La lección de Cortázar

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Detrás del escritor existió un maestro que, al modo platónico, se preocupó por edificar el espíritu y la inteligencia de sus alumnos, enseñarlos a distinguir entre el oropel y la necesidad. Idea que surge en su concepción del mundo y permea en su narrativa gobernada por la austeridad y moderación. Una literatura que no admite los excesos.


El genio es una larga paciencia
Georges Louis Leclerc
 
Una mañana, Alejandro Magno fue a ver a Diógenes, a quien encontró dormitando fuera de su barril, y le soltó el mítico «¿qué necesitas?; pídeme lo que quieras y te lo daré», Diógenes espetó: «quítate, me tapas el sol».
El siglo XX inauguró la era de la vastedad: todos podemos tenerlo todo. Afinados los procesos de la producción en masa, el abastecimiento de lo que nos viniese en gana quedaba cubierto. La guerra comprobó lo inhumano de la carestía y que la abundancia es suculento y supremo derecho universal del: «querer es poder», pasamos al «querer es tener».
Los glamorosos años 50 dieron esplendor a las agencias de publicidad, cuyo brillo aún nos eclipsa. Desde esos centros de creatividad inagotable, salen luminosas campañas para vendernos el escalpelo ese que no necesitábamos y las hermosas castañuelas que no nos hacían falta. La publicidad nos mostró que la infelicidad está siempre al llegar, y que el deseo es su eficaz mensajero.
Poco a poco murió la posibilidad de reparar nuestras pertenencias y entramos en la era de la sustitución. ¿Para qué remendar un calcetín si es más barato y cómodo comprar dos pares más? En el reino del úsese y tírese es ridículo llevar a ponerle tapas a nuestros zapatos viejos o parchar un pantalón. ¡Vaya y hágase de uno nuevo, qué se ve mejor! Rodeados por la ganga, estamos impedidos a pensar en la posibilidad del remiendo. Hoy nadie optaría por la petición de Diógenes ante la orden de Alejandro Magno. Hemos sido criados en la lógica de la abundancia, en la que la austeridad es un absurdo impensable.
Julio Fulgencio Cortázar Descotte desplegó una literatura en contra de los excesos; mediante ella, ante el brillo de lo pantagruélico, mostró la discreta luz de la moderación. Paradójicamente, el año del centenario de su nacimiento y 30 aniversario luctuoso, ha sido cubierto por la refulgencia de las baratas en las librerías y la demasía de las ofertas por doquier. Nada como su obra para contradecir los fuegos de artificio de las rebajas en sus reediciones e inéditos, acomodados en las mesas de novedades.
 
NARRATIVA DE LO NECESARIO
Gobernada por la austeridad, la de Cortázar es la narrativa de lo necesario, una literatura que no admite sobrantes. Las páginas del argentino nacido en Ixelles (Bélgica), muestran el mismo empeño por dar con la palabra justa, ésa que Guy de Maupassant aprendió de su maestro Gustave Flaubert. «Para cualquier cosa que se quiera decir –advirtió Maupassant– sólo hay una palabra para expresarla, un verbo para animarla y un adjetivo para calificarla».
Cortázar encontró en Borges esa misma devoción y celo por la palabra justa. «La gran lección de Borges no fue una lección temática, ni de contenidos, ni de mecánicas. Fue una lección de escritura. La actitud de un hombre que, frente a cada frase, ha pensado cuidadosamente, no qué adjetivo ponía, sino qué adjetivo sacaba».
Me temo que su infancia enfermiza contribuyó a definir sus luces de sobriedad. Su entorno, entre una afección y otra, se redujo durante años a una habitación sombría donde no había más que una mesa de noche con remedios y libros. Afiebrado o maltrecho, Julio pasó buena parte de su niñez bajo una pequeña lámpara, con la mirada puesta, cuando la enfermedad se lo permitía, en los libros.
Ahí conoció el terror de los relatos de Edgar Allan Poe (que, años después, traduciría al español), la inconmensurable imaginación de Julio Verne y la fascinante disciplina de Víctor Hugo. En la media luz de su habitación, Cortázar descubrió la nitidez de la frugalidad y aprendió a distinguir entre el destello temporal del espejismo de lo superfluo y la irradiación solar que emite lo necesario. Años más tarde, Cortázar recordaría esa época:
«Es bastante espantoso, mi madre me ha dicho que desde los nueve años había que tomarme del cuello y sacarme al sol. Incluso hubo por ahí un médico que recetó que había que prohibirme los libros durante cuatro o cinco meses. Lo cual fue un sufrimiento tan grande que mi madre, que era una mujer sensible e inteligente, me los devolvió, pidiéndome solamente que leyera menos cosas, que yo hice en ese momento».
La penumbra y los libros delinearon una personalidad retraída. A Julio Cortázar siempre le supuso una empresa épica relacionarse con los demás, integrarse en la faramalla del teatro o hablar ante el gran público. «Yo soy por naturaleza solitario –recordó en cierta ocasión– me siento bien solo; puedo vivir largos periodos solo». A los seis años, ya radicados en Buenos Aires, su padre se fue de casa. A la enfermedad se sumó la orfandad, que le construyó un espacio propio. Luego de terminar, atropelladamente, los estudios de bachillerato, ingresó a una escuela normal, de donde salió con título de profesor. Ése era una cosa totalmente absurda, porque el título era de profesor en letras, no de, sino en letras. Se veía a sí mismo como un tipo enfermizo, tímido: frágil. Un maestro, eso sí, por entero, sin duda alguna al respecto de su vocación. «No tengo ningún diploma universitario», aclaró más de una vez, por si quedasen dudas sobre su oficio pedagógico, al periodista lisonjero.
 
EDIFICAR EL ESPÍRITU
Para Cortázar, ser maestro suponía transmitir eficazmente toda la civilización y cultura. Una labor de claros rasgos platónicos, no en el sentido de imposible, sino como Platón había diseñado la educación en la república: edificar en el espíritu y la inteligencia del niño el horizonte cultural necesario para capacitar su ser en el nivel social contemporáneo y, a la vez, estimular todo lo que en el alma infantil haya de bello, de bueno, de aspiración a la total realización. En un artículo de 1939, escribió: «Doble tarea, pues: la de instruir, educar, y la de dar alas a los anhelos que existen, embrionarios, en toda conciencia naciente».
Sin embargo, ejercer una profesión así supone también enfrentarse a un auditorio constituido, por lo normal, de niños o jovencitos insufribles. Sobran los testimonios, el suyo por delante, al respecto de su evidente timidez. A pesar de ello, Cortázar nunca abandonó la docencia: fue profesor de instrucción primaria y secundaria y, por supuesto, universitario. Incluso, algunas de sus lecciones en Berkeley y Mendoza ya han sido editadas y publicadas.
Piense, ahora, en esto que también él escribió: «En el fondo de todo verdadero maestro existe un santo, y los santos son aquellos hombres que van dejando todo lo perecedero a lo largo del camino, y mantienen la mirada fija en un horizonte que conquistar con el trabajo, con el sacrificio o con la muerte». Ante el hambriento foro de jóvenes estudiantes, Cortázar supo vencer su timidez.
Esta otra confesión suya explica, en parte, el esfuerzo que el magisterio entrañaba. «Yo tengo muy pocas ideas, no sé pensar, yo creo que tengo intuición y que veo cosas y que luego, naturalmente, hay un proceso intelectivo que trata de apretarlas, de meterlas, de conceptuarlas con grandes pérdidas». Optar por la escritura implica siempre tomar el otro camino, el de la gestación de una idea, desde que aparece por primera vez en la cabeza, hasta que se encarna en las grafías sobre el papel. En lugar del destello inmediato de la oralidad, Cortázar se movía mejor en el tenue proceso de maduración de la escritura.
Alguna vez, admitió: «A mí me maravilla, por ejemplo, el funcionamiento de una inteligencia pura. Cuando hablo con alguien que es un gran intelectual, en el sentido preciso de la palabra, y veo cómo la inteligencia asocia ideas, crea continuamente silogismos internos, saca consecuencias y de esas consecuencias se crea otro silogismo… Yo soy absolutamente incapaz de eso, cualquiera me gana una discusión. Pero cuando escribo, en todo caso, hay otro camino. Es decir, es un camino así, entre visiones, de ventanas que se abren un poco. Mi contacto con los lectores se hace por ese camino y no por el camino de las ideas».
 
LA VIDA SIN ASPAVIENTOS
Y, aunque varias veces, él reconoció en su timidez un defecto, advierto en ese cariz una manifestación de su austeridad: moderarse hasta en sus relaciones, saberse retraer para conducirse siempre con discreción, sin vanos afanes ni falsas modestias. Vivir sin aspavientos para volcarse hacia lo que no lleva marcada una fecha de caducidad. Por supuesto no pretendo canonizarlo; simplemente, la integridad entre su obra y su vida, me parece obvia.
Al leer sus cartas –editadas por Aurora Bernárdez– salta a la vista su enorme generosidad. Es irremediable que se le enchine a uno la piel mientras lee la correspondencia con su mamá o con Paco Porrúa, su editor durante muchos años, o con Mario Vargas Llosa. En cada línea, Cortázar se vuelca hacia sus afectos con la riqueza de la palabra exacta y el corazón abierto de capa.
No son casualidad su idealismo y filias políticas con la izquierda de entonces. Su rabia frente a los excesos del mercantilismo consumista quedó plasmada en muchos de sus relatos, en los que cuando no habla del drama de la muerte, opta por desafiar al mandato de abundancia, cuyo brillo encandilaba a la burguesía occidental de entonces. En un mundo, el de los años sesenta, rendido ya a los beneficios del automóvil, el argentino encaró a los siervos del motor mediante La autopista del Sur: en su momento, él mismo recordó cómo, al leer la insólita noticia de un atasque de coches en la salida sur de Roma, pensó en aquellas personas que se estaban dejando la vida dentro de un automóvil, en una interminable fila de acero y neumáticos e ideó, inmediatamente, el relato completo.
Y, por supuesto, en Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj, exhibe la precariedad de la idolatría consumista: un obsequio de cumpleaños que se vuelve, poco a poco, en contra del festejado hasta esclavizarlo. También en Casa tomada, cuya complejísima trama, seguramente, usted recordará, apunta sus armas hacia la obsesión por el lujo y la efímera seguridad que dan las posesiones: una fuerza extraña expulsa a una pareja de hermanos de su oprobiosa mansión, a cuyo cuidado y devoción habían dedicado todos sus esfuerzos y años para, al final, llevarse el chasco de quedarse sin nada.
No resisto hacer, aquí, un paréntesis. Luego de algunas pocas publicaciones en Europa, Casa tomada fue el primer cuento que a Cortázar le publicaron en América, gracias a los afanes e intervención de Borges, quien lo recordaría años después: «Yo me encontré con Cortázar en París, en casa de Néstor Ibarra. Él me dijo: ‘¿Usted se acuerda de lo que nos pasó aquella tarde en Diagonal Norte?’. No, le dije yo. Entonces él me dijo: ‘Yo le llevé a usted un manuscrito. Usted me dijo que volviera al cabo de una semana y que usted me diría lo que pensaba del manuscrito’. Yo dirigía entonces una revista, Los anales de Buenos Aires, una revista ahora indebidamente olvidada, que pertenecía a la señora Sara de Ortiz Basualdo, y él me llevó un cuento, Casa tomada; al cabo de una semana volvió. Me pidió mi opinión, y yo le dije: ‘En lugar de darle mi opinión, voy a decirle dos cosas: una, que el cuento está en la imprenta, y dentro de unos días tendremos las pruebas; y otra, que ya le he encargado las ilustraciones a mi hermana Norah’». Cierro paréntesis.
 
QUERER A JULIO
La soberbia no deja de ser una manifestación del despilfarro, una expresión de la falta de mesura al respecto del juicio sobre uno mismo: una exageración descontrolada. Me gusta pensar en Cortázar como en una suerte de asceta; su lánguida figura, su semblante sereno, rematado por una sonrisa casi imperceptible, la barba entrecana, las manos huesudas, su insoportable pronunciación afrancesada de la erre y su inagotable disposición para admirarse siempre.
Y así, la humildad es uno de los rostros prácticos de la austeridad. Hace poco, el escritor argentino Martín Caparrós sacó a colación la peor entrevista de su vida: la que le hizo a Julio Cortázar, en Buenos Aires, allá por 1983. «Aquella tarde –recuerda Caparrós–, le pregunté si creía que alguna vez le pondrían su nombre a una calle, una plaza». La respuesta de Cortázar se encarnó en súplica y anhelo: «¡Uy, qué espanto! ¡Ojalá no lo hagan! Nada me daría más horror».
De la rebeldía furiosa y febril insubordinación de Cortázar ante la injusticia, del generoso desbordamiento de su corazón y de su devoción por lo humano, habló elocuentemente Juan Rulfo, en un brevísimo discurso pronunciado en algún encuentro de escritores latinoamericanos en los setenta:
«Lo queremos tanto porque es bondadoso. Es bondadoso como ser humano y muy humano como escritor. Tiene un corazón tan grande que Dios necesitó fabricar un cuerpo también grande para acomodar ese corazón suyo. Luego mezcló los sentimientos con el espíritu de Julio. De allí resultó que Julio no sólo fuera un hombre bueno, sino justo. Todos sabemos cuánto se ha sacrificado por la justicia. Por las causas justas y porque haya concordia entre todos los seres humanos. Así que Julio es triplemente bueno. Por eso lo queremos. Lo queremos tanto sus amigos, sus admiradores y sus hermanos. En realidad, él es nuestro hermano mayor. Nos ha enseñado con sus consejos y a través de los libros que escribió para nosotros lo hermoso de la vida, a pesar de su sufrimiento, a pesar del agobio de la desesperanza. Él no desea esas calamidades para nadie. Menos para quienes saben que sus prójimos somos sus hermanos. Por eso queremos tanto a Julio».
 
CORTÁZAR: MODELO PARA ARMAR
El reto ahora será sobrevivir a la arrogancia mercadológica levantada a propósito del centenario de Cortázar. Contra su discreción literaria, el escándalo publicitario se hará oír; contra la elegancia de la palabra justa, el lugar común del eslogan vulgar protagonizará las rebajas en las librerías. Cuanto puedas, el poema de Cavafis, encaja a la perfección para mantenerse a salvo y seguro en la austeridad y la mesura:
 
Aunque no puedas hacer tu vida como quieras,
inténtalo al menos
cuanto puedas: no la envilezcas
en el trato desmedido con la gente,
en el tráfago desmedido y los discursos.
 
No la envilezcas a fuerza de trasegarla
errando de continuo y exponiéndola
a la estupidez cotidiana
de las relaciones y el comercio
hasta volverse una extraña inoportuna.
 
En medio de la exageración suscitada por los descuentos, habrá que guardar la calma para recuperar las piezas de relojería que componen a Cortázar y, una a una, engarzarlas en la serenidad de un mullido sillón de terciopelo verde. La pausa es una exigencia para todo lector que se precie: hoy, cuando la prisa y los afanes de urgencia nos rodean, la pausa también es un atrevimiento.
A quien, por alguna razón, no haya leído a Cortázar, le vendría bien empezar por sus maestros. Existe una antología –Cuentos inolvidables según Julio Cortázar– que reúne una decena de relatos que marcaron al autor de Rayuela. Por supuesto, habría que buscar también a Guy de Maupassant y a Edgar Allan Poe: son historias, dicho con palabras del mismo Cortázar, «aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto». Luego, vendrán Los venenos o No se culpe a nadie o La escuela de noche o cualquier otro de esos cuentos perdurables que son «como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco que crecerá en nosotros». En fin, leerlo como si se estuviese ante un modelo para armar: poco a poco, con cautela y disfrute.
En buena parte, contra eso se levanta la literatura de Julio Cortázar: contra la urgente insatisfacción de lo superfluo, contra el ansia de no tener y contra el miedo a perder lo que se tiene, contra la rapidez y la moda; contra la vida en permanente estado de excitación porque nada basta cuando, quizá, lo más seguro, es que sólo haga falta que el inoportuno que nos tapa el sol se retire. La palabra justa implica una vida también regida por la austeridad: ojalá que, al leerlo, descubra usted la lección de Cortázar.

 

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