Los peligros de usar la cabeza en el futbol

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De Esparta a Florencia
¿Sabían que algunos Papas del Renacimiento practicaron futbol? En realidad, no jugaron exactamente al soccer, sino al calcio florentino, deporte reservado a los aristócratas. ¡Cómo han cambiado las cosas! ¿No? Hoy por hoy, el soccer es el deporte democrático por excelencia.
El calcio florentino sigue jugándose como una curiosidad pintoresca. En el calcio contemporáneo se permiten codazos, puñetazos y cabezazos; en el antiguo, estaba autorizado incluso ahorcar al adversario para arrebatarle la bola. Por lo visto algunos árbitros mexicanos parecen extraídos del Renacimiento. Como no soy ninguna autoridad en materia de soccer, ustedes, los expertos, me dirán si un América-Guadalajara se parece al aguerrido calcio de la época de los Medici o si se trata de un encuentro entre caballeros.
El calcio se remonta a la Britania Romana, donde los legionarios acantonados en la Isla practicaban el harpastum. Este deporte, una especie de rugby, se jugaba en un rectángulo acordonado. El propósito del harpastum era llevar al lado del adversario una pelota de cuero. Los jugadores utilizaban todo el cuerpo y sus reglas eran muy laxas. El médico Galeno lo recomendaba como un magnífico ejercicio. Los jefes lo veían con buenos ojos porque fomentaba la disciplina del equipo, virtud apreciada entre las temibles legiones romanas.
El harpastum, a su vez, estaba emparentado con el episkyros. Éste último se practicaba en Grecia, especialmente en Esparta. Competían dos equipos de 12 personas cada uno. El propósito también era llevar la pelota al lado contrario de la cancha. Como la mayoría de los deportes, se practicaba desnudo. ¡Imagínense los pelotazos! ¡Auch! Con razón los jóvenes espartanos lo practicaban como entrenamiento para la guerra.
Otro deporte de pelota jugado en Grecia era la phaininda, del cual tampoco sabemos mucho. Posiblemente se jugaba con varias pelotas, competían dos equipos y el centro de la cancha tenía un significado especial, quizá era la meta. En este juego se permitía la lucha cuerpo a cuerpo para ganar la pelota.
En la edad media, se jugaba en Francia y en Inglaterra el soule; consistía en llevar una pelota hacia una meta lejana. Los partidos se realizaban en Pascua, Navidad y en las fiestas patronales de los pueblos. ¿Su cancha? El campo, un bosque poco tupido, la aldea. A veces, la «cancha» era tan accidentada que había arroyos en ella. Era como un futbol llanero, pero a lo bestia. Reyes y obispos intentaron prohibirlo en vano.
 
¡POR FAVOR!, ¡UN POCO DE ORDEN!
Con el tiempo, el juego de pelota se fue refinando hasta convertirlo en uno de pies; se privilegió la destreza física sobre la fuerza. No basta con ser robusto, hay que saber dominar el balón sin utilizar las manos. Este detalle no es anecdótico, es parte del proceso civilizador.
En la primera mitad del siglo XIX se elaboraron las «Reglas de Cambridge» que unificaron el futbol para facilitar la competencia entre diversos colegios. Estas reglas inspiraron, en 1863, las de la Football Association, que moderó la violencia y excluyó definitivamente el uso de las manos (salvo la de Maradona). En 1867 se fundó la Sheffield Football Association, de donde saldría un código fundamental para el soccer actual. El travesaño superior de la portería, por ejemplo, es una aportación de este código.
Curiosamente, las clases altas inglesas se inclinaron por el rugby, y dejaron el soccer para los obreros. Y que conste que no es prejuicio mío; es un hecho histórico. Por cierto, a México el futbol llegó por influencia de empresas británicas en Orizaba y Pachuca.
 
¡HAMBRE DE GOL!
A pesar de sus oropeles, el soccer es una transfiguración de la guerra. Su objetivo es golear al contrario, comandado por un capitán. El trabajo en equipo está al servicio del triunfo sobre el adversario. En cierto sentido, el futbol tiene una vocación más bélica que la esgrima, pues ésta tiene más de duelo que de batalla.
Mucho me temo que existe una relación entre el acoso escolar y el desempeño deportivo. Valdría la pena una investigación sobre el asunto. Intuyo que el campeón goleador del equipo de primaria no es blanco del bullying y viceversa. Así como en la guerra los débiles son despreciados; en el deporte, los perdedores suelen ser objetos de burlas. ¿Será igual en el colegio?
Tampoco es casualidad que la rivalidad entre los aficionados acabe en golpes. No es cosa de hoy; en la Florencia renacentista había golpes entres los fanáticos de los equipos contrarios.
El futbol es una metáfora, una sublimación de la guerra. El árbitro y el reglamento moderan la violencia; no es una guerra campal. Pero la finalidad del juego es otra meter goles para demostrar la propia destreza y fuerza. Lo escribí hace algunos años y lo vuelvo a repetir: las competencias deportivas no son escuelas de compasión. El deporte es, sin duda, una escuela para la virtud griega de la fortaleza, pero difícilmente nos enseña a sentir simpatía por el débil. Y antes de que me lapiden, les digo que practico deporte con más regularidad que 90% de los mexicanos. Los triglicéridos son canijos.
 
¿QUÉ SERÍA DEL DOMINGO SIN EL FUT?
¿Por qué la gente disfruta del futbol? Los motivos son infinitos. El fut une a los aficionados al equipo de nuestra devoción. Los americanistas se sienten a gusto entre los americanistas, y las chivas entre las chivas.
Otro motivo: en el deporte se toleran algunos excesos. A los aficionados y a los jugadores se les permiten groserías, gritos y manotazos. Dicen que es una válvula de escape de la violencia reprimida, una especie de catarsis. Por fortuna, poco a poco se van acotando las expresiones brutales. El griego Katidis fue suspendido por hacer el saludo nazi en la cancha, y la opinión pública reprobó que le lanzaran un plátano a Dani Alves del Barcelona, como un insulto racista. Pero aún falta mucho por hacer. ¿Será coincidencia que el soccer sea típicamente juego de varones?
Un tercer motivo: el soccer permite sentirnos exitosos. Les confieso que no comprendo por qué alguien se alegra con el triunfo de su equipo. ¿Qué gana con ello? Aristóteles denominó «benevolencia» a este sentimiento desinteresado, y lo ejemplificó con el caso de los seguidores de un atleta. Yo, que soy terriblemente prosaico, me alegro cuando mis análisis médicos salen bien, cuando mis libros se venden, cuando mis amigos publican una novela, o cuando me aumentan el sueldo. ¿Las victorias del futbol son un placebo del éxito? No lo sé, pero tampoco me parece mal.
Un cuarto motivo: el futbol distrae. La diversión requiere escapar de la fatiga y la sordidez cotidiana. Todos necesitamos enajenarnos para poder sobrevivir. El mundo es un lugar desagradable –imaginen el periférico un viernes lluvioso de quincena a las siete de la noche– y hay quien necesita escaparse de él unas horas a la semana.
Cada uno tiene el soberano derecho de divertirse como le venga en gana, mientras no se transgredan normas elementales de convivencia. La diversión y el descanso son un derecho inalienable de la persona y un componente fundamental de la vida plena. Necesitamos ponerle «pausa» a las preocupaciones cotidianas de vez en cuando. La mente precisa evadir la realidad para no colapsarse.
Pero a Héctor Zagal, el futbol le aburre; quizá porque el único gol que metió en toda su vida fue en la portería de su propio equipo. Mi diversión, lo reconozco, no es épica. Soy vulgar y frívolo. Cuando quiero distraerme, veo películas insulsas de aliens, zombies y vampiros. Lo siento, no me gusta el futbol.
Además, leí en un artículo que los jugadores que cabecean la pelota más de mil 800 veces al año sufren un deterioro de la memoria superior a quienes cabecean menos. Y como mis capacidades de retención son bastante limitadas, prefiero un deporte de menos impacto en mi cráneo. Pero como soy defensor de la libertad de pensamiento, defiendo el derecho de usar libremente la cabeza para lo que se nos antoje.
 
 

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