A pesar de la excelente actuación de Anthony Hopkins al interpretar al papa emérito en el filme Los dos papas, la construcción de su personaje no se apega a la realidad, hace falta una visión más realista de Benedicto.

 

La recién estrenada película de Netflix, Los dos papas, tiene distintas cualidades: las actuaciones de Anthony Hopkins y Jonathan Pryce son espectaculares; con un ritmo ágil, Fernando Meirelles presenta la historia de una amistad conmovedora en la que se atan y desatan nudos profundos. Dos hombres luchan por enfrentarse con la conciencia limpia a las exigencias de lo que necesita la Iglesia. En medio de abismales diferencias, crece, gracias al fermento de la humildad, el espacio del encuentro, la reconciliación, el diálogo y la ayuda mutua. Sin embargo, la película tiene un problema serio: presenta como «inspirados en hechos reales» demasiadas ficciones. Cuando uno trata acerca de personas reales, aparece un nuevo elemento para juzgar la obra: su fidelidad a la realidad. Si un pintor dibuja un retrato, podemos decir si es una buena o mala pintura, pero además podemos decir si se parece o no a la persona que retrata, si le hace justicia.

En los últimos tres años me he dedicado, casi exclusivamente, a estudiar la vida y la obra de uno de los personajes que la película intenta retratar: Joseph Ratzinger/Benedicto XVI, y tengo que decir que, independientemente de las cualidades de la película, su figura se encuentra tremendamente desfigurada. El hombre que personifica Hopkins es ambicioso, busca el control y el poder, está obsesionado con la homosexualidad, el celibato y las reglas, es un individuo solitario y triste, no sabe de cambios y desarrollos sino tan solo de estancamientos, no sabe de puentes, solo de muros, su pontificado es un fracaso, su mayor virtud es quitarse del camino reconociendo su incapacidad para entender lo que necesita la Iglesia. Así no es el verdadero Benedicto XVI.

Las voces de quienes conocen personalmente a Ratzinger, o se han acercado a sus textos y a su biografía, atestiguan la injusticia de la caricatura mediática que dibuja la película. Su exalumno Vincent Twomey, por ejemplo, lo describe como «un hombre tímido, humilde, pero valiente, cuya sonrisa espontánea transmite calor, alegría y esperanza»1 y cuenta que entre sus conocidos «Ratzinger es descrito como un escuchador consumado […] atento a las voces de otros, sean grandes o pequeñas, ya se trate de grandes pensadores del pasado o de serios críticos del presente. Él escucha a quien sea que tenga algo que decir».2 El cardenal de Colonia, Joachim Meisner, lo retrata como un hombre «[tan] inteligente como una docena de profesores y [tan] devoto como un niño que recibe la primera comunión».3 Peter Seewald cuenta cómo desde que le conoció, tuvo la impresión de que se encontraba delante de una persona «sensible y amigable: alguien a quien le gusta comunicarse, que sabe escuchar pacientemente»;4 cuenta de él que es «una persona que entiende a los hombres, que ha conservado la viveza de la juventud. Alguien que no se ha consumido prematuramente, sino que se ha conservado, de algún modo, lozano… y cuya humildad –con la que hace grande lo pequeño– impresiona».1 Cuando uno lee este tipo de descripciones se pregunta cuál sería la fuente de la que se formó el personaje de la película de Meirelles. ¿Qué historias de Ratzinger leyeron? La respuesta es obvia. Han creado un personaje a partir de los clichés de la prensa. Quisiera subrayar algunos errores importantes del personaje de Hopkins, con el fin de enmendar la imagen Benedicto XVI y hacerle justicia.

 

 

TRES DESATINOS
El primero ocurre en el proceso del cónclave. El supuesto Ratzinger aparece como un personaje político, ávido de poder, que desea ardientemente ser electo. Mientras desayunan los cardenales, uno de ellos, citando a Platón dice que «el requisito más importante de cualquier líder es no querer ser líder», a lo que un interlocutor añade: «por eso no debe ser Ratzinger; él en verdad lo desea».

La realidad, sin embargo, es diametralmente opuesta. Su secretario, Mons. Georg Gänswein, asegura que «en los años precedentes, jamás el cardenal Ratzinger había presionado para alzarse al oficio más alto de la Iglesia católica. Al contrario, entonces soñaba vivamente con una circunstancia que le hubiera permitido escribir en paz y tranquilidad algunos últimos libros».6 Es sabido que Ratzinger pidió su renuncia a Juan Pablo II hasta tres veces y que añoraba el día de poder dedicarse de lleno a la teología y a la oración.7 Eso explica que justo después del anuncio del nombre en el cónclave, Ratzinger se girara hacia el crucifijo diciendo: «¿Qué estás haciendo conmigo? Ahora tienes tú la responsabilidad, ¡debes guiarme!, Yo no puedo…».8 Así contaba él mismo su experiencia a un grupo de peregrinos:

«Cuando, lentamente, el desarrollo de las votaciones me permitió comprender que, por decirlo así, la guillotina caería sobre mí, me quedé desconcertado. Creía que había realizado ya la obra de toda una vida y que podía esperar terminar tranquilamente mis días. Con profunda convicción dije al Señor: ¡no me hagas esto! Tienes personas más jóvenes y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea con un entusiasmo y una fuerza totalmente diferentes.»9

El segundo gran desacierto es el más grave. Hay un momento en el que el personaje de Hopkins se confiesa. Entre sus pecados se le atribuye que no puso suficiente atención a las acusaciones de los abusos cometidos por Marcial Maciel. Esto es una terrible calumnia que tiene que ser desmentida. Quizá no exista alguien que haya peleado con más energía que Ratzinger para que se hiciera justicia en el caso de Maciel. Como valoraba acertadamente el antiguo portavoz de la Santa Sede, la tolerancia cero con la pedofilia «ha sido uno de los aspectos más dolorosos del pontificado de Benedicto XVI».10 Y es que el papa se encargó deliberadamente de hacer estallar la cuestión durante su pontificado. Como se explica en el estudio de Roberto Regoli, «Benedicto XVI había afrontado la cuestión ya como cardenal prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, distinguiéndose por una línea rigurosa. Quizás no demasiado compartida por la Curia».11 Los expertos en el tema suelen identificar a Ratzinger como «la persona más determinada» en este ámbito.12 En 2001, con un Juan Pablo II exhausto, la Congregación de Ratzinger inició la investigación sobre el caso particular de Maciel, el cual, ya octogenario y enfermo, apenas comenzado el pontificado de Benedicto XVI, fue suspendido y obligado a terminar sus días en «una vida de oración y penitencia, renunciando a cualquier ministerio público».13 Desde la Sede de Pedro, Benedicto XVI expulsó a más de 500 sacerdotes.14 Destapó la cloaca con valentía y sufrió todas las consecuencias de una dura purificación en la verdad y en la justicia. Por eso, hay que repetir lo que en su momento dijo el papa Francisco: «Me permito rendir un homenaje al hombre que luchó en un momento que no tenía fuerzas para imponerse, hasta que logró imponerse: Ratzinger. El cardenal Ratzinger –un aplauso para él– es un hombre que tuvo toda la documentación. Siendo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe tuvo todo en su mano, hizo las investigaciones y llegó, y llegó, y llegó, y llegó, y no pudo ir más allá en la ejecución».15

La tercera cuestión equivocada es el motivo de la renuncia. ¿Por qué renuncia Benedicto XVI? La película sugiere, fundamentalmente, dos razones: porque se da cuenta de que ya no sabe hacia dónde dirigir la Iglesia y porque ya no escucha la voz de Dios. En el fondo, parece como si Benedicto XVI tuviera a la Iglesia estancada en una parálisis espiritual frente a un mundo que necesita que la Institución cambie. En realidad, Benedicto XVI renuncia por razones que no le gustan mucho a la prensa, porque, como decía Lombardi, los periódicos tienen «necesidad de dar color a sus noticias».16 Se gustan en las intrigas y en las especulaciones sobre los juegos de poder, mientras que las razones de Benedicto XVI son en realidad simples, tan simples que al fundamentalismo mediático le resultan aburridas. En 2010 había dicho en una entrevista que «si un papa no se encuentra ya en condiciones físicas o psíquicas de desempeñar su ministerio, tiene el derecho y eventualmente incluso la obligación de renunciar a sus responsabilidades».17 Y esa fue, precisamente, la razón fundamental que ofreció en su declaración llegado el día: «en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado».

La decisión de Benedicto puede parecer desconcertante, sobre todo si se mira en contraste con Juan Pablo II, quien, cuando se le preguntó si había considerado renunciar al pontificado, respondió que no se bajaría de la cruz. ¿Se bajó entonces de la cruz Benedicto XVI? En mi opinión, hay muchas formas de cruces y Benedicto se subió a una muy urgente: la vida del silencio humilde y la oración incesante. Así lo interpreta también él: «[…] se había dicho que me había bajado de la cruz, que había optado por lo más cómodo. Ese es un reproche con el que también tenía que contar y con el que me vi obligado a confrontarme, sobre todo interiormente, antes de dar el paso. Estoy convencido de que no fue una huida, por supuesto no de la presión práctica, que no existía. Pero tampoco una huida interior de la exigencia de la fe, que lleva al ser humano a la cruz. Se trata más bien de otro modo de permanecer unido al Señor sufriente: en la quietud del silencio, en la grandeza e intensidad de la oración por la Iglesia entera. Así entendido, el paso que di no fue una huida, sino justamente otro modo de permanecer fiel a mi ministerio».18

 

la película tiene
un problema serio:
presenta como
«inspiradas en
hechos reales»
demasiadas
ficciones.

 

RATZINGER VS. LA REALIDAD
Otro desatino de la película ocurre en la escena de la confesión de Benedicto XVI, cuando el papa se acusa de que desde niño no ha tenido el valor de vivir la vida plenamente y se ha ocultado en los libros y en el estudio, lo cual lo ha dejado «vacío y alejado del mundo». Vale la pena comparar esto con lo que cuenta el verdadero Ratzinger de su propia vida. De sus años de adolescente recuerda «[…] caminábamos juntos por las tardes por los bosques de los alrededores [del seminario] y jugábamos en el lago de la montaña. Se construían pequeñas preseas, se cogían peces… Verdaderamente era una vida feliz para un muchacho. […] Viví un periodo muy bello. Tuve que aprender a adaptarme a la vida en común, a salir de mí mismo y a formar una comunidad con los demás, hecha de dar y recibir: estoy muy agradecido a esta experiencia que ha sido importante en mi vida».19 Esta imagen no es la de un joven huyendo del mundo y buscando refugio en las letras. Al contrario, si Ratzinger fue desde niño una persona de estudio y de libros, se debe precisamente a su fascinación por el mundo que a través del estudio se le hace cada vez más disfrutable y comprensible. Los libros, para Ratzinger, no son huida, sino encuentro con la realidad y ampliación de la capacidad de servir a los demás. Por eso, en un discurso de 2006, Benedicto XVI les decía a los jóvenes: «[…] la formación también es responsabilidad vuestra […]. El estudio requiere ciertamente ascesis y abnegación constante. Pero precisamente de este modo la persona se forma en el sacrificio y en el sentido del deber. En efecto, lo que aprendéis hoy es lo que comunicaréis el día de mañana».20 En la supuesta confesión de la película, el estudio parece un refugio que aleja a Ratzinger del mundo «al que la Iglesia debe de ayudar». Sin embargo, Benedicto XVI lo entiende justo al revés. El estudio es necesario para hacer apostolado y, de esa a forma, servir a Iglesia y al mundo. Por eso, recordaba a los estudiantes: «Vuestro futuro apostolado será fecundo y fructuoso en la medida en que, durante estos años, os preparéis estudiando con seriedad, y sobre todo alimentéis vuestra relación personal con Él, tendiendo a la santidad y teniendo como único objetivo de vuestra existencia la realización del reino de Dios».21

En defensa del estudio y de los libros me gustaría recordar las palabras que Benedicto XVI pronunció en la Universidad Lateranense: «Un gran teólogo belga ha escrito un libro titulado: ‘El amor a las letras y el deseo de Dios’, y ha mostrado que las dos cosas van juntas, porque Dios es Palabra y nos habla a través de la Escritura. Por consiguiente, supone que nosotros comenzamos a leer, a estudiar, a profundizar en el conocimiento de la Palabra. En este sentido, la apertura de la biblioteca es un acontecimiento tanto universitario, académico, como espiritual y teológico, pues precisamente leyendo, en camino hacia la verdad, estudiando las palabras para encontrar la Palabra, estamos al servicio del Señor. Un servicio del Evangelio para el mundo, porque el mundo necesita la verdad. Sin verdad no hay libertad, no estamos plenamente en la idea originaria del Creador».22

¿Por qué renuncia
Benedicto XVI?
La película sugiere
dos razones:
porque se da cuenta
de que ya no
sabe hacia dónde
dirigir la Iglesia y
porque ya no
escucha la voz
de Dios.

 

¿QUÉ ENTIENDE POR CAMBIO?
Otro tema que requiere un par de ajustes es la cuestión del cambio, el cual se extiende como un barniz que impregna toda la película. «No se pare, siga moviéndose», le recuerda su reloj inteligente al anciano Benedicto XVI. Inmediatamente después, se desenvuelve una conversación en la que el cardenal Bergoglio se queja de que «la Iglesia [de Benedicto] no se mueve en absoluto, cuando los tiempos exigen movimiento». «La vida es todo cambio», dice el Cardenal, «nada es estático en la naturaleza, ni el universo… ni siquiera Dios». El tema reaparece en la conversación que los personajes tienen en la Capilla Sixtina. Benedicto XVI, finalmente, se coloca del lado del cambio, del lado de Bergoglio. «La Iglesia necesita cambiar –le dice al Cardenal jesuita– y usted podría ser ese cambio». ¿Qué piensa sobre el cambio en la Iglesia el verdadero Benedito XVI? Lo primero que hay que reconocer es que el papa emérito no es una persona aferrada a la inmovilidad de la Iglesia. Al contrario, está convencido de que se trata de un organismo vivo que, como tal, crece y se desarrolla en el tiempo. «[La Iglesia] –escribía el Cardenal Ratzinger– es un crecimiento orgánico a través de los siglos que continúa su marcha en nuestros días».23 Cuando Seewald interrogaba al papa emérito sobre los gestos novedosos del recién electo Francisco, Benedicto respondía que aquello «significa que la Iglesia es móvil, dinámica y abierta, que en ella tienen lugar desarrollos nuevos. Que no está anquilosada en esquema alguno, sino que nos depara sin cesar sorpresas; que es portadora de una dinámica capaz de renovarla de continuo».24 «Esto es bello y alentador –decía el papa emérito en aquella entrevista–: que también en nuestro tiempo ocurran cosas que nadie esperaba y que muestran que la Iglesia está viva y llena de posibilidades inéditas».25 Por otro lado, Ratzinger piensa que hay ciertas cosas que en efecto no pueden cambiar. En un artículo de 1978 explicaba que, de manera semejante a como ocurre con un organismo vivo, el cambio supone que existe una estabilidad gracias a la cual podemos reconocer que es el mismo organismo aquello que está cambiando. «En la Iglesia –decía en aquel texto– hay cosas mudables […]. Y a la inversa, si no hubiera también en ella y acerca de ella aspectos permanentes, inmutables, no tendría sentido seguir utilizando, a través de los tiempos, la misma palabra ‘Iglesia’, porque faltaría aquella identidad que es precisamente la que mantiene cohesionado lo mudable».26 La Iglesia, según Ratzinger, se encuentra sometida a una tensión entre lo mudable y lo inmutable. Pero ¿qué cosas pueden cambiar y cuáles no? ¿Cómo se puede reconocer la frontera que separa lo uno de lo otro?

Responder a esta cuestión con el detenimiento que le corresponde excede lo que se puede hacer en este espacio. Sin embargo, quisiera dejar anotado el camino por el que avanzan las reflexiones del verdadero Ratzinger sobre este tema. La Iglesia, en cuanto que es un organismo cambiante, también es, precisamente por eso, el «sujeto» portador de ese cambio. Al igual que un hombre, a pesar de vivir y cambiar, sigue siendo él mismo, la Iglesia debe permanecer idéntica a sí misma. Nos encontramos, pues, ante la cuestión de su identidad. Por eso, para Ratzinger, la pregunta decisiva es: «¿qué es aquello que constituye a la Iglesia como sujeto? ¿Por qué, o a través de qué, es lo que es?».27 Basándose en san Pablo, Ratzinger responde que «la Iglesia, a partir de una masa amorfa de hombres, se constituye en un solo sujeto, mediante lo que el Apóstol [Pablo] ha llamado su cabeza: Cristo. Esto significa que la Iglesia permanece como magnitud cohesionada sólo desde él. Existe como Iglesia en virtud de su adhesión a él».28 Ahora bien, en la práctica descubrimos las implicaciones de esta identidad profunda e inmutable a través de la catequesis clásica: «[…] forma parte de la identidad cristiana la confesión de la Iglesia, es decir, aquello que, por encima del cambio de las interpretaciones teológicas, ha sido definido por la Iglesia como la auténtica palabra de la fe (el ‘dogma’); forma parte de la identidad cristiana, en su sentido católico, el núcleo –sustraído a la voluntad propia de la Iglesia– del culto cristiano, esto es, los sacramentos y la relación con Dios del cristiano, cuya formulación ejemplar se da en el padrenuestro. Pertenecen, en fin, a la identidad cristiana, aquel sustrato básico de conocimiento moral, tal como ha sido recibido a través del decálogo y tal como ha sido asumido por la Iglesia en el sermón de la montaña y en las exhortaciones apostólicas».29 Esto debe bastar para poner un contrapeso a la caricatura de Ratzinger que nos presenta la película.

Para no alargarme más, quisiera terminar compartiendo un fragmento de alguien que sí conoce al papa, que en un principio se acercó a él como periodista suspicaz y escéptico, pero la bondad y la sabiduría de Ratzinger acabaron por cautivarlo:

«La historia –dice Peter Seewald– juzgará qué importancia corresponde a este papa más allá del presente. Sin embargo, lo que se puede tener ya hoy por seguro es que nadie ha estado tanto tiempo –más de tres décadas– como Joseph Ratzinger en la cima de la mayor y más antigua institución del mundo. Con sus contribuciones al concilio, el redescubrimiento de los padres, la vivificación de la doctrina y la purificación y consolidación de la Iglesia, no solo ha sido un renovador de la fe, sino también, en cuanto teólogo en la sede de Pedro, uno de los papas más importantes, un doctor de la Iglesia en la Modernidad como no habrá otro. […] Los ocho años de su pontificado fueron algo así como los grandes ejercicios que la Iglesia necesitaba para consolidar su castillo interior y fortalecer su alma. […] Benedicto XVI, así lo resumió su sucesor, fue ‘un gran papa’: ‘Grande por la fuerza y penetración de su intelecto, grande por su importante contribución a la teología, grande por su amor a la Iglesia y a los seres humanos, grande por su virtud y religiosidad’. Su espíritu, opina el papa Francisco, ‘aparecerá de generación en generación cada vez más grande y más potente’».30

Animo a la gente a leer el libro que contiene ese pasaje, Últimas conversaciones, para experimentar la calidez y la grandeza de un encuentro con el verdadero Benedicto XVI.


1 Denis V. Twomey, Benedict XVI. The Conscience of Our Age (San Francisco: Ignatius Press, 2007), 37. Traducción mía.
2 Idem., 43.
3 Roberto Regoli, El pontificado de Benedicto XVI. Más allá de la crisis de la Iglesia (Madrid: Ediciones Encuentro, 2018), 33.
4 Peter Seewald, Benedicto XVI. Una mirada cercana (Madrid: Palabra, 2006), 18.
5 Idem., 11.
6 Georg Gänswein, «Epílogo», en Roberto Regoli, El pontificado de Benedicto XVI. Más allá de la crisis de la Iglesia (Madrid: Ediciones Encuentro, 2018), 368.
7 Cf. Pablo Blanco Sarto, Benedicto XVI. La biografía (Madrid: San Pablo, 2019), 483-485.
8 Roberto Regoli, El pontificado de Benedicto XVI. Más allá de la crisis de la Iglesia (Madrid: Ediciones Encuentro, 2018), 51.
9 Benedicto XVI, Encuentro con los peregrinos alemanes (25 de abril de 2005).
10 Pablo Blanco Sarto, Benedicto XVI. La biografía (Madrid: San Pablo, 2019), 973.
11 Roberto Regoli, El pontificado de Benedicto XVI. Más allá de la crisis de la Iglesia (Madrid: Ediciones Encuentro, 2018), 163.
12 Idem., 164.
13 Ibidem.
14 Idem., 157-171.
15 https://www.aciprensa.com/noticias/el-papa-francisco-reconoce-y-agradece-a-benedicto-xvi-todo-su-esfuerzo-en-caso-maciel-51524
16 Cf. Pablo Blanco Sarto, Benedicto XVI. La biografía (Madrid: San Pablo, 2019), 904.
17 Benedicto XVI y Peter Seewald, Últimas conversaciones (Bilbao: Mensajero, 2016), 43.
18 Idem., 67.
19 Joseph Ratzinger, Mi vida: recuerdos (1927-1977) (Madrid: Ediciones Encuentro, 2005), 49-50.
20 Benedicto XVI, Discurso durante una visita a la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (03 de noviembre de 2006).
21 Benedicto XVI, Discurso a los profesores y alumnos de las universidades y ateneos eclesiásticos de Roma (23 de octubre de 2006).
22 Benedicto XVI, Palabras en la plaza frente a la Universidad (21 de octubre de 2006)
23 Joseph Ratzinger, Cooperadores de la verdad. Reflexiones para cada día del año (Madrid: Rialp, 1991), 133.
24 Benedicto XVI y Peter Seewald, Últimas conversaciones (Bilbao: Mensajero, 2016), 60.
25 Ibidem.
26 Joseph Ratzinger, Teoría de los principios teológicos (Barcelona: Herder, 1985), 154.
27 Idem., 155.
28 Idem., 156.
29 Joseph Ratzinger, Teoría de los principios teológicos (Barcelona: Herder, 1985), 155.
30 Benedicto XVI y Peter Seewald, Últimas conversaciones (Bilbao: Mensajero, 2016), 25.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí