Las ventajas de la crisis

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La crisis es algo pasajero. Ninguna dura toda la vida. Podemos hablar de ella como de un período de reajuste. En la vida pasamos por etapas, y cada vez que salimos de una para introducirnos a otra, entramos en crisis.
El bebé sabe que su madre le resuelve todo, y así es feliz. En la infancia, el niño empieza a realizar ciertas cosas de manera independiente pero no sabe aún cómo hacerlas, y nace en él una ansiedad transitoria. Lo mismo sucede con el adolescente, el adulto, el anciano, a quienes les cuesta trabajo pasar de una etapa a otra. ¿Cómo finaliza la crisis? Al adquirir la persona nuevas experiencias, se siente más segura: el terreno empieza a serle conocido hasta que lo domina, de forma que, más tarde, le resulta difícil abandonarlo.
En un período de crisis, lo que es conocido, lo que se tiene, ya no sirve más y nace la infelicidad, la angustia, pues no se sabe lo que viene ni se desea abandonar lo que se conoce. Empieza de nuevo el círculo: la búsqueda de una identidad que surja a partir de nuevos modos de enfrentar la vida, de nuevas destrezas; estas destrezas, desde luego, no se poseen: hay que crearlas. Es el caso del adolescente: ya “sabía” ser niño cuando sus cambios físicos, el cúmulo de su sexualidad, su proceso mental lo empujan a la adolescencia; el adolescente no “sabe” ser adolescente, nadie le ha enseñado, no posee experiencia para ser adolescente, entonces, ¿cómo termina “siendo” un adolescente? Siendo adolescente: adecuándose todos los días a su nueva realidad.
Las crisis pasan, son transitorias y necesarias para lograr el crecimiento. Lo maravilloso de las crisis es que, al crecer, la personalidad se reafirma, se afianza su identidad, se rescata lo mejor de cada quien, lo cual permite ser mejor persona. El individuo sigue siendo yo pero, al crecer, se es más plenamente ese yo.

Es común hablar y oír de la crisis como algo negativo, pero puede sacarse de ella mucho bien.

Sacudirse lo superficial y prestado

La crisis es dolorosa: todo crecimiento duele. Cuando los niños tienen siete u ocho años, les duelen las coyunturas porque están creciendo muy rápido. Crecer duele siempre, pero al crecer se madura. México tenía que dejar las actitudes infantiles y el pensar que toda solución viene de fuera.
Dentro de este clima de crisis que vivimos a nivel nacional, es bueno recordar que los países y continentes también tienen edades. Es decir, van creciendo. Por eso se habla del “viejo” continente. Europa cuenta con experiencia; ha logrado superar muchas crisis; es un continente adulto: piensa como adulto, sus generaciones son adultas, su historia es de adultos. En cambio, el continente americano es joven, apenas está forjando su identidad. México se encuentra dentro de la búsqueda de lo que realmente es.
¿Qué pasa cuando hay crisis? Existen dos posibilidades: estancarse (lo cual significa destruirse) o crecer. Lo positivo de esta crisis nacional es que los mexicanos pueden aprender a ser más ellos, a revalorar lo verdaderamente importante y aprender a sacudirse lo superficial o prestado. Así como el cambio personal debe ser interno, el cambio del pueblo debe venir de dentro; no de Estados Unidos, no de ningún préstamo.
Con esta insatisfacción, con este dolor que vive México puede provocarse un cambio positivo, que surja del corazón, de la realidad concreta y singular de cada mexicano. Cuando el cambio se genera en el interior no es impuesto, y entonces no será, tampoco, superficial.

Aceptar y acoger lo bueno

Antes -quien más, quien menos- se llevaba un ritmo de vida basado en el lugar que el dinero podía comprar. Ahora ¾ nadie ha quedado al margen¾ las posibilidades surgen de lo que la persona realmente es. Ya no hay dinero que nos oculte. La clave radica en aprender a explorar lo que hay dentro de cada uno y de los demás.
Esto significa, por ejemplo, que si antes los padres llevaban a sus hijos a vacacionar, ahora “tendrán” que estar en casa y aprender a convivir y jugar con ellos. Esto posibilita que las relaciones entre la familia se tornen más estrechas. Ya no hay dinero para que sean otros quienes diviertan a la familia, ahora la necesidad empuja para aprender a divertirse juntos. Si se acepta y acoge lo bueno que la crisis pueda reportar, habrá un enorme beneficio: percatarnos ¾ porque es fácil de olvidar¾ que lo verdaderamente importante no se compra con dinero, es gratuito.
Es el momento de pensar que hay cosas que ningún sistema devalúa: nuestra valía como personas, la fe, el amor, los valores familiares… La solución viene de dentro, la felicidad solo puede encontrarse en el interior. Cada uno debe ser una fuente, un manantial del que brote todo lo nuevo que permitirá construir el futuro. Antes era al revés: se construía el futuro con todo lo que estaba fuera. Pero todo lo que es externo a nosotros está fuera de nuestro control y genera, por lo tanto, inseguridad y ansiedad. Por eso, lo que se construye desde el interior, aunque menos espectacular, es más sólido; permite una identidad más estable, más real, más espiritual, más humana.
Sería preocupante que no llegaran los momentos de crisis, pues seguiría el estancamiento durante años. Es necesario recapitular y eso es lo que ofrecen en abundancia los períodos de crisis. Si no hay crecimiento, las sociedades se transforman en conglomerados amorfos: nadie sabe a dónde se dirige, qué desea, qué espera. Ahora se empieza a tomar conciencia de dónde estamos realmente, qué queremos, cómo nos definimos…

Trabajar, solucionar, crecer

El adolescente, y sobre todo el niño, posee un pensamiento mágico que lo vertebra; y si hablamos de naciones, México es un país joven que tiene como asidero la fantasía. Resulta más fácil buscar soluciones externas, mágicas, que requieren solo un pago, porque las internas no se pagan: cuestan. Es interesante que en esta época, abunden y sobreabunden las soluciones mágicas; las crisis que se quieren resolver con dinero para que llegue “el milagrito”.
Las crisis nos dan miedo porque nos enfrentan a la realidad. Cuando la persona no se siente capaz de afrontarla, huye. Una manera de hacerlo es aceptar el pensamiento mágico ¾ que incluye el uso de la religión en forma patológica¾ como una manera de evadirse de la realidad. No le toca a Dios resolver nuestras crisis, es a nosotros a quienes concierne; tal como le sucede al adolescente, los padres no deben evitar que su hijo sufra; saben que sufre para alcanzar un bien mayor y esto puede traspasarse al plano espiritual. Somos nosotros, seres humanos concretísimos, a quienes nos ha sido dado el poder de trabajar, solucionar y crecer.
Los cristianos consideramos que somos hijos de Dios solo como una idea romántica de la que nos percatamos los domingos. Pero si creyéramos esto como una verdad que nos arropa, no como un adorno superficial, tendríamos confianza en nuestro padre. Esto permitiría un desarrollo en el plano emocional y espiritual.

10 puntos positivos

La crisis es dura. Nadie le da gustoso la bienvenida. Ninguna crisis es para festejarse, pero sus resultados, sí, porque pueden ayudar a madurar. Esto es visible en la vida conyugal, en las relaciones familiares, de amistad… después de una crisis puede sobrevenir un gran beneficio.
Las crisis nos ayudan a sacar lo mejor de nosotros, conservando lo importante y descubriendo tanto de bueno que desconocemos.
Podríamos cuantificar algunas ventajas que pueden sacarse de estos momentos difíciles:

  1. Movernos en un plano de esperanza. Las crisis son pasajeras. La esperanza impide la inmovilización.
  2. El campo de acción es virgen. Hay mucho que puede hacerse.
  3. Las soluciones se buscan en el interior de cada uno, y a nivel nacional, se encuentran dentro del país.
  4. Las soluciones no requieren ser radicales. Bastará con hacer bien lo pequeño. Lo que permitirá vivir mejor y más plenamente el presente.
  5. Buscar soluciones. Propiciar un giro positivo tanto de mente como de acción.
  6. Recordar la importancia de la voluntad individual. A cada uno toca hacer su labor dentro de la crisis. Somos millones de granos de arena.
  7. Reordenar nuestros valores, jerarquizarlos nuevamente. El dinero no puede ocupar el lugar supremo. Ya hemos experimentado lo que sucede cuando colocamos en primer término lo material. Estábamos acostumbrándonos a vivir sin armonía. La crisis es, siempre, falta de armonía.
  8. Buscar lo verdaderamente trascendente. Internarse en la propia vida espiritual, renovar los valores. Con una fe auténtica, podríamos sortear más fácilmente las etapas sin tanta angustia, conficto, ni dolor. Las crisis son, también, falta de fe en Dios y en el potencial humano.
  9. Ser flexibles y aprender a mirar el cambio como un bien.
  10. No identificar el ser con el hacer. No identificar lo que se es con lo que se tiene. Al descubrirnos en lo que somos, independientemente de aquello que representamos, afianzamos nuestra verdadera identidad. El secreto del cambio es asimilar que logramos mucho más en la confianza de sabernos seres con una dignidad que nadie puede arrebatarnos.

Un niño que tiene miedo

Todos tenemos un niño interior. Ese niño interior tiene necesidades básicas y es frágil. La única persona que puede suplir sus necesidades, otorgarle protección, darle todo cuanto requiere, es el yo adulto. Yo soy la única persona que puede cuidar como requiere y se merece, mi niño interior. Como persona plenamente adulta, con experiencia, valores, principios, es como puede guiarse a ese niño en los momentos en que sufre y se sabe en dificultades.
El adulto no acabará con el niño interior, sino que, cuidándolo en verdad, podrá dejarlo vivir libremente. Del niño interior nacen la frescura, ingenuidad, alegría, que se necesitan para vivir. En momentos de conflicto es fácil que nuestro niño interior nos arrebate las riendas de la situación, pero es justamente ahí cuando es necesario que la persona adulta salga para ayudar, orientar, guiar a ese pequeño niño.

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