Educar es… formar protagonistas de su propia historia

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IS338_Coloquio_01_originalLa labor educativa, además de dotar de conocimientos a los estudiantes, tiene un gran reto: prepararlos para tomar las riendas de su vida. Una persona educada posee conocimientos, pero también es capaz de dar sentido a su existencia, armar proyectos, conjuntar esfuerzos, amplificar visiones y ser mejor con los otros… sin buscar ser mejor que los otros.
 
El mundo contemporáneo se caracteriza por su complejidad. Estructurar el amplio bagaje de conocimientos que en él se desarrollan para dotarlo de coherencia es complicado, hace falta una visión global que combine una perspectiva completa del problema, con una claridad que permita arribar a conclusiones.
La educación no está exenta de esta problemática. Es difícil hablar de ella sin estridencias o sin caer fácilmente en cantinelas o lugares comunes. En general puede decirse que muchos problemas actuales se vinculan a una erudición complicada que, por mostrar su sapiencia, ha perdido relación con algunos puntos fundamentales. Para decirlo llanamente es preciso, casi urgente, el citado back to the basics.
La tesis que pretendo sostener es muy sencilla: educar es preparar a una persona –siempre supuesto su interés– para que se decida a ser protagonista de su propia historia. Una persona educada es capaz de tomar un lugar en su entorno, desempeñarlo satisfactoriamente, establecer relaciones adecuadas con los demás y vivir una vida razonablemente feliz. Así de complejo y así de sencillo.
Educar tiene que ver con adquirir una serie de conocimientos necesarios para desempeñar con éxito ciertas tareas o ejercer cabalmente una profesión. Por lo general, a estos conocimientos objetivos, muchas veces mensurables y en cierto sentido verificables, se les denomina contenidos. El reconocimiento de la calidad académica de una institución se vincula a la capacidad de transmitir contenidos. Evidentemente este aspecto es indispensable, pero no basta transmitir contenidos y que estos se aprendan para que pueda hablarse de educación. Un ejemplo de ello son las personas que saben mucho, pero luego tienen lagunas muy grandes para llevar a la acción lo que conocen o para relacionarse con los demás.
La mayoría de las mediciones educativas se relacionan con la capacidad de transmitir contenidos. De hecho las calificaciones han sido casi siempre verificadores de la captación de determinados temas por parte del alumno.
Vinculado a la adquisición del conocimiento está el desarrollo de habilidades. Descubrir en la persona el desarrollo de aptitudes que le permiten adquirir, por sí mismo, nuevos conocimientos. Las habilidades son fundamentales para el ejercicio de cualquier tarea y son determinantes para sobrevivir en una sociedad donde el conocimiento se incrementa gradualmente y la persona necesita actualizarse de manera permanente. Desarrollar las habilidades es dotar al sujeto la capacidad de ser un aprendiz perenne.
La educación vista así corre el peligro de reducirse a una tarea que prepara para el éxito, por ello importa contar con una certificación creíble en el mercado y que otro asuma que se tiene la capacidad para ocupar un rol en el mundo laboral. La preparación escolarizada está ordinariamente centrada en la adquisición de habilidades relacionadas con el ejercicio del intelecto y, la educación técnica, a la realización de tareas en condiciones controladas. Adolecen lógicamente de un elemento muy relevante en la formación de una persona: la experiencia. Siempre hay una brecha entre lo que el empleador desea y lo que la escuela enseña, ésta no logrará cerrarse hasta que el sujeto viva la experiencia de la vida real. No es lo mismo conocer un proceso que vivirlo por mejor que se haya explicado.
 
UN GIRO DE TUERCA
Podría seguir por estos derroteros y plasmar más y más ideas sobre la educación escolarizada.  Quisiera detenerme en un aspecto concreto.  En las escuelas –no importa si son primarias, secundarias, preparatorias o universidades– un porcentaje relevante de lo que se aprende sucede en ambientes informales y no en la estructura organizada para ello. Esto sucede porque aprendemos en la medida en la que pensamos.
En una clase alimentamos nuestros deseos de saber. Se pregunta, realiza una actividad, se intercambian perspectivas. Toda esa actividad deja un poso. Aprender es una actividad cuyo principal actor es el aprendiz. Retoma una idea, la hace suya, la relaciona con otras, intercambia un parecer… es un proceso íntimo y complejo,  un fenómeno interior de atesoramiento y descarte. Algunas experiencias e ideas se incorporan a nuestras vivencias y forman parte de lo que sabemos. En este proceso de aprendizaje, no sólo se adquieren ideas, también se modifica el modo como entendemos la realidad y, al ritmo que la comprendemos, va cambiando quien conoce.
Para ilustrar esta idea podría ser útil rememorar cómo en ocasiones aprendimos algo tratando de explicarlo a otro. Muchas veces expresar con nuestras propias palabras un contenido comporta un esfuerzo de intelección que supera con mucho la pasividad de quien simplemente escucha.
 
UN PROCESO FASCINANTE          
Aprendemos al descubrir aspectos nuevos de la realidad e integrarlos con nuestro propio ser. Al aprender, poco a poco modificamos la manera en que entendemos la realidad y se provoca un cambio interior que nos permite adquirir una conciencia mayor de nosotros mismos. Jerarquizamos los distintos conocimientos, algunos despiertan intereses, otros, cierta indiferencia. Captamos la utilidad del conocimiento, pero también su carácter contemplativo. Aprendemos a reflexionar en silencio, a pensar, correlacionar, inventar, soñar, mirar algo nuevo. Descubrimos con asombro aspectos ignorados de realidades mil veces ponderadas. Algo que nos era sabido cobra un color nuevo. Se enciende en el interior una hoguera que permea todo.
Conocer es también un viaje interior. Al conocer lo distinto uno se conoce mejor a sí mismo. Se interesa, descubre sentido, valora. Educarse es conocer y conocerse. Descubrir que aún hay aspectos ignorados y otros que permiten aproximarse con certidumbre a la realidad e incluso modelarla e interactuar con ella.
El conocimiento no se refiere exclusivamente a otras cosas, incluye también a otras personas. Éstas, a diferencia de las cosas, funcionan con libertad y no son predecibles.  Se establece la condición de solidaridad y vinculación. Aparece el diálogo que permite descubrir cómo el otro pondera, enriquece, matiza y aporta aspectos que habían pasado inadvertidos. Descubro así el diálogo y cómo, al expresarle al otro una idea, ésta se clarifica para quien la expone.
En el intercambio con otros aparecen también las pasiones. Hallar la molestia cuando me hacen ver los errores. Asistir al empecinamiento o a la cerrazón porque no se le había ocurrido. Comprender que hay autoafirmaciones que magnifican la soledad.  Advertir el valor del encuentro, de la escucha, el aumento del horizonte cuando cuento con la mirada amplificadora del otro.
Y creamos no sólo visiones sino proyectos. Nos advertimos forjadores de un futuro en el cual somos compañeros y coautores. Descubrimos aspectos donde somos mejores que los demás, y algunos en los que nuestro desempeño está por debajo. Aparecen palabras generosas como colaboración, cooperación y solidaridad que nos implican mutuamente y permiten establecer un compromiso conjunto por construir una mejor realidad. Una vieja reflexión de G. K. Chesterton puede contribuir a resaltar lo anterior: decía que los cuentos de hadas son importantes porque nos enseñan que es posible derrotar a los gigantes y, evidentemente, cada uno de nosotros tiene sus propios gigantes que habrá de vencer a lo largo de su existencia.
Descubrimos la realidad con esperanza y como transformable. Promesa de mejor futuro y de más grandes posibilidades.
En definitiva nos advertimos como protagonistas de nuestra propia historia. Necesitados de conocimiento, de sentido, de proyectos. Aprendemos a convivir con otros, a conjuntar esfuerzos, a amplificar visiones y a ser con los otros mejores, que es más importante y profundo que ser mejor que los otros.
Me queda la impresión de que esperamos mucho de la educación, porque esperamos mucho del hombre. Educar es contribuir a que cada uno seamos más humanos, más protagonistas de nuestra propia existencia y mejores colaboradores de la realización de otros.

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