¿Cómo pensar como Sherlock Holmes? Elemental, querido lector

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Si Sherlock Holmes hubiera nacido en el s. XXI, quizá no cambiaría un ápice su reverenciada metodología. Observar y deducir requiere un tiempo y dedicación que no están de moda. Pero, sobre todo, entrenar la mente para centrar la atención y absorber lo necesario. A partir de los relatos del archiconocido detective, el libro de la psicóloga María Konnikova (Paidos, 2013) propone un método de interacción con el mundo y recuerda que la mente más serena es la más poderosa.
Hace aproximadamente un siglo, Sherlock Holmes irrumpió en el imaginario colectivo de la mano del escritor Sir Arthur Conan Doyle. Ni sus novelas han perdido atractivo ni Holmes ha perdido una pizca de su magnetismo, ya sea en la versión cinemática de Robert Downey Jr. o en la serie Sherlock de la BBC. Su estela ha inspirado a otras tantas teleseries modernas como CSI o Criminal Minds, que además de hacer las delicias del público contribuyen al aluvión de aspirantes a criminólogos en las universidades.
 
¿CÓMO LOGRA SEMEJANTE IMPACTO UN PERSONAJE DE FICCIÓN?
En primer lugar, formulemos la hipótesis de que el investigador de la pipa prácticamente existió (o existieron). Doyle se inspiró principalmente en el experto forense Joseph Bell, de quien tomó su gusto por las sustancias tóxicas y el meticuloso razonamiento deductivo.
El historiador del crimen E.J. Wagner, en su libro The Science of Sherlock Holmes, también nombra como referentes al excriminal reconvertido en detective E. F. Vidocq, maestro del disfraz, la investigación en la escena del crimen y los moldes para recoger huellas dactilares; y al detective británico Henry Goddard, quien usó por primera vez el estudio de balística para localizar a un asesino. El mismo Conan Doyle, por su parte, participó en casos célebres de la época.
La segunda hipótesis es que su razonamiento es genuino. ¿Cuánto hay de ficción en sus milimetradas deducciones? La psicóloga ruso-estadounidense María Konnikova da una respuesta cabal en su primera monografía ¿Cómo pensar como Sherlock Holmes?: Holmes posee una metodología casi infalible, no producto de la ciencia, sino de un afilado sentido común y una actitud hacia el conocimiento al alcance de todos. La autora descubre que sus cavilaciones no se alejan mucho de los hallazgos más novedosos en neurociencia y psicología.
Hoy podemos sentirnos técnica e incluso cognitivamente superiores a los hombres de ciencia del s. XIX, pero hay pocas personas que piensen efectivamente como Sherlock Holmes. De hecho, la mayoría nos conducimos más como el doctor Watson.
Konnikova subraya las diferencias entre estos dos modelos de pensamiento opuestos. El que rige la mente de Holmes es brillante, preciso y visionario; mientras que el que lastra las ideas de Watson es torpe, impreciso y convencional. ¿Por qué Holmes siempre desenmascara la verdad mientras el pasmado Watson todavía sigue atando cabos? ¿Es su genialidad un rasgo ficcional fuera de nuestro alcance? Si es cierto que existe una fórmula secreta detrás de sus deducciones, Konnikova invita a aprehenderla y aplicarla a nuestra vida diaria.
 

HOLMES VS WATSON
Más que a la ciencia o la lógica formal, Holmes atribuye su método al «examen preciso y sistemático de los acontecimientos de que el azar nos hace testigos». Cuando conoce a Watson, sin saber nada de él, es capaz de deducir en un segundo que es médico militar y acaba de regresar de Afganistán. No hay trampa ni cartón, sino una observación minuciosa, una base sólida de conocimientos y una imaginación bien encauzada.
Primero Holmes observa los hechos objetivos y tangibles: Watson tiene actitud de médico (por otra parte, profesión bastante común, gran probabilidad de acierto); su brazo muestra una rigidez poco natural (tiene una herida, ergo es militar); un rostro demacrado (su viaje no fue de placer); está bronceado y bajo la muñeca asoma su color natural (ha pasado una temporada fuera de Londres). Luego deduce que, habiendo contingentes ingleses en el país asiático, el doctor acaba de regresar de la guerra de Afganistán.
Como Watson ante una brillante conclusión, ésta puede parecer obvia. Sin embargo, el proceso que la precede no es nada obvio para nuestro cerebro. Según Konnikova, la inercia natural de nuestra masa gris trabaja en contra de la buena observación y deducción.
Concretamente, debemos la mayoría de nuestros juicios a «un sistema rápido, intuitivo, reactivo, que no exige mucho esfuerzo ni pensamiento consciente y actúa como un piloto automático», que ella llama Watson. Porque el otro sistema que tiene el cerebro, «más lento, deliberativo, riguroso, lógico, pero más costoso desde el punto de vista cognitivo, prefiere no entrar en acción a menos que lo crea absolutamente necesario». Es el sistema Holmes.
Basándose en numerosas investigaciones, Konnikova sugiere que con entrenamiento podemos reprogramar nuestro cerebro para potenciar el sistema Holmes y arrinconar los hábitos ingenuos, automáticos y perezosos de Watson, y recuerda que la neurociencia ha demostrado que cuando cambiamos hábitos de pensamiento se crean nuevas conexiones neuronales. Pero antes, nuestro cerebro debe estar conscientemente predispuesto a pensar como Holmes. Esto es, decidir pensar como él.
La autora aconseja dos actitudes previas: motivación y mindfulness. El concepto de mindfulness, acuñado por la psicóloga Ellen Langer, significa presencia constante, tener la atención centrada en el aquí y ahora. El ejemplo clásico de nuestra carencia de mindfulness es que a menudo olvidamos dónde dejamos las llaves al llegar a casa: actuamos con el piloto automático, sin ser conscientes de los pasos que hemos dado.
Mientras que el sistema Holmes nos permite volver sobre nuestros pasos y recuperarlas, porque exige atención en todo lo que hacemos. Para anular ese piloto automático hay que estar motivado. No es novedad que estar motivado facilita cualquier tarea, pero además se ha demostrado que «las personas motivadas siempre rinden mejor». A lo que cabe añadir el fenómeno de la «codificación motivada», es decir, que recordamos mejor las cosas si estamos motivados en el momento de formar su recuerdo.
 
EL DESVÁN DEL CEREBRO
Precisamente los recuerdos son el material que usa el cerebro para formar los pensamientos. Frente a un caso singular, aparentemente irresoluble, Holmes recomienda «acudir a los archivos. Nada hay nuevo bajo el sol… Cada acto o cosa tiene un precedente en el pasado». El detective se refiere a la memoria, o lo que la autora llama el «desván del cerebro»: ahí donde se forman, retienen y recuperan los recuerdos.
Cada vez que Holmes sube a su desván pone orden, en su estructura (cómo decodifica y almacena los recuerdos) y en su contenido (qué vivencias o conocimientos quiere retener para el futuro). Mientras que el desván de Watson es un amasijo de confusión, Holmes dedica tiempo a codificar correctamente los recuerdos, meterlos en la caja adecuada y poner la etiqueta pertinente que activa las pistas para su recuperación. Por muchos conocimientos almacenados… ¿de qué sirven si no los puede recuperar cuando los necesita en la escena del crimen?
La autora apunta que la memoria es «el punto de partida de cómo pensamos, cómo establecemos nuestras preferencias y cómo tomamos decisiones». Por ello Holmes ejerce control sobre los recuerdos que acaba codificando. Si quiere recordar algo en el futuro porque le va a ser útil, le dedica una especial atención, se dice a sí mismo «quiero recordar esto», tiene una motivación para recordar. Antes de que se le olvide, lo cuenta a Watson con el único fin de repetirlo hasta que se consolide. Sin embargo, el sistema Watson no elige qué recuerdos almacena, de algún modo se almacenan solos en el caos de su desván, donde no encuentra lo que quiere por mucho que lo intente.
Holmes ha aprendido a ser selectivo y a filtrar los instintos de su cerebro en vez de «dejar que todo pase». Por ejemplo, estando alerta en el momento de la primera impresión. La primera impresión es extremadamente poderosa a la hora de condicionar los juicios posteriores, ya que el cerebro tiende a rechazar todos los rasgos que no la refuercen. Asimismo, nos puede arrastrar al «sesgo de la correspondencia». Es decir, si la señora Mary despierta las simpatías de Watson al conocerla, todo lo positivo que perciba en adelante será un reflejo de su carácter, mientras que lo negativo será producto de circunstancias externas.
Otros sesgos pueden ser las condiciones de nuestro entorno, como el tiempo atmosférico, o nuestro estado anímico (heurística afectiva). Para Watson, un día soleado o volver de una cita pueden hacerle pasar por alto que tiene al asesino delante suyo. Sólo siendo consciente de sus sesgos, podrá desactivarlos. La actitud de Holmes es un escepticismo metódico: «No da por sentado nada, ni una sola impresión […] Siempre está activo y alerta para que nada se cuele inadvertidamente en su impoluto espacio mental». Según la autora, se trata de activar la natural pasividad del cerebro, que como una esponja absorbe sin ton ni son. No es fácil. Únicamente muchas horas de práctica logran vencer las primeras impresiones o los prejuicios enraizados.
 
TODO EMPIEZA CON LA OBSERVACIÓN
El primer paso de todo método científico es observar. Observar bien es dirigir la atención hacia lo que el ojo clínico estime necesario filtrar. Para ello necesitamos tener todos los sentidos activados y estar atentos. Desafortunadamente, al aprendiz de detective le apenará saber que la mente está hecha para vagar. Sólo se concentra en actividades concretas dirigidas a objetivos, el resto del tiempo está en modo standby, al acecho de indicios de algo digno de atención (como pudiera ser un depredador).
Esta tendencia natural a vagar es enemiga de la concentración. De hecho, señala la autora, encaja perfectamente con otra enemiga muy nuestra, la multitarea. Lo cual no es una buena noticia, pues se ha demostrado que «cuando nos vemos obligados a atender a varias cosas al mismo tiempo rendimos peor en todas, la memoria se reduce y el bienestar general se resiente».
El padre de la psicología moderna, William James, clamaba que la educación por excelencia sería la que consiguiera mejorar la facultad de volver a encauzar la atención. Para la autora, el método Holmes es un buen punto de partida, pues nos ofrece una guía para decir al cerebro qué debe filtrar y cómo filtrarlo.
Selectividad: Para utilizar la atención de manera estratégica debemos definir un objetivo, enseñar a nuestra mente a activarse ante ciertos estímulos (como cuando nos parece oír nuestro nombre en una fiesta ruidosa y nuestra atención se ausenta de la conversación de la que participamos).
Objetividad: Hay que aprender a separar los hechos objetivos de las trampas de la interpretación inmediata, inconsciente, subjetiva. Una técnica holmesiana es explicar en voz alta sus teorías a Watson, para que así afloren lagunas e incongruencias que en su propia cabeza pasan inadvertidas.
Inclusión: Holmes, en El sabueso de los Baskerville, explica a Watson cómo sondeó una misiva anónima que conduciría sus sospechas hacia una dama: «Cuando examiné el papel en el que estaban pegadas las palabras impresas, lo estudié en gran detenimiento en busca de la filigrana. Al hacerlo me acerqué bastante y advertí un débil olor a jazmín». Aunque privilegiamos la vista por encima de los otros sentidos, un enfoque inclusivo evita que nos quedemos con la primera impresión y pasemos por alto información crucial.
Dedicación: Watson suele estar en modo multitarea cuando su amigo observa dedicadamente una situación. Parece que está en trance, pero está en un estado de flow (como lo describe el psicólogo Tory Higgins) que le permite volcarse en una cosa, persistir ante las dificultades y sentirse más satisfecho. Una investigación de Harvard que recoge la autora concluye que las personas en modo multitarea, cuanto más ocupadas están, menos corrigen su impresión general.
 
UN ENTREACTO PARA IMAGINAR
En El regreso de Sherlock Holmes, el detective responde a las poco imaginativas pesquisas del inspector Lestrade «Para mi gusto es un pelín demasiado evidente. La imaginación no figura entre sus grandes cualidades, pero podría por un momento ponerse en el lugar de este joven». Crear escenarios o hipótesis es fundamental en todo proceso de pensamiento. Se trata de jugar con todo lo que hemos almacenado en el desván.
A diferencia de la imaginación artística, la científica se debe basar en el conocimiento de la realidad, en lo concreto y específico. Una función de la imaginación es «establecer conexiones entre elementos diversos que, de entrada, no parecen guardar relación». El inspector Lestrade actuaba atropelladamente guiado por el sistema Watson –hay que encontrar un culpable rápido– en lugar de usar la reflexión.
Cuando Holmes necesita reflexionar enciende una pipa, se distrae. Desde la psicología, Yaacov Trope le da la razón: el distanciamiento psicológico mejora la forma de pensar y tomar decisiones. Según Konnikova, «se trata de trascender el momento inmediato, dar un paso atrás. La distancia da un carácter más general y abstracto a la perspectiva e interpretación». Se produce una relajación neuronal y damos espacio y tiempo para que actúe el procesamiento inconsciente.
La autora sugiere hábitos más saludables, como ir al museo, escuchar música, tomarse una ducha o pasear por la naturaleza. Precisamente, viajar a un lugar que no conocemos nos ayuda a desconectar porque no tenemos recuerdos que activen enlaces neuronales que nos atan. También son efectivas técnicas mentales como la meditación.
 
LA CATARSIS DEDUCTIVA
«Cuando has eliminado lo imposible, lo que queda, por muy improbable que parezca, tiene que ser verdad». Watson siempre se maravilla con lo fáciles y obvias que suenan las deducciones en boca del maestro, pero qué difícil emularlo…
Según la autora, «deducir es sacar todo el partido al desván del cerebro, unir todos los elementos que tenemos reunidos de forma metódica y ordenada en un todo final que tiene sentido». Sin embargo, este último paso es el más peliagudo. Un paso en falso y podemos arruinar el trabajo de semanas y meses. Es muy común tener prisa a medida que nos acercamos a la meta y pasar así cosas por alto.
Al sistema Watson le gustan la simplicidad, las razones concretas, las certezas. Detesta el azar, la aleatoriedad, la no linealidad. Otra vez, el cerebro tiende a seguir el camino más fácil. Prefiere los atajos, falacias del tipo «saliencia» (algo que llama la atención por ser desproporcionado), «recencia» (porque acaba de suceder) o «preactivación» (porque justo estábamos pensando en eso). El resultado es una narración selectiva en vez de un relato lógico.
De nuevo, el sistema perezoso se aburre de examinar cada prueba, cada detalle con cuidado y atención. Tenemos un ejemplo en el cálculo de lo que es posible, probable o imposible. Para explicarlo, la autora rescata el problema de Lucrecio de Nassim Taleb: dejamos que la experiencia personal determine lo que creemos posible y ese repertorio se convierte en una especie de ancla. ¿Quién no ha asistido a una discusión sobre si hay mucha o poca delincuencia en la ciudad basada en la propia experiencia de cada cual en vez de estadísticas, por ejemplo?
Pero las trampas de la deducción no se detienen ahí. El llamado «sesgo de la confirmación» nos hace decidir mucho antes de la verdadera decisión y descartar lo improbable por creerlo imposible. Se caracteriza por:
 
1. Juzgar que las argumentaciones parciales sobre un tema son mejores que las que presentan los dos lados.
2. Buscar pruebas que confirmen hipótesis o creencias aunque no tengamos un interés personal.
3. Priorizar los ejemplos que serían válidos en el caso que un concepto fuera correcto y omitir los contrarios.
4. Dar más importancia a las pruebas que confirman una hipótesis que a las que la desmienten.
 
HUMILDAD Y APRENDIZAJE CONTINUO
Otro coladero de errores de juicio es el exceso de confianza. Cuando dominamos una materia pasa como con lo hábitos, nos acomodamos. «La ilusión de acierto y la tentación de hacer las cosas siempre a nuestra manera crecen y se sustituye la investigación dinámica por suposiciones sobre nuestra habilidad o aparente familiaridad de la situación». Estudios corroboran que agentes de bolsa y directivos demasiado seguros de sí mismos incurren en más riesgos y acaban perjudicando los resultados de sus empresas.
La autora ofrece pistas para detectar cuándo pecamos de demasiado confiados:
 
1. Ante la dificultad nos crecemos y podemos sobrevalorar nuestras fuerzas.
2. Cuando más familiarizados estamos con algo nos volvemos complacientes.
3. Cuanta más información tenemos es más fácil pensar que podemos manejar un asunto.
4. A medida que nos involucramos en algo, más seguros nos sentimos.
Por último, la autora dedica especial atención al aprendizaje. Hay ocasiones en las que un caso concluye antes de llegar al fondo del asunto, como cuando Holmes descubre la identidad del misterioso huésped de la pensión de la señora Warren. No hace falta investigar más, piensa Watson. Pero Holmes invoca al «arte por el arte» y le espeta: «La educación no se termina nunca, Watson. Es una serie de lecciones, de las cuales las más instructivas son las últimas».
Tanto a nivel biológico como social recibimos recompensas por aprender, ya sea por la liberación de dopamina en nuestro organismo o por el reconocimiento de nuestros pares. Y, a menudo, caemos en la autocomplacencia. El truco para evitarlo, según Holmes, es no pararse ahí y seguir asumiendo desafíos, seguir ejercitando la sesera. Hoy sabemos que el cerebro, de la misma manera que crea nuevas conexiones cuando aprende, destruye las que no se usan, las desaprende.
La autora reconoce que en la era digital tenemos el peligro de quedar sepultados bajo la avalancha de información, mentalmente sobrepasados por la cantidad de impactos que recibimos. Su consejo es volver a Holmes y aprender el arte de mantener el desván más organizado que nunca.
 
 
Recuadro
DOS MODELOS OPUESTOS DE PENSAMIENTO
 
SISTEMA HOLMES
Pensamiento consciente (mindfulness)
Ante una cuestión, reflexiona
Su atención es dedicada, concentrada
Practica una observación minuciosa
Escepticismo metódico ante el mundo
Examen sistemático sin concesiones
Tiene un objetivo de observación
Controla lo que entra en su mente
Codificación motivada por sus objetivos
Archiva sus recuerdos ordenadamente
Revisa sus prejuicios a cada momento
Pone en tela de juicio la primera impresión
Separa los hechos con objetividad
Se impone una distancia emocional
Usa los cinco sentidos
Practica el distanciamiento psicológico
Tolera la incertidumbre y lo improbable
Experimenta un flow de entusiasmo
Piensa en voz alta para detectar errores
Busca soluciones imaginativas
No ceja hasta hallar la mejor explicación
Todo es posible hasta que no se demuestre lo contrario
Es consciente de la ilusión de infalibilidad
No deja nunca de proponerse retos
 
PENSAMIENTO WATSON
Pensamiento en «piloto automático»
Ante una cuestión, reacciona
Su atención divaga en la multitarea
Practica una observación superficial
Actitud ingenua ante el mundo
Se contenta con un análisis oportunista
Carece de un objetivo definido
Todo entra en su mente sin distinción
Criterio de codificación inexistente
Caos de recuerdos desorganizados
No es consciente de sus prejuicios
Es víctima de sesgos: correspondencia y entorno
Su interpretación es subjetiva
Tiende a la heurística afectiva
Observa de modo parcial
No toma su tiempo para desconectar
Se aferra a certezas simples (y erróneas)
Se aburre enseguida con los detalles
No externa sus procesos cognitivos
Busca soluciones por descarte
Se conforma con la primera explicación
Condiciona lo posible a su experiencia personal
Confía demasiado en sus capacidades
Prefiere descansar y disfrutar de su recompensa
 
 

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