Dos rutas diferentes, un sólo propósito. Verdi y Wagner 200 años

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1813 trajo consigo a dos músicos que pasaron a la historia por su capacidad de retratar, musicalmente y en escena, aquellos rasgos netamente humanos como la búsqueda del amor, la verdad o la belleza. Este año celebramos el genio creativo de ambos artistas.
 
Entre los variados centenarios que en 2013 celebramos, una coincidencia ocupó a los representantes de las más altas esferas de la cultura, la música y el pensamiento humanista en todas latitudes: los doscientos años del nacimiento de Giuseppe Verdi y Richard Wagner.
Grabaciones, conciertos, montajes, conferencias, ciclos; divulgación y especialización, grandes masas y público conocedor. Todos ellos unidos alrededor del orbe para evitar la muerte del imperdurable sentido estético de los clásicos. Una de las herencias más preciadas que el hombre ha legado a las generaciones venideras desde que el tosco Neanderthal se convirtió en el sensible Cro-Magnon.
 
 
VERDI, EL ARTISTA DE LAS PASIONES HUMANAS
El músico italiano emprendió una de las transiciones más complicadas del mundo cultural del siglo XIX: el abandono de la temática mitológica, común por aquella época en los libretos operísticos o partituras musicales, para convertir la trama de sus obras, en cambio, en un retrato más real, crudo, encarnado, de los problemas que de verdad ocupaban las ansias y desvelos humanos del momento.
El «verismo», una suerte de viraje hacia el realismo en el lenguaje, planteamientos, personajes o desenlaces de las óperas, se convirtió por la pluma de Verdi en el motor musical de una sociedad que anhelaba verse reflejada en los sufrimientos y alegrías interpretadas por los protagonistas de las obras a las que el pueblo asistía febrilmente.
Originario de un pueblo muy humilde del ducado de Parma, por entonces perteneciente a Francia, Verdi tuvo muy pronto como eje de su actividad profesional y humana la gran ciudad de Milán, aunque fueron Venecia y otras ciudades las que vieron el estreno de sus más importantes obras.
Amante de la suave línea melódica, las grandes arias con exigentes registros, abigarrados duetos, tríos y cuartetos; Verdi construyó un modo nuevo de hacer ópera para dar cauce a los dramas psicológicos por el que cualquier humano puede ser carcomido en momentos de presión, incertidumbre y dolor.
El coro de los esclavos de su Nabucco se volvió bandera nacionalista para un pueblo italiano que deseaba la independencia de los territorios bajo dominio extranjero. Las iniciales del músico se convirtieron pronto en el acrónimo V.E.R.D.I, Vittorio Emmanuelle Rei D’Italia; el Va pensiero se escuchaba por pueblos, aldeas y ciudades como un himno de sueños de libertad, al tiempo que sus primeras óperas lo catapultaron rápidamente al top ten tanto popular como especializado.
 
 
TRILOGÍA QUE SE CONVIRTIÓ EN LEYENDA
Su primera esposa y su pequeña hija murieron con muy poco tiempo de diferencia; sufrimientos que Verdi alternó con el soñado éxito de la trilogía que lo convirtió en un verdadero clásico viviente: Rigoletto, La traviata y El trovador.
Cuando Víctor Hugo, en cuyo texto El rey se divierte se inspiró la trama de Rigoletto, escuchó el cuarteto Bella figlia del amore en el último acto de esa ópera, afirmó que Verdi, con su adaptación musical, superó su propia historia. El músico escondió con gran celo hasta el día del ensayo general la célebre aria La donna è mobile –canto de batalla del cínico duque de Mantua, burlador de Gilda, hija del bufón Rigoletto– por temor a que su pegajosa melodía escapara antes del estreno; pero bastó un sólo ensayo para que los tramoyistas la tararearan por Venecia y al pueblo ya le sonara conocida antes del estreno en el teatro La Fenice.
Con La traviata, Verdi exploró los entresijos psicológicos de quien se siente poco digno de un amor puro y sincero, por haber acostumbrado cuerpo y alma al desenfreno de la inmediatez que nunca basta ni sacia. Inspirada en La dama de las camelias, Verdi hizo de esta historia una versión tan suya que muy pronto palideció la preferencia social hacia el original de Dumas.
El trovador aborda con crueldad los horrores de la venganza, la mentira, el odio y la discriminación, haciendo de Manrico, su personaje principal, objeto de heroísmo y martirio por igual.
Después del gran éxito de esta trilogía, la inspiración verdiana jamás dejó de fluir. Aída se representó en El Cairo para celebrar la remodelación del canal de Suez. La fuerza del destino, Un baile de máscaras y Don Carlos no han faltado desde sus sonados estrenos en las programaciones más exigentes alrededor del mundo.
Otelo, Macbeth y Falstaff, de inspiración shakespeareana, cerraron con inusitada fuerza la producción musical de un anciano Verdi que en vida logró ver el éxito de ser uno de los autores más interpretados, como un reconocimiento a su desmitificación de las tramas y la idealización de las enseñanzas de la realidad verdadera, la de cada uno: irrepetible, objeto de nuestra propia construcción, y juez de la responsabilidad personal. Algo muy difícil de entender cuando el vehículo para expresarlo son las historias de dioses oníricos y paraísos irreales.
 
 
WAGNER PENSÓ EN TODO
Al mismo tiempo que Europa se rendía musicalmente al «verismo» y los nuevos dramas más humanos y melódicamente cantados de Verdi; Richard Wagner trabajaba en lo que llamó «música total de sus dramas musicales», una expresión artística, filosófica y estética, en la que por primera vez el compositor se hacía responsable de la música, el libreto, la escenografía, la coreografía y hasta de la construcción del recinto para representar sus obras.
Siempre endeudado, el joven compositor alemán tuvo que desplazarse constantemente en sus inicios para conseguir pequeños empleos como director o simplemente para sortear la cárcel solicitada por sus acreedores.
El Holandés errante, la más lograda de sus obras iniciales y ensayo para la manifestación de lo que llegaría a ser su música total. Inspirada en la leyenda fantasmal del navegante blasfemo que retó a Dios al no poder dar vuelta al cabo de Buena Esperanza, Wagner retrata el intenso y desesperanzador drama de quien debe cumplir la condena de vagar por altamar encallando sin poder finalmente morir. Un sufrimiento así de recurrente e interminable, sólo acabará hasta que el navegante sea rescatado por la fuerza salvadora del amor fiel de una mujer que no le engañe. En esta ópera Wagner explota lo que sería uno de sus principales distintivos: el leitmotiv o tema musical que identifica el carácter y presencia de cada personaje.
Wagner es el campeón de la redención por el amor; ese concepto del romanticismo alemán que convierte la propia donación y entrega, incluso a costa de uno mismo, en el vehículo para conseguir el bien que no se puede obtener sino con la paga de la propia vida.
En sentido contrario a Verdi, quien desmitificó la trama para volverla más realista, Wagner convirtió la realidad en símbolos idealizados para representar de modo universal e icónico los más altos ideales de la existencia concreta humana.
De ese modo, la tetralogía de El anillo del nibelungo, que le llevó más de 25 años de vida concluir, se transformó en el vehículo para envolver el espíritu en la inercia de una musicalidad que abruma y conduce; arrastra pero no ahoga. Los personajes recogidos de la mitología germana le sirven para convertir en paradigma la lealtad, la fidelidad o la nobleza.
El oro del Rin, La valquiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses, no podrían explicar su redondez y armonía sin los avances aventurados en Tristán e Isolda o Los maestros cantores de Nurenberg. El cierre de su producción musical, Parsifal, remató un estilo concebido como continuo para pensar, expresar y admirar desde la creación de la partitura hasta la formación del escenario.
Y precisamente fue la construcción de su propio teatro en Bayreuth lo que impuso cierto halo de misticismo y encriptamiento a la obra de Wagner, al hacerse de orquesta, coros, escenografía y recinto exclusivo para la presentación de sus óperas, casi con la solemnidad y reverencia de templos y adoratorios.
 
 
DIFERENTES ESTILOS, UN MISMO TIEMPO
Wagner y Verdi representan dos rutas diferentes para un sólo propósito: encontrar fuentes alternas para que los sentimientos más profundos del ser humano puedan convertirse en verdades comunes, de naturaleza universal, y de alcance intersubjetivo.
Acercarse a la música de estos dos titanes, más que un privilegio clasista cultural, es casi una responsabilidad para el hombre contemporáneo, que ha priorizando la vida práctica sobre la especulación. Al admirar la música verdiana y wagneriana, descubriremos con sorpresa que en las piezas más acabadas escritas por estos hombres, la vida concreta, personal, la que nos hace ser a cada uno, alcanza los rasgos donde todos nos reconocemos igualmente humanos: en la búsqueda de la verdad, la vivencia del amor y la admiración de la belleza.
 

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