Un guiño de la inteligencia

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El humor supone una actividad de inteligencia cuyas ingeniosas combinaciones detonan la risa. De la intención que revele dependerá si surge bajo la figura de la ironía, el sarcasmo o el simple relajo. Y si entre sus exigencias, el humor implica un sentido de autocrítica, inexistente en México, ¿entonces de qué nos reímos?
 
«Pocos, en efecto, son los hijos iguales a su padre;
la mayoría son peores»
Homero
La Odisea
 
¿Qué define a eso que llamamos «humor mexicano»? ¿Somos derroche de ingenio y picardía? ¿En todo, hasta en la muerte, encontramos un buen motivo para aturdir y desconcertar con nuestra sonora carcajada?
En su Perfil del hombre y la cultura en México Samuel Ramos delinea cuidadosamente nuestros rasgos esenciales, cuyo ámbito es el primado de la susceptibilidad: nuestra psicología –el ethos tricolor– resulta de las reacciones para ocultar el profundo sentimiento de inferioridad del mexicano. En el colegio, nuestra inseguridad nos lleva a medir los fracasos escolares en términos de la venganza docente: «es el profe, mamá, que no le caigo bien». La revancha como termómetro de nuestro obrar y el recelo como norma vital. En el origen de nuestros infortunios siempre hallaremos algo ajeno –los gringos o el cruel destino– empeñado en llevarnos al despeñadero del fracaso.
Educados en la pedagogía del «no te dejes», actuamos siempre según la doctrina de la suspicacia: todos son mis posibles victimarios. La colaboración en México es impensable y, por encima de los esfuerzos comunes, priva el empuje solitario. Sólo fuimos solidarios en 1985, cuando un temblor arrasó con el Distrito Federal. Más allá de aquel trágico evento, nos reservamos el sentido de comunidad para mejor ocasión. Nuestra incapacidad para ejercer la ciudadanía radica en nuestra atrofiada seguridad.
El mexicano, advierte Ramos, «imita en su país las formas de civilización europea para sentir que su valor es igual al del hombre europeo y formar dentro de sus ciudades un grupo de privilegiados que se considera superior a todos aquellos mexicanos que viven fuera de la civilización». Dicho de otra manera, nuestro equipo de futbol es el Barcelona porque el Pachuca, «oso mil, goe».
 
SUSCEPTIBILIDAD Y RECELO
Ramos ve en la desconfianza la nota más visible del carácter mexicano, inevitable, irracional y anterior a toda realidad: no creemos en nada ni en nadie. Dicha peculiaridad nos provee de una enrevesada convicción de autosuficiencia práctica, frágil y efímera: somos, a un tiempo bravucones e inseguros. Intente el siguiente ejercicio para comprobarlo: 1) tome un taxi, 2) invente el nombre de una calle cuya existencia sea plausible, Vicente Leñero, por decir e 3) indíquele al chofer que van a esa dirección. Verá cómo el taxista emprende camino con determinación mientras le suelta un «me va diciendo por dónde». Firme, usted responda: «no sabe dónde está la calle, ¿verdad?», pregunta retórica que el taxista atajará diciendo, mientras manotea con el dedo índice hacia algún destino: «no, sí; sí sé… es por… está en… por la avenida ésta…», incapaz de admitir su ignorancia y precariedad. Acúselo de no saber y el taxista montará en cólera.
La alta susceptibilidad mexicana nos conduce por los retruécanos del recelo. Vivimos en permanente estado de defensa porque hasta el vuelo de las moscas es un agravio personal. Cualquier agente externo encarna a la perfección a «Masiosare, nuestro extraño enemigo», insidioso, orquestador de la peor de nuestras desgracias. Para defendernos de ese entorno siempre en contra, reñimos por principio. «El mexicano ya no espera que lo ataquen –explica Ramos–, sino que él se adelanta a ofender. (…) Es pasional, agresivo y guerrero por debilidad; es decir, porque carece de una voluntad que controle sus movimientos».
En México, todo acto de supremacía sobre otro nace de la propia inseguridad y, por ello, depende de reafirmar la virilidad, desacreditando la del otro o llevando al máximo grado la propia: «soy tu padre». La bravuconería por delante asegura que nadie se atreverá a agraviarnos. Nuestra cólera es instintiva y, como vivimos permanentemente sitiados por un sinnúmero de amenazas, el futuro no parece valer la pena.
 
SIN PORVENIR NI REFLEXIÓN… SIN HUMOR
«La vida mexicana da la impresión –se explica en El perfil del hombre y la cultura en México– de una actividad irreflexiva, sin plan alguno. Cada hombre, en México, sólo se interesa por los fines inmediatos. Trabaja para hoy y mañana, pero nunca para después. El porvenir es una preocupación que ha abolido de su conciencia. Nadie es capaz de aventurarse en empresas que sólo ofrecen resultados lejanos. Por lo tanto, ha suprimido de la vida una de sus dimensiones más importantes: el futuro. Tal ha sido el resultado de la desconfianza mexicana».
Amos esquizofrénicos de la inmediatez, en México no existe el porvenir, sino un perpetuo mañana por llegar: la postergación permanente de un país que renace cada seis años. Ramos aclara que en una vida circunscrita exclusivamente al presente no puede funcionar más que el instinto. «La reflexión inteligente sólo puede intervenir cuando hacemos un alto en nuestra actividad. Es imposible pensar y obrar al mismo tiempo. El pensamiento supone que somos capaces de esperar, y quien espera está admitiendo el futuro». Desafortunadamente, el humor exige inteligencia, cierto tipo de conciencia.
Como la poesía, el humor establece una relación entre dos fenómenos inconexos por naturaleza, en el primer caso, para crear una imagen. Por ejemplo, cuando el poeta escribe «te lloré todo un río, ahora, llórame un mar», vincula dos realidades que en la naturaleza no ocurrirán jamás. De un lado, el llanto y, de otro, el agua en el cauce de un río o un espacio marino: nadie es capaz de producir tal cantidad de lágrimas.
 
LA IRONÍA PERSIGUE A LA VERDAD
Para entender mejor el ámbito del humor, vale la pena apelar a la ironía, una actitud con la que nos aproximamos a la realidad y establecemos, también, relaciones y en la que Sócrates encontró el mecanismo idóneo para dar con la verdad. En su Fenomenología del relajo, el filósofo mexicano Jorge Portilla refiere ese afán por la verdad y explica:
«En Sócrates la ironía no es sólo destrucción de una vanidad mediante el rodeo genial de llamarla saber o virtud, sino, también voluntad de verdad. También la más acertada, implacable, directa y apasionada voluntad de verdad que jamás haya tenido hombre alguno. ‘Nada me place si no es al mismo tiempo verdad’ le hace decir Platón, en una fórmula que expresa el lema de toda filosofía auténtica y de toda humanidad superior».
Con su contundencia, la ironía como voluntad de verdad derriba los obstáculos que nos separan del conocimiento; quizá por eso hay quien asegura que sea un guiño de la inteligencia. Portilla aclara que la ironía es un acto de liberación que supone tomar distancia de una mera apariencia para orientar adecuadamente la persecución de la verdad. De tal modo, la ironía, aunque sea negativa, no es burla –la simple gracejada instintiva, irreflexiva– ni sarcasmo –el corrosivo puyazo cuya finalidad es herir a quien se tenga enfrente–. Al afirmar su propia ignorancia, Sócrates estableció esta primera condición de la ironía: liberarse uno mismo y disponerse para buscar la verdad. El ironista no es un bufón sarcástico, sino el tábano que nos incomoda para percatarnos de la verdad.
Así como la ironía nos libera hacia la verdad, del mismo modo el humor nos libera de la adversidad. Siguiendo de nuevo a Jorge Portilla, el humor es una actitud estoica contra sus circunstancias. Mediante el humor supero mi realidad porque la subvierto, la trastrueco para liberarme de la opresión de lo adverso. Así se entiende el funcionamiento del llamado humor negro, como cuando el enfermo terminal se queja del calor y para su consuelo, admite, que podría morir mañana. Dado el alto poder liberador del humor, Kierkegaard lo ubicó entre lo moral y lo religioso e, incluso, llegó a describirlo como una especie de sufrimiento escondido.
Como se aprecia, el humor supone la existencia de un código bajo el cual pueda leerse la relación de los términos que permitan librarse de lo adverso. Establecer una relación humorística implica conocer ambos lados de la ecuación, de lo contrario, la alteración no ocurriría. El humor reordena la realidad, no en los hechos, sino en el modo de percibirla. «El humorista –escribe Portilla– indica con su actitud el hecho de que no podemos cancelar nuestra responsabilidad, es decir, nuestra libertad, simplemente porque la vida sea dura; señala que el hombre está avocado, siempre en franquía, para tareas que son una exigencia inaplazable, aunque la vida sea ‘un mar de dificultades’, como dice Hamlet, que no es un humorista sino un hombre patético y, como todos los hombres patéticos, incapaz de una acción decisiva y ordenadora de la realidad». El humor es un modo de afrontar la adversidad, mediante la subversión de esa realidad concreta.
 
¿DE QUÉ SE RÍE?
La existencia de la risa no supone, necesariamente, la presencia del humor. Incluso, puede haber un hecho humorístico que no la provoque, por el desconocimiento de los términos de la relación aludida en quienes lo protagonizaron.
La risa surge ante lo cómico, que es la dislocación entre un hecho y lo que se esperaría del hecho en cuestión: en el acto circense, no es concluyente que un proyectil de merengue se impacte contra la cara de un payaso. Tampoco hace mucho sentido, por ejemplo, que un alto ejecutivo enfundado en su costoso traje, al salir de su oficina, tropiece y se vaya de bruces contra el piso. Por si fuera poco, se trata de quien cubre uno de los estratos más altos en la compañía; por eso su secretaria deberá hacer denodados esfuerzos para sofocar el estruendo de su risa, porque aquello no debió ocurrir.
La risa indica las fallas en el sistema. ¿De qué se ríen, si no, los pequeños en el jardín de infantes cuando uno de ellos exclama, a voz en cuello, «caca»? La risa señala la irregularidad, lo inesperado. Para Kant, se trata de la emoción que sobreviene luego del súbito aniquilamiento de una espera intensa; una emoción que desahoga. En cualquier caso, la risa es la conciencia de la anomalía; me percato de que algo no va bien. La lógica del chiste sucede en un sistema absurdo y hace sentido en sus términos.
El humor, como la ironía, detona la risa; pero, no toda risa proviene de ahí. Al ser una emoción, la risa surge apenas haya un estímulo adecuado, como las cosquillas. Incluso, puede no haber motivo alguno aparente, como quien se ríe por motivos involuntarios y, luego, no puede detenerse.
Al contrario del humor –que busca la risa para liberar– o la ironía –que la persigue para encontrar la verdad–, lo cómico provoca la risa sin más finalidad que conseguirla. Como apunté antes, el humor y la ironía suponen ciertas exigencias vinculadas a la inteligencia y a la capacidad de reírse de uno mismo y ello implica un sentido de autocrítica, inexistente en México.
 
LA TELE Y LA CARPA: EL RELAJO
Como refiere Samuel Ramos, los mexicanos tenemos una susceptibilidad extraordinaria a la crítica, provenga de donde sea, y la mantenemos a raya a través de la anticipación violenta y rabiosa contra cualquier enemigo.
El relajo de la carpa resume a la perfección los detonadores de la risa en México. En la carpa ocurría un espectáculo protagonizado por el peladito, quien enredaba a su interlocutor con un discurso inconexo o salpicaba de albures a su rival o volaban pasteles con destino facial y, siempre, aparecían chicas en paños menores.
En México no hay humor: hay relajo. El resorte que activa nuestra risa es la pirotecnia del exceso. Repase la comicidad mexicana. ¿Recuerda la serie La familia peluche? Una sociedad cubierta de felpa; ahí radicaba la gracia de todo. Poco importan los chascarrillos de los personajes: uno ya estaba riéndose nada más verlos. Algo similar ocurre en las celebraciones mexicanas: el epítome del relajo.
En medio del grito tempestuoso y las zafiedades, la alegría prorrumpe en la fiesta a carcajadas, con el fondo desafinado de trompetas y violines, sin que bien a bien los concurrentes se enteren de lo que ahí sucede. Chava Flores, genial retratista de lo mexicano, dibujó a la perfección las líneas del relajo: gritos, sombrerazos, reclamos por doquier, salpicados de cerveza y tepache. La agresividad que esconde nuestra fragilidad señalada por Ramos es el eje del relajo. La risa que provoca es efímera. Tras el ofensivo y distraído brindis del padrino intoxicado por las cubaslibres, la jauja se transforma poco a poco en tristeza y derrota, en reclamos y golpes. La susceptibilidad mexicana es el eficaz interruptor de cualquier festejo.
Nuestros programas cómicos siguen siendo un espectáculo de carpa y responden a ese mismo criterio. Invariablemente, en una escenografía plagada de colores chillantes y elementos voluptuosos, hay tres personajes: 1) un gandaya, es decir, un tipo abusivo, listo y escurridizo: el arquetipo del mexicano propuesto por Samuel Ramos, 2) una víctima, el patiño que sufre los abusos del gandaya y 3) una mujer semidesnuda. Todo aderezado con «la picardía nacional» que, en esencia, consiste en hacer comentarios peyorativos, preferentemente, de índole sexual.
El relajo proviene del instinto. Impulsivo e inmediato, atraviesa la realidad y la trastrueca; irrumpe en ella con la violencia de lo silvestre y la rabia de lo espontáneo. La carcajada que provoca lo cómico surge de lo intempestivo de esa espiral de movimientos reflejos que es el relajo.
Lo cómico, en efecto, funciona a partir de la misma subversión de la realidad que les permite al humor y a la ironía desplegarse. Todos los chistes, incluso los de la televisión mexicana, funcionan porque tergiversan la realidad. La eficacia del pastelazo reside en su imprevisión y ridiculez. El éxito de las bromas escatológicas y sexuales también se vincula con ese trastrocamiento de lo real. Sin embargo, lo cómico carece de toda finalidad: se trata del sinsentido del relajo.
A los holandeses, su fama les viene dada por los tulipanes y los incomodísimos zuecos de madera –que según parece son muy útiles en terreno cenagoso–. Y a pesar de que no figuran en el escenario global por su sentido del humor, luego de la derrota de la selección mexicana en el mundial de futbol de Brasil ante la Naranja mecánica, la aerolínea KLM nos jugó un chascarrillo a través de su cuenta en tuiter.
En un tuit, @KLM acompañó la breve despedida «adiós, amigos» con la imagen modificada de uno de los letreros del aeropuerto de Ámsterdam que indican las salas de abordaje: una cara de trazo simple con abundante bigote rematado en puntas hacia arriba, sombrero de ala ancha y sarape al lado de la palabra departures. Entonces, fue el llanto y crujir de dientes: el actor Gael García Bernal respondió inmediatamente y exigió respeto, con la amenaza de jamás volver a viajar con la Royal Dutch Airlines. A su aguerrido gesto se sumaron muchos más mexicanos por encima de los cuales no iba a pasar ninguna compañía aérea, por más de la realeza holandesa que fuere. A los dos días, KLM ofreció una disculpa a través de un breve comunicado, en el que reconocía haber zaherido con su broma la robusta piel del pueblo mexicano que sabe reírse de todo.
De los mitos que sostienen –o hunden– a México, el que atañe a nuestro sentido del humor es el mayor y, quizá, más propagado. «La picardía mexicana», «el ingenio nacional», «artífices del doble sentido», «nos reímos de todo», etcétera; todas mentiras pavorosas que, a fuerza de repetirlas mil veces, buscamos convertirlas en lustrosa verdad, pero cuya falsedad quedó expuesta mediante la demostración holandesa.
 
 

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