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Uno de los fundadores del Sistema B, explica cómo nació y se extiendió por el mundo el concepto de este tipo de empresas que, más allá del impacto económico, buscan el beneficio social, ambiental y el avance del mundo en general. De hecho se miden a partir de estas metas.

 

¿Cómo te convertiste en promotor de innovación económica?
Soy un emprendedor; una persona que usa la fuerza del mercado para resolver problemas sociales y ambientales de gran escala. Creo que ya no es suficiente pensar que las soluciones a gran escala solo pueden venir de la política. Soy de los que promueven un nuevo espacio para que millones de actores podamos ser partícipes de soluciones ambientales, sociales, colectivas y culturales a partir de la dinámica del mercado.

¿Por qué lo hago? Por varios sucesos. El primero ocurrió en 2008, cuando me tocó de cerca la crisis financiera que afectaba a miles de millones de personas en todo el mundo y básicamente sentía que generaba una vulnerabilidad de la que no éramos responsables. Luego, en 2009 tomé conciencia de que también había que hacer un diagnóstico de salud de la Tierra entera. Esto fue en Estocolmo, cuando se presentaron por primera vez los límites ecosistémicos planetarios.

Se presentaron tres de esos límites: clima, biodiversidad y el ciclo del nitrógeno, mismos que ya habían sido traspasados; ya entramos a un estado de incertidumbre que no es posible resolver únicamente con tecnología. Creemos que con la tecnología resolvemos todo, pero no se toma en cuenta el modo de organización humana, la naturaleza humana.

Un tercer factor que me afectó es la desigualdad creciente entre aquellos que tienen más y quienes tienen menos; y sigue creciendo, a pesar de esfuerzos políticos, de las ONG, de la RSE, de las empresas, etcétera. En un informe presentado en el Foro Económico Mundial, se dijo que los billonarios que tienen más de 50% del patrimonio global son aproximadamente 28 personas. Esto no es un tema de socialismo, de izquierda o de derecha. La manera en que nos hemos organizado es la causa de que esto suceda.

También en 2009 comencé a atar cabos. Siempre había creído que se debía fortalecer a la sociedad civil sumando a los empresarios y contar con la virtuosidad de ambos: la sociedad civil centrada en soluciones sociales, ambientales y culturales y el empresariado en conseguir resultados financieros. La propuesta de Avina –en donde trabajaba en ese momento– era tratar de unir esos dos mundos.

Sin embargo, caí en cuenta de que ese supuesto se estaba quedando corto. En 2009 asistí a la conferencia número 15 sobre cambio climático en la ONU: pude notar cómo las distintas delegaciones protegían sus intereses. Nos encontrábamos en el único espacio mundial para todos coincidir y no se estaba discutiendo el interés general, global, por encima de los intereses nacionales.

Concluí que el modo como nos hemos organizado es ineficiente. Tenemos la economía, que la llevan adelante las agencias financieras, tenemos las de desarrollo social y las ambientales, pero está todo dividido. El modo como estamos organizados, a lo largo de los siglos, ha sido por casilleros. Cuando estudié Derecho, me enseñaron que las externalidades eran parte natural de la economía, que era algo que tenías que resolver por el lado social, con regulación y RSE. Empecé a reunirme con otros, como María Emilia Correa, una colombiana que venía del mundo de la RSE y del sector de sustentabilidad; Gonzalo Muñoz, que venía de una multinacional chilena de administración de puertos, alguien más que venía del mundo de las ONG, Juan Pablo Larenas. Conversamos sobre nuestro sentir acerca de que el sistema económico es el origen de nuestros problemas y que no es cierto que podamos hacer algo con las externalidades. Debíamos comenzar a reestructurar el sentido de nuestra economía.

¿Cuál es el punto de acupuntura del sistema que habilita todos los sectores? Las empresas. Son las habilitadoras de decisiones que pueden al mismo tiempo asegurar las legítimas aspiraciones de una economía para las personas con la creación de bienes públicos, soluciones sociales y ambientales al mismo tiempo. Así fue como empezamos: juntábamos a empresarios, a los que les decíamos que era posible resolver los problemas entre nosotros sin tener que acudir a la política y no con subsidios, sino incorporándolo en el fenómeno de la innovación económica. La innovación económica se trata de repensar cómo estamos organizados.

 

Hablas de un «recableado». Esto nos lleva a pensar qué tipo de sociedad nos queremos imaginar. ¿Cómo se ve una sociedad sustentable?
Es un concepto que promoví siempre y me metí a fondo en el tema de liderazgo para la sustentabilidad. Ahora he visto cómo la sustentabilidad se ha convertido en algo muy técnico que la gente no entiende. Cada uno de nosotros responde a su ser-humano y una empresa responde a la naturaleza y aspiraciones de uno mismo, a la naturaleza del «nosotros»; esto es, a todos aquellos que nos rodean, vecinos, consumidores, otros accionistas, proveedores y clientes. Tenemos además el planeta, del que todos somos parte. Algo sucedió, nos hemos olvidado que somos parte del planeta y de pronto nos lo recordaron los pueblos indígenas. Lo que le suceda al planeta me sucede a mí. Lo que le suceda a mi manada me sucede a mí y viceversa.

Aquí se dio el inicio de una distinción entre los conceptos: responsabilidad y respondiente, palabra que no existe en español, pero sí en inglés. Si uno es respondiente, responde a lo que sucede y los problemas que se presenten se convierten en oportunidades. El punto de inflexión de todo este camino son las empresas que empiezan a responder a todo.

Nosotros iniciamos en 2012, respondiendo a nuestro contexto, la política que estaban viviendo Colombia y Argentina, que era la polarización: un espacio que destruye la confianza mutua, que no genera convergencia de intereses. Armamos un nuevo espacio que se agrega al de la política para que pudiéramos volver a encontrarnos, construir cohesión social, tener convergencia de intereses y, por supuesto, confianza.

De pronto comenzamos a decir que el mercado podía ser el nuevo espacio, el Ágora, como lo fue en la época de Platón y Sócrates. Era un espacio de encuentro. Lo que me maravilló fue el surgimiento de una nueva forma de organización humana, a la que llamamos empresa, porque lo es, pero tiene propósitos de bien público; es decir, de creación de soluciones por ser respondiente a lo que pasa en la sociedad y en el planeta. Responde convirtiendo un problema en una oportunidad de innovación y se diferencia en la sociedad por hacerlo.

Por ejemplo, del segundo ecosistema forestal más grande de América, que se llama en portugués Mata Atlántica, en el sur de Brasil, Paraguay y Argentina, queda solo el 7.8 % en pie, porque se arrasó y se le reemplazó básicamente por soya, eucalipto y ganado, en aras de alimentar al mundo, olvidándonos que había que alimentar a la tierra al mismo tiempo. Hoy vemos las consecuencias: se redujo la capacidad de captura del carbón, la producción de oxígeno y de humedad; dejaron de existir los sistemas de control de crecidas y está lleno de inundaciones. Por eso nace la empresa Guayakí, para hacer que vuelva lo que se fue, que las poblaciones que dependían de esa selva, que se fueron a las favelas en Brasil, vuelvan.

¿Qué es lo que hace Guayakí? Paga entre 40 y 60% más del valor del mercado de la hoja de hierba mate, en la medida que se cosechen del lado de la selva que sigue en pie. Esa hoja se convierte en el ingrediente principal de los productos de Guayakí, que son la hierba mate como la tomamos nosotros en el sur y todas las bebidas energéticas naturales. Esto hace que el consumidor, el inversor, el proveedor, todos juntos, sean parte de la solución. Es decir, se genera un mercado para crear la solución a un problema. No es la política de Estados Unidos o la de Brasil la que genera la solución.

¿Cuáles fueron los resultados del año pasado de un pequeño inversor como yo? Más de 60,000 hectáreas regeneradas, donde ya volvió la selva porque existe un mercado que impulsa en esa dirección. No se trata de una política pública ni de un subsidio, gradualmente Guayakí internaliza las famosas externalidades y más de mil familias volvieron a sus orígenes por razones económicas. Es decir, la economía volvió a ser la totalidad, no solo algo financiero y, dicho sea de paso, tuvimos poco más de 600% de incremento del valor de las acciones en seis años. Lo digo así para que se entienda que ésta es como cualquier otra empresa que tiene que competir en el mercado.

 

En la literatura del management las empresas, al hablar de sustentabilidad, se enfocan solo a la parte técnica ambiental. ¿Cómo puede esto revertirse?
El primer paso es llevar la sustentabilidad al corazón del negocio. El propósito existencial de dueños y accionistas de una empresa, la vocación humana, converge en el core business y es protegido jurídicamente en el objeto social del estatuto. Son tres fenómenos humanos que coinciden, por un lado lo espiritual, porque en el fondo, el propósito que tiene uno es la posibilidad de construir un legado que vaya más allá del patrimonio de los hijos, legado como organización humana para las sociedades y para el planeta.

El propósito es la fuerza de la innovación, es la fuente de la comunicación, la razón de la diferenciación en el mercado. Es la nueva y más potente base de competitividad global.

La sustentabilidad la llevas al corazón y a la gestión integral de la empresa. Por eso nosotros hacemos preguntas Socráticas, no hacemos fórmulas para la sustentabilidad. Realizamos entre 180 y 190 preguntas sobre las áreas de impacto, de relación con los colaboradores. Primero, con quién estás creando valor, dejando de lado el concepto de valor referido únicamente a lo financiero. Se crea valor para los accionistas, para la sociedad, para el planeta; para hoy y para el futuro. Y lo haces con personas que se van alineando a ese propósito.

Segundo paso, medir cómo se lleva a cabo con toda la cadena de valor y todas las comunidades. Tercero, se mide el impacto de la empresa en el planeta, el más inmediato y el más lejano.

Cuarto, clave, es la revisión de cómo está la empresa organizada para su gobernanza. Cómo es de transparente, cómo rinde cuentas, cómo se hace para que participen los trabajadores, los terceros independientes. Siempre cito el ejemplo de Odebrecht. Es fuerte decirlo, pero era miembro de un instituto para la responsabilidad empresarial. Lamentablemente, no tenía ningún control externo de verificación de transparencia.

En lugar de decirles a esas empresas en revisión si son o no sustentables, se le dice el impacto, en puntos, de cada pregunta. Esto para salirnos de la trampa de que haya un juez que diga si se es o no sustentable.

En Guayakí teníamos que calcular la distribución, la exportación y el transporte de la hierba mate a Estados Unidos, donde se fabrican los productos todavía, pero antes de hacer eso, considerábamos si nuestra huella de carbono frente a la regeneración que estábamos logrando era positiva neta por cada paquetito y esto hecho no por nosotros, sino por la universidad de Santa Catalina, en Brasil. Nos decían que resultaban 573 gr de captura neta positiva de carbono y nos sentíamos orgullosos. Pero con la Evaluación de Impacto B, de pronto te cuestionas sobre la huella del transporte. Nosotros usábamos a un tercero para ir a Estados Unidos. Habíamos hecho el cálculo sin incluir el transporte internacional y daban novecientos y algo de carbono neto positivo. No habíamos considerado la distribución interna en Estados Unidos. Ahí perdíamos el control, porque eran otros que usaban combustibles fósiles y no lo sabíamos. Este cuestionamiento coincidió con el crecimiento de las ventas. Llegó un momento en que pensamos que necesitábamos crear la empresa de logística –cuyo propósito también es la regeneración–, para distribuir nuestro producto.

La empresa evoluciona con nuestra próxima meta, que es regenerar un millón de hectáreas y 10,000 familias vulnerables con una economía y un ingreso dignos; donde toda nuestra cadena de valor está ya bajo nuestro control.

Se hizo una labor de compra que recién se terminó de entregar a General Motors: Poco más de doscientos vehículos eléctricos conducidos por exconvictos que entregarán productos de regeneración ecosistémica y de sentido comunitario. Son ellos los que hacen el storytelling, es así como va caminando el propósito. Debe hacerse el análisis de huella de carbón integral.

No se nos había ocurrido antes el tema de la regeneración personal, pero tuvimos la experiencia de dos de los dueños mayoritarios de Guayakí que visitaron una cárcel y que se dieron cuenta del sueño de los convictos de que la sociedad confíe en ellos cuando salgan.

 

¿Cómo sugerirías comenzar ese nuevo cableado empresarial?
La evolución es algo que se nos está imponiendo muy rápido, porque hay grandes empresas y grandes fondos de inversión que ya van en esta nueva dirección. Vale la pena hacer una distinción: las Empresas B ganan su lugar en el mercado por ser pioneras. Existen otras empresas que empiezan a actuar como Empresas B y están queriendo evaluar el impacto integral en sus accionistas, en sus trabajadores, en las comunidades con las que se relacionan, en el planeta.

Las Empresas B son las pioneras de esta posteconomía que viene. Es un nuevo «animal» de mercado, un animal bueno, que cumple nuevos roles en la sociedad, que lleva a cabo a través del mercado. Estas empresas actúan de benchmarking, van marcando un camino, provocando que otras empresas quieran comenzar a actuar con alguno de los elementos de esa genética. Es decir, con la evaluación integral del impacto.

Evito el uso de los términos de sustentabilidad, porque creo que se han quedado en el mundo de la técnica y en algunos países se les ha limitado a lo ambiental. La sustentabilidad se expresa también en la forma de organizarnos los individuos, las empresas, los Estados.

Se puede decir que las Empresas B ofrecen complicidad positiva. Esto es, algo que no teníamos en el mercado y significa la posibilidad de emocionarte. Quién no se emociona cuando un exconvicto está de regreso, regenerándose en la sociedad. Quién no se emociona cuando una empresa en Chile está limpiando el Pacífico de las redes de pesca, pagándoles mucho más a los pescadores, o con Algramo, también chilena, cuando crea dispensadoras para productos básicos –harina, frijol, sal, azúcar–, a las que puedan acudir personas con sus tazas, para llenarlas con lo que puedan pagar, lo que necesiten y, de ese modo, no pagan ni el empaque ni la marca.

Otro elemento es el de pertenencia: todos necesitamos pertenecer. La familia es desde luego un espacio para ello, pero este contexto del que estamos hablando está lleno de personas que perdieron hasta el lazo familiar, en esta cultura de transacciones entre las personas en el mercado, en lugar de que se trate de relaciones de transformación. Este tipo de nuevas empresas habilitan las relaciones por pertenecer a causas.

Normalmente las relaciones emocionales y de pertenencia se tienen en los clubes sociales, en las religiones, en los partidos políticos porque somos seres éticos. La ética no es algo del pasado, está en nuestra naturaleza, en el sentido colectivo, para lo cual hace falta pertenecer. Lo que da esta complicidad positiva en el mercado es la posibilidad de pertenecer a esas soluciones, y lo haces como consumidor, como pequeño inversor, como comprador, como vendedor.

Un último elemento es la trascendencia, el hecho de que desde el mercado se pueda construir un legado. Todos los seres humanos, en algún momento, nos preguntamos para qué vivimos y desgraciadamente lo hemos reducido a tener dinero, activos y si no lo hacemos resultamos malos padres. ¿Qué sucedió para que llegáramos a ese punto? ¿Es así como queremos ser recordados?

La pregunta sobre el legado se les hace a las empresas. ¿Cuál es su legado? ¿Pagar impuestos? ¿Empleos? Necesariamente tienen que contar con ellos. No eres una buena empresa por ofrecer puestos de trabajo. Es una gran confusión que hemos armado los empresarios. Es algo que se necesita porque de otro modo no podemos generar bienes y servicios en este sistema económico.

¿Cuál es el legado que juntos vamos a dejar a la sociedad y al planeta? ¿Cómo nos van a recordar de aquí a 100 o 200 años? Con el legado que construyamos para los que vienen.

Los elementos que menciono, que estaban en las ONG o los movimientos sociales, se incorporan al mercado a través de este tipo de empresas, que tienen una nueva genética empresarial y organizacional. Por eso para mí es tan importante que conversemos de las empresas y de su evolución genética, porque una sociedad que se queda sin empresas se queda sin el espacio donde circulamos desde la libertad de las personas para crear riqueza que no solo sea financiera, sino integral.

Sistema B nace para regenerar la empresa, el mercado y la economía, desde la lógica de su sentido de éxito, en lugar de que sea un éxito solamente financiero o económico, que sea integral, social, ambiental, de largo plazo. Por eso participa incluso el Estado, desde su naturaleza de actor de mercado, no necesariamente desde su naturaleza de política y regulación, sino como comprador. 20% del PIB de América Latina, está en las compras públicas. ¿Qué tal si desde las compras públicas premiamos a las empresas que redefinen su sentido de éxito y crean bienes públicos –que es un objetivo del Estado– y les pagamos más? Tenemos por ejemplo el caso de la ciudad de Mendoza, en Argentina, que adoptó la legislación de compra pública de impacto y usa la herramienta de evaluación de impacto B. Si una empresa logra más de 80 puntos, automáticamente tiene entre 3 y 5% adicional de premio al precio. Tres, si se trata de una empresa de cualquier otra parte del mundo y cinco si es local.