Prudencia virtud no apta para timoratos ni cobardes

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Un mundo globalizado como el nuestro exige velocidad e inmediatez en casi cualquier ámbito. Sin embargo al tomar decisiones, más que acertar en el primer intento, se busca elegir el mejor camino. Aquí se halla la prudencia, virtud que hace patente la rentabilidad de sentarse a pensar.


Vivimos en la fiebre global del emprendimiento, cuyo empuje insiste en que para crear nuevos negocios no hay más límite que el presupuesto y la creatividad. Agresivas campañas gubernamentales y apoyos públicos y privados hacen del emprender uno de los ejes clave de nuestro mundo económico contemporáneo.
En el estudio de la empresa y el management se suele destacar el arrojo como uno de los valores de quien arriesga su capital para colocar en el mercado una idea que genere ganancias. Así, el emprendedor debe ser: optimista, visionario y valiente. Nunca un calculador precavido, tímido e indeciso, enemigo del riesgo.
Pareciera que en el mundo del emprendimiento no caben los «prudentes»: aquellos excesivamente cautos, que por preferir pensar tres o cuatro veces más las cosas antes de actuar, retrasan, innecesariamente, la búsqueda de las metas que anhelan, perdiendo opciones y tiempo que difícilmente se repetirán con la misma ventaja y oportunidad.
Tal concepción ubica la prudencia como un juicio negativo, perjudicial a la acción, cuya tarea es detener la decisión y obstaculizar la búsqueda del acierto y la ganancia, objetivos propios del comercio y la creación de riqueza.
 
¿UN ESTORBO PARA ACTUAR?
Según esta manera de pensar, más o menos extendida, el prudente parece una amenaza en el mundo de los negocios y el management porque detiene la acción y deja de buscar nuevos objetivos por el temor de que, al elegir una de tantas opciones, tenga que renunciar a todas las demás que no escogió; costo que no está seguro de querer asumir, por considerarlo excesivo.
Por ello, prudente parece sinónimo de tímido, timorato, poco arrojado, indeciso y sin capacidad de riesgo. Como quien prefiere sopesar una y otra vez la decisión antes de apostar valientemente por una meta, aunque ello implique dejar escapar todas las demás opciones.
Pero esta manera negativa de entender al prudente –al parecer común en ciertos entornos de negocios y de ganancia económica– contrasta con otra lectura –también frecuente aunque en otros ámbitos– que lo considera como ejemplo del sujeto sabiamente reflexivo, que difícilmente toma una decisión apresurada, errática y espontánea que lo sitúe, innecesariamente, en situaciones riesgosas e incontrolables. Esta visión positiva alaba la actitud de quien, con base en su experiencia y visión de conjunto, no se deja llevar por modas, presiones inmediatas ni urgencias de ocasión cuando tiene que decidir entre una meta u otra como ruta de su actuar.
Y entonces ¿es posible que ambas acepciones de prudencia merezcan igual validez? ¿Da lo mismo entenderla como una amenaza que detiene nuestras decisiones o como garantía para un actuar atinado, sin precipitaciones ni errores de cálculo?
Quizá la clave para responder se encuentre en lo que ambas visiones entienden por el acto de decisión con el que la prudencia está directamente relacionada.
 
EL PRUDENTE NO SIGUE RECETAS
Pronunciarse por una opción entre otras varias supone un fenómeno mucho más complejo y profundo que el simple dejar atrás un camino en preferencia de otro, porque decidir tiene más carácter de apuesta comprometida que de renuncia lastimera.
Desde tiempos del pensamiento griego, Aristóteles señalaba que la prudencia no se encuentra entre quienes carecen de suficiente experiencia vital, esto es, entre los más jóvenes, recién llegados al mundo de la conciencia y la responsabilidad. Aseguraba que era inútil pretender enseñar a alguien a ser prudente, pues no se trata de un simple saber comunicable como la técnica o las ciencias, que exigen asimilar un conocimiento técnico, entender el lenguaje y la materia de lo que se recibe.
prudencia, por el contrario, es un hábito, una capacidad adquirida con reiterado esfuerzo para conseguir que nuestra acción, después de una consideración razonada y reflexiva, se ordene a lo que el pensamiento dicta como bueno. Nace del deseo de disfrutar de una guía para obtener los mejores resultados en el actuar y termina por convertirse en una habilidad que permite juzgar, con mucha más facilidad y penetración, cómo conseguir las metas planeadas.
Una vez adquirida, la prudencia se manifiesta como una disposición calculadora del buen deliberar, por ello no se puede ser instintivamente prudente. Hay otros hábitos, como la templanza, que operan sobre reacciones espontáneas, por ejemplo las que tienden al placer y que se encauzan para no dejar paso libre a los instintos. Sin embargo, la templanza difiere sustancialmente del acto prudencial, pues no opera sobre ninguna reacción instintiva y para ejercerse requiere de una intención explícita, razonada, tal como ocurre en el mundo de la toma de decisiones.
Ahora bien, que la razón intervenga en el ejercicio prudencial no significa que la acción resultante sea exacta e infalible. La prudencia es un conocimiento que no busca la demostración universal lógica, rigurosa y ausente de error; más bien gira en torno a aquello que, al no ser definitivo, siempre puede ocurrir de diversas maneras. Su reino no es la necesidad sino la contingencia.
En este sentido, el prudente contrasta radicalmente con quien practica la ciencia o busca la sabiduría; pues el saber prudencial se ocupa de las acciones humanas, que siempre pueden cambiar porque son individuales, y está encerrado en las condiciones concretas que el sujeto se encuentra mientras actúa. En el mundo de lo particular, difícilmente hay soluciones que puedan llevarse a cabo sólo de un modo. Por eso, es prudente aquel capaz de enfrentarse a escenarios cambiantes sin necesidad de recurrir a recetas, estándares o soluciones prefabricadas.
 
NI CIENCIA, NI SABIDURÍA, NI ARTE
Así, prudencia no es ciencia (porque no busca la exactitud), ni sabiduría (porque sus soluciones aplican para el aquí y ahora). Por ello, a diferencia de la ciencia o criterios de sabiduría universal, la prudencia no puede enseñarse, en una suerte de ósmosis antropológica.
Tampoco es un arte, aunque implique el aprendizaje de un cierto saber hacer, saber enfrentarse a lo cambiante, como un jugador de fútbol sabe modificar su estilo de juego dependiendo de la peligrosidad del rival. Prudencia y arte son diferentes porque el objeto de la primera es la acción, mientras que el del arte es la producción. Y una distinción más: el arte admite grados. Se puede ser un artesano, cantante o arquitecto más o menos capaz; se puede medir el grado de destreza adquirido al pasar de principiante a maestro o de diestro a experto. Pero el prudente no pasa de mal prudente a buen prudente; es o no es.
El prudente llega a serlo porque lo ha conquistado y difícilmente puede olvidarse de continuar siéndolo; del mismo modo como una persona justa ya no realiza injusticias. Es verdad que una sola acción atinada no alcanza para convertir a alguien en prudente; pero también lo es que, una vez alcanzada la prudencia como hábito, una sola acción desafortunada no basta para convertir al prudente en imprudente. Algo radicalmente contrario al arte, donde se adquiere la habilidad paulatina y gradualmente, y puede perderse del mismo modo.
 
NO PRETENDE ACERTAR DE INMEDIATO
El prudente está muy lejos de ser un sujeto acostumbrado a suspender la acción por temeroso, tímido y apocado. Al contrario, se trata de alguien avezado en el saber práctico, escenario natural de los asuntos humanos. El hombre no es un mero animal que reacciona con instintos automáticos, irreflexivos e instantáneos; pero tampoco es una suerte de ángel cuyas decisiones se guían a través de un conocimiento infalible y completo, garantizando el éxito en todas y cada una de sus acciones.
Más bien somos seres de acción práctica que necesitan de un criterio que dicte cuál puede ser la mejor opción, cara a una determinada circunstancia, siempre cambiante y particular. Ello requiere una pausada y atenta consideración de cada situación, calibrar la experiencia y la sensibilidad para saber leer la novedad de las situaciones, aunque sean similares a otras condiciones en las que hayamos estado.
El prudente no es un obsesivo de la deliberación, ni un ser incapaz para tomar decisiones, ni alguien que prefiere analizar indefinidamente una situación antes que apostar por una ruta. No intenta darle infinitas vueltas a un asunto, buscando matices que no hay o recovecos que no existen.
El prudente no estorba la acción, al contrario, la hace más pronta y eficaz, porque ha pasado la decisión por un filtro previo: la deliberación de los medios que han de buscarse para conseguir los fines. Y en ello es de esperar que la elección inicial de medios obligue a corregirlos las veces que sea necesario, hasta conseguir lo inicialmente intentado. Por eso la prudencia se encuentra más en saber reconsiderar a tiempo, que en pretender acertar al primer intento.
Hace algunos años, el profesor Leonardo Polo, de la Universidad de Navarra, enseñaba que la diferencia entre un arquitecto prudente y otro que no lo es (el ejemplo en cuanto a la profesión es anecdótico) radica en que el prudente desarrolla un proyecto durante un año, tras el cual tarda sólo seis meses en implementar; en tanto que el no prudente, se lleva seis meses en diseñar el proyecto e invierte más de un año en su implementación, porque no ocupó el tiempo suficiente para deliberar sobre los medios y quedó a expensas de contrariedades no previstas, comprometiendo el término del proyecto.
Y todo por no dedicar más tiempo a la reflexión antes de lanzarse espontáneamente a implementar un proyecto.
El saber del prudente consiste, por tanto, en la deliberación práctica para determinar cuál es la mejor forma de actuar, una vez elegido el fin de la acción; porque su campo son los detalles prácticos acerca de los fines que se han considerado buenos y convenientes.
Un saber hacer las cosas al modo prudente queda muy lejos del espíritu tímido y del talante defectuoso del apocado; recuerda más bien el arranque y convicción del emprendedor, que dedica el tiempo suficiente al análisis y ponderación sobre el mejor de los caminos para lograr su meta y reconoce la rentabilidad de sentarse a pensar.
En la actual cultura del emprendimiento urge recuperar una visión positiva de la prudencia, como reflexión pausada que garantiza pasos más firmes, eficaces y resolutivos en la acción, y no como una amenaza de la que debiéramos alejar nuestras decisiones.
 
UNA VIRTUD NO APTA PARA TIMORATOS
Hoy la sociedad del conocimiento ha abrumado nuestra capacidad de asimilar datos y llevarlos al límite. Recursos, soluciones, propuestas, recetas, cifras, estadísticas, etcétera, reclaman febrilmente la atención de quien debe decidir y exigen a nuestra voluntad una respuesta pronta, inmediata, sin espacio para pausas ni análisis. Pero en un mundo de esta naturaleza, la prudencia aparece precisamente como el filtro para aprovechar la fuerza e inercia de toda esa información y sacarle su mejor provecho.
La experiencia del prudente lo entrena para jerarquizar información, identificar lo importante y no distraerse con lo periférico; el prudente tiene como eje el acometer, porque una vez elegido el fin de la acción, su análisis se centra en la búsqueda de los mejores medios para alcanzarlo. Y por eso su carácter es esencialmente proactivo, realizador y abierto a la búsqueda de opciones.
De ahí que el verdadero prudente sea un atinado innovador, porque los medios para alcanzar un objetivo cambian con el tiempo, están sujetos al vaivén de las modas y la tecnología; por ello si el prudente tiene como objetivo hacerse de los mejores recursos, es lógico que esté abierto a nuevas opciones y rutas que el mercado, la cultura o el ambiente ofrecen. Jamás considerará una solución como definitiva para todos los casos semejantes que haya solucionado, sino que intentará la innovación continúa, el descubrimiento inteligente y la revisión constante de los resultados.
Fomentar la desaparición de la prudencia como elemento de la decisión, bajo el pretexto de que hoy ya no hay espacio para un ejercicio reflexivo porque lo urgente es actuar, es arrojar al que decide a una jungla de retos no previstos sin las armas suficientes para lograr que lo inesperado no estorbe la realización de lo que se busca.
La ausencia de prudencia provoca inestabilidad, confusión y retraso. Todo ello signo de quien se ha lanzado sin ruta específica a conquistas irreflexivas, propias de la actitud temeraria, de la que difícilmente se desprenden historias de éxito.
Quienes con su acción han irrumpido críticamente y con fuerza en la innovación de alto impacto, pueden dar testimonio de que, antes de decidir con qué novedad inundar el mercado o con qué inesperado recurso solucionar un problema aparentemente infranqueable, practicaron (de modo rápido o lento, ése no es el punto) el análisis, ponderación y jerarquización, que desde hace casi tres milenios el hombre bautizó como prudencia. Nada nuevo bajo el sol.
 

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