suenan, el olfato en los temas malolientes, de interés chismoso. (pp. 62-63).
•          Si se dividiera el costo de las conferencias entre el número de asistentes (peor aún: entre el número de los que fueron espontáneamente, no por compromiso) el boleto de entrada (aunque no lo pague el público) resultaría escandaloso, comparado con el precio del ejemplar de la revista donde se publique el texto. Pero no es el cálculo correcto: hay que dividir entre el número de personas que se enteraron de la conferencia. Así, el costo por millar de impactos publicitarios baja a niveles aceptables. (p. 68).
•          La conversación libre de las academias pasa de la tertulia a la imprenta: una tertulia invisible que se reúne sin necesidad de un lugar y momento de reunión. Eso abre el diálogo a los contertulios lejanos en el espacio y en el tiempo. (p. 97).
•          No hay nada más cambiante que las verdades sexenales [con respecto a contenidos de los libros de texto de la SEP]. (p. 191).
•          Con el fin del presidencialismo, la relación entre el poder y los medios se invirtió. La televisión es ahora un king maker del poder presidencial al mejor postor. (p. 230).
•          Los políticos se anuncian como el jabón: venden limpieza y efectividad. No reconocen nada a la competencia y gastan todo lo que pueden en imponer su marca, aunque sea un desperdicio. Pregonan su capacidad de salvar a la patria demostrando su verdadera capacidad: la de estar en el candelero y aspirar a un puesto cada vez más alto, con mayor presupuesto para anunciarse más y más.
•          La acumulación de capital cultural representa poco en el conjunto de la producción, pero tiene un peso social desproporcionado con respecto a su peso económico. La producción de alimentos pesa mucho más, y alimentarse es de vida o muerte; pero ni más ni menos hoy que en la prehistoria. En cambio, la acumulación de un acervo creador hace la diferencia creciente con el hombre prehistórico y las otras especies que también se alimentan.
 

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