Entre guerras ideológicas surge una nación

0
3427

El surgimiento de una nación es un proceso largo y escabroso y México no fue la excepción. En su afán por imponer su visión del mundo y la política, las facciones desataron guerras civiles, agravadas por invasiones extranjeras. México, como un botín apetitoso para propios y extraños, vivió en un vaivén ideológico en el que no lograba imponerse el deseo del bien común.
La mañana del 27 de septiembre de 1821, el virreinato de Nueva España dejó de existir para ceder su lugar a México. ¿Qué era México entonces? Un mero bosquejo que tenía más de potencia que de acto, un nombre que encarnaba más anhelos que logros, un conjunto de proyectos que transitaban entre el pasado y el futuro, o como lo definió el historiador mexicano Edmundo O’Gorman, una búsqueda del ser nacional.
 
NACIÓN Y PAÍS NO SON SINÓNIMOS
Para referirnos a este proceso es necesario diferenciar dos conceptos que pueden parecer sinónimos y que en sentido estricto no lo son: país y nación. Sin entrar en debate, en el entendido de que las definiciones son, hasta cierto punto cuestionables, podemos concebir al país como aquel espacio geográfico donde reside un Estado, en tanto que la nación se conforma por un grupo humano que comparte una serie de elementos culturales como costumbres, historia, lengua, etcétera.
Nación y país son dos constructos históricos que se diferencian por cuestiones de origen y complejidad. Bastó con que un grupo de personas firmara el Acta de Independencia del Imperio Mexicano en 1821, para que México naciera como país y Nueva España pereciera como virreinato. Sin embargo, ubicar el surgimiento de la nación mexicana es un proceso mucho más complejo pues ni hay un documento que dé cuenta de ello ni es cierto que todos los mexicanos compartieran, al menos de origen, los mismos aspectos culturales.
Para dar cuenta de la búsqueda del ser nacional que los habitantes de este país llevaron a cabo, debemos responder dos preguntas: ¿qué retos afrontaron al realizar esta labor? y ¿cuándo consiguieron asentar las bases para que la nación mexicana pudiera existir?
 
LAS LUCHAS POLÍTICAS NO BUSCABAN CONSTRUIR UNA NACIÓN
Entender el proceso histórico al que nos referimos requiere asumir, en primera instancia, que la independencia no implicó un rompimiento absoluto con España en todos los ámbitos. Así, los primeros «mexicanos» sólo lo fueron de nombre, pues de facto, su manera de concebir el mundo, la cultura y el quehacer político era muy similar a la del virreinato; lo que es natural si asumimos que los cambios de mentalidad son tan lentos que los consideramos como procesos de larga duración histórica.
A partir de 1821, la clase política y el ejército mexicano fueron protagonistas de la tensión que generaba la convivencia entre la inercia, encarnada en el pasado virreinal, y el cambio, representado por la confrontación de las ideas republicanas y monárquicas y de los modelos de gobierno español y norteamericano. La diferencia, entre lo que eran aquellos mexicanos y lo que aspiraban a ser, se convirtió en campo fecundo para las confrontaciones en las primeras décadas de vida independiente.
No podía ser de otra manera, si partimos de que el modelo político previo, el virreinal, se centralizaba en muy pocas manos, a diferencia del inglés en las Trece Colonias, que facilitaba la formación de pequeñas asambleas donde los habitantes de ciudades y villas discutieran los problemas cotidianos y optaran por la mejor solución.
Por su parte, los gobernantes, ideólogos e intelectuales mexicanos descubrieron pronto que, a pesar de las lecturas sesudas que realizaron de los teóricos modernos de la política y de las constituciones vigentes en Europa, no podían suplir con ellas la ausencia de ese tipo de prácticas colegiadas.
Otro aspecto que propició la división entre los mexicanos fue la idea de política que los diferentes grupos poseían. Lejos de ser una práctica concebida para evitar y, en el mejor de los casos, solucionar los problemas y facilitar el diálogo entre sus diversos actores; para los monárquicos y republicanos, centralistas y federalistas, la política fue una oportunidad para tratar de imponer la voluntad propia y perseguir las opiniones contrarias.
Queda claro que, según los partidos políticos, el poder no era un medio con el que pudieran transformar al país y construir una nación, más bien era el botín que les confería una posición de privilegio ante sus rivales. No es de extrañar, entonces, que tanto unos como otros recurrieran sistemáticamente a las asonadas y a los levantamientos militares para hacerse de tan preciado premio.
 
SE ACLARAN IDEAS POLÍTICAS PERO NO SU FIN ÚLTIMO
La pobreza política que imperó en México de 1821 a 1848 tuvo sus orígenes en dos causas: la falta de una identidad mexicana y la ausencia de propuestas importantes en la materia. Los centralistas y federalistas hablaron mucho y escribieron más, sobre México y sus problemas; sin embargo, la evidencia parece indicar que se identificaban más con sus partidos políticos que con el país; es decir, se sentían más centralistas y federalistas que mexicanos. Sólo así podemos entender situaciones tan absurdas como la que se dio al inicio de la guerra contra Estados Unidos –en 1846– cuando los segundos aprovecharon la invasión extranjera para derrocar a los primeros o la del levantamiento de los polkos a inicios de 1847.
La precariedad de las propuestas políticas se puso de manifiesto en las disputas sostenidas por monárquicos y republicanos y, en este último grupo, entre centralistas y federalistas. Quienes formaron parte de tales riñas, léase los militares y políticos más importantes de su época, perdieron de vista que peleaban tan sólo por formas de gobierno que se referían a las diversas maneras de ejercer el poder y no por los cambios estructurales necesarios para que México se convirtiera en una nación.
Esta pobreza política explica tanto la importancia del pensamiento de José María Luis Mora y de Lucas Alamán –por su carácter excepcional– como la insistencia de todos los partidos por llevar a la presidencia una y otra vez a Antonio López de Santa Anna y atribuirle reiteradamente el epíteto de «salvador de la Patria».
Esta situación se modificó a partir de 1848 como consecuencia del fin de la guerra contra Estados Unidos. La derrota hizo entender a unos y otros, aunque fuera por las malas, la necesidad de contar con un proyecto de nación en el que se definiera el México que aspiraban construir y se especificaran los caminos a seguir para alcanzar esta meta. Fue así como surgieron los grupos conservador y liberal en nuestro país.
Los conservadores concebían un México donde los derechos civiles y eclesiásticos convivían armoniosamente, la unión entre Estado e Iglesia era necesaria, el carácter único y obligatorio de la religión católica era garantía para mantener esa unidad que la política había sido incapaz de alcanzar entre los mexicanos, la familia era el pilar de la sociedad y ser propietario, era un derecho primordial de cada ciudadano.
Por otro lado, en el México de los liberales el reconocimiento y respeto de las libertades de sus habitantes –especialmente en política, religión y expresión–  era fundamental, la separación del poder civil del eclesiástico era deseable, al igual que el sometimiento de la Iglesia por parte del Estado; y hacer fluir la riqueza nacional era un mandato impostergable que ayudaría a la creación de una gran clase media de pequeños propietarios rurales.
Lo anterior buscó dotar a México de un ser nacional propio, pero no fue suficiente. Cierto es que conservadores y liberales tenían ideas económicas, políticas y sociales claras, pero sus facciones más radicales no mostraron interés en construir puentes de entendimiento entre sí. Seguían con la misma idea de antaño: el poder como sinónimo de botín, como un fin en sí, sin considerarlo un medio para alcanzar otras metas.
 
SE INSTAURA UNA NACIÓN LIBERAL
Esta idea quedó de manifiesto en 1855, con la llegada al poder del liberalismo radical. Desde el primer momento sus representantes buscaron transformar la realidad del país a través de la legalidad. Así, promulgaron la ley Juárez, que suprimía los fueros eclesiásticos y militares; la Lerdo, que desamortizaba los bienes del clero que, aún con la capacidad para ser productivos no lo eran; y la Iglesias, que regulaba el cobro de los derechos parroquiales. El punto culminante de esta labor legislativa se dio al promulgar de la Constitución de 1857, documento que no abordaba la materia religiosa y, en consecuencia, tampoco reconocía el carácter único de la religión católica en México.
Tal situación detonó la Guerra de Tres Años o de Reforma, que protagonizaron conservadores y liberales de 1857 a 1861. Más allá de lo que escribieron partidarios de uno y otro bando, es necesario tener claro que se trató de una guerra civil que pelearon mexicanos que defendían dos proyectos de nación: el liberal, promovido desde el poder, y el conservador, apuntalado en su calidad de oposición.
De nueva cuenta, este conflicto puso en evidencia dos problemas que se arrastraban desde los tiempos de consumación de la independencia: en la clase política mexicana la pertenencia a un grupo seguía pesando más que el reconocimiento de ser mexicano y el uso de las armas se mantenía como el recurso por excelencia para dirimir aquellas diferencias que la política era incapaz de zanjar.
La Guerra de Reforma fue esencial en el proyecto de nación liberal por ser el escenario donde surgieron las «Leyes de Reforma» que, por un lado, reafirmaban el corpus legislativo promulgado a mediados de los años cincuenta y, por el otro, lo complementaban con disposiciones más radicales. Así, entre 1859 y 1860, se proclamaron las siguientes leyes:

  1. Nacionalización de bienes eclesiásticos. Establecía que la totalidad de los bienes muebles e inmuebles del clero pasaban a manos del Estado
  2. Matrimonio civil. Afirmaba que el matrimonio religioso carecía de validez oficial y en su lugar establecía el civil como un contrato que debían firmar el hombre y la mujer ante el Estado.
  3. Registro civil. Declaraba que el registro del estado civil de las personas y de los movimientos poblacionales tales como nacimientos y defunciones, dejaba de estar bajo el control de la Iglesia y pasaba a manos del Estado.
  4. Secularización de cementerios. Otorgaba únicamente al Estado el derecho a administrar cementerios y camposantos.
  5. Supresión de festividades religiosas. Establecía los días que se celebrarían fiestas civiles y prohibía a los funcionarios públicos asistir a las celebraciones religiosas.
  6. Libertad de cultos. Reconocía el derecho de los mexicanos de practicar y elegir la religión que desearan y, como consecuencia, no permitía las manifestaciones externas de culto.

 
El triunfo de las armas liberales no fue suficiente para que el proyecto de nación que defendían se consolidara. A la luz del tiempo, podemos decir que en realidad habían ganado una batalla, más no la guerra, como lo pusieron de manifiesto la Segunda Intervención Francesa (1862 a 1864) y el Segundo Imperio (1864 a 1867).
 
LO QUE SURGE DE UN IMPERIO LIBERAL
Aunque la invasión francesa formaba parte de un proyecto concebido por Napoleón III para crear un imperio católico en América –que comprendiera desde el Río Bravo hasta la Patagonia– y detuviera el crecimiento y la fuerza de Estados Unidos; éste se enmarcó en un contexto mexicano donde los conservadores vieron en las tropas europeas una oportunidad para tomar revancha de sus rivales, restaurar el orden alterado por la Reforma y aplicar su modelo de nación.
El emperador francés, por su parte, no compartía estos objetivos, dado su talante liberal, pero tampoco estaba dispuesto a desdeñar el apoyo que le brindaban los conservadores. Si éstos lo veían como un medio para alcanzar su meta, ¿por qué él no habría de hacer lo propio con ellos? Así, en su marcha rumbo a la ciudad de México, los generales franceses fueron lo suficientemente discretos como para no confesar que entre las instrucciones recibidas de su emperador destacaban el no abolir las Leyes de Reforma y, en la misma línea, acelerar su aplicación en lo referente a la venta de los bienes de la Iglesia.
Este confuso panorama, donde conservadores se apoyaban en liberales para alcanzar sus metas y viceversa, se tornó más complejo durante el Segundo Imperio. Si bien fue una comisión de conservadores la que se desplazó hasta el palacio de Miramar para ofrecer la corona mexicana a Maximiliano de Habsburgo, lo cierto es que una vez que la aceptó, afirmó que gobernaría con instituciones «sabiamente liberales», comentario que al parecer fue obviado o minimizado por la comitiva que no puso objeción.
La llegada del emperador a México enrareció aún más el ambiente. El distanciamiento con los políticos y militares del grupo conservador de más abolengo, al igual que sus negativas para incluir la cruz en el escudo imperial y abolir las Leyes de Reforma, causaron el enojo de los grupos más conservadores y dividieron a los liberales, pues mientras que los radicales veían en Maximiliano a un usurpador, algunos moderados no tuvieron empacho en dejar las filas del republicanismo y adherirse a las de la monarquía ya que, a su entender, era un camino diferente para alcanzar la misma meta: implantar en el país un régimen liberal.
Pese a toda esta confusión, donde la frontera de las ideologías y los intereses políticos parecía desdibujarse poco a poco, el Segundo Imperio fue factor determinante para la edificación del ser nacional mexicano. Por contradictorio que parezca, el fusilamiento de Maximiliano en mayo de 1867 fue la condición necesaria para ello, pues según comenta O’Gorman, este hecho representó «el triunfo del ser republicano sobre el monárquico; pero más profundamente, fue la conquista de la nacionalidad misma».
 
GERMINÓ LA NACIÓN
El fin del Segundo Imperio sentó las bases para iniciar la construcción de la nación mexicana en la medida en que representó el triunfo definitivo de republicanismo que se definía como federalista y liberal. A partir de entonces, en México empezó a imperar una estabilidad política, no exenta de ciertos sobresaltos, que favoreció la edificación de la nación mexicana a través de la generalización de una serie de elementos culturales que, al menos en principio y desde la óptica liberal, todos los mexicanos debían compartir.
De este modo, el liberalismo triunfante recurrió a la literatura y a las artes plásticas para exaltar lo «auténticamente mexicano» y, más importante aún, se apoyó en la educación para fomentar el uso del español como idioma nacional, la historia como elemento de cohesión entre los individuos, el respeto a los símbolos patrios y el culto a sus héroes como un deber ciudadano.
Así surgió el México en el que hoy vivimos, esa comunidad imaginada a la que nos sentimos ligados como individuos y llamamos «nación» y ese sentimiento colectivo de pertenencia al que reconocemos como «identidad nacional» y que algunos suelen identificar como «lo auténticamente mexicano».
 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí