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CARITAS FELICES PARA EL APOCALIPSIS

En un viejo capítulo de Los Simpson, la pequeña Lisa padece depresión y la psiquiatra le prescribe unos antidepresivos (Ignorital, le llaman irónicamente en la caricatura). El «ambiente social», dice la doctora, es la causa de la depresión. Obligada por su condición, Lisa decide tomar su primera pastilla a bordo del autobús escolar, y entonces empieza a sonar la versión de What a Wonderful World de Louis Armstrong. Inmediatamente después el mundo real se pinta de caritas felices (smileys1): los mendigos, los borrachos, los taladores de árboles y las chimeneas de las fábricas. El mundo vomita caritas felices.

Muchos piensan que nuestra época es sombría. Te levantas por la mañana y lo primero que ves en la televisión es que Trump amenaza otra vez con desatar una guerra nuclear, como si fuera poco ya no hay agua en la CDMX y los cortes de suministro serán cada día más comunes, tu sueldo te va alcanzando para menos, y luego el tránsito, la aglomeración en el metro, los asaltos en el microbús, el trabajo monótono y aburrido, las intrigas de los compañeros, la contaminación y el ruido. El reloj del Apocalipsis, como le llaman a los cálculos científicos sobre el fin de la especie humana, está a menos de tres minutos para alcanzar la medianoche. Tic-tac.

La urgencia de resolver tantos problemas es indiscutible. Pero el estrés que conlleva esta urgencia también está teniendo efectos secundarios. Algunos afirman que la depresión es la epidemia del siglo XXI. Algo de razón tienen: el consumo de antidepresivos va a la alza. En países como Alemania, ha aumentado cerca de 50% en la última década.

 

INFELICIDAD Y DEPRESIÓN

¿El alza en el consumo de antidepresivos significa que la sociedad actual es mucho más infeliz? La pregunta es jabonosa. Por lo pronto, hace cien años no existían antidepresivos, así que nuestro comparativo es cuestionable.

Pero, sobre todo, no hay que confundir los conceptos. Infelicidad no es lo mismo que depresión, aunque se parezcan. La depresión es una enfermedad (provocada por factores genéticos y ambientales); la infelicidad es la desdicha por cómo hemos llevado nuestra vida. Esta distinción parece un poco inútil. Pero la verdad de las cosas es que puedes superar la depresión y aun así seguir siendo infeliz. La felicidad tiene que ver más bien con nuestros hábitos y decisiones.

Con la debida distancia histórica, señalaba Sófocles que para saber si una persona había sido realmente feliz había que preguntárselo al final de su vida. Si nos pasara nuestra vida ante los ojos, ¿diríamos que la hemos aprovechado?, ¿realmente hemos hecho lo mejor que podíamos con nuestras oportunidades? El test de la felicidad es morir con la tranquilidad de haber aprovechado nuestro tiempo, y no arrepentirnos de nuestro estilo de vida. Difícil, ¿no? Pero arroja una lección sobre lo que significa la felicidad al margen de los tiempos.

En cambio, la felicidad contemporánea tiene que ver más con los hábitos de consumo, un cierto estándar de calidad de vida y una pizca de reconocimiento social. Por pavoroso que resulte el taste level de los reguetoneros, sus videos musicales retratan las aspiraciones de una buena parte de la humanidad: coches, ropa y sexo. Alarmante.

La sociedad contemporánea es hedonista, porque probablemente haya perdido su fe en otros valores. El placer y la opulencia son muy tentadores, y la gratificación que nos procuran es además muy inmediata. «Quien diga que el dinero no trae la felicidad, no sabe a dónde ir de compras», dijo socarronamente Gertrude Stein alguna vez.

El problema del placer y la opulencia es que, como había advertido el viejo Aristóteles, son bienes pasajeros. Pueden traer una felicidad efímera, y aunque no hay nada de malo en eso, no conviene poner todas nuestras canicas en esa bolsa. La vida da muchas vueltas, y si un día estás en la cima, al día siguiente puedes estar en lo más hondo de la miseria. Durante la Edad Media se ilustraron estos caprichos del destino con la rota fortunae (rueda de la fortuna). Piensen en eso cada vez que vayan a la feria.

El placer como realización de la felicidad presenta un segundo inconveniente. El hedonismo no sólo es frágil por culpa de los caprichos del destino. El deterioro natural del cuerpo reduce además las posibilidades de muchos placeres. A mi venerable edad, por ejemplo, no puedo cenar mole poblano, como lo hacía cuando tenía 15 años. Y algo análogo sucede con el placer sexual. Un amigo mío, cuyo negocio son las ambulancias, me comentaba que en los hoteles «de paso» hay muchas urgencias médicas, por la cantidad de caballeros que toman la pastillita azul sin tomar en cuenta sus efectos secundarios.

Organizar la vida en torno al placer es, en el mejor de los casos, un error de cálculo, pues cuando el placer es el objetivo más importante de nuestras vidas, paradójicamente se vuelve más difícil de alcanzar. Encontramos el placer cuando lo buscamos con menos insistencia. Por ejemplo, comer pasteles es muy placentero, pero si hiciéramos caso de nuestro hedonismo y comiéramos pasteles todo el tiempo, se nos caerían los dientes y estaríamos rodando de gordos. El placer desmedido produce dolor al fin y al cabo. En cambio, si comemos pasteles de vez en cuando, y con mesura, el placer puede ser más fuerte.

Y en esto no me dejarán mentir, los placeres también nos pueden aburrir muy rápidamente cuando nos acostumbramos a ellos, y lo peor es que cuando los perdemos nos producen aún más dolor. Este problema me recuerda a un gran chiste de Seinfeld: «¿Has volado en primera clase? Yo sí, y ya no puedo volver a clase turista».

 

DE CALÍGULA A CHARLIE SHEEN

La sociedad contemporánea puede estar deprimida o no. Esa pregunta le concierne a la psiquiatría. Pero, sin duda, la sociedad contemporánea es tremendamente infeliz, por muchas sonrisas que se publiquen en Instagram. Independientemente de que el mundo parece que ya se va a ir al garete, la sociedad contemporánea se evade de sus preocupaciones por medio del hedonismo.

El hedonismo no es una invención de las Life-Style Influencers. En todo caso es tan antiguo como el ser humano, y si no pensemos en personajes tan singulares como Heliogábalo o Calígula, quienes dejarían como un bebé de pecho a Charlie Sheen.

Pero hoy o hace mil años, no ha sido el hedonismo la respuesta para la felicidad del ser humano. La búsqueda incesante del placer puede llegar a ser incluso contraproducente (en algunos casos) para nuestra propia felicidad. Sin embargo, la sociedad contemporánea parece haber cedido ante estos espejismos.

Comprendo que, en ocasiones, la historia sea como visitar una tienda de antigüedades (donde a veces el olor es rancio); pero estudiarla, ayuda a poner la propia vida en perspectiva. El presente es resultado del pasado y, para transformar el futuro, hace falta comprender nuestro presente. En otras palabras, para desplegar nuestra vida de la mejor manera posible, tenemos que ser capaces de pensar nuestra vida como si fuera una historia, y no como una publicación efímera de Snapchat. Eso es lo que le sucede al hedonista. Se concentra en el éxtasis de chocolate presente y olvida sus niveles de glucosa. La vida plena no se consigue con la acumulación caótica de placeres, sino con la integración de los placeres dentro de un plan de vida, y ello requiere un modo de pensar histórico.

Después de su breve experiencia con los antidepresivos, Lisa Simpson le comparte a su hermano –quien está pasando por una adicción a los raspados– sus conclusiones sobre la felicidad: no hay que caer en la desesperación y seguir adelante. La felicidad significa reconocer los aspectos negativos de la vida, y asumirlos con responsabilidad. Para llevar una vida plena, hace falta ir más allá del presente: planear, prevenir, calcular, ser dueño de uno mismo. Entregarnos al placer presente nos ciega, y la felicidad no es un resultado fortuito, sino una conquista de quien piensa en el futuro y se apropia de sus emociones presentes. </>


* Con la colaboración de Víctor Gómez Villanueva, maestro en filosofía por la Universidad de Sevilla, ensayista y traductor.

 


1  Por cierto, la historia del Smiley, que ahora habita como emoticono en nuestros celulares, es muy interesante. Cuando en 1963 una empresa de seguros se fusionó con otra en E.U.A., y esto provocó un gran temor por los despidos en masa entre los trabajadores, la dirección de la nueva empresa organizó una campaña interna para hacer a su fuerza laboral más feliz. La dirección no quería que los trabajadores fueran infelices, porque así serían menos productivos. La campaña que idearon, y que obligaba a los trabajadores a sonreír durante horas de trabajo, tuvo como logotipo el Smiley, una carita feliz de color amarillo que ahora todos identificamos. El diseñador sólo cobró 45 dólares por uno de los logotipos más exitosos de la historia.