Los prejuicios se transmiten de generación en generación. A 100 años de la gran guerra

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Hostilidad y guerra no son sinónimos de amor a la patria, éste se debe ejercer desde la empatía para comprender a los otros, nuestros vecinos en este mundo, quienes también aman a sus pueblos.
 
Tenemos mucho que aprender de la Gran guerra. Ciertamente nadie plasma ya imágenes tan crudas como las de Otto Dix1, pero aún nos horrorizamos con Senderos de gloria y otras narraciones del envilecimiento social de la época. Eso a pesar de que los especialistas insistan en que un siglo resulta suficiente para tomar distancia e interpretar más fríamente los hechos.
Aunque a decir verdad no estoy segura de que haga falta la distancia para juzgar con mirada crítica. Recordemos que en octubre de 1918, antes de que el conflicto terminara, se estrenó Armas al hombro de Charles Chaplin. Resulta increíble que el cómico logre gags a partir de situaciones particularmente trágicas y se burle entonces del patriotismo y de la valentía de los soldados, pero lo hace con éxito. El ingenioso sueño de un soldado raso le sirve para denunciar el absurdo de la guerra. Su crítica es atemporal porque todas las guerras resultan absurdas para un pacifista. No le ve el caso a hacerse el valiente, el gran patriota, con ese pretexto. La sátira es tan atrevida como genial.
Creo, sin embargo, que incluso a estas alturas algunos familiares de las víctimas de la guerra no podrían ver la clásica actuación de nuestro querido Charlot con esos ojos. Si bien el tiempo ha pasado, las secuelas en las autobiografías y en las memorias familiares o personales son difíciles de adivinar. De hecho toda representación del pasado (sea la historia, sea la memoria….) es siempre imperfecta. Sea como sea, se calculan más de 10 millones de muertos (sin contar civiles) y es un hecho que a partir de entonces cambió nuestro modo de habitar el mundo y de entender la paz.
 
EL INICIO
Tras el asesinato del archiduque austro-húngaro, Francisco Fernando, en Sarajevo, casi azarosamente a manos de un miembro de la organización separatista bosnia «Mano Negra», se desatan cualquier cantidad de conflictos y viejas rivalidades en Europa. De manera que Serbia, anticipándose a una posible invasión armada, moviliza sus tropas por todo el mar negro y sus fronteras. Austria-Hungría declara la guerra a Serbia. El imperio alemán se pronuncia a favor de Austro-Hungría. Europa se divide en dos. Las potencias centrales (imperio austro-húngaro, imperio alemán, imperio otomano y el reino de Bulgaria) y los  Aliados (Francia, Gran Bretaña e Imperio ruso a los cuales se anexan durante la guerra países como Grecia, Portugal, Bélgica, Italia, Estados Unidos…). En 1919 se firma en Versalles el tratado de paz. Esto fue lo que pasó, dicho rápido y mal.
Todavía muchos textos afirman que la muerte de Francisco Fernando fue en efecto la causa de la Primera Guerra Mundial. Esto es claramente un reduccionismo ridículo. Si bien pudiera ser la gota que derramó el vaso, los hechos que desencadenaron la guerra fueron una compleja maraña de negligencias individuales y colectivas. Los viejos odios despertaron en un contexto de militarización y de arrogancia colectiva. Prejuicios, estereotipos e historias de enemistad arraigadas en los mitos nacionales y en las historias compartidas se pusieron en movimiento junto a la soberbia y al imperialismo. Las expresiones de odio de las viejas narraciones cobraron vida y avivaron las ansias, ya de gloria nacional, de venganza o de recuperación territorial. Brotaron ríos de sangre.
Antes de los enfrentamientos, los niños ingleses jugaban con soldaditos de origen alemán, los franceses soñaban con la venganza, mientras que los alemanes se convencían de la necesidad de extender sus dominios para compensar su retraso respecto de Gran Bretaña y Francia en el reparto colonial. Antes de comprender que la guerra no sería corta, antes de sospechar que la masacre acabaría con la vida de millones de militares y civiles, durante los primeros meses, la guerra se encaró hasta con entusiasmo. Sobrevenía la oportunidad de poner a prueba no sólo la valentía y el patriotismo personales, sino las pretendidas superioridades nacionales, se preparaban las ansiadas venganzas, se hacían realidad las afrentas de los juegos infantiles y los cuentos que narraban los profesores en la escuela. Según explica la historiadora Margaret MacMillan: «En la Europa de hace 100 años, el crecimiento del nacionalismo –espoleado desde arriba pero crecido desde el subsuelo en el que historiadores, lingüistas y folcloristas se empleaban en crear historias sobre antiguas y míticas enemistades– sembró la inquina entre naciones que de otro modo habrían sido amigas. Los teutones siempre se habían visto amenazados por los eslavos desde el Este o eso enseñaban los eruditos profesores alemanes antes de 1914, y por tanto la paz entre Alemania y Rusia era imposible».2
Asimismo se exacerbaron las enemistades entre serbios, albaneses y búlgaros, quienes habían de hecho convivido en relativa paz durante siglos. Ruiz Torres también otorga al auge de cierto tipo de nacionalismo un lugar clave en la complejidad de antecedentes que explican la guerra3.  Insiste: la responsabilidad histórica no es nunca individual sino también colectiva y para entenderla hay que remontarnos al contexto profundo de los hechos. Gavrilo Princip (asesino de Francisco Fernando) no fue la causa de la guerra, tampoco los conspiradores extremistas que apoyaron el plan para asesinar al famoso archiduque, ni los nacionalismos, ni siquiera lo fue la arrogancia de algunos. El cúmulo de acontecimientos que desencadenaron la guerra es complejo. Por ello quizás es mejor hablar de antecedentes que de causas que determinaron los hechos. No creo en determinismos causales, sin embargo es posible señalar que los viejos prejuicios y estereotipos entre culturas vecinas sí abonaran a los conflictos. Pongamos atención en esto: «El nacionalismo de estado y el nuevo imperialismo colonialista, unidos ambos y en compañía de los viejos prejuicios racistas, a los que el darwinismo social pretendía conferir un aire moderno y científico, y de la creencia en la desigualdad y en la jerarquía natural, produjeron una combinación cada vez más peligrosa en una Europa convencida y orgullosa de que había llevado la civilización a los más remotos lugares de la tierra»4.
 
TRATEMOS DE APRENDER 
Dicen que la historia no se repite, pero hace rima. MacMillan señala que el mundo de hoy es parecido al de hace 100 años. Alerta: hay inquietantes paralelismos con el pasado relacionados con brotes nacionalistas, nuevas fronteras, conflictos étnicos y religiosos. Yo agregaría, discursos de odio, xenofobia.
Nadie quiere repetir un episodio semejante. A la distancia, podríamos extraer buenas lecciones para el hoy, para el mañana. Se me ocurre que repensar el patriotismo nacionalista es una primera buena idea. Podríamos preguntarnos si en verdad es importante remarcar nuestras peculiaridades identitarias de modo singular, si eso abona para la paz dentro de un país pluricultural como el nuestro o en una Europa preocupada por la creciente migración.  ¿Es en alguna medida útil el énfasis identitario o la emergencia de nuevas nacionalidades?, ¿hará falta construir la paz a través de la educación, el diálogo intercultural y la apertura? Cabría reparar en los contenidos de los relatos que construimos sobre otros países, las representaciones y los chistes que hacemos sobre los extranjeros porque pueden coadyuvar a exacerbar las diferencias, los odios nacionales… que luego, resulta, contribuyen a los conflictos bélicos.
Cuando una sociedad asume como propios una serie de discursos sistemáticos a lo largo del tiempo (para bien o para mal), se crea lo que Castoriadis llama «imaginario social». Es una «urdimbre inmensamente compleja de significaciones que empapan, orientan y dirigen toda la vida de la sociedad»5 y puede orientar los afectos y los odios, señalar los bienes y valores que una sociedad debe perseguir, así como las realidades que se deben rechazar. Se constituye por acciones pedagógicas, por ejemplo, desde la opinión pública (a través de los líderes de opinión) y desde la escuela (por los profesores). Se mantiene gracias a las narraciones compartidas a lo largo del tiempo. Las expresiones de odio forman prejuicios negativos sobre «otras civilizaciones» o sobre «nuestros enemigos» al mismo tiempo que alimentan ideas de «superioridad civilizatoria» que poco a poco se dan por verdaderas sin filtro reflexivo alguno.6 Justamente en esto radica el peligro, pues no se corresponden necesariamente con hechos reales o pruebas confiables.
Lo anterior explica por qué para creer en la rivalidad entre Francia y Alemania no hicieron falta explicaciones ni datos reales que la sustentaran, tampoco para que húngaros y serbios se concibieran en constante choque. Los efectos políticos y sociales de estas narraciones y mitos compartidos, en cambio, desbordaron los límites de nuestra imaginación.
Hace cien años, nadie ganó. La cosa terminó mal. Versalles significó una tregua ante nuevas reconfiguraciones territoriales, ante nuevos nacionalismos. Entonces se conformaron Estonia, Lituania, Finlandia y Letonia con ex territorio ruso7. Se disolvió el imperio y se formaron Austria y Hungría. Bohemia desapareció para pertenecer a Checoslovaquia (país independiente y nuevo) con parte de ex terreno húngaro. Rumania creció en tierras. El imperio otomano se remplazó por Turquía y perdió dominio. Alemania perdió territorio y se le establecieron duras represalias8. Se formaron Siria e Irak bajo ex territorio otomano controlados por intereses hegemónicos. Surge el reino de serbios, croatas y eslovenos más tarde conocido como Yugoslavia.
Pero la creación de nuevos Estados y la delimitación de las nuevas fronteras poco respondieron a la coherencia étnico-lingüística, dieron lugar a tensiones que derivaron en nuevos enfrentamientos, más guerra y más horrores posteriores. Se escribe, de hecho con frecuencia, que la formalización de los estados nacionalistas y la segunda guerra –con el patriotismo y la xenofobia que la envolvieron– fueron claras consecuencias de la primera guerra y sus descuidos en Versalles, y que de algún modo también lo son las tensiones de la Europa actual que vive rebrotes nacionalistas con mayor naturalidad cada vez: el conflicto en Irak, la guerra en Siria y en general la presiones de Oriente-próximo, región formada a partir de las fronteras que se trazaron después de la guerra.  Más que los «ecos» de la historia, sus secuelas; a MacMillan le preocupan los versos de la historia: la globalización, los avances en telecomunicaciones, la rápida expansión de ideologías radicales, los nacionalismos de hoy que se parecen a los de antaño.
 
NO A LOS VIEJOS NACIONALISMOS. SÍ AL AMOR A NUESTROS PUEBLOS Y NUESTRAS CULTURAS
En los últimos tiempos, el célebre economista Amartya Sen ha insistido en los peligros del nacionalismo exacerbado por la búsqueda de identidades singulares y estáticas pues todavía no aprendemos que «los problemas políticos y sociales contemporáneos giran en torno de reclamos opuestos provenientes de identidades diferentes que involucran a grupos distintos, puesto que la concepción de la identidad influye, de modos muy diversos, sobre nuestros pensamientos y nuestras acciones». El Nobel señala que los acontecimientos violentos de los últimos años tienen su raíz en el hecho de que nuestro mundo sea visto como un contenedor de distintos grupos culturales y religiosos9 irreconciliables y conflictivos como ha reiterado el politólogo Samuel Huntington.10
Coincido con Sen en que ciertos nacionalismos son peligrosos. También pienso, que el patriotismo, el amor a la patria, no necesariamente es xenófobo ni promueve actitudes hostiles hacia los que no son como nosotros.
Acoger a los otros, en la diferencia, es un problema de actitud que nada tiene que ver con que nos sintamos o no orgullos e identificados con un país concreto. Esto solamente es contraproducente –explicaría Sen– cuando se plantea desde una perspectiva singularista. No todas las lealtades étnico-culturales o religiosas acaban en una manifestación de odio a otros, sin embargo, el asunto no deja de ser complejo. El poema Alta traición de José Emilio Pacheco pone a prueba esta complejidad:
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
—y tres o cuatro ríos.
 
El poeta mexicano sabe que una nación puede ser vista como una mera abstracción y parece intuir que hay mentes proclives a confundir amor a la patria con hostilidad  y violencia hacia el exterior.
 
LECCIONES, CONCLUSIONES
Hace poco leí que Yuval Noah Harari, historiador y profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, considera que las naciones son ficciones. El filósofo Anthony Appiah, en cambio, les otorga un valor indirecto, igual que la cultura. Importan en la medida en que les importan a las personas. En mi opinión, además de las personas, las naciones sí representan otras cosas… y aunque pueden ser vistas como meras ficciones o abstracciones, tal vez cabría entenderlas como entidades simbólicas justificadas (se justifican por la historia compartida y los valores culturales que condensan, principalmente por el lenguaje común y los lazos que afianzan las tradiciones compartidas, las fiestas). El amor a la patria no es ningún sin sentido, la hostilidad.
No hace falta renunciar al amor a la patria para ser también cosmopolita, en el sentido de mantenerse abierto a ser interpelado por otras civilizaciones, otras culturas y aprender de ello. No hay que ser un apátrida para ser respetuoso con los demás del mundo.
La existencia humana transcurre en medio de la diversidad, no solamente cultural (entre seres humanos distintos, con otras costumbres y otras convicciones) sino biológica (convive con otros seres naturales que merecen respeto) y ello requiere de un esfuerzo de armonización constante. La paz y la armonía no son algo dado, se conquistan. Las diferencias étnico culturales que existieron en la vieja Europa, las que existen en la de hoy y hacia dentro de nuestro México, vuelven necesaria la consideración de las diferencias, el permanente diálogo intercultural, sin imposiciones «arbitrarias», sin narraciones de odio de por medio, pero sin concesiones que equivalgan al desprecio, sin prejuicios o estigmas que desacrediten o ratifiquen al «otro».
El amor a la patria, bien entendido, no tiene por qué llevarnos a la hostilidad ni a la guerra. Aunado al sentimiento de empatía, en cambio, nos puede de hecho ser muy útil a la hora de intentar comprender a otros, quienes también aman a sus pueblos y sus culturas. No hay razones para confundir los nacionalismos abiertos u orgullos culturales con rivalidades históricas, ambiciones políticas o intereses colonialistas y mercantilistas disfrazados.
Evitemos esas confusiones y sobre todo pongamos atención a los relatos, a los contenidos que enseñamos en las escuelas, repensemos los libros de historia, las canciones, las películas… Tenemos que encontrar un modo de comunicarnos sin violencia, sin rencores. Evitemos transmitir prejuicios de generación en generación. Esa es para mí una de las grandes lecciones, a cien años de la guerra.
 


1 Artista alemán quien participara directamente en los frentes de Francia y Rusia y fuera después criticado por plasmar sus traumas de guerra en su obra.
2 Margaret MacMillan,  «La rima de la historia: lecciones de la Gran Guerra» publicado en Política exterior, vol. 28, no. 158 (marzo/abril 2014), pp. 146-160, página 153.
3 Pedro Ruiz Torres, «La paz que trajo la guerra. ¿Cómo fue posible la catástrofe de 1914?»  Publicado en Pasajes, No. 43 (invierno 2013-2014), pp. 6-21, páginas 9 a12.
4 Pedro Ruiz Torres, ídem, página 17.
5 Cornelius Castoriadis, Los dominios del hombre. Las encrucijadas del laberinto, Gedisa, Barcelona 1998, p.68
6 Los contenidos escolares sobre la historia nacional y extranjera, tal como se enseñaba en la mayoría de los países europeos, pecaba de patriotismo egoísta y fomentaban la enemistad entre las naciones; según Rafael Altamira en su libro La guerra actual y la opinión pública. Barcelona, Casa editorial y librería Araluce, 1915. Asimismo, la intensidad de movimientos pacifistas como los de Bertha von Suttner hablan de una contraparte violenta en la opinión pública de la época.
7 Rusia pierde territorios, entra en revolución y después se establece la URSS.
8 Que desencadenaron el odio que desemboca en la segunda gran guerra. Los «castigos» resultaron excesivos. Lo vio el célebre Keynes durante la firma de los tratados. Cfr. John Maynard Keynes, Las consecuencias económicas de la paz, Editorial crítica, Barcelona, 1987.
9 Amartya Sen. Identidad y violencia. Katz, Madrid,
2007, pág. 10.
10 Cfr. Samuel Huntington. Choque de civilizaciones. Barcelona, Paidós, 1997.
 


* Para mi querido hijo Alex, quien me mostró la posibilidad de escribir esto.

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