Cuando en México se habla bien

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Existen publicaciones, y no pocas, sobre los errores más comunes que los hispanoparlantes cometen en en su propia lengua. Algunas de ellas se refieren explícitamente al habla de México. No me faltan datos para emprender un artículo más sobre “lo mal que hablamos”, pero mi intención es tomar otro rumbo y señalar algunas expresiones correctas que alguien podría fácilmente tomar por erróneas. Me muevo en esta dirección al menos por dos motivos: a) porque tampoco para esto me faltan datos, y b) porque no está mal darse un poco de ánimos de vez en cuando.
A veces son vocablos -o acepciones, o frases- que otros consideran equivocados, pero no es raro que nosotros mismos estemos convencidos de su incorrección o bien nos surja fácilmente esa sospecha, ya sea espontáneamente, ya sea movidos por el extranjero que, ante una expresión que no se usa en su rancho, sentencia con aplomo: “esa palabra no existe”.
Como ya hice en el artículo sobre el diminutivo (cfr. Istmo n.208), me limitaré a México y España, tanto por razones de brevedad como porque estas reflexiones son subproducto de un trabajo que me tiene ocupado desde hace más de diez años y que quizá en uno o dos más -ahora ayudado por un equipo- verá finalmente la luz: un diccionario del castellano español y el castellano mexicano (que no es un diccionario de mexicanismos).
TRES EJEMPLOS PARA EMPEZAR: AIRE, PESCADO ARGOLLA
Ciertamente es bueno evitar errores y ayudar a los demás a evitarlos, pero antes de afirmar “eso no se dice”, o “eso está mal dicho”, vale la pena mirar si nos asisten motivos seguros, no vaya a ser que nos pasemos de listos y caigamos en algo más triste que equivocarse por ignorancia: corregir por ignorancia.
Comencemos con un ejemplo muy simple. Alguna vez se me ha objetado (en México) el uso de aire en el sentido de ‘viento’. Armados de mucha razón y de poco conocimiento de la lengua, al ver que viento es ‘aire en movimiento’ concluiremos razonablemente que no cabe decir que no hay aire cuando no hay viento, pues haberlo haylo, sólo que no se mueve. Basta acudir a un diccionario para notar que una de las acepciones de aire es justamente ‘viento’. En la última edición del Diccionario de la Real Academia Española (que llamaremos DRAE ’92) es la tercera de 18 acepciones. Podríamos  ahora aducir pasajes de la literatura mexicana y española, pero ya sería excesivo para un simple ejemplo.
Otro caso es el de pesado. En México llamamos así familiarmente a lo que en otras partes llaman pez (que a nosotros nos suena un poco formal). En España el pescado es sólo el que está en el plato o, por lo menos, fuera del agua, después de que alguien lo haya pescado. Tengo entendido que ahora en muchas escuelas de México se está enseñando a los niños esta distinción. Sólo espero que no canten “un lindo pez salta de repente”. Ahí está el punto: un pescado puede, si no jugar con un aro sí al menos saltar, si se trata de la segunda acepción del DRAE ’92. Ahí se aclara, sin embargo, que ése es el significado que se da a la palabra “en algunos lugares” (que no se especifican). ¿Es entonces un mexicanismo? No lo sé, pero sí sé que hubo tiempos en que ése era el uso general del término, por ejemplo, en el Siglo de Oro. Así lo consigna el Diccionario de Autoridades, es decir, la primera edición del diccionario de la Academia, aparecida entre 1726 y 1739 (fechas del primero y el sexto de los volúmenes que la componen). Se le llama así porque a las definiciones de los términos añade ejemplos de autores clásicos, de “autoridades”. Pues bien, en ese diccionario la acepción principal de pescado es la usual en México: “pescado. s.m. Nombre que se dá à todo género de peces. Llámase assi porque se pueden pescar. Privativamente se llama el bacalláo u abadéjo, y sus espécies” (como se puede ver, conservo la ortografía original). En perfecta concordancia con esto, el diccionario usa sistemáticamente el término pescado al definir especies de peces, aunque no sea frecuente verlos en el plato: “ballena. s.f. Pescado de monstruoso tamaño…”.
Alfonso Reyes dice que la provincia lingüística es conservadora. Es lo que estamos viendo aquí. Donde nosotros decimos argolla los españoles dicen anilla: la carpeta de argollas de aquí es de anillas allá; en gimnasia hay ejercicios que son de argollas aquí y de anillas allá. ¿Qué dice el Diccionario de Autoridades? Sobre argolla, lo que podríamos esperar. Sobre anilla, nada, porque la palabra no aparece…
“MEXICANISMOS” DE CERVANTES
En el Quijote son numerosas las expresiones que hoy registramos entre los mexicanismos. El uso clásico de luego ‘enseguida’, prácticamente desconocido cn España, aún persiste en México y hasta hace pocas décadas tenía una vida todavía mayor. En tiempos de la Revolución era normal la expresión desde luego como ‘inmediatamente’. “Fusílenlo desde luego” no denotaba claridad en la percepción legal sino celeridad administrativa. En algunos paises -p. ej. Chile- es normal decir muy luego en el sentido de ‘muy pronto’. Entre nosotros lo más característico es el énfasis por repetición: luego luego. Nos suena muy popular, poco literario, pero el mismísimo Cervantes dice que Don Quijote, el día de su primera salida, “se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo” (I,2); y pone en boca de otro personaje: “-Por amor de Dios os ruego que encaminéis luego luego esta carta al lugar y a la persona que dice el sobrescrito” (I,27). Y así en otros pasajes.
¿Nos reímos de la criada que se vuelve a su pueblo porque, según dice, “no se halla”? Pues ni más ni menos las razones de Teresa Panza a su marido Sancho, que quiere llevarse a palacio a su hija: “-Casadla con su igual, que es lo más acertado; que si de los zuecos la sacáis a chapines (…), y de un tú a una doña tal y señoría, no se ha de hallar la mochacha” (II,5).
“Ofrecérsele a uno algo” es una expresión mal tratada por los diccionarios, que la definen como ‘ocurrírsele a uno’ o ‘desear’. Pero el sentido de ‘necesitar’, de ‘hacer falta’, está claro en Cervantes cuando dice que Sancho llevaba “proveídas las alforjas de cosas tocantes a la bucólica, y la bolsa, de dineros, que le dio Don Quijote para lo que se ofreciese” (II,7). No para lo que desease o se le ocurriese.
¿Y qué tal nuestro sentirse, ‘sentirse ofendido’? También el Siglo de Oro conoció ese stress del tráfico que lo vuelve a uno más sensible a los desaires: “Y picando la mula, pasó delante. Sintióse desta respuesta grandemente Don Quijote, y trabando del freno, dijo: -Deteneos, y sed más bien criado” (I,19). Sí, también Don Quijote era capaz de estar sentido. ¿No es verdad que no hay peor calmante que decirle al que ya tiene los nervios de punta “no te pongas nervioso”? Pues he aquí al barbero asegurando su buena intención: “-No debe vuesa merced sentirse. -Si puedo sentirme o no -respondió Don Quijote-, yo me lo sé” (II,1).
“MEXICANISMOS” DE QUEVEDO
A los oídos ibéricos les llama mucho la atención que hablemos de “puros cuentos”, “puras nubes”, “puro miedo”, “pura hambre”: “-A ver si aprenden ya a matarlos con la pura descarga” (Carlos Fuentes); “-Eso es pura ficción” (Daniel Sada); “pues al Rey, en vez de pelo, / le brotaba pura miel” (Cri-Cri); “a puros sustos nos vuelven locos” (Margarito Ledesma). Quevedo, en el Buscón, dice que un individuo se empinó tres vasos “de puro tinto” (I,11) y que otros se prepararon una moronga “a puros jergones” (1,6) fue un método no ortodoxo de cocinar, así que me ahorro explicaciones).
Al protagonista de la misma obra se le caen las calzas porque se le rompió una agujeta. Como las agujetas, para un espafiol actual, sálo son los dolores musculares que vienen cuando se hace mucho ejercicio, más de lo acostumbrado, algunas ediciones de Quevedo aclaran a pie de página: “agujeta: correa o cinta con un herrete en cada punta…”, ante lo que el mexicano se pregunta ¿y qué otra casa había de ser?
PURISMOS Y FALSAS EXPLICACIONES
Son frecuentes los escándalos ante extranjerisrnos que se usan en México, con tal de que no se usen también en España. Pero son muchos los que se usan allá y no acá: christmas, ‘tarjeta de Navidad’ (suele asumir la forma crisma: “me han llegado varios crismas”); autostop, ‘aventón’; hacer footing, ‘correr’; computer, computerizar; anorak, ‘chamarra’; niki, ‘playera’; aparcar, ‘estacionar[se]’; chandal, ‘pants’; demodé; epaté, ‘impresionado (y ¡epatar, ‘impresionar’!); dépliant ‘f olleto’; croissant, ‘cuerno’; bacon, ‘tocino’; USA; stop; jersey. Esto no justifica nada, ni en un sentido ni en el contrario, pero saberlo puede dar una atmósfera diversa a diálogos introducidos con un: “-Y a vosotros, ¿por qué os gusta tanto coger palabras del inglés?”.
Una reacción frecuente del purista improvisado, ante expresiones mexicanas no antes oídas, es justamente la de decir que vienen del inglés. “¿Una pipa? -me interrumpió hace años un amigo- Ah, sí, un camión cisterna. Claro, del inglés pipe”. Claro, pipe no es ‘vehículo para transportar líquidos’ y el Diccionario de Autoridades dice: “pipa. El tonél ò candióta, que sirve para transportar ò guardar el vino, u otros liquóres”. Pero las cosas se pueden poner más difíciles cuando hay una real coincidencia de usos. Un caso significativo es evento, en el sentido de ‘acontecimiento’ en general, y no sólo de imprevisto. No excluyo que pueda ser aconsejable evitar ese uso, pero que no me digan que viene del inglés, aunque el uso coincida, porque con ese mismo sentido emplea el término San Juan de la Cruz, que mucha influencia gringa no habrá tenido.
Algo parecido se dice de ciertos posesivos del habla popular mexicana: “me duele mi mano”, “me puse mi camisa”. Cierto, el castellano actual tiende a decir -también entre nosotros- “me duele la mano”, “me puse la camisa”, y es verdad que la otra construcción coincide con la sintaxis inglesa, pero la coincidencia es pura coincidencia, ya que esas construcciones nos llegaron con el primer castellano que se habló en México. Gonzalo de Berceo y el autor del Cid se expresan habitualmente así.
¿QUÉ SIGNIFICA PARA UNA PALABRA “EXISTIR”?
Está claro que guiarse sólo por lo que uno ha oído no es un buen método para juzgar sobre la corrección de un término. Pera tampoco se piense que la cuestión se dirime tan fácilmente con sólo consultar un diccionario. La lengua no nace en los diccionarios sino que éstos tratan de reflejar lo más fielmente posible la lengua, que es una realidad viva y preexistente. Quizá no encontramos una palabra porque no es castellana, pero bien podría suceder que no hayamos consultada el diccionario adecuado, o que lo hayamos consultado mal, o simplemente que tengamos un diccionario rascuache. También puede serr que la palabra no haya sido recogida todavía. Un lugar especial lo tiene sin duda el DRAE por su valor “oficial”, “normativo”. Lástima que sus redactores adolezcan de un centralismo tan marcado que con facilidad le quitan al lector la confianza, si no es que lo indignan. Es llamativo que palabras de larga tradición en el habla culta de México, presentes en la literatura, tarden décadas en encontrar lugar en el lexicón académico y, en cambio, baste que la fauna barriobajera madrileña persevere unos años en el uso de un vocablo para que el DRAE lo acoja en su regazo.
En los últimos años, por ejemplo, el sufijo -ata, abandonó la jerga de la delincuencia y cundió por todas partes generando gran cantidad de neologismos. En el DRAE ’92 encontramos ya muchos, como bocata ‘torta’ o drogata ‘drogadicto’. Y los escandalosos extranjerismos, cuando se usan en España, entran en el diccionario. En el DRAE ’92 figuran p.ej.: beicon y cruasán.
El culmen del centralismo está en que las palabras desaparecen del DRAE cuando se dejan de usar en España, aunque sigan vivas en otros países, como se ve en varios ejemplos de este artículo. Sobre la relación entre los diccionarios y la lengua puede ser muy esclarecedor el libro Minucias del lenguaje, de José Moreno de Alba (FCE, 1992). Es una obra utilísima. Y para quien tenga un poco de gusto por las cuestiones del lenguaje, mucho más que útil: una delicia.
EL DICCIONARIO DE LA ACADEMIA: LA PRIMERA EDCIÓN CONTRA LA ÚLTIMA
El caso de pescado, es sólo uno entre una infinidad. Veamos otros más. Lo que aquí llamamos comrda en España se llama también almuerzo. Aquí, en cambio, almuerzo (y el verbo correspondiente, almorzar) es el desayuno, sobre todo cuando es más consistente de lo habitual y un poco más tarde. En el DRAE ’92 es ésa la primera acepción (“Comida que se toma por la mañana”), pero el Dmonario de Autoridades es aún más explícito: “almuerzo. El primer alimento que se come por la mañana, y con el cual uno deja de estar ayuno, por lo que tambien se llama desayúno”.
Apretado aparece en el DRAE ’92 con la acepción (la 3ª) de ‘estrecho, mezquino, miserable’. También aquí el Diccionarro de Autoridades se acerca aún más a un matiz que nos es familiar: “Se llama al poco liberal, nada dadivoso, y que es de poco espíritu y ánimo”, y el ejemplo que pone está tomado nada menos que de Santa Teresa.
Sobre lo que en México es sopear hay en España dos particularidades. La primera es que se dice mojar. La segunda es que no se considera de mala educación (todos están orgullosos de que hasta los reyes sopeen). Dejemos de lado este segundo punto, como dejamos de lado la imprecisión biológica de la definición de ballena, pues no son cuestiones lingüísticas. Aunque el DRAE sólo señala la acepción genérica de ‘humedecer’, otros diccionarios, como el de María Moliner, recogen el sentido más específico de humedecer un carbohidrato en un líquido potable para acto seguido engullirlo. Por eso dicen sólo mojar, sin especificar qué ni en qué. Ahora bien, en el DRAE ’92 hay que hacer un recorrido largo y forzado para justificar el sentido nuestro de sopear. ¿Es que todavia no se define convenientemente? No: es que en España el verbo perdió vigencia y, “por consiguiente”, se eliminó la definición (se eliminó desde luego). En el Diccronarro de Autoridades se lee: “sopar, o sopear. Mojar las sopas, metiéndolas en caldo, u otro liquór”. Nótese que, contra lo que podríamos imaginar, la sopa es el elemento sólido, no el líquido: “sopa. Pedazo de pan empapado en qualquier liquor”. En la voz molar el verbo aparece allí en su sentido genérico de ‘humedecer’, no en el específico de ‘sopear’. Es curioso que el ejemplo, tomado del Quijote, sea un caso de sopeo, pero el verbo mojar adquiere esa determinación por los complementos correspondientes: “Se llegó [Sancho] a uno de los solícitos cocineros, y con corteses y hambrientas razones le rogó le dejase mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas” (II,20).
ALGUNOS CASOS INTERESANTES: JALAR, PUJAR
A un español que viajó por Aeroméxico le dio risa oír, en la explicación de los dispositivos de seguridad, que el chaleco salvavidas se infla jalando los cordoncitos. “¡Pero si jalar significa ‘comer’!” En efecto, ése es el tercer sentido que consigna el DRAE ’92 y prácticamente el único usual en España. Pero ahí aparece precisamente como un sentido figurado y el primero es ‘tirar de una cuerda’, si bien es cierto que, antes de la definición, se ofrece un equivalente que se considera más conocido: halar. Esta transformación de la hache en jota daría para todo un tratado (el DRAE dice que suele aspirarse “en la dicción de numerosas zonas españolas y americanas”). Baste aquí recordar que el español que se hablaba en la Nueva España se caracterizaba por aspirarla sistemáticamente. Con el paso del tiempo se ha ido perdiendo, al punto que jalar es quizá el único sobreviviente en el lenguaje normal. Digo “normal” porque el fenómeno se conserva en otras palabras, pocas, en las que sin embargo percibimos enseguida un matiz  pueblerino o rural -como en jeder, jediondo, jincar, etc.- o bien un tono bajo o descuidado como en lilo. En el Periquillo Sarniento el protagonista es insultado, medio en náhuatl medio en castellano: “Tlacatecólotl. (…) Jijo de un dimoño”.
En España pujar sólo tiene el sentido de intervenir en una subasta, o bien, en un estilo elevado, el de superar, exceder; la otra acepción es desconocida. Muchas veces he preguntado a españoles: “¿cómo le llamarías a esto…?”, sin recibir hasta la fecha una respuesta, salvo un gesto de extrañeza. Parecerá muy prosaico, pero es una realidad de la vida humana que debe tener su nombre. ¿Cómo expresar, con otros términos, los sufrimientos del protagonista de El Periquillo Sarniento, que nos platica sus caídas del caballo y “los pujidos que me costaba levantarme algunas veces”? Y esto, por no hablar del colorido que da el verbo a las poesías de Margarito Ledesma cuando se cuestiona, desde un punto de vista ortopédico, los problemas que da andar “en un caballo tan gordo / que hasta puja al caminar”, y cuando, con una óptica deontologica, plantea las cuitas de un cantinero que por error sirvió aguarrás en lugar de aguardiente: “mi compadre don Pantalión nomás se limpió la boca con el respaldo de la mano, se chupó los bigotes, se dio una buena saboriada, echó un pujido de satisfacción y, en vez de rezongar ‘Chas gracias’, como de costumbre, le dijo a Melchor muy contento y frotándose las manos: -¡Éste sí es del bueno! De éste me has de servir todos los días”. Un sentido figurado (eso creo) lo usa al contar el cambio de un paisano suyo que era un comecuras y “ya no dice cosas feas ni les echa pujidos a los Padres cuando los encuentra en la calle y hasta les da la banqueta”. Este sentido del verbo (y del sustantivo) no se encuentra en los diccionarios, ni siquiera en el de Autoridades. Ahí sólo se dice que “Vale tarnbien hacer fuerza para pasar adelante o proseguir alguna acción procurando vencer el embarazo que se encuentra”. Pero resulta que el mismísirno Quevedo, con su incorregible afición a los dobles sentidos, escribe: “Háceme fuerza [=me preocupa] que en las almonedas [=subastas] dicen: ¿Hay quién puje?, que ni sé si convidan a cagar o si a comprar”.
UNA HISTORIA PARA TERMINAR: ACERA/BANQUETA
¿Qué diferencia hay entre banqueta y acera? En México tenemos preferencia por el primer término y en España se usa exclusivamente el segundo. Podemos convenir en que son sinónimos pero, si nos fijamos en la fraseología común, vemos variar los matices. Hablamos de “la acera de enfrente” más que de “la banqueta de enfrente”, aunque bien podríamos decir lo segundo. En cambio, a nuestros niños les decimos “súbete a la banqueta”, y más difícilmente les diríamos “súbete a la acera”. Puestos a enriquecer el  vocabulario, reparare mos en que, en teoría, son equivalentes, y quizá llegaremos a escribir “se bajó de la acera”. De hecho así se encuentra en algunos escritores mexicanos, como Daniel Sada (“…se pasan la botella: de boca en boca, y ríen: sentados en la acera”) o, menos claramente, Martín Luis Guzmán (“El Cadillac del general Ignacio Aguirre cruzó los rieles de la calzada de Chapultepec y haciendo un esguince vino a parar junto a la acera, a corta distancia del apeadero de Insurgentes”). Sin embargo, dudo que una expresión de este tipo nos pueda salir espontáneamente. Creo que banqueta alude más directamente a la elevación física del suelo, mientras que acera se refiere más bien al lado de la calle. “Caminando en la otra acera, enfrente de mí”, se lee en La vida inútil de Pito Pérez.
La historia de estos términos parece confirmar mis suposiciones. Según el Diccionario Crítico Etimológico de la lengua Castellana, de Joan Corominas, acera tiene el mismo origen que fachada (derivado de faz ‘cara’) y su primera forma, documentada ya en el siglo XIII, fue facera. Se trata de un caso raro de desaparición de una f sin dejar rastro (sin que se conserve siquiera una h). Facera significó ‘fachada’ hasta bien entrado el siglo XVI. Entonces el término aparece, ya sin efe, con el sentido de “cada una de las dos filas de casas que hay a los dos lados de una calle o a los cuatro lados de una plaza”. En el XVll ya significa “la orilla de la calle junto a estas filas de casas”, o sea, la elevación que recorre esas series de fachadas, por la que se camina al reparo del agua, del tráfico, etc.
¿Por qué en México no es, como en España, el término único para designar esta realidad? Probablemente porque, antes de que acera pasara a su tercera fase semántica, había llegado a México otro término que cubría muy bien ese sentido: banqueta. Según el Diccionario de Autoridades, se trata de “Uno como poyo que se levanta en la muralla, estrada encubierta, u otra fortificación al pié del parapéto, para que el soldado subiendo en él, pueda disparar descubriendo más la campaña, y bajarse después para cargar el arma. Es voz de la fortificación”. El parecido entre ese elemento de la fortificación y nuestras banquetas es evidente (Corominas define banqueta como ‘anden a lo largo de las construcciones’ y da por documentado el sentido ya en 1687). Así se explica el sentido de ‘lado de la calle’ que habitualmente adqauiere ‘acera’ entre nosotros y queda claro también por qué nos pasamos a la otra acera o saludamos al que va por la otra acera (donde también podemos decir banqueta) y, en cambio, nosrmalmente no nos subimos a la acera (que sería como caminar por las fachadas) sino a la banqueta, unque no sea necesariamente para disparar…

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