El empresario ante el miedo

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En situaciones críticas, el hombre de empresa tiene que abrirse a conocimientos o disciplinas que antes no le interesaban. Sucede como en situaciones de enfermedad: cuando a alguien le diagnostican cirrosis hepática, entonces empieza a conocer -¾ en el sentido fuerte de conocer- la existencia del hígado, su función específica en el organismo.
En las actuales situaciones críticas, en la empresa nos hemos tenido que abrir a dos campos del saber humano que antes ocupaban para nosotros un segundo lugar: la economía y la sociología (donde incluyo la política). Pero cuando la situación crítica es muy honda, al empresario no le basta asomarse a la economía (macroeconomía) y a la política. Llega un momento en que ambos saberes se nos muestran carentes de fundamentación. Cuando las circunstancias aprietan, hay que ir al fondo. El fondo es el hombre.
Al hombre no se llega por la economía ni por la política. En la cultura occidental se sabe que el hombre es estudiado profundamente por la filosofía. Y esto es así porque la economía y la política se refieren al hombre desde fuera: estudian sistemas que afectan al hombre. La filosofía, en cambio, estudia al hombre desde dentro: en este sentido, la economía y la política no afectan al hombre, sino que parten de él.
Cuando nos acercamos al hombre con profundidad, nos percatamos de que las opciones económicas y políticas son, antes, opciones humanas, individuales: es a estas y no a aquellas a las que voy a referirme ahora. Cuando tales opciones humanas individuales son además las de cada uno de los que componen la clase dirigente, entonces es cuando se puede decir que la economía y la política no afectan al hombre, sino que parten de él, como prolongación de la persona, como una consecuencia de sus decisiones vitales, como un florecimiento de lo más interior del individuo.
Ahí, en lo más interior de cada uno, y precisamente en las situaciones críticas, las opciones radicales se dan entre dos fenómenos antropológicos básicos: el miedo o la responsabilidad.

El miedo

Por fortuna, la filosofía clásica ha tratado estos dos aspectos del hombre (que hoy se nos aparecen como dos opciones vitales) de manera tal que en los siglos posteriores no se ha aportado prácticamente una palabra más. Aristóteles y sus comentadores han dicho, sobre el miedo y la responsabilidad, palabras muy acertadas, muy prácticas, muy definitivas – yo diría que no han sido superadas- y, además, muy abundantes. Pues bien, debemos ahora asomarnos a los conceptos clásicos del miedo y la responsabilidad, lo mismo que el afectado de cirrosis hepática se inclina al estudio de las funciones del hígado.
El miedo está clásicamente definido como tendencia espontánea, esto es, no reflexiva, no deliberada, de huida ante el peligro. Pero lo interesante es saber que los griegos consideraban al miedo como una condición humana. Es condición del hombre tener miedo como lo es tener apetito. El inapetente es un enfermo. Esto, no en el sentido de que al hombre le dan miedo determinadas situaciones, sino en el sentido más profundo de que determinadas situaciones deben darle miedo al hombre, so pena de que no seamos propiamente humanos.
A tal punto es cierto, que Aristóteles no tenía un nombre para denominar la carencia de miedo: lo que no existe, decía refiriéndose precisamente a este fenómeno, no debe ser nombrado. (Aunque anota Aristóteles que se sabe de algunos hombres, a los que llama celtas, que carecían de sentimiento del miedo, que tenían la enfermedad de la impavidez). Preguntémonos, pues: ¿ante qué situaciones es anormal ser impávido?, ¿ante qué situaciones el miedo es justificado?
Justificación del miedo
Aristóteles contesta a estas preguntas afirmando que son dos las circunstancias que justifican nuestro miedo: a) ante la amenaza de un peligro que supera mis fuerzas; y b) ante la amenaza de un peligro que afecta el núcleo de mi existencia. Para que el peligro sea razonable causa del miedo, debe, pues, ser un peligro superior a mí y ser un peligro que se refiere a mí. Entonces el peligro se llama terrible, es decir, que aterra. El análisis aristotélico del miedo se distingue así del que suelen practicar muchas de las técnicas psicológicas modernas, impregnadas de subjetivismo: si el miedo que siento es intenso o superficial. Aristóteles da a este análisis una dirección de objetividad realista, más apropiada, a nuestro juicio, para un hombre de acción sano: si el peligro es grande o pequeño, si tiene o no objetivamente que ver conmigo.
Hay para Aristóteles una característica adicional respecto del peligro que justifica al miedo: debe ser inminente. Pero para muchas personas el núcleo de su existencia abarca un plazo muy grande. Por eso según Heidegger las personas inteligentes consideran a la muerte como algo inminente mientras que los tontos siempre se tranquilizan pensando que uno debe morir, sí, pero “por lo pronto aún no”, expresión que pronuncian con sensaciones de respiro y alivio. El pensar “por de pronto en este sexenio aún no”, sería, pues, para Heidegger, de personas poco inteligentes. “El hombre inteligente prevé y el que no lo es constata”, suele decir un profesor colega.
Reacción ante el peligro
Cuando el peligro es superior a mí y se refiere a mí, se debe tener la tendencia espontánea de huir: si no tengo esta tendencia no es que sea valiente, sino que hay algo orgánico o psíquico en mí que no funciona. Ser impávido es en cierto modo ser desamorado: cuando nada se ama nada tampoco se teme (a menos que sea celta, pero de los celtas del siglo IV antes de Cristo, cuyas características humanas son difíciles ahora de suponer). La impavidez de esa antigua raza tenía quizá su causa en el hecho, poco humano, de que sus individuos estaban dispuestos a perderlo todo. Pero no podemos ignorar que aun hoy hemos sido contemporáneos de personas que están afectadas de esa enferma condición de impávidos, no porque estén dispuestas a perderlo todo, sino porque no tienen ya nada que perder. Así los describe vívidamente Solzyenitzin aludiendo a sus propios compatriotas bajo el régimen totalitario ruso: “les esperaba la fatiga y la tundra…, el pico y la carretilla, una ración de hambre de pan húmedo, el hospital, la muerte. Les esperaba lo peor. Pero en sus almas había paz. De ellos se había apoderado la impavidez de los hombres que lo han perdido todo…”.
Nosotros no estamos, por suerte, en la circunstancia de los antiguos celtas, ni en la de esos rusos sometidos a los campos de castigo. Sentimos (aunque tal vez sea con excesiva fuerza) esa sana tendencia psicológica, ese impulso espontáneo natural, que nos incita a huir ante el peligro. Pero lo que tiene que hacer el hombre ante esa tendencia de huida no es simplemente huir, sino analizar si verdaderamente el peligro es terrible, vale decir, si es superior a mis fuerzas y si se refiere al núcleo de mi existencia. Y caben así cuatro situaciones ante el peligro, y cuatro posturas consecuentes:

MI SITUACIÓN ANTE EL PELIGRO

MI REACCIÓN ANTE EL PELIGRO

a) Si el peligro no es superior a mis fuerzas.

Arriesgarme a conjurarlo por terrible que parezca.

b) Si es superior a mis fuerzas pero no se refiere al núcleo de mi existencia.

Resistir.

c) Si es superior a mis fuerzas y se refiere al núcleo de mi existencia.

Huir deliberada y descaradamente (quien obra así no es cobarde sino inteligente).

d) Si es superior a mis fuerzas y se refiere al núcleo de mi existencia, pero no gano nada con huir.

Resistir.

No me voy a fijar ahora en la tercera situación y postura consecuente c) porque no me interesa mostrar cómo huir, sino qué hay que hacer en lugar de escaparme.

El empresario ante el riesgo

La dificultad más grande cuando nos encontramos ante el peligro que aparece como terrible, es la de evaluar las reales dimensiones del peligro; llegar a saber si es realmente superior a mis recursos disponibles. Aquí es donde se ve si estamos ante un empresario. El empresario se distingue, por oficio, por su capacidad de riesgo. En tiempos de bonanza, esta capacidad de riesgo se suele destinar para aprovechar oportunidades, donde otros pensarían que no tienen recursos ni habilidad suficientes. Pero en épocas de crisis esta capacidad de riesgo debe servir también para enfrentarse con la amenaza del peligro.
Aquí se distingue, insisto, el empresario del funcionario y del propietario. El empresario es valiente, porque ante el peligro le nace la propensión a pensar que tiene algo que hacer para enfrentarlo (y eso lo convierte en imaginativo, fértil en recursos, luchador). El funcionario (el que se ampara bajo el paraguas de una organización pública o privada como mera pieza suya), no es valiente, porque huye con anticipación, es decir, estructura su vida de tal manera que no tenga que enfrentarse con el peligro; su característica no es la valentía sino la precaución que busca la seguridad; y el propietario es cobarde, porque ante el peligro huye: el capital es típicamente huidizo; ante los peligros, el primer signo es la evasión de capitales; todo está pensado en los capitales para que puedan evadirse.
De aquí procede la dialéctica entre el empresario y el propietario: suelen ser dos funciones encarnadas en una sola persona, y hay una cruel pugna entre las dos: como empresario, tendría que comprar a la baja; como propietario, a la baja tendría que vender. En el momento actual de México, estamos viendo con claridad estas tres figuras, que son los tres modos clásicos – aristotélicos- de enfrentarse con el peligro, o, lo que es lo mismo, de reaccionar ante el miedo: quien se muestra seguro porque está protegido por el Estado, quien afronta el riesgo del peligro, y quien vende y pone su dinero en Estados Unidos. Todos tenemos algo de empresarios – nos gusta el riesgo- , algo de funcionarios – en los momentos de miedo aspiramos a una vida tranquila y protegida-, y algo de propietarios: no nos gusta que otros jueguen con nuestro dinero; nuestro dinero no lo toca cualquier advenedizo de turno sexenal.
Medir el peligro
Tengo que pensar, ciertamente, si hay peligro, y cuál es su magnitud. Son de algún modo las preguntas que se formulan muchos empresarios mexicanos: ¿cómo es el gobierno?, ¿tiene capacidad para resolver esta crisis? Pero tendrían que pensar también de dónde vienen sus propias fuerzas: ¿soy valiente, es decir, empresario? ¿Cauto, es decir, burócrata? ¿O cobarde, es decir, propietario? Tengo que pensar cómo es el gobierno, sí, pero tengo que pensar también cómo soy yo. Este es el primer planteamiento ante el supuesto peligro terrible: tenemos que hacer nuestros cálculos y consideraciones, pedir datos a nuestro staff (si todavía tenemos staff) para ver si este peligro supera mis fuerzas, mis recursos, mi capacidad, mis habilidades, y si debo por ello huir ante él o no.
La huida no es solución
Pero puede resultar que, efectivamente, los datos objetivos me digan que no tengo nada que hacer, o lo poco que puedo hacer carece de eficacia. ¿Es entonces cuando tengo que huir? No: entonces es cuando tengo que hacer el segundo planteamiento.
Este segundo planteamiento es inusual: consiste en preguntarnos si este peligro, superior a mis fuerzas, afecta al núcleo de mi existencia – a lo que yo más intensamente quiero- o bien si se encuentra en mi periferia, al borde de mi piel, por acostumbrado que esté a ella.
Porque si es así, entonces no gano nada con huir, no se debe huir. Pero además, como puede verse en la cuarta postura del diagrama, hay ocasiones en que no se puede huir. Los ejemplos ilustres que los griegos utilizaron para explicar la reacción del hombre ante el miedo no pudieron estar mejor escogidos: la tempestad en alta mar y el terremoto. Cuando el peligro supera mis fuerzas, pero no gano nada con huir, al hombre le toca aguantar. Voy a poner un ejemplo ridículo, pero frecuente: aparece una grave dificultad en mi flujo de caja, y desaparezco o huyo de la oficina; surge un embargo, y me voy a Europa. O, al revés, aparece una situación de conflicto en mi hogar, y procuro llegar a él lo más tarde posible, pretextando trabajo inaplazable en mi despacho. Ni lo uno ni lo otro afectan en rigor mi propio ser, y no tengo por tanto que huir yo, ni gano nada con ser yo el que huya: lo que debo hacer, pues, es resistir.
La resistencia ya es ganancia
Aristóteles estudia el miedo precisamente cuando tiene que analizar esa cualidad humana que se llama fortaleza. Uno de los aspectos del hombre fuerte es que aguanta el peligro superior a sus fuerzas. ¿Y qué gano con aguantar? Aristóteles dice que el hombre no resiste para ganar otra cosa fuera de sí mismo, pues cuando el peligro es superior a mis fuerzas y yo no gano nada con huir, todo es pérdida. Debe tenerse en cuenta que el aguantar, el ser fuerte, es un bien por sí mismo. ¿Qué gana el hombre cuando es fuerte? Gana el ser fuerte, que es un bien por sí mismo; pierde todo lo que le rodea, pero se salva a sí mismo, se hace más fuerte.
La grave afirmación de que el aguantar, el resistir, es un bien por sí mismo no resulta clara en una coyuntura cultural en la que el soportar la dificultad, el aplicar el esfuerzo, el enfrentarse con lo adverso es algo que debe sin duda ser evitado. Una buena parte de las técnicas psicológicas baratas vienen a caer en esto: cómo vivir sin lucha, cómo escabullirse de las dificultades, del autodominio personal. Y una buena parte de los slogans educativos sigue la misma suerte: ¿cómo aprender computación o inglés sin esfuerzo? ¡Sin esfuerzo no se aprende nada! ¡Lo primero que hay que aprender es justamente el esforzarse, el aguantar, el resistir! Pero para esto no están adiestradas las técnicas baratas ni los cursos educativos al uso.
El engaño de la evasión
Para entender con profundidad este análisis sobre el miedo, hay que tener en cuenta que lo contrario de aguantar es escaparse: pero escaparse a lo tonto, es decir, cuando no hay escape, huir cuando no hay salida, cuando nada gano con huir. Este huir cuando no hay salida tiene muchas manifestaciones: declararme enfermo; pasar medio año en San Diego o San Antonio; dejar de ser lo que era, dedicándome a la pintura o a la música; dejarme la barba; decir que durante toda mi vida había querido dedicarme a la pesca; dar la vuelta al mundo como un trompo; hacer un doctorado; inscribirme en un grupo de yoga…
Todo ello tiene el nombre técnico de evasión. La evasión es una manifestación muy antigua de la falta de aguante, es decir, de la falta de fortaleza. Se huye hacia refugios ilusorios: psicoanálisis de pacotilla con fines comerciales. Pero hay dos formas de evasión camuflada que conviene poner al descubierto, porque es la más usual en el empresario, y la que profusamente aparece hoy en la crisis mexicana:
a) Protestar estérilmente hacia afuera, inculpando a las medidas políticas de mi fracaso, o hacia dentro, culpando de la situación a la gente que trabaja conmigo. Es lo que llamo neurosis enérgica: el pánico se manifiesta gritándole a los demás, echándoles públicamente en su cara su inutilidad.
b) Asumir responsabilidades que no me corresponden abandonando las propias: irme a otra parte con mi responsabilidad; dedicarme a la política como otros se dedican a la pesca.
Aguantarse no es resignarse
Hay que tener en cuenta que aguantar es distinto de resignarse: el que se resigna se deja arrastrar por la corriente. En cambio, debe advertirse que en el lenguaje sencillo de los clásicos no existía más que una palabra – rubor- para significar una cualidad humana – la fortaleza- y un árbol peculiar – el roble- . Para ser fuerte, debo como el roble buscar un agarradero, un lugar donde enraizar: mi familia, mis virtudes personales, mi religión. Decía con razón Iván Denisovich: “no puedo no creer en Dios en plena estepa, bajo una tormenta de verano”. Tal vez no sea meritorio “acordarse de Santa Bárbara cuando truena”, pero es sumamente consolador: el hombre no necesita sólo de mérito, sino también de consuelo.
Hay, pues, dos sentidos diversos y aparentemente opuestos de fortaleza:
a) Fortaleza en el hombre animoso que se enfrenta contra el peligro: postura a) del diagrama.
b) Fortaleza del que, cuando ya de verdad no tiene nada que hacer, resiste: posturas b) y d) del diagrama.
Hay aquí una diferencia importante entre la filosofía griega y la filosofía cristiana. Para el griego, el prototipo del hombre fuerte es el guerrero, el que combate con arrojo. Para el cristiano, el hombre fuerte es sobre todo el que resiste: se requiere más fortaleza para resistir cuando el mal ya hizo su efecto, cuando ya está aquí, que luchar para que no se acerque. Este aspecto cristiano del resistir como paradigma de la fortaleza no es algo accidental del cristianismo sino que resulta de su propia naturaleza. Para la religión cristiana ser fuerte, es, sobre todo, imitar el aguante del roble, más que la lucha del soldado. La fortaleza, si se quiere decir así, está más en la resistencia que en la valentía.
La solidez de las raíces
Pero el roble se caracteriza por su sobriedad, su fibrosidad, es una especie arbórea de raíces y troncos robustos: robusto proviene etimológicamente de roble. Las tempestades y las riadas no las aguantan los árboles frondosos sino los arraigados. Para poder aguantar debo reconcentrarme en el núcleo de mi existencia. Este peligro, ¿se refiere al núcleo de mi existencia? o, dicho de otra manera, ¿con qué realidades está identificada mi vida? ¿Qué puedo decir que es vital para mí? Este es el otro planteamiento que, decía, debemos hacernos ante el peligro que supera nuestras fuerzas, ese planteamiento que llamaba antes inusual. Y este es precisamente el gran consejo – el insuperable consejo- de la filosofía tradicional ante el miedo: no identifiques tu vida con cosas cuya conservación no depende de ti; no hagas depender tu existencia de condiciones que no está en tus manos asegurar. Si proyectamos nuestra vida sobre realidades que superan nuestras fuerzas, los peligros que nos amenacen serán inaguantables. Esto no nos lleva – como equivocadamente pudiera creerse- a una medianía en nuestras metas (solo pretenderíamos aquello que estamos seguros de alcanzar), sino a algo por completo diverso; nos lleva a no identificar nuestra vida con metas que no tienen fundamento seguro.
El peligro puede amenazar muchos aspectos de nuestra vida; pero el asunto es que debe haber en nuestra vida, muchos aspectos periféricos y muy pocos aspectos nucleares. Cuando el peligro no amenaza un aspecto fundamental de mi existencia, aunque yo no pueda hacer nada, el peligro no es terrible, porque no se refiere a mí, sino a algo que está fuera de mí y entonces ¾ aunque no pueda hacer nada¾ resulta mucho más fácil aguantar y resistir. Para aguantar hay que podar lo superfluo, hay que dedicarse a lo fundamental. Si tienes muchas ramas no podrás aguantar. La capacidad de aguante está en razón directa de mi concentración en lo esencial.
No todos los ámbitos en los que se desarrolla el hombre ¾ que son los ámbitos del peligro, y por tanto del miedo¾ deben constituir una identidad con el hombre mismo. Entre estos ámbitos existe, primero, cierta independencia. Por ejemplo: ámbito del tener: puedo comprarme un jet o un avión de turbohélice; ámbito del hacer: en uno u otro avión, puedo ir a San Diego o San Antonio; ámbito del ser: yendo a San Diego o a San Antonio, puedo ser egoísta o generoso con mis compañeros de viaje.
Pero también existe entre estos ámbitos un cierto orden. El orden de los tres ámbitos nos hace más vulnerables o menos vulnerables al peligro (es decir, más o menos miedosos). Por ello puedo decir que, ante el peligro, hay dos posiciones básicas.
Posición de vulnerabilidad
El ser se supedita al hacer y el hacer se supedita al tener.
a) En el ámbito del tener, en esta posición, la finalidad sería la de tener lo más posible. Este afán de tener siempre más no es un fenómeno exclusivo del capitalismo contemporáneo: la pleonexia, descrita ya por Platón, es una desviación humana proveniente de un materialismo que ignora que el hombre no es un ser susceptible de saturarse. Lo trágico es que cuesta mucho ganar lo que se tiene: a veces cuesta mi propio ser, que es todo lo que soy; mi esfuerzo por ganar los bienes materiales me identifica con ellos, mi ser se identifica con mi tener; pero mis bienes se pierden muy fácilmente, muchas veces de un modo inevitable. Los bienes materiales son nacionalizables. Esto lo aprendimos el 1º de septiembre de 1982; otros lo aprendimos en Cuba. A mí me pueden nacionalizar con un decreto, si es que estoy identificado con los bienes materiales que poseo. Un simple decreto devaluatorio puede significar el fin de lo que poseo; es decir, el fin de mí mismo, si es que estoy identificado con ello.
Cualquier atentado contra mis bienes se convierte así en un peligro terrible: se refiere al núcleo de mi existencia y no hay nada que hacer ante él. Por esto, el solo propietario es cobarde (de ahí deriva la angustia tradicional del avaro). No es que no deba defender mis bienes; pero para defenderlos no debo estar identificado con ellos, porque los defendería con miedo. No debo defender mis bienes por el miedo a perderlos. Mi tesis es esta: los bienes materiales se defienden mal cuando se defienden como si fueran mi propia vida; porque no deben ser la propia vida: la vida afectada de pleonexia resulta por ello, paradójicamente, miserable, por angustiada y temerosa.
b) En el ámbito del hacer, mi oficio es el de director de negocios, que es noble y necesario. De esta necesidad proviene la contradictoria actitud de Mitterrand, que primero se quejaba de un exceso de inversión privada, y después, se lamentaba de que los particulares no invierten lo suficiente. Pero tampoco, aunque sea la mía una profesión noble y necesaria, debo identificarme con mi oficio. Puedo perder este oficio y empezar de nuevo, pero puedo también comenzar en otra cosa. Yo he de ser más versátil que mi propio oficio: mi ser tiene más amplitud que la que deriva de dirigir negocios.
Esto no quiere decir que debemos claudicar de nuestra profesión de directores. Quiere decir, simplemente, que no debemos asustarnos ante la posibilidad de perderla. Posibilidad, por cierto, nada remota. Un colega, profesor huésped de la escuela de negocios en que trabajo, fue invitado a una escuela de empresarios hindú, ubicada en el campo. Llegó de noche, y su automóvil iluminó un gran letrero: “Capacitación de gerentes. Cría y domesticación de elefantes”. Antes de instalarse, preguntó a sus anfitriones qué extraña relación existía entre los gerentes y los elefantes: “nos dedicamos – le dijeron- a las especies en extinción”.
c) En el ámbito del ser, debo considerar que mi ser está constituido por cualidades fundamentales que son inalienables y que por ello no debo hipotecar en pro de mi oficio o de mis posesiones. Hay personas que mantienen esta posición vital: debo ser disciplinado, recto, honesto, cumplido (o bien, hipócrita, tramposo, desleal) según sea conveniente para mi eficacia como dirigente de empresa; y debo ser un director de empresa eficaz para alcanzar la posesión de muchos bienes materiales: mi ser se pone a disposición de mi oficio, y este a disposición de mis haberes.
Posición de resistencia
El tener se supedita al hacer y el hacer se supedita al ser.
a) En el ámbito del tener, esta segunda posición pone de manifiesto el error de la pretensión de tener lo más posible. Debo tener aquello que necesito para hacer lo que quiero hacer. Y debo hacer aquello que amplíe y posibilite lo que quiero ser. No todos los bienes materiales amplían el radio de mi acción; al contrario. Puede decirse con Grondona que la prosperidad nos ha ablandado. Daniel Bell llama a este callejón sin salida la contradicción de Occidente. Porque con nuestra laboriosidad y disciplina hemos adquirido una abundancia que atrofia esa disciplina y esa laboriosidad, las cuales, por otra parte, requerimos para mantener la abundancia.
Hay por ello un crecimiento de la eficiencia general en las situaciones de crisis: nos hacen más agudos, más ágiles. Ejercemos en momentos críticos acciones que no nos atreveríamos a emprender en tiempos de abundancia. Para decirlo de un modo práctico, si el director de empresa no aprovecha los momentos de crisis para reducir gastos, pierde la mejor de sus oportunidades. Nuestro ingenio para salir adelante después de la crisis actual, era inimaginable un año antes. No siempre que tenemos más hacemos más.
Hay abundancias materiales que nos empobrecen operativamente. (Se suponía que mi avión privado me serviría para moverme: ahora me muevo para mantener mi avión particular). Hay veces que se requiere la ligereza del barco; el ejemplo es también de Aristóteles: echar por la borda la mercancía para que el navío no encalle. Aparece aquí otra vez la dialéctica del propietario y del empresario – salvar la mercancía o salvar el barco- , y adquiere nuevo valor la metáfora del roble como símbolo de fortaleza: para ser fuerte debo prescindir de los excedentes y reducirme a lo esencial. Debo podar el ramaje que me sobra.
El utilizar los bienes materiales no como fin, sino como medio, se llama inversión. En la crisis actual hay muchos problemas de inversión: a veces es necesario arriesgar la propia vida para salvar la empresa. Pero bien mirado, los dificilísimos problemas de inversión que aparecen en este momento son en realidad un problema de opción interna personal: si considero mis posesiones materiales como el fin de mi oficio y de mi vida o como su instrumento. El director de uno de los grupos industriales más importantes de México decía recientemente que teníamos que olvidarnos del axioma según el cual una planta ni se achica ni se cierra: a veces hay que cerrar plantas para salvar la empresa. Aristóteles diría que hay que descargar la nave para lograr su salvación.
b) En el ámbito del hacer, en esta segunda posición me percato de que no siempre el ejercicio de mi profesión como director de negocios expresa mi ser como debiera. No debo supeditar mi ser a mi trabajo. Cuando nuestro oficio se ha identificado económicamente con nuestra vida, para defender nuestro puesto, nuestra posición, claudicamos a veces en nuestro ser: cometemos bajezas frente al Estado, frente a la clientela o frente al banquero. A veces, es cierto, no somos origen de inmoralidades que parten de nosotros, sino que aceptamos condiciones – subsidios, controles- que van contra las expresiones más genuinas de nuestra persona, contra nuestro modo más íntimo de pensar. Por eso hay arreglos con el poder público que tal vez conservan mi oficio pero atrofian mi ser. Tengo que pensar si lo que estoy defendiendo entonces es verdaderamente mi oficio – triste oficio sería- o mi puesto directivo: un genuino empresario lo es sin tantos remilgos y condiciones como los que los así llamados gerentes profesionales ponen en tiempos de abundancia. En tiempos de crisis se ve con claridad que muchos de esos que se llaman a sí mismos gerentes profesionales no superan la condición de simples funcionarios. El verdadero directivo es un pionero, le gusta estar solo bajo el sol, y no bajo la protectora cubierta de una organización mastodóntica, faraónica y sobrante.
c) En el ámbito del ser, la segunda posición de la que hablamos nos descubre que hay maneras de ser gracias a las cuales soy más de lo que era, y hay maneras de ser por culpa de las cuales soy menos de lo que era antes. Esto no es cuantificable, pero está bien a la vista. Es más fácil discernir si un individuo es leal que saber si es millonario. La lealtad tiene intenciones más fáciles de detectar que los pasivos de un millonario aparente.
Aquí es donde se encuentra el terreno de los más sólidos agarraderos: las cualidades fundamentales de mi persona. Y aquí es también donde se localiza el ámbito del verdadero peligro: peligro de llegar a una situación en la que la amplitud de nuestro yo se atore o disminuya. Aristóteles justifica el miedo a la atrofia irremediable y al encogimiento fatal de lo que somos: y entonces el huir es inteligente. Pero los demás supuestos terribles lo que frecuentemente hacen es fortalecer mi ser, vale decir, mis cualidades fundamentales. Si hubiera alguien capaz de arrebatarnos aquello que hemos adquirido en nuestro ser, tendríamos toda la razón de sentir miedo y de huir de él.
Sin embargo, lo importante es subrayar que hay peligros económicos e ideológicos que atacan básicamente el ámbito de mis bienes o de mi acción, los cuales parecen requerir decisiones en esos ámbitos del querer o del tener, y que, sin embargo, están realmente exigiendo decisiones en el orden o en el ámbito del ser, que deben precederlas.
Eso no quiere decir que aquellas otras decisiones no deban tomarse, sino que deben tomarse con fundamento. Por ejemplo, la cuestión acerca de dónde debo invertir mi dinero, si en México o en Estados Unidos, no es una mera decisión en el orden material: es una decisión en el orden del ser: qué quiero ser, qué quiero que sea mi vida.
Para poner otro ejemplo, antes de decidir dedicarme a la política o ser más activo en el terreno social ¾ que parece una decisión perteneciente al mero ámbito de mi hacer, de mi actividad¾ debo tomar una decisión en el orden del ser: ¿voy a ser egoísta o generoso? Personalmente considero que no hay muchas ganancias si en lugar de dirigir el país un egoísta de izquierda lo dirige un egoísta de derecha. Por algo Platón pedía que los gobernantes carecieran de posesiones y de familia.
Si no se nos puede exigir tanto, lo mínimo será que vayamos a la política para algo más ambicioso que a satisfacer nuestros intereses personales. Yo no soy partidario de que un hombre de negocios se dedique a la resolución de cuestiones sociales sin definir antes cuestiones personales básicas: lo que me mueve, ¿es el afán de lucro, o el deseo de logro, o la intención de servicio? Estas cuestiones se refieren a lo más hondo de mi ser, de mi persona, y han de ser previas a las cuestiones de mi actividad política o mercantil. (Tomado de El empresario y su mundo. McGraw Hill).

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