Una injusticia relegada. Madres desde el encierro

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Sobre la base de tres films recientes, la autora aborda una vertiente más de la discriminación y atropello a los derechos humanos de las mujeres, en este caso, reclusas. Historias diversas, en cárceles estadounidenses o mexicanas, culpables o inocentes, todas reciben un doble castigo, por el delito que las acusan y por ser «malas mujeres».
El cine, uno de los grandes espacios del imaginario, manifiesta la capacidad creativa de la ilusión mediante representaciones creadas a propósito de ciertas imágenes que se transforman en el pensamiento y se entremezclan con la memoria. Ambas esferas pensamiento y memoria remiten a la práctica de recordar e imaginar y así trascienden el nivel colectivo de una construcción social.
La prisión como espacio y como tema ha estado siempre presente en el cine mexicano y se ha convertido en un ámbito místico de representación, generalmente asociado con la opresión y la redención. En el imaginario social surge el recinto que la sociedad requiere para expulsar y marginar a determinados seres humanos por sus acciones, y en donde el máximo anhelo es lograr la libertad.
El cine recrea este espacio simbólico y las celdas son escenarios, no sólo de las condiciones de la vida dentro, sino de los modos en los que las ha poblado el imaginario social, construyendo rejas, horarios, maltratos vejaciones y dolor; una especie de purgatorio donde es necesario expiar las culpas cometidas.
 
UN PURGATORIO CON BARROTES
En esta ocasión, revisaremos tres films recientes: Relatos desde el encierro (2004) de Guadalupe Miranda, Mi vida dentro (2007) de Lucía Gajá y Linternas de Santa Martha (2012) de Luis Manuel Serrano, que penetran el universo penitenciario femenil. El primero, es un documental que muestra la cotidianidad en la vida de un grupo de mujeres presas en Puente Grande, Jalisco, quienes hablan sobre su existencia, anhelos, sueños y sus ideas sobre la libertad. Las protagonistas: Paty, Konny, Blanca, Jazmín, Karla, Rocío, Cerón, Vero, Madreselva, César, Mariana y otras mujeres, muestran la dura intimidad de su vida en el encierro.

Mi vida dentro, es otro documental, que originalmente iba a ser una película sobre mujeres mexicanas encarceladas en Estados Unidos. Pero su directora conoció a Rosa, presa actualmente en Austin, Texas, acusada de asesinar a un niño de dos años, a quien cuidaba. A partir de su caso, se filmó paso a paso el proceso penal y la intimidad de esta mujer-madre, que ejemplifica la falta de justicia que afecta a cerca de mil 600 mexicanas, que cumplen largas condenas en Estados Unidos, muchas sin entender siquiera el idioma ni su sentencia.
Linternas de Santa Marta, nació como resultado del taller de collage que el mismo director del film, Serrano, fundó e imparte a las internas del Centro de Readaptación de Santa Martha Acatitla. Muestra las razones por las que ingresaron algunas mujeres y las condiciones en las que purgan sus condenas.
Los documentales ofrecen distintas concepciones de las cárceles e invitan a reflexionar sobre el significado de la internalización. Más allá de sus niveles simbólicos o prácticos, la representación depende de la posición de quienes lo analizan o recrean.
En ellos, son las prácticas cotidianas las que permiten a las mujeres resistir el encierro, a través de no pensar en él y recrear así su mundo íntimo. Sin embargo, muy a pesar de los movimientos de liberación femenina y de la lucha por la igualdad de sexos, cuando salen, regresan a las actividades domésticas y reproducen el rol femenino asignado culturalmente por el sistema patriarcal.
La realidad de las mujeres privadas de su libertad reviste distintos matices debido a una administración de justicia en muchos casos abusiva y diferencial. Según diversos testimonios, se les juzga, no sólo en función de su conducta, sino sumando la condición de género, fenómeno que se hace extensivo a las condiciones de vida en prisión y a sus familias.
 
DOBLE DISCURSO EN RELATOS DESDE EL ENCIERRO
El film Relatos desde el encierro retrata las contradicciones y deja patente el doble discurso de las mujeres que habitan entre muros de concreto y puertas de acero en el penal de Puente Grande en Jalisco, México.
Por una parte, a través de entrevistas se manifiesta la falta de igualdad social para el hombre y la mujer. La prisión como espacio discriminador y opresivo hacia lo femenil, en donde el encierro es doblemente estigmatizador y doloroso de acuerdo con el deber ser del rol femenino. Una mujer que pasa por la prisión es calificada de «mala» porque contraviene el papel que le correspondía como esposa y madre, sumisa, dependiente y dócil.
Se denuncian también los trabajos y la supuesta formación profesional impartida en la cárcel: coser, planchar, cocinar, limpiar, confeccionar pequeñas artesanías y tomar cursos de modista, lo que consolida la idea androcéntrica de la mujer como un ser subordinado, incapaz de tomar decisiones, sin posibilidad de enfrentar el futuro. Esto se traduce en una total despreocupación de la sociedad por el mercado laboral que les espera cuando salgan en libertad, pues pocas de las actividades que aprenden les permitirán subsistir de manera independiente.

La condición femenina se define por un modelo social y cultural caracterizado por la dependencia, falta de poder, inferioridad física, sumisión y sacrificio.
Por otra parte, las imágenes muestran la cárcel como una reproducción a escala de esos mundos domésticos patriarcales y conservadores del deber ser de la mujer: altares, labores, roles que le exigen conductas estereotipadas de acuerdo con su rol social: sumisa, obediente, guardiana del orden familiar. Además, por ser delincuentes deben tener un sentimiento de culpa que habrá de limpiar su mala conciencia, para adoptar el buen camino a través de la condena.
Uno de los aspectos más traumáticos para las reclusas es la pérdida de los hijos. Preocupación presente en toda su vida carcelaria que en muchas ocasiones se convierte en verdadera obsesión. Su castigo se extiende necesariamente a los hijos, tanto a los que las acompañan en prisión como a los que quedan desamparados en el exterior o bajo los cuidados de familiares, que asumen el derecho de «castigarlos» por ser hijas e hijos de presas. Es decir, de «malas madres», prerrogativa de la que no escapa la mayoría de las instituciones asistenciales que se responsabilizan del cuidado de hijos e hijas de mujeres reclusas.
 
DRAMA DUPLICADO EN MI VIDA DENTRO
Otra mirada interesante de este fenómeno aborda el documental Mi vida dentro. Presenta la cárcel como una institución cuestionada desde distintos espacios públicos y políticos. El paradigma de la resocialización se revela como una falacia o un mito y demuestra que la pena carcelaria, en el mejor de los casos, es un mal en sí mismo.
El daño que de por sí ocasiona la prisión a las reclusas se alza con mayor crudeza cuando todo apunta a que la mujer juzgada es inocente. Este trabajo documental, que funciona como un estudio de caso, revela la vida de Rosa Estela Olvera Jiménez, de 23 años, originaria de Ecatepec, Estado de México, quien cruza la frontera de manera ilegal, llena de ideales e inspirada por el american dream.
Narra su llegada a Texas y su deslumbramiento por la urbe, su gente, el sueño de un brillante futuro y el anhelo de que su familia salga adelante gracias a su presencia en ese país. Comienza a trabajar cuidando niños de vecinas, conocidas y amigas. Luego, casi de golpe, llegan a su vida el amor y la propia familia, pero también la desgracia, pues una mañana muere el hijo de una de sus vecinas debido a un descuido suyo y la acusan de homicidio.
Mi vida dentro retrata todo el proceso penitenciario de Rosa Estela: juicio, testimonios, interrogatorios y sentencia. Entrevistas con la protagonista, sus abogados defensores, el fiscal acusador, el juez, testigos de su vida cotidiana, su esposo, su familia en México, organizaciones pro-ayuda a migrantes y personas del sistema consular.
A través de una investigación minuciosa, en Mi vida dentro, Lucía Gajá acusa y delata un proceso que exhibe discriminación y violación de derechos humanos. Sobre esos parámetros cumple su cometido: provocar la indignación entre los espectadores, ante el tema de la migración y abordar por primera vez el de las mujeres madres, migrantes e indocumentadas recluidas en cárceles estadounidenses, sobre todo por falta de recursos económicos, por desconocimiento del marco legal y por discriminación e ignorancia.
Explora, más allá de la perspectiva de la migración, el dilema de cruzar la frontera, el alejamiento familiar, los cambios en el idioma y en los hábitos culturales. Anteceden a la cinta cuatro años de investigación y dos más de filmar el caso de Rosa, sentenciada a 99 años de prisión por lesiones y homicidio en la prisión de máxima seguridad de Murray Unit en Gatesville Texas.
 
LINTERNAS DE SANTA MARTA
El último documental, realizado desde la óptica masculina, resulta de cuatro días de filmación con ayuda del Centro de Capacitación Cinematográfica. Ofrece un retrato de mujeres recluidas en el penal de Santa Martha Acatitla en la ciudad de México y su vida penitenciaria expresada a través del arte del collage.
Comienza con un recorrido entre rejas, torres de vigilancia, puertas de metal y rituales de paso a esos lugares cerrados, pequeños y alambrados. Muestra las normativas para entrar, los pasillos, la ropa tendida y… muy dentro, la vida penitenciaria llena de otras actividades que intentan la readaptación a la sociedad.
En entrevistas con las reclusas hablan primordialmente de su trabajo en el taller de collage que crea un espacio de motivación, autoconocimiento y auto-aceptación. Ellas hablan de ese «deber ser» en sociedad, a la que desde su punto de vista han «fallado», pero que gracias a las actividades que les ofrecen, como avanzar en sus grados escolares, talleres de danza, teatro, música y collage, entre muchos otros, logran «reconciliarse con la vida», aferrarse a ella y, en lo que cabe, sentirse bien, pues a través de estas actividades comparten su sentir.
Las representaciones cinematográficas creadas a través de los primeros documentales: Relatos desde el encierro y Mi vida dentro, exhiben el carácter eminentemente represivo de la cárcel y las condiciones de desigualdad e inequidad entre hombres y mujeres.
En contraparte, Linternas de Santa Marta, presenta a mujeres que han asumido su estancia en la prisión y la ven como una forma de crecimiento y transformación. A pesar de que comparecen mujeres tristes, y recurre a imágenes de barrotes, vigilancia y policías, propone la superación de esa realidad por medio de la readaptación.
Sin embargo, los tres trabajos manifiestan el doble castigo de las mujeres encarceladas: privadas de su libertad de manera evidente y de hablar sobre los aspectos mínimos cotidianos, con lo que se realimenta no sólo la dependencia, sino el sometimiento y la escasa evidencia de que son seres humanos, mujeres con derechos, anhelos y deseos .
 
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Aridji, Patricia (2007). Las horas negras. Ensayo fotográfico.
Antony, Carmen (2007). Mujeres invisibles: las cárceles femeninas en América Latina. Nueva Sociedad No. 208.
Castoriadis, Cornelius (1993). La institución imaginaria de la sociedad. Vol. II. «El imaginario social y la sociedad». Edit. Tusquets. Barcelona.
Gajá, Lucía (2008). Mi vida dentro. El Universal. 28 de febrero 2008.
Lagarde, Marcela (2003) Mujeres que cruzaron la línea: vida cotidiana en el encierro. Edit. Flacso. México.
Makowski Muchnik, Sara (1995). Identidad y subjetividad en cárceles de mujeres. Estudios sociológicos XIV.
Pereira, Carmen (2009). Cine, cárcel y mujeres. Un ejemplo de creación de conocimiento. Revista venezolana de información, tecnología y conocimiento. Universidad de Zulia.
Silva, Armando (1992). Los imaginarios urbanos. Bogotá y Sao Paulo: Cultura y comunicación urbana en América Latina. Edit. Tercer mundo editores. Bogotá.
 
 
 
 

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