Metafísica de la calvicie

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«El cabello es el templo de los metrosexuales. Con fervor, los nuevos narcisistas pueden esculpir un peinado digno del mismísimo Elvis Presley». Así pensé comenzar este artículo; pero de inmediato caí en la cuenta de un detalle. Desde hace años, me pinto la barba para camuflar mi venerable ancianidad. También para mí, que no soy un modelo de Armani, la cabellera es algo muy importante.
¿Un fetiche moderno? En realidad, no; el fetiche parece ser tan antiguo como el mundo. Homero atribuía la singular bravura del rey Menelao, conquistador de Troya, a sus greñas de león. Un caso parecido fue el de Sansón, quien sacaba fuerzas de su melena, hasta que Dalila, tramposamente, se la cortó.
En ocasiones, la calvicie puede ser peligrosa. Al poeta Esquilo le costó la vida. Un águila, creyendo que su cabeza era una dura roca pulida, arrojó contra ella a su presa (una tortuga). Esquilo murió descalabrado al instante por el caparazón, o eso nos hicieron creer sus amigos más burlones.
Mientras tanto, yo, del pelo, no me quedé más que con las anécdotas literarias, pues desde muy joven me aqueja la calvicie. ¿Mi remedio contra ella? Utilicé muchos. Incluso, aconsejado por mi abuela, me aplique una cataplasma de chile verde. Al final, el único recurso eficaz es la resignación. Ya se saben el dicho: el suelo es lo único que de verdad detiene la caída del cabello.
¿Tengo algo de qué avergonzarme por ser calvo? Sobre la alopecia pesa un duro estigma y no digan que exagero. Tal vez recuerden aquel capítulo en el que Homero Simpson encuentra la cura milagrosa a su calvicie. Y tan rápido como le germina el cabello, su carrera asciende en la planta nuclear. Gracias a su nuevo porte, se convierte en el preferido del patrón. Pero en un soplo de mala suerte, Homero vuelve a quedarse pelón y a duras penas salva su empleo original. La historia es muy graciosa, pero muy cierta. Y es que, por alguna razón, proscribimos a los calvos; nos burlamos de ellos, los castigamos silenciosamente.
 
UN POCO DE HISTORIA
Desde tiempos ancestrales, el hombre ha intentado remediar el drama de la calvicie. Los faraones recurrieron a sus hechiceros sin éxito. El excremento de hipopótamo, como les recomendó Ra, no sirvió más que para perfumarlos. En vista de esta situación, los padres de la medicina griega, que no tenían un pelo de tontos, le dedicaron años de su vida a investigar este problema. Tras largas observaciones, Hipócrates y sus secuaces cayeron en la cuenta de que el varón pierde los cabellos como los árboles pierden sus hojas en otoño. La observación fue muy atinada y hasta bonita. Aristóteles fue más allá: el cabello de los viejos encanece y se cae, porque nos falta calor vital. Literalmente nos vamos apagando. Sin embargo, las especulaciones de los sabios griegos no cambiaron la suerte de los calvos. Por el contrario, precipitaron la catástrofe. Los hipocráticos recetaban un remedio hecho a base de comino y remolacha, que terminaba tirando más el cabello.
En Roma, Julio César no quiso correr la misma suerte que otros tantos calvos griegos. Su primer remedio fue el poco milagroso «peinadito de queso Oaxaca». Pero desde siglos atrás ya estaba comprobada su ineficacia, y entonces desistió. Su segundo remedio, dicen, fue más inteligente: usar una corona de laureles para disimular su irremediable calva.
Yo, a la usanza de este célebre conquistador de las Galias, he convertido a la boina en mi versión trendy de la corona de laureles. Un gran aliado, para ser honesto. Y es que ya no estoy para peluquines, si bien éstos fueron la salvación de un rey francés, y otros tantos aristócratas avergonzados de su condición capilar.
A todo esto, merece la pena llevar a la alopecia al mismísimo tribunal de la razón. ¿La calvicie es tan vergonzosa como parece? Aunque pocos han conservado el cabello tras el detenido estudio de la filosofía, tal y como les ocurrió a Sócrates, Cicerón y Tomás de Aquino, muy pocos se detuvieron a reflexionar sobre la propia calvicie. Sinesio de Cirene (allá por 370 a. C) es una afortunada excepción. Este filósofo invocó los mejores recursos de la filosofía para redactar su Elogio de la calvicie. En tal obra intentó demostrar que los varones más perfectos, sabios y cercanos a la divinidad eran precisamente los calvos. ¿Touché? Alguna razón tenía: ¿qué importa una cabeza pelada, cuando se tiene el entendimiento poblado? Sinesio de Cirene afirmó que la sabiduría y la cabellera se rehúyen como la luz y la sombra. Esto sí que pone las cosas a favor de los calvos, ¿no? Como anotó William Shakespeare, el ser humano es la única bestia que puede ser tan inteligente como para perder su pelo.
 
DENTRO DE CIEN AÑOS,TODOS CALVOS…
Hay que reconocer que la calvicie tiene algo de peculiar. Supongo que por eso es un tabú. Se trata, yo creo, de un nosequé  metafísico. La calvicie (y las canas) me recuerdan a diario, y frente al espejo, mi propia e inevitable muerte. Poco a poco, la alopecia deja asomar ese inminente deterioro que nos aguarda a todos, aunque no lo queramos reconocer. Las entradas y la aureola nos anuncian que seremos calaveras. No exagero. Las palabras «calvo» y «calavera» comparten la misma raíz en latín. ¿Ya ven que no es ocurrencia mía? La calvicie es la manera en la que los laicos nos enteramos de que polvo somos y en polvo nos convertiremos. La filosofía, como advirtió Sócrates, es una meditación sobre la muerte. Y si la calvicie es señal de la fugacidad de la vida, entonces es el pretexto perfecto para filosofar y examinar nuestra existencia.
Pero la cultura contemporánea se encuentra en una fase de negación. Por eso hemos convertido la calvicie, entre otras realidades, en un tabú. Procuramos remediarla a toda costa: implantes, vitaminas, jabones. El punto es que no nos atrevemos a reconocer que, como dijo Machado, «todo pasa y todo queda, y lo nuestro pasar». Tenemos que aceptar que el tiempo pasa por nosotros, y que todo por servir se acaba y acaba por no servir. Cuando los griegos compararon la calvicie con el otoño, descubrieron una gran verdad: para bien o no, la vida avanza en ciclos, de los que podemos salir más sabios, pero no más saludables.
El problema, me temo, es que la sociedad contemporánea no perdona la vejez. El sistema económico, para no ir más lejos, aplasta a los mayores. Los sistemas de pensiones están siendo desmantelados y los seguros médicos están diseñados para expulsar a los viejos. En muchas empresas no se contrata a quien cumplió cuarenta. La jubilación –cuando la hay– es una aplanadora que desecha a los sesentones, quienes en la mayoría de los casos vivirán en la estrechez económica. Hasta cierto punto es lógico el desesperado intento por ocultar la decadencia del cuerpo.
Hace poco escuché al vuelo una frase siniestra de boca de unos jóvenes en un bar de la Condesa. Al calor de las perlas negras, dijeron entre risas: «Los viejos o dan dinero o dan asco». Así que como no soy rico, seguiré usando boina y pintándome la barba.
 
*Gracias a Juan Arana por facilitarme su artículo «Calvicies» (Filosofía de lo cotidiano, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2005) y a Víctor Gómez por su valiosa colaboración.
 

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