De Tenochtitlán a la Roma

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Este año se cumplen 500 años del comienzo de la campaña militar de Hernán Cortés en México. El capitán extremeño anduvo desde la costa hasta el altiplano, sorteó inmensos volcanes, y al final se encontró con el pináculo de la civilización mexica. México-Tenochtitlán, una ciudad que semejaba en riqueza y tamaño a las metrópolis tan importantes de aquel tiempo, como Sevilla y Roma. Dos años después, esta campaña militar culminaría con la conquista de la ciudad de Tenochtitlán. Hernán Cortés, un 13 de agosto de 1521, selló la suerte de la civilización mexica.
Hernán Cortés es un personaje complejo y digno de estudio. En España, si alguien tiene la fortuna de saber quién fue –la educación deja mucho que desear hoy día–, se refiere a Cortés con cierta prevención. Después de todo, su nombre evoca derramamiento de sangre, crueldad, sometimiento. La cuestión les parece, por lo menos, sensible, y en varias ocasiones produce en ellos un cierto sentimiento de culpa histórico. Como sea, su memoria está relegada a un monumento mínimo en su natal Medellín, Extremadura.
En México, Cortés y sus posteriores aliados, los tlaxcaltecas, siguen levantando ámpula. El subcomandante Marcos, por ejemplo, resumió los acontecimientos posteriores a la conquista hasta nuestros días como «la larga noche de los 500 años». No es momento de contextualizar los discursos del EZLN, pero la expresión del subcomandante viene a decir que la conquista instauró una lógica de opresión que sigue siendo vigente en México. Y, si bien en cierto que la frase del subcomandante requiere de muchos matices, hay algo de verdad en ella: los mexicanos más pobres son los indígenas.
 
LA NARRATIVA OFICIAL
En el siglo XIX, cuando México apenas se había independizado de España, los yanquis enviaron a uno de sus mejores hombres para favorecer sus propios intereses. Joel Roberts Poinsett, ministro de los Estados Unidos en México, ejerció una enorme y siniestra influencia en los políticos mexicanos. Una de sus tareas más importantes fue la de consolidar una leyenda negra sobre los españoles, para que México no volviera a caer en manos de la corona hispánica. Desde entonces, el antihispanismo es un rasgo de la historia oficial.
Esta narrativa oficial propició, al menos, dos malentendidos. En primer lugar, la idea de que los indígenas habitaban antes de la conquista en una suerte de edén, sin pecado original, donde todos eran buenos y vivían en armonía. Una idea romántica, y por demás falsa. En segundo lugar, la idea de que todos los pueblos indígenas en Mesoamérica constituían una sola civilización homogénea. Por eso es que la «traición» de los tlaxcaltecas, cuando decidieron unirse a las tropas de Cortés, cala tan hondo en la mentalidad mexicana. Pero la realidad era más compleja. Los mexicas tenían sometidas a casi todas las poblaciones a su alrededor. México no existía como nación. Los tlaxcaltecas vieron en Cortés una oportunidad perfecta para contraatacar y librarse de sus enemigos. La jugada les resultó relativamente bien, porque incluso en tiempos del virreinato la nobleza tlaxcalteca conservó algunos privilegios. En fin, esta visión de la conquista es tan infantil y caricaturizable que no en balde aparece casi calcada en La ruta hacia el Dorado de DreamWorks.
 
EL VEREDICTO HISTÓRICO
Pero a propósito de este aniversario, ¿cuál es el veredicto más objetivo sobre Hernán Cortés? Ésta no es una pregunta que se pueda resolver en tan pocas páginas. Pero al menos se pueden esbozar algunas respuestas. Evidentemente, el punto de partida es que cualquier guerra de conquista es inhumana y despreciable, lo mismo se trate de las campañas de Cortés, que de Alejandro Magno, Julio César o Napoleón Bonaparte.
Sin embargo, desde la perspectiva de Hernán Cortés y sus pocos soldados, la conquista de México es un alarde de diplomacia y estrategia militar. La astucia del capitán extremeño siempre me ha sorprendido. Por un lado, supo granjearse alianzas en un territorio totalmente desconocido, lo cual quiere decir que entendió a la perfección las tensiones políticas dentro de Mesoamérica, y que supo usarlas a su favor. Además fue lo suficientemente agudo como para entender las tácticas militares mexicas, y utilizar un estilo de combate ecuestre de carga y huida. Este estilo de combate sumado a que los mexicas preferían capturar a sus enemigos para luego sacrificarlos, le dio una enorme ventaja en batalla. Además, claro está, de la pólvora, la ballesta, el hierro y los barcos de vela.
Ahora bien, al veredicto de la historia no le concierne la sagacidad de Cortés como sí las consecuencias históricas de la conquista. La pregunta viene a cuento, porque la cultura mexicana de alguna manera ha logrado perpetuar el sometimiento de los indígenas. Roma de Alfonso Cuarón, por ejemplo, refleja hasta qué punto la población indígena sigue ocupando el nivel social más bajo. Nosotros (blancos o mestizos) hemos perpetuado aquello que le reprochamos la conquista. Pero la verdad de las cosas es que Cortés y sus huestes no escribieron más que el primer episodio de nuestra historia. Lo demás ha sido responsabilidad nuestra. Me pregunto si no es que la cuestión de la conquista es tan sensible, porque despierta en nosotros una cierta incomodidad y sentimiento de culpa.
Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

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