Humanos «on demand» ¿Podemos elegir nuestro proceso evolutivo?

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La eterna inconformidad del hombre consigo mismo y la inquietud por lograr el humano que imaginamos genera el transhumanismo. Corriente de pensamiento que busca potenciar las facultades físicas y mentales, convencida de sus beneficios. Pero demanda absoluta libertad para experimentar en seres humanos con los riesgos que implica. Si se da, ¿podrá el hombre reconocerse en el espejo de su propia identidad?
El cambio es compañero secular de la humanidad. La inconformidad ha sido tradicionalmente buena consejera para el ser humano: le ha inspirado las luchas sociales, el desarrollo de la medicina, la curiosidad astronómica, la conquista espacial o la creatividad artística.
Pero ahora tal parece que toma otro cariz, y el hombre ya no puede esperar con paciencia lo que piensa que está en sus manos modificar. Y en estos sueños, el transhumanismo irrumpe como la oportunidad para acelerar el advenimiento de una nueva humanidad.
Y porque es inconforme, el hombre se pregunta constantemente si debiera mantener estables sus propias construcciones culturales (sociedades, instituciones, reglas), o si ha de modificarlas según las necesidades y circunstancias en boga; pero al mismo tiempo, por insatisfecho, sigue buscando nuevas respuestas a la regularidad de los ciclos naturales físicos o biológicos, las reglas de composición química, o el ocurrir de las catástrofes. Ahora ha trasladado esa misma inquietud a la corporeidad.
 
EL TRANSHUMANISMO COMO MEJORA
¿Es acaso necesario resignarse ante la fuerza muscular con la que nos tocó en suerte nacer, o con el rendimiento metabólico heredado de nuestra carga genética familiar, o con nuestros patrones de crecimiento, de capacidad de resistencia aeróbica? ¿Acaso sólo queda acostumbrarnos a las debilidades, incapacidades o límites biológicos que parecen constreñir desde la corporeidad los ímpetus de la mente humana?
Estas inconformidades e inquietudes gravitan ente las propuestas de modificación biotecnológica que sugiere el transhumanismo.
Julian Huxley (hermano de Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz), ha sido tradicionalmente señalado como la persona que acuñó la expresión transhumanismo en los albores de los años 60 del siglo XX, para designar la toma de conciencia de las posibilidades que la naturaleza humana tendría para trascenderse a sí misma. Es decir, la necesaria actitud que nos debería llevar a no conformarnos con las precariedades de nuestra propia condición natural, o con los fallos estructurales que enfermedades, actitudes violentas o destructivas que vienen incluidas con nuestro nacimiento.
 
PERFECCIONES INDIVIDUALES ON DEMAND
Los avances técnicos y la febril industria futurista despertó una ruta en la que la idea de progreso del siglo XIX no había reparado lo suficiente: la posibilidad de intervenir biotecnológicamente para llevar a cabo las modificaciones estructurales que nos permitieran ser los humanos que nuestra imaginación aventurara.
La década de los 80 del siglo pasado fue prolija en encuentros, foros, formación de asociaciones, que reunidas en torno a estas ideas se fueron destacando como agoreros de la nanotecnología, la biología molecular, la cibercultura, como herramientas que permitieran anticipar qué alteraciones radicales era pertinente intentar en la naturaleza humana, en función de los avances científicos y tecnológicos a la mano.
Y los años 90 vieron aparecer formalmente movimientos para proponer rutas críticas, mejor definidas, para que la investigación científica explorara el mejoramiento y modificación de la naturaleza humana.
Nick Bostrom y David Pearce se convirtieron en los principales voceros de esta propuesta, al fundar la World Transhumanist Association, que reclama la urgencia de trascender nuestras categorías culturales y permitirnos la posible y deseable modificación que lleve a eliminar las limitaciones humanas fundamentales: envejecimiento, enfermedades e incapacidades, que puedan ser excluidas mediante mejoras sustanciales de nuestras facultades intelectuales, físicas y psicológicas.
Se trata de implementar perfeccionamientos individuales, no de grupo o colectivas, sino on demand, diseñadas para cada organismo, de acuerdo a sus potencialidades y necesidades. Esto, bajo el supuesto de que no sólo habría una obligación moral de parte de los individuos que ahora, gracias a la tecnología serían capaces de transformar las condiciones físicas y biológicas del hombre actual, sino que además se trataría de una verdadera necesidad.
Consideran preciso actuar, dadas las circunstancias de indefensión sanitaria, pandemias y males de diverso orden que hacen de la carencia física un factor de remarcada inferioridad humana frente a las condiciones del ambiente
La idea es que el ser humano tome sobre sí el control de sus propios procesos evolutivos, y deje en el pasado la idea de que la evolución natural haría surgir por sí misma después de varios millones de años nuevas capacidades, más eficaces y competitivas para sobrevivir en el entorno. La propuesta transhumanista pretende acelerar ese proceso evolutivo añadiendo un componente no existente en la evolución de las especies: la elección del objetivo evolutivo humano.
En una propuesta de este tipo, no existe entre las disciplinas involucradas una que lleve la voz cantante. El método transhumanista es necesariamente interdisciplinar, progresista y liberal. La prospectiva es su herramienta de planeación, mediante simuladores informáticos con los que es más sencillo diseñar los pasos futuros a desarrollar en las transformaciones biomédicas y biotecnológicas.
La realidad virtual, la inteligencia artificial, la nano y biotecnologías se conjugan para aportar nuevos futuros escenarios hacia los que el transhumanismo pretende que la ciencia haga llegar al hombre actual.
 
DE LO PERDIDO, LO HALLADO
Para el transhumanismo, no se trata de buscar ser mejores humanos, sino de trascender el concepto mismo de humano, entendido como el estado actual en el que la evolución biológica ha puesto al homo sapiens durante su desarrollo biológico. Por lo que los transhumanistas prefieren hablar de la búsqueda de un estado más allá de lo humano, en última instancia posthumano: una vida más plena, sin enfermedades, más longeva, con esperanzas y calidad de vida jamás imaginadas, con mayor autoconciencia,
En su esperanza, el transhumanismo se ha visto algunas veces apuntalado y muchas más, rebasado, por las propuestas de la ciencia ficción. Verdaderas extravagancias culturales han surgido de la imaginación futurista que convierte los pensamientos humanos en códigos binarios descargables en mega cerebros cuánticos que resucitan la conciencia de una persona, mucho tiempo después de fallecida, con sólo hacer una consulta digital.
En su febril idealización, el transhumanismo imagina que la experimentación genética transforma las interfaces hombre-máquina en nuevos cyborgs vigilantes de la paz pública; o encuentra mecanismos de verdadera eugenesia que permiten avanzar hacia nuevas esperanzas de vida, aunque ello conlleve las medidas extremas de deshacerse de lo humanos que de cualquier modo no sobrevivirían, como los indigentes, enfermos terminales o parias sociales.
Pero la imposibilidad de cristalizar hoy las más imparables ocurrencias cinematográficas o literarias futuristas, no obsta para que el transhumanismo insista en avanzar firmemente hacia las condiciones reales que sí estén a nuestro alcance y permitan conseguir paulatinamente el advenimiento de una humanidad 2.0.
Por ello postulan que, mientras las restricciones bioéticas impidan los desarrollos de protocolos de investigación donde se involucre experimentación en seres humanos, las diversas etapas del futuro transhumano jamás podrán obtener los resultados buscados.
Las versiones más radicales del transhumanismo fundamentan su demanda de eliminar toda restricción de la experimentación sobre humanos, en que no podemos privar a la humanidad futura de conseguir beneficios rentables para las generaciones de humanos venideros, que tienen el mismo derecho que los actuales a recibir los beneficios de una vida mejor, obtenida mediante la transformación y mejora biotecnológicas. Todo ello, argumentando una pretendida valía intrínseca de cada persona actual, llamada dignidad.
El argumento transhumano es claro: impedir la experimentación actual en humanos priva del beneficio del acceso a la ciencia del mañana a una humanidad futura, sin advertir que el egoísmo del hombre de hoy impediría la plenificación de los hombres que nacerán mañana.
 
EUGENESIA COMO RECURSO E INGENIERÍA COMO PROTOCOLO
Aunque en un primer momento las ideas transhumanas se estimaban demasiado ficción para ser ciencia, y a la ciencia de entonces demasiado rigurosa para ser ficción, las críticas más duras a la propuesta transhumanista que apostaba por un futuro compuesto de humanos bajo diseño, interfaces hombre-máquina y post humanos con ADN de silicio, no apuntaban a la irrealidad de lo irrealizable.
Las reservas radicaban en el riesgo de que una sociedad compuesta de individuos modificados ya no se reconociera ante el espejo; esto es, que agotaran la eugenesia como recurso y la ingeniería genética como protocolo, y llevara al humano a replantearse los fundamentos de la identidad personal.
La eventual desigualdad social que devendría en segregación de humanos modificados, por un lado; y simples mortales por otro, ha sido una de las críticas más duras de quienes se oponen a la modificación radical de la corporeidad humana mediante la biotecnología de diseño. Llevó a Francis Fukuyama a considerar el transhumanismo como un peligro para los fundamentos igualitaristas de la democracia liberal, al modificar sustancialmente la naturaleza humana, con el consiguiente surgimiento de nuevas castas. En este mismo sentido se pronunció en su momento Habermas, quien veía amenazas incluso para las capacidades más determinantes como el conocimiento, la libertad y la autodeterminación.
Ante esta preocupación, los simpatizantes del transhumanismo arguyen que la intervención mediante ingeniería genética en el genoma humano, por ejemplo, más que un riesgo sería una verdadera obligación.
Ante un ecosistema hostil, contaminado, en el que abundan pandemias de todo tipo, no extraña que los transhumanistas volteen hacia la biotecnología con la esperanza de que mediante sus desarrollos, el organismo humano se haga menos endeble al agreste entorno.
Bajo esta óptica, no intervenir mediante ingeniería genética en el genoma humano representaría más riesgo para la población amenazada por la polución y las pandemias, que el peligro derivado de intervenir.
 
VENTAJAS Y RIESGOS DESCONOCIDOS
Críticos y partidarios del transhumanismo han mostrado durante estos años, argumentos que han polarizado la discusión sin posibilidad de arreglo. Para algunos, apelar al deseo de rejuvenecimiento y de trascendencia no es suficiente justificación para autorizar la intervención experimental en la naturaleza humana.
Para los transhumanistas, en cambio, ese deseo ha estado presente en todas las culturas humanas, y piensan que en buena medida es el motor del desarrollo de la medicina y del estudio de la biología. Desde luego que el sueño de la inmortalidad mediante la intervención de la medicina y las estrategias de prolongación de la vida, son para los transhumanistas una manifestación de las posibilidades irrenunciables actuales de mejora del cuerpo humano.
Otros críticos piensan que un mundo futuro, donde se cristalizara el proyecto transhumano a tope, y el hombre hubiera superado la mortalidad y la limitación biológica; aún en ese caso, de cualquier modo la vida humana carecería de sentido ante la ausencia de la necesidad terapéutica o de mejoras, porque no habría ningún estado nuevo de cosas al cual arribar o ningún aliciente tras el cual ir. Otros en cambio piensan que la vida transhumana mantendría la mayoría de los retos a los que se enfrenta un individuo en la sociedad por más que la biotecnología hubiera obtenido el máximo del perfeccionamiento humano.
La mayoría de los transhumanistas reconocen los riesgos, sobre todo iniciales, que tendrían las tecnologías emergentes de intervención biotecnológica y genómica. Pero al mismo tiempo piensan que restringir la investigación científica basados en principios de precaución no obedece a una postura realista.
 
LA HUMANIDAD BAJO DISEÑO
Uno de los grandes supuestos que anima desde hace años el crecimiento de la propuesta transhumanista, radica en la idea de que la esencia humana sería fruto de un proceso evolutivo ante el cual habría llegado el momento de intervenir para acelerarlo bajo diseño. Su intención es cambiar la definición de lo que somos como especie para dar lugar a un espécimen original.
Nadie duda de las ventajas biotecnológicas que representa la posibilidad de instalar celdas fotosensoras para que un ciego recupere la vista o que la nanotecnología pueda reparar defectos genéticos con sólo beber un micro robot en forma de yoghurt, o que un amputado recupere la sensibilidad a partir de interfaces hombre-máquina. Pero saltar de esas necesidades a la absoluta eliminación de restricciones para fomentar la experimentación completa en seres humanos es un terreno distinto: abandona el planteamiento científico y los beneficios sociológicos y se mueve en el de la bioética y la antropología filosófica, cuando no en el de la metafísica.
Pretender modificar la esencia humana considerándola una suerte de figura de barro a la que se puede imprimir una forma diferente para sustituir la anterior, deja de lado que la esencia humana es una mezcla de plasticidad y dinamismo que aún no agota sus posibilidades de despliegue como para que se le considere un principio sólo operable mediante la manipulación.
Los transhumanistas radicales sostienen que pretender proteger la naturaleza humana como inviolable y fuente de dignidad, no es sino pasar por encima de la objetividad de la ciencia y del bienestar de los seres humanos futuros.
 
LA SIMULACIÓN VIRTUAL PERMITE AVANZAR
El cambio, la transformación, el dinamismo, han sido considerados desde las más remotas escuelas de pensamiento fenómenos fascinantes pero escurridizos, casi misteriosos, cuando no amenazantes.
Ya en tiempos inmemoriales, los humanos que transitaron del Neanderthal al Cro-Magnon tuvieron que resolver cómo relacionarse con el cambio y la transformación, en un medio ambiente que no les daba tregua ni para su vivir ni para su estar.
Aprendieron a dominar las tormentas y a convertirlas en instrumento para siembras y cosechas; controlaron las estaciones, terremotos, erupciones y sequías, y los hicieron parte de su cultura, historia, mitos y sobrevivencia.
El viejo filósofo Heráclito (535-475 a.C.) consideró al cambio como motor de la realidad misma, y con el pasar de los siglos, los estudiosos y pensadores vieron a la transformación como paradigma, esperanza y causa; lo que se acentuó en nuestros tiempos con el advenimiento de las revoluciones, la instauración del progreso, el descubrimiento de la evolución biológica o la búsqueda contemporánea del desarrollo.
Sin embargo, hay que decir en primer lugar, que modificar no es un concepto unívoco: no es lo mismo cambiar el mejoramiento muscular, la resistencia aeróbica o la capacidad de retentiva cerebral, que plantear la reducción del conocimiento humano a un código materializado para transportarlo a máquinas artificialmente pensantes.
Las necesarias, deseables e irrenunciables modificaciones que la ciencia debe emprender para incrementar las capacidades humanas y aniquilar las pandemias, ante la indefensión de nuestro organismo a patógenos antiguos y modernos, no implica necesariamente la liberación absoluta de las restricciones bioéticas, ni la eliminación de la dignidad humana como una supuesta amenaza al avance de la investigación científica.
Hoy las simulaciones virtuales permiten estudiar eventuales reacciones en diferentes órganos a fármacos o prácticas de modificación nanobiotecnológica, como hace desde años el proyecto Cerebro Humano Virtual; mediante la creación de cromosomas artificiales se pueden visualizar los efectos de la intervención genética en humanos sin correr los riesgos que implicaría una intervención directa en hombres vivos.
Lo que se ha logrado con el cerebro virtual se conseguirá en su momento con el resto del organismo humano; de modo que la ingeniería genética permitirá experimentar cuáles pueden ser los cambios necesarios en el cuerpo humano para que logre estar menos a merced del medioambiente agresivo y de las enfermedades que lo atacan.
 
AUTOPOSESIÓN Y ENTREGA ¿CATEGORÍAS VACÍAS?
El transhumanismo pone en la mesa el siguiente conflicto: modificar al hombre para lograr el humano que imaginamos ser (aunque implique al principio perjuicios en quienes sirvan de conejillo de indias); o bien, mantener las características físicas y biológicas humanas intactas, impidiendo a generaciones futuras beneficiarse del conocimiento que arrojaría un ser humano modificado por la biotecnología. Algunos piensan que la solución podría resolverse con la implementación de un desarrollo tecnológico diferencial.
Ello implicaría que la misma comunidad científica que consiguiera las mejoras vigilara el ritmo de las nuevas tecnologías, mientras se mantiene la aceleración de los desarrollos biotecnológicos benéficos.
En realidad, me parece que el asunto gravita más en los equívocos supuestos que en la elección del método correcto. Un cierto materialismo subyacente que confunde los estándares de salud perdidos y su correspondiente terapia compensatoria con la modificación de la esencia humana, hace muy poco favor a la existencia del hombre que presenta dimensiones mucho más ricas que el de una maquinaria necesitada de alineación y balanceo.
Antes de desacreditar por trasnochados los conceptos de «dignidad», «valía intrínseca» o «naturaleza humana», creo que se exige recuperar y revalorar su papel para entender qué es el hombre. Su entidad como sujeto coexistente, capaz de autoposesión y autodeterminación dirigible hacia la entrega en donación (categorías que a los oídos transhumanistas sueñan vacías y retóricas) merece un trato algo más complejo que considerarla materialidad eficientable.
El verdadero crecimiento y modificación de un sujeto capaz del otro y receptor del tú, pasa más por la modificación (esa sí, radical, determinante) del autoperfeccionamiento en el tiempo que los griegos llamaron areté, que en la mejora del rendimiento o la percepción física.
Cuando el hombre recupere la comprensión de las potencialidades de cambio posibles mediante el ejercicio de la libertad como crecimiento, entenderá que el verdadero human enhancement radica más en la generación de un mejor hombre, y no únicamente en la mejora estructural, que en buena medida ocurrirá por añadidura, sin necesidad de intentar llegar a ser lo que no es, irreconocible en el espejo de la propia identidad.1
 
Recuadro
No es lo mismo hablar de investigación filosófica del transhumanismo que de «prácticas transhumanistas».
Actualmente existen centros donde se teoriza acerca del human enhancement (mejoramiento humano), entre ellos destacan el Institute for Science Ethics and Innovation de The University of Manchester y el Uehiro Center for Practical Ethics de la Oxford University. Algunos de sus trabajos de investigación incluyen el debate sobre la moralidad del doping en el deporte, el estudio sobre la posibilidad de que parejas homosexuales tengan hijos con herencia genética compartida, las averiguaciones sobre las consecuencias de detener el envejecimiento o los nuevos métodos biotecnológicos para castigar criminales.
En cuanto a prácticas y logros concretos, está George Church, profesor de la Universidad de Harvard, promotor de la llamada «biología sintética» e impulsor de una ciencia materialista y transhumanista aparentemente sin límites. Los laboratorios del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y el Instituto de Tecnología de California (CALTECH) llevan la delantera en el desarrollo de aditamentos tecnológicos para acrecentar las capacidades humanas. Un ejemplo es el artista contemporáneo Neil Harbisson, primer ciborg reconocido por un gobierno. En 2002, a los 20 años, diseñó una antena para escuchar los colores, misma que se implantó en el cerebro y aún conserva. Es cofundador y presidente de la Cyborg Foundation, organización internacional que se dedica a buscar nuevas herramientas para que los hombres se conviertan en ciborgs.
 
Notas finales
1 Sobre transhumanismo: Bostrom, N., Savulescu, J. (eds.), Human Enhancement, Oxford University Press, 2009; Agar, N., Humanity’s End. Wy We Should Reject Radical Enhancement, MIT Press, 2010; Fukuyama, F., El fin del hombre, Punto de Lectura, 2003; Marchesini, R., Post-human. Verso nouvi modelli di esistenza, Bollati Boringhieri, 2005; Sanna, I. (ed.), La Sfida del post-humano, Edizioni Studium, 2005; Velázquez, H., ¿Qué es la naturaleza? Introducción filosófica a la historia de la ciencia, Porrúa, 2007.
 

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