Cine, maestro de las emociones

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IS339_Coloquio_01_principalMás allá de ser un fenómeno cultural y de comunicación, el cine es parte de la vida de cada uno: emociones surgidas de la pantalla quedan inscritas en nuestra biografía e influyen en nuestro actuar. Bien llamado fábrica de emociones, porque encierra toda suerte de recursos para suscitarlas. Además de ser parte sustancial de la actividad lúdica de nuestra sociedad, se le reconoce como escuela para conocer y aprender el manejo emocional ya que analiza con detenimiento los mecanismos que mueven a la especie humana.
 
¿En qué radica el hechizo del cine? ¿Qué esconde ese haz de luz que al proyectarse en la pantalla obra el prodigio de sentir, imaginar, evadirse, crear? Parte del inexplicable fenómeno cinematográfico es la manera en que las escenas tocan al espectador al hacerlo reír, llorar, exaltarse o aterrarse, detonantes que perduran en la memoria, en un extraño placer de evocar sensibilidades, sensaciones o vivencias.
El arte procura emociones, y el llamado «Séptimo arte» ha conseguido, en sus más de cien años de vida, hacerlas inmortales como no lo habían logrado las seis artes que lo preceden, por ello, el cinematógrafo, después cine, obtuvo el apelativo del arte más universal de la historia.
Al tratar de explicar la relación que guarda el cine con los sentimientos y emociones, se plantean varios cuestionamientos: ¿Quién alguna vez no ha gritado, suspirado o se ha levantado intempestivamente de la butaca en el cine? ¿Por qué? ¿Qué tiene este maravilloso artefacto que llega a esas íntimas fibras del ser humano? ¿Cómo toca los sentimientos? ¿Cuáles son sus principales inspiraciones?
Las respuestas a dichos interrogantes ofrecen un abanico de posibilidades: por las historias que cuenta, por la narrativa utilizada, por el lenguaje audiovisual que maneja, por el ritual del cine mismo –oscuridad, focalización del fenómeno, consumo individualista–, por procesos de orden psicológico de identificaciones y proyecciones, o quizás porque lo proyectado en la pantalla nos habla de algo conocido, vivido, de una identidad, de lo real, de la verdad.
En este sentido es necesario conceptualizar qué es la emoción: un «estado de ánimo caracterizado por una conmoción orgánica consiguiente a impresiones de los sentidos, ideas o recuerdos, que produce fenómenos viscerales que percibe el sujeto emocionado y con frecuencia se traduce en gestos, actitudes u otras formas de expresión».1
 
FORMADOR DE ACTITUDES HUMANAS
Esto implica que un segmento del éxtasis que suministra una película, se deriva del hecho de que persiste aun cuando ha concluido la función, y sobrevive al simple hecho de verla, pues a partir de su mirada se impregna la manera en que se observa al mundo y la forma de recordar lo visto, de construir su recuerdo. Es, por decirlo de alguna manera, la marca indeleble que deja el cine y que acompaña por el resto de sus vidas, a esos seres humanos que estuvieron frente a la pantalla.
El sentir clásico nos presenta el arte del contador de historias como un camino para la catarsis de las emociones, para colocarlas «en su sitio», para educarlas. El cine multiplica la posibilidad de vivir historias, posibilidad que en cada ser humano se reduce a un pequeño repertorio de vivencias: las que le brinda su vida. Y es que la convivencia virtual –como diríamos en lenguaje de hoy– amplía las oportunidades y permite vivir como experiencia lo que, en su realidad corpórea nunca habría sido posible.
Los sentimientos y las pasiones, descritos en la literatura, toman cuerpo en el cine, se vuelven sensoriales: podemos oírlos, verlos, comprenderlos y ser sorprendidos. El cine multiplica estas oportunidades, las materializa y las convierte en un elemento formador de las actitudes humanas: el valor, la virtud, las limitaciones, las miserias se vuelven concretas, transparentes, en las historias que cuenta…2
Por ello, tanto la empatía emocional como la experiencia sensorial se establecen general y principalmente en torno a la historia, pues lo que se narra y el modo en que se rememora, funge como eje aglutinador de elementos formales y significativos. El cine se torna una ventana a las relaciones, emociones y pasiones. No importa que el tratamiento sea de documental o de ficción, la duración de cortometraje, mediometraje o largometraje, o que, de acuerdo con su estructura, sea una comedia rural, un drama citadino, una cinta cómica o un melodrama, finalmente es una película.
Cualquier filme es un método para hacer llegar universos de relaciones diversas al espectador, y también un amplio panorama de conocimientos: sociales, culturales, políticos, económicos, históricos y amorosos. Encuentra en la pantalla un refugio y un descanso para acercarse al amor, pero sin sufrimiento personal, para acercarse al odio, tomando distancia del mal, puede acceder a la muerte sin morir, pero también se le ofrece la posibilidad de vivir muchas vidas. La oscuridad, la luz del proyector, la inmovilidad, el mantenerse pasivo junto a otros que también observan las imágenes proyectadas en la enorme pantalla, sugieren un estado en el que las privaciones y fracasos se compensan y gratifican con lo que se desarrolla frente a los ojos.
«…sólo el cine seguirá dando más y gracias a sus buenos hacedores seguirá siendo adecuado a cada situación y momento […] Como tantas veces se ha dicho, ir al cine puede ser útil hasta para explicar los principios básicos de la economía, porque resulta imposible ver una película gratis. Por lo menos el tiempo, las mágicas dos horas, las pone siempre uno mismo. Las películas son elemento de discusión y reflexión sobre la conducta humana tanto con fines educativos como terapéuticos».3
 
IS339_Coloquio_03_imagen01LA ILUSIÓN DE LA REALIDAD
Más allá de la necesidad humana de llenar espacios de ocio, adquirir conocimientos o acceder a fenómenos de otra forma inaccesibles, se encuentra la ilusión de realidad, pues el cine insta al espectador a involucrarse en su experiencia narrativa mediante diversos mecanismos.
La ilusión de realidad que por sugestión crea la pantalla induce en el espectador una atmósfera de credibilidad, una tendencia a la proyección personal en el universo de las imágenes, un proceso de identificación con los personajes y sucesos de la película […] se encuentra frente a imágenes de hombres y de cosas («verdaderas» en su falsedad reproductiva) y cree todo lo que observa, integrándose gradualmente a la acción fílmica.4
El cine es también un fenómeno cultural complejo, medio para comunicar acontecimientos de la vida cotidiana, históricos y de ficción que despliegan teorías, ideologías, prácticas artísticas, políticas y económicas. Desde el ámbito psicológico, cumple varias facetas, va de la proyección a la identificación y viceversa; la proyección es el proceso en el que se forjan no sólo sueños e imaginaciones, sino también nuestras necesidades sobre otros seres, objetos, deseos, aspiraciones, temores, obsesiones, etcétera.
Este proceso puede ser automórfico –cuando se atribuye a una persona los propios rasgos de carácter y tendencias–, antropomórfico –asigna a los seres vivos y cosas materiales rasgos de carácter o tendencias humanas– o un desdoblamiento –etapa puramente imaginaria en donde se proyecta el propio ser en una visión alucinatoria.
La identificación es la contraparte de la proyección, por ese mecanismo absorbemos el mundo, en vez de proyectarnos en él, pues bajo su forma primera, el cine permite un juego identificador permanente sin el cual no habría vida social. Nos identificamos con los personajes o las situaciones, con las figuras humanas de la pantalla, y un poco, con ese poder de Dios de ser omnipercibiente y omnipotente, pues realmente observamos esos mundos al margen de la pantalla.
Por eso, mantenemos relaciones con lo que sucede en ella; con imágenes y sonidos las películas ofrecen relatos que constituyen un espejo social, son un reflejo de todo, incluidos nosotros mismos; nos permite, plantear analogías, incluso con ideas, pues estamos fuera de peligro, sin riesgos, aunque participemos psíquica y afectivamente.
 
RECURSOS PARA SUSCITAR EMOCIONES
Una vez delimitada la aproximación a las funciones y elementos que conforman el cine y su magia, conviene replantearlo como un medio que aglutina los dispositivos de la afectividad y emotividad del espectador. El mundo de las emociones se entiende desde distintas perspectivas y las une el punto de vista de la antropología, pues la clave antropológica de la afectividad se halla en su estrecha relación con la vida auténtica.
«… la afectividad se presenta como una realidad bipolar […] por una parte la afectividad parece ser accesible a cualquier ser humano, en tanto que éste es capaz de experimentar una gama muy variada de sentimientos (placer, dolor, odio, amor, ira, esperanza); por otra, pocas realidades como la afectividad son tan complejas y difíciles de explicar…».5
En esta relación de la afectividad y el cine también destaca que el ser humano no puede concebir una vida sin sentimientos y mucho menos desearla, porque son el principio y el fin del comportamiento y del obrar libre. El cine ofrece la posibilidad de acercarse y experimentar esos sentimientos sin «padecer» sus consecuencias, es como una lumbrera para el sentir y el pensar, como vivir en paralelo para aprender y después aplicar esos saberes a la vida cotidiana.
A través del cine experimentamos numerosas realidades de la conducta humana: los afectos, el amor que impulsa al perdón, la convivencia, el miedo, la vergüenza, la ira, la venganza; la alegría que anima a hacer cosas grandiosas; la tristeza que deriva en inactividad; la audacia que permite superar obstáculos o la furia que prepara para el ataque.
El mundo afectivo se interpreta a través de manifestaciones exteriores, como las expresiones corporales (llanto, risa, rubor); los gestos (apretar los puños en la ira, abrir los brazos en la alegría) y el comportamiento (huir en el miedo, agredir en la ira). Aunque también es un hecho que no siempre los sentimientos se expresan de ese modo…6
A través de las narraciones, el ser humano se refleja en las películas, pues mediante los problemas que plasma, se viven, metafóricamente, los propios conflictos y se tornan más transparentes cuando alguien, mediante una película, es capaz de imaginar las situaciones como propias, puede identificarse con los personajes y sentirse protagonista de las decisiones. Toma para sí los sentimientos que se presentan y los aplica a su situación; y aunque el espectador se encuentra solo frente a la pantalla, en realidad nunca lo está del todo.
El mundo sentimental en el cine es heterogéneo, muestra algunos sentimientos universales y otros que desencadenan las circunstancias en las que cada individuo enfrenta las escenas de la pantalla, debido principalmente al manejo del lenguaje cinematográfico. El encuadre, el plano, el ángulo de una toma, los movimientos de la cámara conminan a que afloren ciertas emociones, el tomar sólo un detalle, mover lentamente la cámara para espiar por una ventana, mirar una enorme batalla o simplemente acceder a la inmensidad del mar pueden ser los elementos propicios para develar innumerables emociones.
La expresión acústica aporta muchos otros recursos: el escuchar una frase, el tema de amor de una pareja, el silbido del viento, las sirenas que advierten las bombas, los efectos sonoros que amplifican las pisadas de un niño cual si fueran de un gigante… crean un universo de emociones en el espectador.
Y otros códigos propios de la puesta en escena como la iluminación de un día soleado que transmite alegría o su contraparte, la oscuridad que envuelve la noche, el monstruo o quizá el asesino. Muchos de estos factores son determinantes para desencadenar emociones, que se articulan buscando despertar los sentidos ante gamas de paletas de colores, estilos, vestuario, maquillaje, transformaciones incluso de épocas o sucesos históricos que logran crear el efecto de veracidad.
 
IS339_Coloquio_03_imagen02CADA GÉNERO EXPLOTA DIVERSOS RECURSOS
El género de acción, por ejemplo, exige un movimiento de cámara que propicie altas dosis de adrenalina y energía, persecuciones, explosiones… todos los recursos audiovisuales se unen para incrementar la emoción del espectador. En la comedia, en cambio, las historias son alegres, diseñadas para divertir y provocar la risa a través del lenguaje, las acciones y los personajes.
El género de catástrofes lleva implícito en su nombre los recursos que exaltan ciertas emociones. Allí, la «catástrofe» es inminente para los protagonistas o incluso para la raza humana (terremotos, naufragios, tsunamis, incendios, experimentos que salen de control o la cercanía de cuerpos celestes a la Tierra). Estas escenas requieren movimientos de cámara frenéticos, grandes panorámicas, música de nostalgia por lo perdido y algunas veces, una mirada a un posible futuro post-apocalíptico.
Conviene mencionar también el género de la fantasía. Aunque el espectador sabe que se encuentra en un universo paralelo que expone situaciones, objetos y seres totalmente irreales, se logra conjuntar sensaciones y emociones propias de la existencia. Incluye magia, mundos de ficción, criaturas irreales, al grado que la construcción visual sea casi siempre lo que más se recuerda de estos films.
Un género con muchas convenciones en su construcción es el de terror, que provoca en el espectador pavor, miedo, repugnancia, horror, incomodidad. La oscuridad, los tiempos que se alargan, lo que se ve y lo que no se ve, lo que se escucha… consiguen en conjunto despertar sensaciones y emociones únicas y particulares, de acuerdo con historias de vida personales.
Finalmente, hay que recordar que cada cultura tiene sus propios modos de sentir, favorece unos sentimientos, rechaza otros y los interpreta de distinta manera: el amor, la amistad, la venganza… Incluso es cultural prescribir su intensidad, pues muchas emociones se relacionan con los roles propios de determinada sociedad o época histórica, y los sentimientos se ajustan espacial y temporalmente a las aspiraciones y necesidades del hombre en su andar por la tierra.
El cine participa y crea una educación sentimental que enriquece la comprensión del mundo y contribuye a afirmar las relaciones humanas, pues funciona como fuerza develadora de la intimidad humana, establece conexiones, las interpreta y abarca la vida entera.
 
bibliografía
Bettetini Gianfranco (1968). Cine: lengua y escritura. México: Fondo de Cultura Económica.
Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, 2013 [en línea] 24/II/ 2015.
González-Blasco Pablo, et al. (2009). «El cine en la formación ética del médico: Un recurso pedagógico que facilita el aprendizaje» en Persona y Bioética, Vol. 13, Núm. 33. Colombia: Universidad de la Sabana.
Malo, Antonio (2004). Antropología de la afectividad. España: Ediciones Universidad de Navarra.
Pinel, Vincent (2009). Los géneros cinematográficos. España: Ma Non Troppo.
 
NOTAS FINALES
1           Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, 2013 [en línea] 24/II/2015.
2           González- Blasco Pablo, et al. (2009). «El cine en la formación ética del médico: Un recurso pedagógico que facilita el aprendizaje» en Persona y Bioética, Vol. 13, Núm. 33. Colombia: Universidad de la Sabana, pág. 39.
3           Ibidem, pág. 41.
4           Bettetini Gianfranco (1968). Cine: lengua y escritura. México: Fondo de Cultura Económica, pág. 21.
5           Malo, Antonio (2004). Antropología de la afectividad. España: Ediciones Universidad de Navarra, pág. 36.
6                     Ibidem, pág. 42.

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