Alonso Escalante. «Al invertir en la cultura, se invierte en la sociedad»

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El director de la Ópera de Bellas Artes considera que las industrias culturales incentivan el desarrollo económico y mejoran el entorno social.
 
El café del Palacio de Bellas Artes fue el escenario perfecto para la charla que sostuvimos con Alonso Escalante, director artístico de la ópera de dicha institución. Su nombre está ligado al Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, la Sala Netzahualcóyotl, el Anfiteatro Simón Bolívar, la Sala Carlos Chávez, la Compañía Nacional de Ópera, el Teatro del Bicentenario y el Festival Internacional de Música y Nuevas Tecnologías (Visiones Sonoras).
Su trayectoria es ecléctica: cuenta con estudios en Finanzas, sector al que dedicó buena parte de sus primeros años de vida profesional. A la par estudió Composición en el Centro de Investigación y Estudios de la Música, donde se especializó en canto operístico. Por un tiempo su pasión artística se volcó en el canto, sin embargo, poco a poco migró su carrera hacia la producción cultural. Inició promoviéndose como cantante y más adelante descubrió otros ángulos interesantes, pasó de ser artista a promotor independiente, después fue productor y por último se desempeñó como director artístico, vertiente a la que se ha enfocado en la última década. Una de las actividades que le dieron mayor fama internacional fue el inaugurar y dirigir por siete años el Teatro del Bicentenario en León, Guanajuato.
Entre anécdotas sobre su actividad artística y sus años al frente de las diversas instituciones tuvimos una enriquecedora charla sobre la ópera que, en sus palabras, posee una riqueza superior a cualquier otra expresión artística pues: «el mayor encanto de la ópera es la voz humana que, con un texto y un lenguaje musical, expresa lo que de otra forma no puede hacerse».
 
León, con el Teatro del Bicentenario, se convirtió en pocos años en un hito de la producción artística en México. ¿Cómo lograste este objetivo cuando estuviste al frente del recinto?
Me invitaron a asumir el cargo cuando me desempeñaba como director de la Compañía Nacional de Ópera, lugar en el que tenía mi corazón y en donde me sentía más capaz de aportar, de sumar diferentes fuerzas, talentos, destrezas y recursos que había acumulando en mi vida profesional.
Sin duda mis retos personales se amplificaron cuando me invitaron a inaugurar el Teatro del Bicentenario en 2010, creado para celebrar nuestra Independencia. Resultó ser una aventura muy interesante.
Recibí el recinto en obra negra, por ello tuve la oportunidad de intervenir en aspectos esenciales, sobre todo del teatro visto como un instrumento, hoy en día es uno de los foros con mejor acústica en Latinoamérica.
El proyecto era redondo, se buscó crear una oferta adecuada para la región, que había tenido una oferta muy pobre, intermitente y de mala calidad en términos culturales. Me propuse crear un proyecto en el que la sociedad jugara un papel fundamental, que ésta se apropiara del espacio y que la mera construcción fuera un trabajo conjunto entre todos los actores: un lugar de artes escénicas que ofreciera al público ballet, danza contemporánea, artes circenses, teatro, conciertos en diferentes formatos y de distintas épocas y, por supuesto, ópera.
Éste fue el proyecto cultural más interesante del país en ese sexenio y la ópera era la de mejor calidad en México. Algunas producciones las ofrecíamos a otros teatros, incluyendo a Bellas Artes. Esto transformó a León en muy poco tiempo y pasó de ser una ciudad sin proyecto cultural, a una exportadora de productos culturales de alta calidad.
Me invitaron a hablar de este teatro como un caso de éxito en París, en una reunión entre diferentes expositores de artes escénicas, y en Tokio, en un entorno similar. Fue tal el alcance de nuestras producciones que en redes sociales aparecieron seguidores de lugares como Tailandia o China, nunca imaginamos que un proyecto tan local tuviera ese alcance. Nuestros propósitos eran claros: conservar los pies bien puestos en la localidad y la mirada en la globalidad. Eso nos llevó a tener tal proyección.
 
Desde enero de 2018 eres director de la Ópera de Bellas Artes, ¿qué tipo de liderazgo demanda este cargo?
El proceso de montar una ópera es un platillo de cocción lenta. Inicia con la concepción de la temporada y se desarrolla con la producción de cada obra que la conforma.
Busco la excelencia en materia operística en nuestro país. Contamos con una serie de recursos financieros, humanos, materiales… no podemos hacer más allá de ello, pero estamos obligados a sacarle jugo a las posibilidades con las que contamos. Me propongo, con esos recursos, montar la mejor ópera posible, que sea un motivo de orgullo. Bellas Artes es un líder en América y un ícono en el mundo (recordemos que ahí se realizaron algunas de las más significativas apariciones de María Callas) y me parece que es justo que aquí se realice la mejor ópera del país, como estoy seguro de que está ocurriendo en este momento.
También buscamos que los mexicanos sepan que la ópera existe, que hay grandes cantantes connacionales que tienen fama en el mundo por lo que se hace aquí. Es esencial que todo esto esté presente en el objetivo de hacer la mejor ópera.
Esta meta, sin embargo, no es tan interesante para mí como el proceso, éste representa la meta: abarca toda la cadena de valor que nos lleva a ese producto artístico llamado ópera. Es aquí donde pongo el mayor énfasis. Si hay desviaciones que puedan hacer naufragar el proyecto, inmediatamente intervengo. A veces con demasiada energía. Los tiempos en esto son muy rápidos. Hay mucha gente involucrada (entre 250 y 350 personas por producción) y es muy fácil que la situación cambie de rumbo o se produzcan cabos sueltos; y eso, en una obra con tantas variables, es un suicidio.
Por ejemplo, para representar El Murciélago de Strauss, diseñamos una maquinaria precisa, fina, para que todo funcionara de manera perfecta en el escenario. Buscamos que el público obtenga lo que espera, que la magia ocurra, que se sorprendan y cumplan sus expectativas, que vean algo que no imaginaron, aún si ya conocen la obra.
No creo en el liderazgo desde el escritorio, mi cargo me obliga a trabajar duro con el equipo. Necesitamos articularnos para llegar al resultado final porque cada detalle cuenta. Por ello me involucro en cada aspecto: telas, materiales, la organización de pláticas para acercarnos al público o la planeación de actividades con patrocinadores.
 
Para montar la mejor ópera posible, ¿basta con una fuente de financiamiento pública?
Cuando se quiere hacer más y mejor, el presupuesto siempre será insuficiente. En términos financieros, el Estado es el principal promotor de la actividad cultural y artística. Es un hecho mundial. En mi experiencia profesional (no sólo en Bellas Artes), he tenido la posibilidad de contar con estos recursos públicos. Pero a lo largo del tiempo he descubierto que en ocasiones hacen falta recursos extras. En el caso del Teatro del Bicentenario, más de la mitad del presupuesto lo brindaba el Estado y el resto lo conseguíamos gracias al sector empresarial, que veía su participación con un sentido de responsabilidad social. De esta forma conseguimos realizar cuatro producciones operísticas al año, un número muy alto para un teatro con público nuevo.
Existe un enorme campo por explorar cuando nos referimos a la participación privada en la actividad cultural y artística. En México no existen estímulos fiscales suficientes para propiciar esta participación. Ni la conciencia social de que, al invertir en la cultura, se invierte en la sociedad, receptora de los productos y servicios. Es un campo en el que aún hay que trabajar mucho y que, todavía de manera marginal, comienza a abrirse.
 
¿Qué aporta el arte a la sociedad?
No toda la cultura es arte, pero todo el arte es cultura. La cultura es producto de una sociedad –de manera consciente o inconsciente– y ocurre gracias a que un conjunto de individuos comparten un mismo espacio y tiempo. Considero que el arte, por sí mismo, beneficia a la sociedad, dependiendo de la forma en que se acerca a la gente y de la relación que se suscita.
Por ejemplo, en el régimen nazi se dio la mayor exposición de un pueblo al arte, pero no hizo que esa sociedad fuera mejor. No necesariamente el arte, por sí solo, es benéfico (y con ello me refiero a cómo la sociedad se relaciona con el hecho y el suceso artístico). Cuando éste se aproxima de manera humana y directa; desprovisto de todo tipo de artificios y sofisticaciones, es la forma más sana y digerible del arte para la sociedad. Se vuelve parte de su dieta cotidiana, de una manera de percibir la vida, de comunicarse, como ocurre normalmente con muchas expresiones artísticas, especialmente las escénicas.
Todo esto nos permite tener un beneficio claro del hecho artístico. De otra manera, pasa frente a nuestros ojos sin dejar mayor huella o simplemente es repelido. La información debe ir y venir de manera fácil, para aproximarse al público lúdicamente y conseguir un aprendizaje de lo que es el arte.
 
Nuestra época no es la de Verdi, Wagner o Puccini, ¿por qué la ópera sigue conquistando?
Después de cuatro siglos, la ópera goza de la salud de un muchacho de 18 años. Es absolutamente potente, fresca, innovadora; a diferencia de otros géneros líricos, como la zarzuela o la opereta, que tuvieron una vida efímera. Esto sucedió porque aludían a temas y épocas locales. Se ve muy claro cuándo dejan de producirse. La ópera, por el contrario, se reinventa. Al día de hoy se sigue componiendo y muchas de ellas se convierten rápidamente en óperas de repertorio.
El mayor encanto de la ópera es la voz humana que, con un texto y un lenguaje musical, expresa lo que de otra forma no puede hacerse. Ahora bien, la ópera también es teatro y por ello tiene la capacidad de convocar al mayor número de disciplinas posibles, más que cualquier otra actividad artística; esto la vuelve muy atractiva. Es también un cúmulo de estímulos de todo tipo y puede incluso apabullar a un neófito espectador. Cuando éste se percata de que se trata de una historia a veces muy simple, que la entiende, que le permite conmoverse, llorar, doblarse de risa o ponerse al borde del asiento, percibe que la ópera le  es mucho más cercana de lo que pensaba.
Considero que actualmente la ópera tiene una oportunidad increíble para acercarse al público, en ninguna otra época había sido tan «sencillo». La relación del público con la ópera nace desde la difusión. Las redes sociales nos permiten una comunicación mucho más rica, barata, amplia, rápida y espontánea. Esto ayuda a quitar viejos esquemas que encasillaban a la ópera como vieja, elitista, aburrida, larga, en otro idioma, con códigos desconocidos de comportamiento y vestimenta. La ópera no requiere ningún conocimiento oculto o místico, o una preparación especial (ni siquiera algún código de etiqueta). Hay que desmitificar, desacralizar y acercar al público a un espectáculo que nació siendo popular y que debe volver a sus raíces.
 
¿Cómo busca Bellas Artes atraer al público que jamás ha sentido interés por la ópera?
En el mundo artístico usamos la frase: «A todo el mundo le gusta la ópera, pero no todos lo saben». Estoy convencido de que quien se acerca a la ópera por primera vez, si ésta está bien hecha, quedará cautivado. Por ello buscamos atraer a más personas, al colocar una pantalla adyacente al Palacio de Bellas Artes con la transmisión en vivo, misma que también compartimos por canales de televisión e internet. De esta forma llegamos a más personas para que la sociedad misma se involucre en un proyecto artístico.
Me gustaría comentar que recientemente participé en una investigación sobre la ópera en nuestro país que arrojó datos interesantes: 63% de los asistentes ronda entre los 18 y los 35 años; público que, además de entusiasta, sitúa a la ópera muy por encima de otras expresiones artísticas de su preferencia, como el ballet, la danza, el teatro o las artes circenses.
 
¿Se podría decir que las puestas en escena del teatro musical son la competencia directa de la ópera?
La ópera es llamada «el espectáculo sin límites», con esta frase ubicamos a los musicales en  un escalón distinto. Estos se producen con «bolsas» muy grandes, porque sí son negocio. Se pagan regalías y normalmente los producen empresas extranjeras asociadas con mexicanas. Hacen gran uso de la tecnología, cantan con micrófono y se basan en efectos escénicos; lo que no está mal, es decir, estética y plásticamente se crean cosas muy bellas en obras como en Los Miserables, Billy Elliot y El Rey León. 
La ópera por su parte, es un espectáculo mucho más orgánico. En ella se canta a pulmón y se hacen más evidentes las capacidades o destrezas técnicas desarrolladas con mucho esfuerzo y trabajo; la técnica vocal por ejemplo o el virtuosismo de una orquesta para tocar una obra. En el teatro musical, muchas veces, la música está grabada, lo que permite otra percepción. No descartaría los musicales como manifestación artística, pero hablaría de la ópera como una expresión que se acerca más a esa idea de arte total, en donde no existen trucos ni posibilidades de modificar la condición humana en el momento mismo en que ocurre. Se trata del instrumento humano con todo lo que carga de emociones, estado físico… capacidades que no se emplean en términos cotidianos. Y esto resulta excitante para el público: ver cómo el ser humano es capaz de extender sus posibilidades hasta esos límites. Lo mismo sucede alcontemplar a un atleta de alto rendimiento: la ópera permite esa posibilidad; está por encima de otras expresiones artísticas que sí se ayudan mucho con la tecnología.
 
¿México figura en el mundo de la ópera?
¡Claro! En abril de 2018 estrenamos mundialmente El juego de los insectos, de Federico Ibarra. Este 2019 presentaremos Salsipuedes de Daniel Catán. Fallecido hace pocos años, es el compositor de habla hispana que más se programa en el mundo.
Muchos artistas jóvenes se interesan en componer ópera, algunos de ellos ópera experimental, que emplea otros recursos para expresarse como, por ejemplo, cajas negras, esos escenarios cerrados en donde utiliza tecnología para espacialización y movimiento del sonido, del audio. La ópera va buscando cauces de evolución. Creo que hay muy buenos títulos operísticos mexicanos.
Existen también muchas óperas que están siendo redescubiertas, como es el caso de Atzimba, de Ricardo Castro, que se presentó apenas hace tres o cuatro años en la temporada de ópera de Bellas Artes. No se había presentado desde los cincuentas, en que se extravió el segundo acto. El trabajo estuvo a cargo de Arturo Márquez, el compositor. Finalmente con la reconstrucción que él hizo de la orquestación, se volvió a presentar el año que se conmemoraba precisamente a Ricardo Castro.
Creo que se seguirá componiendo ópera mexicana por este nuevo brío que ha adquirido con el público. Hay más cantantes preparados, directores orquestales, directores escénicos, más pianistas, escenógrafos, diseñadores de vestuario, artistas dedicados a la ópera que en cualquier otro momento de nuestra historia. Todo esto habla de un crecimiento, de un mayor interés en la ópera como género.
 
¿Te arrepientes de haber abandonado tu carrera de cantante para convertirte en gestor cultural?
Para nada. El trabajo de gestor cultural es también absolutamente estimulante. Para mí es una pasión, va bien con todas mis capacidades y me emociona. Requiere de todo lo que soy. Me considero bendecido por ello, aun cuando de pronto queda la nostalgia del canto, que cuando lo practicas con frecuencia se vuelve una especie de alimento. Alfred Tomatis, científico francés que inventó el método para curar a través de la escucha, encontró que los artistas que cantan cotidianamente, reciben en su organismo una especie de carga energética distinta a la del resto de la gente; el canto provoca que nuestro sistema óseo, se convierta en una especie de diapasón, cuyas vibraciones se transforman también en un dinamo que nutre. Una persona que ha cantado durante mucho tiempo de manera cotidiana y de pronto deja de hacerlo, cae en una especie de depresión, le falta ese nutriente.

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