¿Cuál es la leyenda mexicana que más les
suena? ¿Monjas en los edificios viejos?
¿Aparecidos en las carreteras? ¿Enferme
ras fantasmagóricas? ¿Túneles secretos en el
metro? ¿Muñecos asesinos?
Todos los mexicanos hemos escuchado la le
yenda de una mujer que vaga por las noches
lamentando la muerte de sus hijos. La Llorona
tiene siglos de ser contada. La Historia general
de las cosas de la Nueva España, atribuida a
Fray Bernardino de Sahagún, documenta una
serie de presagios funestos sobre la caída de
México-Tenochtitlán. El franciscano lo explica
en el libro IV de la mencionada historia:
…muchas veces se oía: una mujer llo
raba; iba gritando por la noche; andaba
dando grandes gritos: –¡Hijitos míos, pues ya tenemos que ir
nos lejos!
Y a veces decía: –Hijitos míos ¿a dónde os llevaré?
Fray Diego de Durán también habla de una mu
jer que llora y gime en las noches, llanto que
angustia a Moctezuma II. La Historia de Tlaxcala
de Diego Muñoz de Camargo también transmite
la misma leyenda.
En el Virreinato, según Luis González Obregón
en Las calles de México, la leyenda de la Llorona
se construye alrededor de esa frase que repite
una y otra vez: «¡Ay mis hijos!», que exclama una
mujer fantasmagórica. Se cuenta que una mujer
indígena se enamoró de un español, con quien
engendró hijos. Eventualmente, el tipo la aban
dona por otra mujer. En un arranque de celos e
ira, ella ahoga a sus hijos como venganza contra
aquel hombre desleal. La traición de un hom
bre desencadena el asesinato de unos niños por
parte de su madre.
Actualmente, esta leyenda se extiende por todo
el país, siempre alrededor de un cuerpo de agua.
Incluso en los desiertos del norte, se escuchan
sus gritos cerca del pozo del pueblo. Hay Lloronas
en toda la república. Es llamativa la persistencia
del agua en los diversos relatos. Recordemos que,
en ese tiempo, la ciudad de México, surcada por
un sinnúmero de canales, estaba en medio de un
lago. Tal parece que, en las Lloronas contempo
ráneas el agua es una reminiscencia mexica.
Esa referencia al agua aparece en la película
animada La leyenda de la Llorona (2011), diri
gida a niños. La trama, edulcorada para el pú
blico infantil, cuenta la historia de una madre
que pierde a sus hijos en una canoa en Xochi
milco. La película es simpática, aunque a mi so
brina más pequeña la asustó.
Esta imagen de una madre lamentando sus ac
ciones trágicas tiene un paralelo en Europa. Se
trata de un arquetipo: una mujer es traicionada
por su esposo; la ira la consume y asesina a sus
hijos para que el padre sufra. ¿Solo en México?
En el mundo greco-romano existe Medea.
Medea es la protagonista de una tragedia
griega escrita por Eurípides. Medea, una pode
rosa hechicera, hija del rey de la Cólquide, se
enamora de Jasón, líder de los argonautas. Ella se
enamora tanto de él que traiciona a su propia fa
milia y ayuda a Jasón a robar el Vellocino de oro,
el mayor tesoro del reino de su padre. La pareja
huye a Grecia. Como el viajecito de regreso fue
tardado, les dio tiempo de procrear a dos niños. El
tiempo pasa y Jasón se compromete con Glauce,
hija del rey Creonte de Corinto, para asegurar su
posición y poder. En el colmo del cinismo, Jasón
le dice a Medea que él se casará con Glauce por
el bien de sus hijos y que, en lugar de enojarse,
ella debería estar agradecida porque él la sacó de
una tierra de bárbaros. Medea, profundamente
lastimada por esta traición, urde una trampa para
envenenar a la nueva prometida y, a la vez, mata
a sus propios hijos para hacer sufrir a Jasón.
Con miles de kilómetros y siglos de diferen
cia, tanto en Grecia como en México, se genera
un arquetipo análogo. Los arquetipos se basan
remotamente en hechos de la vida real, estili
zados, reinterpretados, transmutados. No quiero
que se me malinterprete. Los arquetipos no son
espejos de la realidad: son los tipos que la comu
nidad se ha forjado. El príncipe azul no retrata
cómo eran los príncipes medievales, sino lo que
la comunidad pensaba que era un príncipe.
Todo estereotipo tiene mucho de estereotipo y,
por ello, deben examinarse críticamente.
Medea y la Llorona son el arquetipo de la mu
jer víctima de varón, que ejerce la violencia vi
caria. Para lastimar al varón violento y abusivo,
la mujer lastima a los hijos. Su dolor y enojo
le impide advertir que ella misma también se
inflige un daño. Está condenada a sufrir por su
propia venganza. Nótese cómo la comunidad
tiende a reprobar únicamente a la mujer, sin
advertir el papel tóxico y destructivo del varón.
Ciertamente, es absolutamente injustificable
que una mujer asesine a sus hijos, pero también
es injustificable que un tipo se desentienda de
sus hijos y de la madre de sus hijos.
No sabemos si el arquetipo de Medea existía
en Mesoamérica. La mujer que gime en Teno
chtitlán se lamenta porque los conquistadores
les arrebatarán su ciudad. No es la Llorona, sino
la madre que conoce el terrible futuro de sus
hijos. Sin embargo, es un hecho que esa mujer
mexica devino la Llorona mexicana.
Los arquetipos se transmiten de generación
a generación; cargamos con una cultura incons-
ciente. Aunque no conozcamos el origen de al-
gunas expresiones, sabemos cómo usarlas. Un
ejemplo elocuente es el uso de diminutivos en el
español mexicano, especialmente en el centro y
sur de país. «¿Me esperas un minutito? ¿Ahorita
te llamo? ¿Me das un vasito de agua?». Este uso
del diminutivo, que tanto extraña a los hispano-
parlantes peninsulares, procede de un origen pre-
hispánico. En el náhuatl se usaba el diminutivo
no solo para hablar de objetos pequeños, sino
también para hablar con respeto. En el siglo XVI,
los hablantes del náhuatl trasladaron esa morfo-
logía al castellano. Los mexicanos del siglo XXI
usamos el diminutivo con la misma destreza que
nuestros antepasados mesoamericanos. Aunque
México-Tenochtitlan ya no está en medio de un
lago, la Llorona aún sigue apareciendo en el agua.
El autor es profesor de la Facultad
de Filosofía de la Universidad
Panamericana y profesor invitado
del área de entorno político social de
IPADE Business School.
Las películas comerciales explotan estas
ideas. Disney presenta(ba) a la princesa que
espera(ba) al príncipe que la libere; Cantinflas
encara al holgazán, pícaro y burlón, a quien
todo le sale bien; en Breaking Bad vimos cómo
la codicia y el orgullo transforman a un hom-
bre bueno en un villano. ¿La sociedad se cansa
de ellos?… A veces. La vieja princesa Disney
ya no refleja la realidad centenial. La mujer se
ha emancipado del patriarcado y ahora es un
agente protagónico que no necesita ser resca-
tada por un príncipe. Las nuevas princesas Dis-
ney reflejan una realidad distinta: la de la mujer
profesionista y emprendedora, que no necesita
de un príncipe que la salve de un dragón.
Quienes viven de explotar creativamente los
arquetipos —como las empresas de entreteni-
miento, de publicidad, de videojuegos— advier-
ten antes que los demás, cuándo un arquetipo
está por caducar. La princesa se vuelve heroína.
Si no se transforma, la sociedad deja de enten-
der esos arquetipos. La gente ya no comprende
el arquetipo, porque sus instancias concretas ya
no existen.
A mí me gusta pensar que habrá un día en
que la Llorona y Medea dejarán de ser arqueti-
pos, porque habrá un tiempo en que ninguna mujer
será víctima de la violencia del varón y las re-
laciones tóxicas serán una excepción. No obs-
tante, los índices de violencia contra la mujer
sugieren que, lamentablemente, no podremos
olvidar esta situación pronto.
Pero de algo sí estoy seguro y es que, si has
llegado hasta el final de este artículo, tú eres
un creador de nuevos arquetipos, de arquetipos
donde todos, absolutamente todos, seamos per-
sonas más plenas, íntegras y felices.