El «mirrrey» eres tú

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«Qué difícil es ser un playboy»

Mauricio Garcés

 
Los hay en todo el país, pero la mayor densidad de población se concentra en el Valle de México: Lomas, Bosques, Interlomas, Santa Fe, Polanco y, por excepción, en Tecamachalco, Pedregal y San Ángel. Esta especie sólo puede sobrevivir en barrios donde las casas se cotizan en dólares.
 
Sean o no fotogénicos, les encanta sacarse fotografías con duckface.2 ¿Guapos? Sí, aunque hay excepciones. Un Ferrari puede suplir la fealdad moderada de un espécimen. Eso sí, prohibido el acné; el cutis debe ser impecable, aunque haya que gastar miles de pesos en cremas. Las narices demasiado chatas merecen la atención de un cirujano plástico. En caso de pequeñas imperfecciones menores del rostro, se autoriza el uso del maquillaje en cantidad moderada, lo que usaría un metrosexual de la década pasada.
 
¿Esbelto? Indispensable. Sería ridículo enfundarse en un traje de baño Vilebrequin con llantitas en la cintura; los obesos simplemente no tienen oportunidades en el mundo de los mirrreyes (se escribe así, con tres erres). Uno de los muchos sacrificios de un mirrrey auténtico son las horas de gimnasio para esculpir los pectorales y el abdomen. Evidentemente, uno se ejercita en el gimnasio de casa, no en Sport City ni en Sports World.
 
¿Morenos? De preferencia no, sin embargo, el dinero puede suplir la blancura de la piel. Blanco o moreno, debe lucirse un bronceado perfecto, independientemente de la estación del año. Como los mirrreyes viven en eternas vacaciones y han hecho de Acapulco su segunda casa, el tan no es difícil de lograr. ¿Tan? Sí, en inglés, así se habla el dialecto.
 
Evidentemente no es el Acapulco de los nacos que se pasean en la Costera, sino del que está más allá del Princess o arriba, en Las Brisas. El Acapulco donde gravitan dos deidades del mirrreynismo: Roberto Palazuelos «El Diamante Negro», y Luis Miguel, simplemente «El Rey». Son sus dioses tutelares.
 
El mirrrey es un reptil de sangre fría. Por eso lo vemos tomando constantemente el sol en un yate, con lentes oscuros que, además, sirven para ocultar su perenne estado de ebriedad. Cuando le da tiempo de ir más allá de Acapulco, disfruta de la arena de Punta de Mita, de Puerto Morelos y de Playa del Carmen.
 
La especie es gregaria y sólo está compuesta por machos. Gustan de toquetearse entre sí, darse abrazos efusivos, caricias sensuales. Entre ellos suelen circular piropos del tipo «¡Papawh!, aquí el único mirrrey eres tú». Se toleran tales actitudes homoeróticas, porque están muy seguros de sus preferencias sexuales y se consideran a sí mismos machos alfas de la manada.
 
No hay mirrrey sin lobuki
Precisamente por eso, las lobukis son un accesorio indispensable; sin ellas, un mirrrey queda degradado a un wannabe.3 Éstos son una raza inferior que debe ahorrar para comprarse una playera Lacoste, un traje Armani, o una camisa D&G; pretenden llevar un tren de vida que no les corresponde y, tarde o temprano, la gente lo advierte. Son los mirrrey de outlet.
 
La etimología de lobuki es reveladora: del sustantivo loba y el sufijo uki. Junto con los sufijos «irri», «sky» y «loy» son graznidos inconfundibles de la especie. Obviamente, ignoran que los antiguos romanos ya se referían a los prostitutas con el término lupa. Lobas, lobitas, lobuki, lobster designan a una chica guapa y desenvuelta, al servicio del macho mirrrey.
 
Las lobukis son un adorno para ir al antruki, a las fiestukis y, en general, en el desmadruki. Aunque las hay de todo tipo –incluso las que se visten con ropa de Chedraui o de Walmart– la auténtica lobuki pertenece al mismo segmento social que el mirrrey. De otra manera no podría costearse la ropa de marca que tanto le gusta a su hombre. Las lobukis son complacientes, saben que lo suyo es reflejar los rayos del Rey Sol. Los mirrreyes nunca piensan en ellas como las futuras madres de sus hijos. Y es que cultivan la doble moral; porque les da pereza desembarazarse de la religión.
 
El arte del ligar exige muchas habilidades, sobre todo, de una American Express negra. La tarjeta es sumamente importante para pagar las cuentas en el antruki, donde se bebe Blue Label con naturalidad y, por supuesto, la imprescindible Möet Chandon. La champaña –champú– es el eterno caballito de batalla para la fiestirri. Lamentablemente, la oferta etílica de los antros es limitada y no siempre se pueden beber ahí las exquisiteces propias de un mirrrey; por suerte, siempre queda la opción de pagar el descorche. Para ello, nada como dejar buenas propinas a los meseros y al capitán del Ragga (Club), de Antara Polanco. Como la especie necesita ingerir cantidades industriales de alcohol para sobrevivir, muchos especímenes comienzan a tener la piel amarilla o se sonrojan fácilmente, síntomas típicos de la cirrosis.
 
¡Vamos al yate a echar drinks coquetos!
La escuela es un trámite. Heredarán la fortuna de papaloy. Gracias a él, mejor dicho, al trabajo del abuelo, su futuro está asegurado. Por eso, el fin de semana comienza el jueves con una buena comida en Puerto Madero, el Suntory, el Harry’s de Polanco o algún restaurante español donde puedan pedir el jabugo por kilo. Y luego, ¡la fiesta!
 
La sopa de cebolla de Au Pied du Couchon es para el monchi nocturno. Los mirrreyes  no pisarían ni por accidente los tacos del Borrego Viudo, mucho menos Casa Toño, aunque no le hacen el feo a las taquerías cercanas a sus antros.
 
No leen ni siquiera las etiquetas de las botellas. ¿Periódico? «Club» del Reforma y, si acaso, la sección deportiva. Les fascina Quién, Caras y tienen el inconfesado anhelo de aparecer en Hola. Aunque viven en casa de sus padres, rodeados de Tamayos, Coroneles, Toledo, el arte les aburre. Conocen Europa desde pequeños, pero lo suyo es Saint-Tropez, las islas del Egeo e Ibiza.
 
La política les tiene sin cuidado, mientras los negocios familiares no salgan dañados. Musicalmente, obedecen al DJ del antro de moda. El golf les encanta, las carreras de autos los enloquecen y el hipódromo les divierte. Como me decía uno de ellos, «lo mío es lo social».
 
¡Jaime! ¿Verdad que de grande seré un Papalord?
Sin duda, la humanidad tiene mucho de animal y sus miembros luchan por ponerse encima unos de otros; como el mirrrey que en su navesuki baña con los charcos a los peatones. Sin embargo, lo que tal vez nos separa de las bestias no es nuestra capacidad para competir, sino de compartir; no la fuerza para oprimir, sino para solidarizarnos.
 
El problema de esta tribu urbana no es su libertinaje y desenfreno. Para eso, Mauricio Garcés, que en mi época me hacía reír muchísimo. «Yo no soy presumido, ¿pero de qué sirve mi humilde opinión contra la de los espejos?», decía. El problema, realmente, es la frivolidad de los mirrreyes. Para explicarme mejor haré una confesión.
 
A pesar de los consejos de mi endocrinólogo, me gusta comer bien. En varios restaurantes chic he pagado cuentas que equivalen a la quincena de un albañil. Ésa es la verdad. Y sí, me siento un frívolo, como cuando María Antonieta, reina de Francia, bromeó con el hambre del pueblo: «¿No tienen pan? ¡Que coman brioches!» ¿Estoy mal? Sí, y lo mismo los mirrreyes, porque la frivolidad no está en la excentricidad ni en el desmadruki, sino en la terrible capacidad de blindarnos frente al dolor ajeno. En un país con más de 50 millones de pobres, los obreros reciben sueldos de miseria. Frívolo es, en fin, quien vive como rey a costa del trabajo de los demás.
 
Con razón, me aterra pensar que, dentro de unos años, los mirrreyes de hoy se conviertan, no ya en amos y señores de los antros, sino del país: CEOs, ejecutivos, diputados y senadores del mañana.
 
 
Notas finales
1          Al escribir tuve frente a mí el artículo de Ozziel Nájera y Gladys Ortíz: «Identidades juveniles de principios de siglo XXI. Los Mirreyes», Revista de Antropología Experimental, n. 12, texto 15, (2012), pp. 193-2017 y las páginas http://www.mirrreybook.com (consulta 04/08/2013 a las 20:30)  y http://mirrreybooktheoutlet.tumblr.com (consulta 04/08/2013 a las 21:30)
2          Hacer un duckface o poner «cara de pato» consiste en juntar los labios, procurando acercar ambas comisuras, y posar de esta forma al hacerse una fotografía.
3          Del inglés want to be (querer ser) que describe a una persona que imita las actitudes de otra, porque desea parecerse a ella.
 

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