La prodigiosa familia Frankenstein

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La verdadera historia que rodea a Frankenstein no tiene nada que ver con tuercas, tornillos ni tráfico clandestino de narices. Es, todavía, más intrigante…
Calificada por su director como “una película de horror gótico”, el Frankenstein de Mary Shelley ha captado el entusiasmo y la imaginación de sus inteligentes espectadores. Ante la inminencia de su estreno, muchos de nosotros pensamos que quizá se trataría de otra copia más del modelo institucionalizado por el actor Boris Karloff, en aquellas películas de los 30: un ser altísimo, con tornillos en el cuello y zapatones de hule. Mas, oh sorpresa. El Frankenstein de Kenneth Branagh (espléndido y audaz actor-director irlandés) tuvo el rostro doliente y torturado de Robert de Niro, quien logró dar vida a una criatura de la cual su madre hubiera estado más que orgullosa.

Indagando en las raíces

¿Quién fue el autor o la autora de tamaño engendro? Para saber más de Frankenstein y su familia es necesario remontarse casi dos siglos atrás cuando se decía por allí que las mujeres no eran ni siquiera seres pensantes. Pero hubo una que no solo trajo de cabeza a los intelectuales de su época, sino que despertó las envidias de todas sus congéneres. Me refiero a Mary Godwin, popularizada en la literatura universal como Mary Shelley, conocida por la trascendencia lograda por este hijo literario, pues de los tres biológicos que tuvo, sólo uno sobrevivió.
Mary nació en 1797, en el seno del hogar formado por Mary Woolstonecraft, una activista inglesa preocupada porque las mujeres tuvieran derechos legalmente reconocidos, y William Godwin, quien entre otras cosas escribió: “Si mañana tuviera que disolverse el gobierno de Gran Bretaña, el hecho distaría mucho de conducir a la abolición de la violencia, a menos que esta disolución fuera el resultado de las concepciones de justicia social, consistentes y maduras, imbuidas previamente en los habitantes del país”.
Godwin, el casi desconocido padre de Mary Shelley, había nacido en 1756 y “elaboró el cuerpo del anarquismo racional más perfecto y acabado de cuantos se hayan podido jamás dilucidar. Una filosofía del anarquismo llevada hasta los últimos límites de la lógica (…) basada en la confianza ilimitada en la naturaleza racional del hombre y en sus posibilidades de mejora”.
Percy Shelley, el marido de Mary, fue un gran admirador de Godwin y seguidor de sus principios… hasta donde pudo.
La madre de Mary falleció a los pocos días de haber nacido ésta y William Godwin se volvió a casar años después. Había amado mucho a su primera esposa y era partidario de la institución del matrimonio, a pesar de ostentar un pensamiento tan radical en su filosofía.

Cuando Mary Godwin conoció a Percy Shelley, tenía 17 años. Él ya estaba casado y tenía dos hijos. Shelley integraba, junto a Yeats y Lord Byron, una trilogía de apasionados poetas, fervientes defensores de los ideales del romanticismo inglés. Curiosamente, sus tres vidas tuvieron similares cauces: caóticas, apasionadas, trágicas y turbulentas.

El tormentoso nacimiento

Frankenstein o el moderno Prometeo (Percy dedicó a su suegro el Prometeo encadenado) nació una noche de tormenta en casa de Lord Byron. (Y aquí hay otra curiosidad “feminista”: Byron tuvo una única hija con su esposa Annabella, a quien llamaron Ada Augusta, conocida luego como Lady Lovelace. Verdadera hada, fue una matemática de armas tomar que apoyó decididamente a Charles Babbagge, el inventor de la computadora. Tanto, que en su honor uno de los lenguajes de computadora se llama Ada).
Cuenta la leyenda que se había establecido una especie de concurso entre los presentes, para escribir cuentos de terror. “Me dediqué a pensar en un cuento, un cuento que pudiese rivalizar con los que nos habían impulsado a esa tarea: un cuento que hablara de los misteriosos terrores de nuestra naturaleza y despertase miedos estremecedores, que dejase al lector con temor de mirar a su alrededor, que paralizase la sangre y acelerara los sentidos del corazón. Si no conseguía esos resultados, mi cuento de fantasmas sería indigno de su nombre”, escribió Mary, años más tarde.
Nació así la historia del extraño médico que recorre los cementerios buscando en los terribles secretos del cuerpo humano. Un hombre obsesionado ¾ al igual que Prometeo¾ con la idea de encontrar la luz, la chispa de la vida y movido por su arrogante aspiración: indagar en el origen de la vida para poder crearla y emular así a Dios.
Víctor Frankenstein crea a una criatura con restos de otras, le da un cerebro, un cuerpo (en el texto original se habla de una estatura de 2.50 m.)… mas inmediatamente se arrepiente de lo hecho, intentando olvidar. Pero no cuenta con la inteligencia de su “hijo”: él buscará no sólo a su padre sino un lugar en el mundo de los vivos, al cual no sabe si pertenece. La frustración y el dolor harán de él una criatura temible y acosada. “Era bueno y la desgracia me hizo malvado: hazme feliz y volverá a mí la virtud”, le dice a su padre. Ante su negativa, matará todo lo amado por Víctor.

El sueño de la razón…

Narrada en forma epistolar, la novela es el recuento que de sus aventuras hace el capitán Walton a su hermana Margaret. Embarcado por los helados mares del norte de Rusia, se encontrará a Frankenstein y a la criatura. El primero persigue incansablemente al segundo a fin de destruirlo, pero muere en el intento… y el monstruo acabará perdiéndose entre los hielos, buscando un lugar solitario para morir también.
Gigantesca metáfora de la condición humana, toda la novela es un recordatorio de la lapidaria frase del pintor Goya: “El sueño de la razón engendra monstruos” y de lo que espera al hombre que intenta traspasar los límites de lo permitido, de la vida y la muerte… Habrá quien sepa leer entre líneas y quien se quede con la anécdota de la novela o de la película.
Frankenstein, este hombre que crea a otro hombre con pedazos de otros hombres dará a luz a una criatura imposible, sin pasado, presente ni futuro. Extraña premonición, audaz profecía, pesimista visión de un mundo en el cual los avances del racionalismo no hacen más que descubrir la medida del abismo.
Volviendo al principio: ésta no es una versión libre más de la novela. Se trata de la más apegada, polémica y amorosa, un fidedigno intento por llevar al desesperanzado final del siglo XX la gigantesca metáfora de la condición humana. La criatura así engendrada no encuentra lugar de descanso entre el resto de los hombres. El hijo matará al padre y la capacidad de raciocinio no siempre será recibida con beneplácito. Porque, muchas veces, el sueño de la razón engendra monstruos…

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