Diosas itinerantes. La plastificación del deseo

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Prefiero ser inteligente que una actriz de cine.
Natalie Portman

 
El pseudo igualitarismo panfletario guillotinó a los reyes y nos arrebató los modales corteses; aunque nos dejó la inequidad, la pobreza, y una buena dosis de patanería disfrazada de «naturalidad» y «espontaneidad». Aunque nuestras repúblicas se quedaron sin cortes principescas, el glamour y las pretensiones aristocráticas entran a nuestras insípidas democracias por la carpeta roja de los espectáculos. (Y que conste que soy un socialdemócrata convencido).
En esta sociedad profundamente secularizada y supuestamente democrática, en la que las religiones no son más que el prototipo de una ONG, ¿quiénes son nuestros dioses? La industria cinematográfica, para la tranquilidad espiritual de mis amigos posmodernos, se ha convertido en una fábrica de princesas y diosas. Hoy les rendimos culto a Natalie Portman y Kim Kardashian. Ayer nos hincamos ante Greta Garbo, María Félix y Liz Taylor. La «diva» ha venido a llenar el vacío que dejaron las reinas, las santas y las diosas. El término «diva» no puede ser más elocuente; divus significa «divino» en latín.
¿Qué es una diva? Una mujer extremadamente femenina (valga la inapropiada expresión machista), que por su sola belleza controla a los varones de un plumazo: «Whatever Lola wants, Lola gets», cantaba, y con razón, la genial Ella Fitzgerald. No por esto hay que confundir a la diva con una femme fatale. La diva es más sutil, más elegante. Ante la femme fatale, uno sucumbe; ante la diva, se embelesa. A ésta le basta su pura presencia para ejercer un mágico influjo. Esta aura divina está inspirada mitológicamente en el remoto juicio de Paris, el joven príncipe que sucumbió a la belleza Afrodita. El merequetengue acabó en la Guerra de Troya. Pero éste es otro cuento.
Históricamente, el proceso de deificación de las artistas se remonta al espectáculo operístico del S. XIX. En aquella época, la diva no era sino la prima donna; es decir, la soprano con el protagónico. Esta figura sobrevivió hasta el S. XX; la ostentó, con inclemencia, la inigualable María Callas. Pero las cosas poco a poco cambiaron y Hollywood empezó a monopolizar la producción de las divas. Ni siquiera el despreciable Tercer Reich pudo resistir la tentación de producir sus propias divas. Para contrarrestar la hegemonía estadounidense, los ideólogos nazis inventaron su diva aria a manera de resistencia cultural y propagandística.
 
LA ABEJA REINA
¿Cuál es la lógica detrás del endiosamiento de una artista o celebridad? Según la sociología, en todo grupo humano una mujer ejerce un rol dominante frente al resto de su competencia femenina.1 Tanto en las pasarelas de Hollywood como en esos remedos de nuestra preparatoria, alguien tiene que ser la «abeja reina». Este status femenino de poder se da en mujeres especialmente privilegiadas por su belleza, riqueza o talento. Se caracterizan por ser arrogantes, agresivas y por acaparar el odio de sus congéneres. La abeja reina es análoga al «macho alfa»; el macho que somete al resto de los varones y que pretende apropiarse de las mujeres más bellas.
Cualquier profesor con experiencia en secundaria y en bachillerato conoce estos personajes con pretensiones de «macho alfa» y de «abeja reina». Son, ordinariamente, individuos proclives a acosar a sus compañeros. El acoso escolar suele estar, por ello, asociado a este impulso animal de apropiarse de un territorio y una manada.
Los seres humanos somos esencialmente miméticos, o sea, copiones. Queremos poseer lo que los demás tienen, por el simple hecho de que ellos lo tienen (como cuando de niños nos arrebatábamos el mismo juguete, aunque hubiera muchos iguales). Todos luchan por poseer o parecerse a una diva. Joseph Goebbels, el atroz propagandista nazi, lo supo. Astutamente se aprovechó del aura de las divas con un propósito político. Zarah Leander, su obra maestra, le sirvió para propagar desde el cine una visión elitista de la sociedad; algo así como Bridget von Hammersmark en Bastardos sin gloria. ¿Se acuerdan? Las divas, objeto universal de deseo, son un poderoso instrumento político.
 
¿LAS ESTRELLAS NO TIENEN EDAD?
Norma Desmond, la diva venida a menos en El ocaso de una estrella de Billy Wilder, declara en cierto momento de la película: «Las estrellas no tienen edad, ¿cierto?» La pregunta, sin embargo, no es más que una patada de ahogado. Para ese momento, Norman Desmond ya vio pasar sus días de gloria, y sólo sobrevive en la memoria de unos pocos. No se da cuenta de que la dinámica propia de los tabloides y el cine es producir diosas desechables. ¿Qué es lo que permanece? El aura divina, que se traspasa a la nueva diva. Se trata del «capitalismo artístico», en palabras de Gilles Lipovetsky. El mercado nos seduce una y otra vez. Toma ocasionalmente la forma de Grace Kelly, Lady Di o Kate Middleton; el nombre da igual. Lo importante es capitalizar el deseo para incentivar el consumo. ¿Y no es cierto que todos quisiéramos desentendernos de los asuntos ordinarios, para sólo cultivar nuestra belleza y glamour? Me temo que todos hemos anhelado alguna vez la felicidad de los príncipes y princesas de Disney; en versión de adultos, claro está.
 
TROPHY WIFE
Al margen del uso económico o ideológico de la diva, ¿cómo repercute su imagen? Me atrevo a pensar que la diva, como un modelo de vida, incentiva la cosificación de la mujer. En inglés hay una expresión muy socorrida, «Trophy Wife», que pone en el mismo status a la esposa y a un coche de lujo. Ambos son un signo del éxito: trofeos. Lo alarmante, sin embargo, es que algunas mujeres no se sienten ofendidas por el término. Al contrario, ciertas mujeres aspiran, de hecho, a ese status. En internet abundan los consejos para convertirse en una esposa-trofeo.2 La divinización de la mujer implica un itinerario, pero ya está al alcance de una tarjeta de crédito. Las mujeres se pelean por ser la «abeja reina», muchas veces a costa de su propia dignidad. La esposa-trofeo y la diva son dos variaciones del mismo tema, la mujer a quien se adora por su belleza, por sus ropas, por sus desplantes arrogantes.
En la antigua China, la aristocracia deformaba el crecimiento de los pies de las niñas. Los «pies de loto» se consideraban un signo de belleza y distinción. Para conseguirlo, los padres vendaban bárbaramente los pies de las pequeñas provocándoles terribles dolores. Obviamente, una mujer con pies de loto no podía desempeñar trabajos rudos. Sus movimientos estaban limitados; era un objeto decorativo. Algo parecido sucede con las divas y las esposas-trofeo. Son mujeres para «verse» y «adorarse». La talla y el peso de algunas de ellas son, en términos médicos, patológicos. Las dietas y rutinas de ejercicios a las que se someten superan con mucho la austeridad de los antiguos conventos de monjas. No se vendan los pies, pero se matan de hambre. Y hablando de monjas, me vienen a la mente unos versos de Sor Juana Inés de la Cruz que vienen muy a cuento:
 
¿En perseguirme, mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
 
Pobre Sor Juana, preocupada por cultivar su inteligencia, mientras la sociedad le pedía hermosura. Del siglo XVII a la fecha, las circunstancias de la mujer han mejorado notoriamente. En las civilizaciones occidentales, la situación de la mujer es radicalmente distinta de la que sufrió Sor Juana en la Nueva España. Sin embargo, ¿que pensaría la monja si se enterara de que la hermosa Kim Kardashian es más admirada en las redes que la inteligente y poderosa Angela Merkel? En mi opinión, si bien la canciller Merkel no es precisamente la mujer más hermosa, me parece que charlar con ella debe ser más interesante que conversar con Kim Kardashian. Y alguien me objetará, ¿y quién demonios quiere platicar con Kim si puedes pasar la noche con ella? Este es precisamente mi punto. ¿Lo ven?
 
 
Notas finales
1          Drexler, Peggy. «The Tyranny of the Queen Bee». March 6, 2013. The Wall Street Journal.
http://www.wsj.com/articles/SB10001424127887323884304578328271526080496
2          «How to Be a Trophy Wife». http://www.wikihow.com/Be-a-Trophy-Wife

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