Confundimos furia con cólera, inquietud con pánico y alegría con euforia, sin matices ni modulaciones que permitan desarrollar nuestras habilidades para establecer relaciones interpersonales. Vivir las emociones en el momento preciso, en la medida adecuada y con la duración necesaria abre la puerta a nuevas emociones que dan acceso a un espectro más amplio de la realidad.

 

¿Qué nos mueve a hacer lo que valoramos importante? ¿Y cómo le otorgamos esa valía? Es preciso plantearse tal pregunta porque, aunque podamos hacer menos a nuestras emociones, en realidad su papel es fundamental al tomar cualquier decisión. Las emociones son el principio de nuestras acciones, de ahí el origen de la palabra emoción (emotion): motor, movimiento, motivación.

Goleman, pionero en la divulgación de la inteligencia emocional, afirmó que todas las emociones son impulsos para actuar, planes instantáneos que la evolución nos inculcó para enfrentarnos a la vida. A pesar de ello, somos ignorantes emocionales. Nos imparten asignaturas de cualquier tema, pero ninguna para enriquecer y administrar el repertorio emocional y enfrentar las circunstancias diarias de la vida.
Aunque suele variar, la mayoría de las clasificaciones básicas de las emociones (aquellas indispensables para sobrevivir) incluyen siempre: enojo, preocupación, miedo y tristeza. Sin embargo, podemos ser mucho más sofisticados respecto a las emociones que experimentamos. Si preguntamos a alguien qué emociones percibe, difícilmente saldrá de este cuarteto emocional y esa falta de sutilezas y variaciones se traduce en una de las principales deficiencias emocionales.

La modulación del ánimo, que puede ir desde aumentado hasta deprimido presenta miles de gradaciones. Sin embargo, la limitante emocional, producto de un déficit de aprendizaje, hace que reaccionemos a casi todo de manera básica; entonces las decisiones y objetivos se vuelven repetitivos e ineficientes.
El problema es que sólo experimentamos las emociones que conocemos y aunque poseemos la capacidad de hacerlo con emociones distintas, no las experimentamos psicológicamente porque no sabemos traducirlas en palabras. De ahí nuestras lacónicas respuestas. Al utilizar una sola palabra para describir un amplio espectro de la realidad, ésta se convierte en un «concepto» que la bloquea. El cerebro se conforma para no ir más allá y desentrañar lo que podría ser una emoción diferente. Las efímeras conversaciones sobre nuestras emociones se reducen a: «¿Cómo estás? Estresado. Fin».

CUANDO LAS EMOCIONES SON DISFUNCIONALES
De la mano de la afirmación de Epicteto, podemos decir que las cosas no nos destruyen, sino lo que pensamos erróneamente sobre ellas; porque las emociones están directamente relacionadas con los pensamientos. Bajo este paradigma se ha consolidado la terapia cognitiva conductual, considerada hoy como una de las más eficaces en el mundo de la psicología.
Tradicionalmente se considera que las emociones son disfuncionales por una o más de las siguientes razones:

  1. Momento de aparición
  2. Duración
  3. Intensidad

Por ejemplo, es disfuncional sentir tristeza cuando vemos que nos van a atropellar, igualmente se considera «desadaptativo» seguir enojados por un evento del que ya no podemos defendernos, como haber sido maltratados en la infancia; o sentir angustia en lugar de preocupación porque vamos a perder el trabajo. En los tres casos, la emoción deja de servirnos para movernos y adaptarnos.

Habría que aumentar una cuarta dimensión de disfuncionalidad de las emociones: su ausencia o simplicidad. Cuando hablamos de emociones sólo nos enfocamos en las más básicas, las que consideramos necesarias para sobrevivir, pero prescindimos de muchas otras que enriquecen la experiencia emocional más allá de la sobrevivencia.

EMOCIONES PARA UNA NUEVA CULTURA
Los cambios generacionales nos obligan a replantear el tema. En el ámbito profesional, por ejemplo, los millenials no se satisfacen sólo con la seguridad y tranquilidad que ofrece la estabilidad, pues la considera una emoción vieja. Además, ante nosotros tenemos una generación laboral que rechaza las hipotecas, los coches y el matrimonio. ¿Cómo interpretar entonces que los jóvenes banqueros se depriman, mientras que en Silicon Valley los emprendedores dejan de comer por ser más productivos?

El periódico El País recién publicó el artículo «¿El fin de la comida?» en el que narra cómo un joven emprendedor creó un alimento para no tener que comer: su mercado, la gente que está muy ocupada entre semana; su eslogan, What if you never had to worry about food anymore? El alimento artificial es Soylent, que sólo hace falta mezclar con agua.
Este fenómeno ha hecho que volvamos la vista a territorios poco explorados. En los seres humanos, las emociones y los planes de acción se aprenden. Dicho de otra manera, desde una perspectiva psicológica (no exclusivamente fisiológica), no podemos experimentar más emociones que las que conocemos.

¿Por qué tenemos un aprendizaje tan deficitario? ¿Qué distingue a la furia, cólera, fastidio y odio? ¿Es una diferencia de grado o son emociones diferentes? ¿Ansiedad, preocupación, inquietud, miedo y pánico? ¿Qué o ante qué amerita padecer una u otra? ¿Felicidad, alegría, alivio o euforia? ¿Cuándo, con quién y por qué? ¿Aceptación, admiración, simpatía o amor?  Las organizaciones se enfrentan a la difícil tarea de hacerse estas preguntas y encontrar caminos para promover e inhibir emociones que se salen del «cuadro básico». ¿Y quién nos puede enseñar estas emociones? Quienes cuentan con un repertorio más rico son los artistas, desafortunadamente suelen ser las personas menos escuchadas.

INCREMENTAR EL REPERTORIO EMOCIONAL
Las emociones básicas no son opcionales, sino indispensables para sobrevivir. El reto de la educación emocional está en enseñar a las personas a sentirlas y vivirlas en el momento preciso, en la medida adecuada y con la duración necesaria. Sin embargo, hay una serie de emociones que contribuyen a nuestro bienestar y que sólo podemos experimentar si las buscamos proactivamente. Contagiadas por ese espíritu, nuevas y viejas generaciones se replantean la forma de vida, motivadas –movidas– por otras emociones. Exploremos las más significativas y su contrapuesta tradicional:

Libertad vs. seguridad
Baste un ejemplo. Trabajamos en el rediseño de un modelo de compensaciones que hoy se ha vuelto obsoleto para una organización. Se fundamenta en proporcionar seguridad al trabajador al incluir: servicio médico, préstamo hipotecario y para automóvil e incremento por antigüedad. El problema: a las nuevas contrataciones no les interesa ninguna de estas prestaciones, por lo que, aunque el reto les parece deseable, no el modo de compensarlo. Las nuevas generaciones no quieren una familia (servicio médico), tampoco una casa (crédito hipotecario), ni planean morirse en la misma empresa (premio por antigüedad). En resumen, no está motivado por la seguridad. El reto: generar y pagar la libertad, quizá compensando a los colaboradores con viajes.

Colaboración vs. competencia
Hace poco la hija de 12 años de un querido amigo me platicaba que en su escuela eliminaron todo mecanismo que fomentara la competencia; como el mérito de estar en el cuadro de honor o el reconocimiento mensual a las mejores calificaciones.
Ser distinguido es ser distinto y ser distinto es ser mejor y si soy mejor, los demás son peores. También me platicaba que los alumnos no conocen las calificaciones de sus compañeros y está prohibido intentar saberlo. En el futuro, ¿qué motivará a esta pequeña en el ámbito laboral? No estoy muy seguro, pero creo que no será conseguir el mérito al «empleado del mes».

Novedad vs. repetición
Parecería ser que la rutina es una forma de esclavitud de la que nos tenemos que liberar. Queremos que todo sea nuevo. Nos aburrimos pronto. Leía en Facebook la siguiente frase pseudofilosófica: «Si piensas que la aventura es peligrosa, prueba la rutina: es mortal». Y sin embargo, las tareas y relaciones más importantes de la vida están llenas de rutinas, de repeticiones diarias que las fortalecen: pasear con tu perro, saludar al vecino, hablar con tu mamá por teléfono, decirle a alguien que lo quieres. ¿Cuántos entrenamientos rutinarios tiene que hacer un deportista para ganar un campeonato? ¿En qué momento la rutina se convierte en monotonía y hastío? ¿Qué estamos perdiendo si renunciamos a la rutina como  principio de vida? Y, por el otro lado, ¿cómo retomamos esta preocupación para cuidar que la rutina no se convierta en eso que nos dicen que es mortal…

Intolerancia vs. aceptación
En su publicidad, Nike dice: Think training’s hard? Try losing (¿Piensas que entrenar es duro?, intenta perder); o bien: Winning takes care of everything (El ganar se encarga de todo) ¿Y si no puedo ganar? Si este pensamiento se arraiga en nuestra y en la de las nuevas generaciones, ¿nos estaremos haciendo intolerantes a perder? Por todos lados se exhiben modelos inalcanzables que nos hacen poco realistas y, por lo tanto, siempre insatisfechos. Hagamos lo que hagamos no todos seremos Bill Gates o Steve Jobs, pero creemos que sí y que depende de nosotros. Desafortunadamente, depende de miles de variables que somos incapaces de reproducir.

Abrir los ojos a nuevas emociones y realidades nos permite analizarlas para determinar qué vale la pena y qué no. Ser ciegos a ellas nos deja a su merced, pues –tarde o temprano, de una manera u otra– se infiltrarán en nuestro organismo y podrán hacer que estemos un poco más satisfechos o muy desdichados.

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