El hombre ¿rata de laboratorio?

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¿Puedo utilizar humanos como ratas de laboratorio para conocer mejor el funcionamiento del cerebro u otro órgano? La búsqueda de la verdad, de la ciencia objetiva, no tiene límites, debe ser libre de juicios morales y de valor. En cambio sí hay una ética en la investigación científica, en los fines y los medios con que se realiza. Conocerlos ayuda a aclarar muchos interrogantes de hoy.
Durante las primeras décadas del siglo pasado, un dogma ampliamente compartido por los intelectuales fue la tesis de que la ciencia tiene que ser «libre de valores» (value-free), no someterse a juicios de valor –en particular a juicios éticos– ya que amenazaría su característica más preciosa, es decir su objetividad.
 
 
 
NI OPTIMISMO CIENTIFICISTA. NI ACTITUD ANTI-CIENCIA
Según esta visión, la libertad de la ciencia implica en primer lugar su independencia, llamada a veces «neutralidad», con respecto a cualquier tipo de vínculo o prohibición y, en particular, con respecto a normas morales.
Como la libertad de la ciencia se considera (y con razón) un aspecto muy importante de la «libertad de pensamiento», una conquista de la cultura moderna, era muy natural que dicha tesis encontrara el favor de muchos intelectuales: poner límites a la libertad de la ciencia significaría poner límites al progreso humano.
Sin embargo la explosión de la primera bomba atómica al final de la segunda guerra mundial «despertó» la conciencia crítica del mundo sobre el hecho de que los frutos de la ciencia pueden ser terribles y espantosos, si la investigación científica es intencionalmente dirigida hacia fines de muerte y destrucción.
Aparentemente el problema se reducía a exigir un juicio y un control de tipo ético-político sobre los programas de la big science (problema ya de por sí nada fácil), pero no tardó en imponerse a la atención general, que los mismos usos «pacíficos» de la energía atómica (centrales nucleares), dirigidos hacia fines totalmente admisibles, pueden producir desastres enormes debido a fallas «accidentales» (Chernóbil y Fukushima son los casos emblemáticos).
En las últimas décadas se han multiplicado las evidencias sobre cómo el desarrollo amplísimo e incontrolado de las actividades industriales «tradicionales» produce efectos de contaminación, deterioro ambiental, agotamiento de energías no renovables… que ya constituyen una potencial amenaza para la sobrevivencia de la especie humana y para las condiciones de vida de generaciones futuras. Temas hoy muy debatidos, que han propiciado una actitud anti-ciencia no menos arbitraria que el optimismo «cientificista» que dominaba antes.
 
CIENCIA: SIRVE PARA EL BIEN O PARA EL MAL
Parece que una postura capaz de evitar los extremos del cientificismo y la anti-ciencia es distinguir la ciencia del uso de la ciencia. Según esta postura (adoptada por varios autores en la época de los debates sobre la «neutralidad» de la ciencia) hay que reconocer que la ciencia en cuanto tal es buena y positiva, representa un orgullo de la humanidad y en particular de la civilización occidental que la ha engendrado.
Sin embargo, como todas las cosas, se puede utilizar para el mal o para el bien, en esos casos, el juicio moral (y la responsabilidad moral) cae sobre los que utilizan a la ciencia.
Con eso no se quería inculpar en sentido absoluto de mala voluntad o malas intenciones a quienes producen daños y desgastes utilizando a la ciencia, ya que se admitía también que tales efectos negativos pueden ocurrir como consecuencias no previstas y no intencionales de su uso.
En este caso, se proponía como remedio, un estudio riguroso y un cálculo prudente de los riesgos, que comporta determinado uso de la ciencia; estudio y cálculo que se fundan en gran medida en las mismas ciencias y tecnologías. De tal manera la propia disciplina se presentaba como el instrumento para controlar los daños que pueden surgir de su uso, cuando no sea intencionalmente mal orientado.
 
CIENCIA, SISTEMA DE CONOCIMIENTOS Y SISTEMA DE ACTIVIDADES
Hay una parte de verdad en este tipo de razonamientos y gracias a lo cual encontraron favor especialmente entre la comunidad científica, en la que las personas nunca trabajan con la intención explícita de dañar a alguien o de poner en peligro personas o cosas.
Sin embargo, la idea misma de la ciencia como simple instrumento, como una especie de entidad inerte que puede ser utilizada según las intenciones o el capricho de «los demás» parece demasiado abstracta y muy lejos de corresponder a la verdadera naturaleza de la ciencia y de su complejidad.

La manera más eficaz para superar esta noción vaga y abstracta es distinguir dos dimensiones o aspectos fundamentales en la ciencia.
Cuando hablamos de ciencia entendemos un complejo sistema de saber, es decir de conocimientos verdaderos y justificados y por otro lado, entendemos un sistema no menos complejo de actividades, de acciones humanas co-ordenadas y finalizadas. Con base en el primer criterio consideramos la ciencia como un amplísimo abanico de disciplinas y sub-disciplinas (Matemática, Física, Química, Biología, Medicina, Psicología, Historia, Sociología, Informática, etcétera).
Con base en el segundo criterio, consideramos a la ciencia como un grandísimo campo de profesiones (matemático, físico, químico, biólogo, médico, psicólogo, historiador, informático, etcétera).
Una vez puesta esta distinción, resulta claro que, si consideramos la ciencia sólo en cuanto sistema de saber, como organización de verdades lógicamente conectadas y justificadas en base a criterios metodológicos cuidadosamente elaborados por cada disciplina a lo largo de su tradición histórica, este sistema de saber debe ser independiente a cualquier criterio de juicio «exterior» a la misma ciencia.
Esto ya vale para las relaciones entre disciplinas diferentes (no se puede exigir validar un teorema matemático mediante un experimento físico, o utilizar un análisis gramatical para justificar una hipótesis biológica). Incluso el hecho resulta más evidente, porque no tendría sentido rechazar un resultado científico correcto porque lo descubrió un investigador de malas costumbres, o aceptar cómo científicamente validado un resultado erróneo aunque lo haya encontrado un investigador gracias al trabajo apasionado de su vida entera.
La cualidad moral de quien presenta un resultado científico no influye sobre el «valor científico» del resultado mismo, ni tampoco sobre las intenciones personales o colectivas de los que lo proponen.
Lo mismo hay que decir a propósito del «contenido» de las proposiciones científicas y tecnológicas: no es correcto, por ejemplo, dar preferencia a una teoría científica porque nos parece más conforme con nuestras convicciones éticas, religiosas, ideológicas o políticas, o rechazar otra teoría porque nos parece contraria a dichas convicciones.
Sólo argumentando en base a los criterios de la ciencia en cuestión es correcto criticar una teoría y, probablemente, también mostrar que ciertas «interpretaciones» que se dan de sus resultados sobrepasan los límites y el alcance de dichos criterios.
Lo mismo vale para los conocimientos «eficaces» de la tecnología: frente a dos productos tecnológicos similares pero de diferente eficacia, uno de producción nacional y otro extranjera, sería incorrecto decir, por ejemplo, que el nacional es «mejor» si en realidad no lo es, aunque sí es legítimo elegir el nacional, a pesar de su menor eficacia, por razones de tipo político o hasta sentimental.
 
VERDAD Y CONOCIMIENTO NO ADMITEN JUICIO ÉTICO
En pocas palabras, no existen verdades éticamente prohibidas y con esto queda claro que todas las verdades son admitidas en la ciencia y que, por lo tanto, la ciencia en cuanto sistema de saber y conocimientos no está sometida a juicios éticos.
Pero el discurso cambia del todo si consideramos la ciencia como sistema de acciones humanas, ya que cualquier acción humana cae bajo el juicio ético que la califica como buena o mala, como permitida, obligatoria o prohibida.
A primera vista esto concierne específicamente a la tecnología, ya que ésta es claramente un enorme conjunto de acciones, de actividades, de producciones, de las cuales se pueden investigar las intenciones, los fines objetivos, las consecuencias, las circunstancias, los beneficios y los daños.
Menos inmediata aparece la posibilidad de aplicar este discurso a la ciencia estrictamente entendida, ya que su fin específico es producir conocimientos que, como acabamos de ver, son éticamente «neutros». Sin embargo es muy claro que estos conocimientos no nacen de la nada, sino son el resultado (como comúnmente se dice) de un «quehacer», una investigación.
Por esto, mientras la expresión «ética de la ciencia» soporta cierta vaguedad y ambigüedad de la que ya hablamos, la expresión «ética de la investigación científica» tiene un sentido preciso, ya que se realiza según una riqueza de actividades que se prestan a varios tipos de juicios de valor, algunos de ellos específicamente éticos.
 
LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA SE AJUSTA A NORMAS
La moral no es el único campo en donde se proponen normas; se puede decir que cada actividad humana se caracteriza por sus normas o «reglas» que se han ido precisando como indicaciones para conseguir mejor sus fines específicos.
Son reglas de carácter no estrictamente «prescriptivo» (como se supone sea el caso de las normas morales) sino más bien «constitutivo» o instrumental, como las «reglas del juego». Algunas son constitutivas: determinan qué cosas se pueden hacer o no en determinado juego (ajedrez, bridge, rugby).
Otras son instrumentales: aconsejan qué hacer para conseguir de manera más eficaz el resultado específico de determinada actividad. En el caso de juegos pueden sugerir estrategias útiles pero no necesarias para ganar; en prácticas artesanales indican diversos procedimientos concretos; en ciertas actividades artísticas o deportivas proponen «ejercicios» útiles para aumentar las prestaciones, la facilidad, precisión, rapidez de movimientos…
En cuanto a la investigación científica, el conjunto de reglas constituye la metodología de cada disciplina y dice cómo hacer correctamente la investigación. En las ciencias experimentales varias reglas detalladas indican cómo se debe construir un experimento para que sus resultados sean confiables o cómo aplicar la estadística a los datos recogidos. A veces, no cumplir con estas reglas puede invalidar el resultado del experimento.
Si se trata de una investigación histórica la metodología detallará por ejemplo los criterios para buscar las fuentes, evaluar su autenticidad, establecer su datación, proceder a exámenes comparativos de sus contenidos, interpretarlas dentro de su contexto de origen, etcétera. Además está el aspecto de la argumentación y el rigor que cada ciencia persigue de manera específica y que no necesariamente se reduce al uso de métodos formales del tipo que utilizan las matemáticas o la física.
Llamamos a estas reglas «criterios epistemológicos» porque su fin es permitir a una investigación conseguir un saber (epistéme en griego) dentro del campo en el que se aplica la investigación, mediante la recolección de datos, su organización ordenada, su interpretación y explicación, según los diferentes tipos de disciplinas.
 
SÍ EXISTE LA ÉTICA DE LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA
Ocurre que en algunas disciplinas se pueden defender afirmaciones opuestas con igual derecho, porque cumplen con los requisitos metodológicos de la propia disciplina, son compatibles con los datos y los explican mediante argumentos rigurosos, aunque de manera distinta.
Es el caso típico de «teorías rivales» para las que no ha sido posible determinar un «experimento crucial», cuyo resultado sea compatible con una e incompatible con la otra. En estos casos la investigación no se detiene, sino que se elige una de las teorías en base a características como la simplicidad, la presencia de nexos causales, la amplitud de previsiones, la correlación con otras disciplinas, etcétera.
A veces estas características son llamadas «valores» (o hasta virtudes) y por ello algunos epistemólogos afirman que en las ciencias existen «juicios de valor», precisamente porque en base a estos «valores» muchas veces se aceptan o rechazan algunas afirmaciones científicas más allá de lo que sería justificado de acuerdo a los puros criterios metodológicos.
Sin embargo, no es un modo recomendable de expresarse porque puede engendrar confusión. De hecho, dichas características se pueden llamar «valores», pero es correcto denominarlos «epistémicos», ya que siempre y sólo conciernen al aspecto cognoscitivo de las proposiciones científicas. Cuando se afirma que hay que evitar expresar en la ciencia «juicios de valor» se entiende hacer referencia a otros valores, de tipo ético, social, político, económico, religioso, es decir valores no-cognoscitivos.
Por consiguiente hay que reconocer, por un lado, que estos auténticos juicios de valor no son pertinentes para evaluar la ciencia en cuanto saber y, por otro, el respeto de los criterios epistemológicos y de los valores epistémicos no puede considerarse como constituyente la genuina ética de la ciencia o «ética de la objetividad» como la llamó Jacques Monod.
Si, en lugar de la vaga expresión «ética de la ciencia» utilizamos la más precisa «ética de la investigación científica» debemos entonces decir que una ética de la investigación científica no puede reducirse a respetar los valores y criterios epistemológicos: respeto necesario para un «buen científico», pero en sentido limitadamente profesional y no en sentido plenamente moral.
 
CUÁNDO UNA INVESTIGACIÓN NO ES ÍNTEGRA
Un paso adelante en el reconocimiento de que la ética del quehacer científico no puede reducirse a la correcta ejecución de las tareas impuestas por el rigor metodológico, se expresa en las últimas décadas en los discursos acerca de la llamada research integrity, que podemos traducir como «integridad de la investigación». La noción de integridad recibe su significado ético específico que resume las características de la honestidad intelectual, del reconocimiento de los méritos de los demás, del compromiso a abstenerse de cualquier tipo de fraude o plagio.
En esta noción se refleja la figura ideal (o idealizada) del científico como ha sido cultivada por la modernidad, que corresponde al conjunto de hábitos que normalmente implica el ejercicio escrupuloso y honesto de la actividad del investigador. Es decir, perseverancia, autodisciplina, espíritu de sacrificio, disponibilidad a reconocer los propios errores, a recibir y discutir las críticas, a no manipular los datos para reforzar las tesis propias, a someterse al juicio de los pares, a tener una actitud interior de humildad debida a la conciencia de lo poco que se sabe en comparación con lo mucho que se ignora, a reconocer las contribuciones, los méritos y prioridades de otros investigadores cuando existen, etcétera.
Podemos agregar que los discursos sobre la research integrity han sido estimulados porque aquella figura ideal del investigador, más implícita que explícita en el sentido común, ha sido traicionada muchas veces por las prácticas concretas de no pocos investigadores.
Influyen factores socio-culturales como los siguientes: el alto nivel de competencia que existe entre algunas instituciones científicas y los mismos científicos; los enlaces que se dan entre investigaciones científicas y fuentes de financiación; el que una parte considerable de la investigación científica se oriente hacia aplicaciones tecnológicas y a la obtención de patentes en los grandes contextos de producción industrial.
Al considerar los detalles en las temáticas de la research integrity vemos que muchos problemas conciernen a la comunicación de la información científica y a las posibilidades (no puramente hipotéticas) de que en esa comunicación se produzcan fraudes, silencios, omisiones, evaluaciones no objetivas o interesadas, que pueden infiltrarse hasta en prácticas consideradas como garantías de calidad científica, como es el caso del arbitraje por pares en la revistas de mayor prestigio.
 
LOS MEDIOS Y FINES SÍ IMPLICAN VALORES ÉTICOS
Incluir los temas de la research integrity no parece suficiente para dar un verdadero sentido a la ética de la investigación ya que a fin de cuentas, nos quedamos en una perspectiva «cerrada» a un horizonte que concierne a las actividades «internas» del quehacer científico. Es decir, nos limitamos a una perspectiva más próxima a una «deontología» que a una verdadera ética de la investigación.
Para alcanzar el nivel de una consideración genuinamente ética hemos de ampliar el discurso a lo que «rodea» a la investigación científica y a los valores éticos que implica en cuanto actividad específicamente humana. Por ejemplo, ni la consideración de los requisitos metodológicos, ni los temas de la integridad de la investigación se ocupan de evaluar moralmente los fines efectivos de cada investigación que tienen que ser éticamente lícitos, especialmente si se trata de investigación destinada a aplicaciones.
Pero no se trata simplemente de controlar la licitud de los fines, ya que desde el punto de vista ético también los medios importan mucho. Por ejemplo, una investigación biológica perfectamente planeada desde el punto de vista metodológico y que implique hacer experimentos sobre embriones humanos despierta claramente problemas éticos muy graves.
Sea que se afirme que este tipo de experimento es moralmente lícito, o se lo considere moralmente ilícito, se trata de un discurso y de un debate exquisitamente ético, que no tiene nada de metodológico en sí.
 
EL FIN PRINCIPAL ES EL BIENESTAR DE LA HUMANIDAD
La disponibilidad de fondos para la investigación, para dar otro ejemplo, no puede ignorar los «intereses» (entendidos en el sentido más amplio) de quienes los proporcionan. Y si se trata de fondos públicos, son los intereses de la entera comunidad social, que tiene el derecho moral de conseguir una compensación por lo que ofrece a la investigación, sustrayendo estos fondos a otras actividades de relevancia social.
Sabemos muy bien que un alto porcentaje de la investigación científica actual se hace por cuenta de grandes empresas industriales, cuyo fin es conseguir un provecho económico. Esto no es intrínsecamente injusto ni inmoral, pero puede serlo si se pierde totalmente de vista lo que en otros tiempos se imaginaba ser el fin principal del desarrollo de la ciencia, es decir el bienestar de la humanidad.
A la ética de la investigación científica pertenece en particular recuperar la conciencia de esta finalidad fundamental de la ciencia, simplemente porque a fin de cuentas, la ciencia es hecha por el hombre y no puede evitar ser también para el hombre.
Sería demasiado largo explicar aquí cómo realizar este ideal. Nos limitamos a decir que se trata de enmarcar la investigación científica dentro de una visión sistémica, es decir considerarla como un subsistema del sistema global constituido por la sociedad con todos los demás subsistemas (económico, industrial, educativo, ético, religioso, legal, etcétera).
Este sistema global, como cualquier otro, puede funcionar correctamente a condición de que funcionen bien todos sus subsistemas y que entretejan relaciones eficaces con los demás, con lo que cada uno asegura también su propio buen funcionamiento. Así el sistema de la investigación científica cumplirá con sus responsabilidades hacia los demás sistemas, incluso el sistema ético, y en esto podrá consistir el sentido más pleno de una ética de la investigación científica.
 

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