Los egipcios tardaban más o menos setenta días en momificar un cuerpo. Un largo proceso. Lo primero era eviscerar el cuerpo, que es una manera elegante de decir que lo destripaban. Se extraía el cerebro por la nariz con unos ganchos y los embalsamadores introducían en su lugar una sustancia que licuaba los restos de la masa encefálica. ¿Quieren unas quesadillas de sesos?

Una vez que el cadáver quedaba como fruta deshidratada, se le rellenaba de sustancias aromáticas. Los orificios corporales se taponaban con cera de abeja y se vendaba el cuerpo con lino y resinas. Si los deudos eran adinerados, podía añadirse una máscara mortuoria y un bonito sarcófago. Para nuestro infortunio, desconocemos muchos detalles del procedimiento, porque los momificadores no grababan tutoriales para YouTube. Pero si hubiera uno, sin duda lo veríamos porque nos parece curioso. ¿O no les llamó la atención?

¿Y si les contamos que el nombre de la marca Nike proviene del griego antiguo y no del inglés? Niké significa «victoria» y el concepto muy pronto fue personificado por una divina mujer alada. El Ángel de la Independencia de la Ciudad de México es, en realidad, una Victoria emplumada. Según los teólogos cristianos y musulmanes, los ángeles no tienen sexo, mientras que la escultura que corona nuestra columna de la Independencia luce unos senos casi pornográficos.

¿Sabían que Hitler tenía un equipo de catadoras para evitar que fuese envenenado? Al modo de los reyes de la antigüedad, aquellas mujeres probaban los platillos para proteger al mandatario durante la guerra. Por cierto, Hitler adoraba a sus perros y era vegetariano, lo que no le impidió asesinar a millones de personas. Evidentemente, eso no habla mal de los vegetarianos, sino de Hitler.

Y ya por este camino de las curiosidades, ¿sabían que las palabras taco y tortilla no provienen de lenguas prehispánicas? Para terminarla de amolar, tampoco charro proviene del náhuatl, ni siquiera del castellano, sino del euskera. En cambio, las palomitas de maíz son un invento mexica; lástima que Moctezuma no las haya patentado.

Lo que queremos decir es que, como sentenció Aristóteles, «todos los hombres quieren saber». Instagram y Facebook se nutren de esta urgencia humana y revelan un impulso por conservar y compartir aquello que llamó nuestra atención, aquello que despertó nuestra curiosidad.

A partir del siglo XVI, la revolución económica, científica y cultural del Renacimiento se reflejó en los gabinetes de curiosidades, también conocidos como «cuartos de maravillas» o «salas de artes y prodigios» en español; wunderkammern entre los alemanes; cabinets de curiosités, entre los franceses y wonder chambers entre los ingleses. Eran estancias donde los reyes, los nobles y los burgueses coleccionaban objetos fuera de lo común. ¿Se imaginan la cantidad de objetos nuevos y animales desconocidos que llegaban en aquella época desde América y África?

Desde finales del siglo XVI hasta principios del siglo XVIII, contar con un gabinete de curiosidades para mostrar a los invitados en casa, daba prestigio. En estas cámaras, se reunían objetos disímbolos, cuyo común denominador era provocar sorpresa y extrañeza. Por ejemplo, Pedro el Grande ordenó que desde todos los confines de Rusia se le enviaran los cadáveres de los niños y animales nacidos con malformaciones. Su colección llegó a contener siete mil piezas, desde huesos de mamut hasta los huesos de un hombre gigante, quien le había servido como bufón en su corte. Contra lo que uno podría imaginar, el interés del zar era, a su modo, científico.

Los monarcas españoles también tuvieron su «Real Gabinete de Curiosidades», nutrido con piezas que les llegaban desde su inmenso imperio: un calamar gigante, un oso panda, un elefante asiático. Rodolfo II de Habsburgo, emperador del Sacro Imperio y rey de Hungría, coleccionó en su gabinete artefactos mecánicos, libros de magia y alquimia, curiosidades chinas, fetos malformados y clavos del arca de Noé. No era raro que algunos gabinetes de curiosidades se ufanaran de tener cuernos de unicornio o sangre de dragón.

Fernando II de Tirol formó en su castillo de Ambras (Austria) una imponente cámara de arte y curiosidades, donde había joyas, pequeños autómatas (como robots) y cuadros que documentaban enfermedades y malformaciones.

Tradicionalmente, la colección de un gabinete de curiosidades se agrupaba en cuatro secciones. La colección de artificialia reunía obras de arte y antigüedades. Naturalia agrupaba objetos naturales, si eran raros se colocaban en exotica. Finalmente, scientifica que albergaba instrumentos científicos.

¿Por qué coleccionar esto o aquello? ¿Sólo por acumular? Hay una diferencia clave entre el coleccionista y el acumulador; y es que el acumulador consigue cosas y las agrupa sin sentido, simplemente por necedad. En cambio, el coleccionista tiene una clasificación. Compra obras solamente de tal pintor o figuras de acción de acuerdo a una idea bien pensada. En realidad, hay una relación íntima entre el coleccionista y los objetos que colecciona. Toda colección hecha por un particular, habla de la personalidad del coleccionista. Después de conocer la cámara de maravillas de Rodolfo II, un visitante comentó con buena dosis de ironía: una colección digna de su dueño. Dinos qué coleccionas y te diremos quién eres.

Hay acumuladores y coleccionistas bastante extravagantes. Existen, por ejemplo, casos de personas que acumulan basura, un trastorno que se le conoce como síndrome de Diógenes. El nombre claramente hace alusión al filósofo de Sinope quien asumía la independencia de bienes materiales como la mejor forma de vida. En el caso del síndrome, uno es dependiente de la basura.

Un gabinete de curiosidades era, por definición, una colección con orden a capricho del dueño, donde los objetos se apilaban el uno sobre el otro, sin más pretensión que sorprender al espectador. Pero a partir del siglo XVIII, los gabinetes de curiosidades fueron cayendo en desuso. El museo comenzó a desplazar lenta, pero eficazmente, al gabinete. Los nuevos museos exhibían sus piezas desde un punto de vista científico y, por ende, eran enemigos del desorden, del misterio, de la extravagancia. Los museos tal como los conocemos, salvo Ripley, no pretenden exhibir rarezas ni sorprender al público.

Sin embargo, al ser humano le gustan las sorpresas. Aristóteles dijo también que el origen de la filosofía es el thaumatos, «la admiración». Para cultivar una ciencia, hace falta disciplina y orden; pero para inventar y descubrir es necesario maravillarse.

Los niños conservan casi intacta esta habilidad de sorprenderse ante lo ordinario. A un niño pequeño le sorprende que la luna se vea tan pequeña, que la lluvia caiga del cielo, que un automóvil se mueva, que las lágrimas sean saladas y que la gente se muera. Por ello, los niños son coleccionistas innatos. Guardan piedras, estampas, semillas, tuercas, muñecas… A diferencia de nosotros, ellos advierten que el mundo está formado de objetos dignos de colección. Las niñas y niños preguntan el porqué de lo ordinario, porque nada hay más extraordinario que el día a día. La mayoría de los adultos tenemos atrofiada esta capacidad de asombro. Y no, no es culpa de YouTube ni de NatGeo, es porque llevamos demasiada prisa, porque nos da pereza salir de nuestras creencias, porque creemos saberlo todo.
Aquello que nos inspira admiración o afecto, aquello que nos maravilla, es digno de ser recolectado. La mirada curiosa es la que da un nuevo valor a los objetos coleccionados. Y si ustedes, como nosotros, no tienen las capacidades adquisitivas de un monarca del renacimiento, entonces pueden seguir nuestro ejemplo y coleccionar anécdotas culturales a partir de libros.

¡Sapere Aude! Atrévete a saber.


* Este artículo fue adaptado a partir de la introducción del libro El Gabinete de Curiosidades del Dr. Zagal, escrito por Pablo Alarcón y Héctor Zagal, editorial Planeta, 2019.

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