Notas sobre la crisis

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Obertura

¿Qué hace un economista? La primera parte de su tiempo la pasa haciendo proyecciones y predicciones. La segunda, la gasta explicando por qué no sucedió lo que había vaticinado. Bien difícil es profetizar, especialmente cuando se trata del futuro…
Colegas economistas: espero que la crisis no haya devaluado su sentido del humor.
Allegro ma non troppo (para toda la orquesta)
Se lee en el Diccionario de la lengua española: “crisis es la mutación considerable que acaece en una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse en el enfermo y por extensión, es el momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes”. En cambio, la palabra “decadencia” tiene un sentido bien distinto: “declinación, menoscabo, principio o de debilidad o de ruina”.
Los mexicanos hemos decidido hablar de “crisis” y no de “decadencia”; no sé si porque nunca consultamos el diccionario o porque somos un pueblo optimista. Decir, “México está en crisis” es tener esperanzas; en cambio, afirmar, “México está en decadencia” tiene connotaciones de desesperanza.
El punto de partida de este escrito es tan optimista como el de todos aquellos que utilizan la palabra “crisis” y no el término “decadencia”. Hago, pues, un acto de optimismo y divido mi artículo en dos partes:
1) Los evidentes peligros de la crisis.
2) Las camufladas y ocultas ventajas de la crisis.
I. LOS EVIDENTES PELIGROS DE LA CRISIS
Larghetto de la desconfianza (para chelo, timbales y arpa jarocha)
El gran riesgo de la crisis no es la pérdida de confianza en el gobierno. Al fin y al cabo, un nuevo gobierno tal vez podría recuperar la credibilidad. Además, gobierno y Estado no son lo mismo. Podríamos seguir creyendo en México, sin creer en su gobierno.
Lo verdaderamente grave es la pérdida de confianza de los mexicanos en México como proyecto viable, no como proyecto folklórico (“como México no hay dos”). Ya lo dice la sabiduría popular “tanto va el cántaro al pozo…”.
A mí siempre me ha deprimido el estudio de la historia patria, casi tanto como ver un partido de segunda división. Excepción quizá del mítico Pancho Villa a quien ni Pershing con sus rangers pudo capturar, toda nuestra historia está formada de frases célebres pronunciadas por héroes igualmente célebres en sus celebérrimas derrotas (Desde el ardido: “¿Acaso estoy yo en un lecho de rosas?”, del último Tlatoani, a quien Cortés le chamuscaba los pies; hasta el: “Si hubiera parque, no estaría usted aquí”, del general Anaya ¾ el del metro¾ al capitular en Churubusco frente a los gringos).
Que conste: no soy un pesimista, en todo caso soy un hombre parco de optimismo.
Mientras un niño yanqui tiene que memorizar las fechas de las victorias de EUA vs. México, España, Austria-Hungría, etcétera, un niño mexicano memorizará las fechas de los martirios de los mil y un héroes del santoral patrio. Bien lo explicaba el general Paton (en la película del mismo nombre): “América (léase EUA) quiere héroes vivos” aunque luego terminen psicóticos en una clínica de veteranos de guerra (añado yo).
El desaliento puede existir como categoría existencial ¿quién no tiene un amigo proclive a la “depre”? No obstante, cuando el desaliento pasa a formar parte del inconsciente colectivo, entonces sí que estamos en graves problemas.
Seamos realistas: la confianza en México no se recobra con anuncios cursis y acaramelados: solo se recobra con resultados. Si en un mediano plazo no palpamos en nuestros bolsillos signos de mejoría, entonces sí, habremos perdido hasta la baraja en el albur (sirva de consuelo que en el albur verbal todavía no hemos sido derrotados).
Fanfarrias ancor piu al totalitarismo ( corno inglés, corno francés y coro de la Gestapo)
Las crisis son propicias para las dictaduras. La inflación en la Alemania de entreguerra fue tremenda (llegaron a circular billetes de un millón de marcos). Esa crisis económica fue fiel aliada de Hitler para alcanzar el poder. En tiempos de crisis, los escépticos se hacen monárquicos; los demócratas, escépticos; los fascistas, nazis; y los cínicos, reyes.
Cuando hay crisis, los hombres queremos soluciones mágicas. Deseamos héroes que, como el Hombre Plástico o Birdman, nos devuelvan en un abrir y cerrar de ojos la felicidad perdida. Queremos hechos y no palabras, deseamos soluciones y no elecciones. El pueblo hambreado quiere acción, no discusiones en el parlamento; hecho que algunos gobernantes ¾ poco devotos de la democracia¾ aprovechan para servirse con la cuchara grande. La crisis lleva a los hombres a anhelar líderes mesiánicos que tomen sobre sí la carga de la crisis y resuelvan drásticamente el asunto. El líder es visto por el resto como una “varita mágica” animada en la que depositamos nuestra confianza, aunque ese depositar la confianza implique renunciar a nuestras libertades ciudadanas. (El desempleo no es la mejor educación para la democracia. No se puede votar con la panza vacía).
Pero históricamente hablando, ningún totalitarismo ha dado soluciones sólidas. El totalitarismo, por muy eficaz que parezca, hipoteca la iniciativa de los ciudadanos y tiende a mantener en un estado de infancia a los pueblos (¿no nos quedó claro después de ver en la tele “El vuelo del águila”?). El totalitarismo -por rebajado que venga- no es escuela para la democracia, y México ha sufrido más por la falta de democracia que por el exceso de ella.
Andante a la emergencia, ma non tanto
Cuando los antiguos barcos estaban en peligro de naufragar, los marinos aligeraban la carga arrojando por la borda mercaderías, enseres y comida. Con tal de salvar la nave y a sus tripulantes, se tiraba todo al mar. No obstante, a ningún capitán de navío se le ocurría convertir esa estrategia de emergencia (de supervivencia) en algo habitual. El fin de la nave no es navegar, es transportar mercancías (excepción hecha de la nacionalísima nave del olvido).
La crisis actual ha llevado a muchas empresas a aligerar sus estructuras para sobrevivir. Pero que una empresa pueda funcionar solo con diez empleados no significa que deba funcionar con solo diez. Que una empresa pueda subsistir sin departamento de investigación y desarrollo, no significa que pueda vivir después en ese estado. Recuérdese, por ejemplo, que el gran riesgo del proteccionismo es que las empresas se acostumbran a vivir en un entorno “protegido” y difícilmente prevén un cambio. La ley del menor esfuerzo rige también para las organizaciones.
El riesgo de los adelgazamientos de emergencia es que los directivos y empresarios crean que las medidas de emergencia podrán seguir funcionando en un entorno propicio. Se debe estudiar detenidamente si un adelgazamiento saja una estructura patológicamente crecida, o responde a una circunstancia crítica. No es lo mismo dejar de comer carnes rojas por tener elevado el ácido úrico, que abstenerse de carne porque está muy cara. Este último caso se debe entender como una situación transitoria, ¡aunque dure muchos años!
Adelgazar la estructura de una empresa por burocrática e indebidamente crecida es una medida que debe aplicarse en todo tiempo. En cambio, recortar estructura y personal por crisis, únicamente tiene sentido:
a) si es una estrategia indispensable para sobrevivir,
b) si se es plenamente consciente que, una vez pasada la crisis, tal estructura debe ser restañada.
Las estrategias y austeridades pueden convertirse también en un haraquiri. La austeridad en sectores claves hipoteca el futuro de la empresa y del país. El capitán del navío debe evaluar: tirar por la borda un cargamento de oro en una tormenta le puede salvar la vida, pero seguramente perderá el navío al llegar a puerto, pues el dueño del oro embargará el barco.
Cuando el empresario cercena, debe estar consciente de que puede estar cercenando su futuro. Por ejemplo, la falta de inversión en investigación y desarrollo me permitirá sortear la crisis; aunque una vez llegada a puerto, las empresas extranjeras se quedarán con mi navío. Cuenta una tradición tibetana, que un árbol frondoso en pleno Himalaya se ufanó de haber resistido los tremendos vientos de las montañas. Al poco se presentó el dios del viento y le dijo airado: “¾ ¿Con que me has resistido? He sido yo quien siempre te respetó. Mañana volveré y te arrancaré de cuajo”.
El pobre árbol se desprendió de todo su follaje, de todas su ramas, solo quedó el tronco desnudo. “¾ Así resistiré el huracán del día siguiente”, pensó ingenuamente. Al amanecer se presentó de nueva cuenta el dios del viento, quien al ver al árbol otrora frondoso en tal mal estado, exclamó: “¾ ¡Para qué arrancarte de cuajo, si tú ya te has castigado lo suficiente!”.
Cuidado con la austeridad. Ciertamente la situación de emergencia obliga al empresario a amputar órganos importantes de la empresa (“no hay de otra”). La emergencia no deja alternativas. No obstante, la emergencia no puede convertirse en modus vivendi. La “austeridad de emergencia” puede convertirse más tarde en un pretexto para justificar la falta de un espíritu verdaderamente empresarial. De hecho, los años de proteccionismo no fueron aprovechados por muchos empresarios para modernizarse, sino para enriquecerse desorbitadamente amparados contra la competencia internacional ¿No podría ocurrir algo similar? ¿Usted cree que, pasada la tempestad, se vuelvan a subir sueldos y contratar personal, si la empresa “ya funcionó” con menos”?
II. LAS CAMUFLADAS Y OCULTAS VENTAJAS DE LA CRISIS
Presto a piacere de la austeridad y del ahorro (para viola de amor y piano)
Así como la austeridad “a fuerzas” tiene sus riesgos, la austeridad motivada por las circunstancias, pero voluntariamente asimilada puede llevar a revalorizar el valor del trabajo y de las cosas. Un sector de la burguesía mexicana vivía en un país idílico (poco trabajo y mucha ganancia), país donde el hambre se definía como “el tiempo que pasa entre el momento de registrarse con el mâitre y el instante de comer el hors douvre”. (A todo esto, a ver si ya vamos perdiéndole el miedo a la palabra “burguesía”, como si fuera una obscenidad).
Obviamente ni toda la burguesía ha sido afectada, ni toda la burguesía era igualmente inconsciente (“¿No tienen pan?, ¡que coman pasteles!”, exclamó coquetamente María Antonieta cuando le explicaron que el pueblo se había rebelado por falta de pan). Con todo, el rasero de la crisis puede poner con los pies en la tierra a un importante sector de la burguesía mexicana.
Rapsodia crítica (andantino con tiento ma non tropo)
En nuestro país, los dos periódicos más vendidos solían ser el “Esto” y el “Alarma”, seguidos de periódicos que combinaban una extensa sección deportiva con una nota roja digna de Fredi Krueger.
Cuál habrá sido mi sorpresa al ver que el número de estudiantes de universidades privadas que leen el “Reforma” va creciendo paulatinamente. Hace un par de años ni por asomo hubiera esperado que un estudiante burgués llevara un periódico a clases (usted es burgués, si el adjetivo “burgués” le suena feo). Hoy por hoy a nadie le llama la atención que un universitario “bien” lleve bajo el brazo su “Reforma” (que conste que no es un publi-reportaje pagado).
Tradicionalmente, el universitario burgués era el prototipo del muchacho acrítico y despolitizado. Pero la burguesía mexicana ha sido golpeada por la crisis; no pocas familias pudientes se han venido a la ruina en pocos meses. De repente, se ha acabado el dinero para ir al “Barroco” o para el “Baby rock”. El golpe ha llevado a más de un universitario a despertar del sueño de opio. El adormecido sentido crítico de los jóvenes plutócratas mexicanos, parece estar despertando de un letargo producido por coktailes y playas.
Ciertamente la crítica no es una condición suficiente para el desarrollo de un Estado moderno, pero sí es una condición necesaria. Dicho de otra manera, sin una opinión pública fuertemente crítica, el Estado tiende a desbordarse de su esfera de actuación, y sobre todo, tiende a tratar a los ciudadanos como niños pequeños o como retrasados mentales.
La crítica impide esta actuación prepotente de Estado. La democracia sin crítica se convierte en una autocracia, y el libre mercado en una tiranía de los peces gordo$.
Si la burguesía mexicana ¾ en particular los universitarios¾ asume una actitud crítica y no una actitud conformista o peor aún, una actitud apática, se habrá roto una inercia de casi un siglo. El gran mal habrá provocado un gran bien.
Rondó finale (con poca inspiración)
Como todos sabemos, la falta de ahorro interno y el exceso de importaciones fueron las causas económicas de la crisis. Hicimos justamente lo contrario de lo que hicieron los exitosos países de sudeste asiático.
Las causas culturales son más complejas, aunque se destaca con claridad el énfasis en lo financiero en detrimento de lo productivo. Ni las empresas ni las universidades están exentas de toda culpa. Muchas empresas apostaron a los ingresos financieros y no a la productividad. Muchas universidades se dedicaron a formar yupis, acostumbrados a las grandes ganancias vía especulación financiera, en lugar de formar profesionistas con un perfil verdaderamente productivo. Y es que ¾ en el fondo¾ continuamos siendo herederos de la “hidalguía” feudal, poco dada al trabajo auténticamente productivo (la industria, el campo, la investigación), y dados, en cambio, al trabajo fácil (el comercio, las finanzas). La sana excepción son una serie de empresas, muchas de ellas de clara impronta norteña, que sí adquirieron un perfil verdaderamente productivo. Desafortunadamente, la interdependencia del mercado ha puesto en peligro a muchas de estas auténticas empresas que pagan los “platos rotos” de los “financieristas” (la socialización de la deuda privada).
Mi optimismo – aunque muy bien disimulado- se basa en que estamos a punto de aislar el “virus” de la crisis. Sin aislar el virus no se puede siquiera buscar la vacuna. México está terriblemente enfermo. Más aún: México nació enfermo ¾ y que me perdonen los mariachis chauvinistas.
Afortunadamente unas enchiladas del cercano Café de Tacuba me hicieron recobrar la joyeux de vivre, esperanza que terminé de apuntalar con unos sabrosos buñuelos del mismo lugar.
En 15 años se cumplirá el bicentenario del inicio de la guerra de independencia. Este tropiezo (me refiero a la crisis) parece haber despertado una conciencia crítica: hoy la gente no cree en nada. No me parece mal, porque anteriormente hemos creído demasiado. La fe tiene su lugar par excellence en la vida religiosa y en la vida afectiva, no en la vida pública. En México urge una cultura del reclamo. (En Europa o en EUA se reclama por todo: lo mismo porque un semáforo no funciona, porque una empresa contamina, o porque el gabinete suspende el subsidio al coque).
Esta conciencia crítica clama por aislar el virus: ¿qué se hizo mal? El hecho de exigir el aislamiento del virus nos acerca a la vacuna. Es más, yo me atrevería a decir que el virus es precisamente la falta de sentido crítico, la falta de discusión pública. Incluso voy más allá: no es el gobierno el principal causante del virus de “acriticismo”. La clase media acomodada y la alta burguesía son las grandes culpables del acriticismo, y todo lo que este conlleva. Especialmente culpable es la clase media acomodada que por “acomodada” olvidó que la clase media solamente puede existir en una sociedad democrática. Democracia y clase media se implican mutuamente. Si alguien no lo ve claro, lo invito a repasar la historia universal y conocer un poco la vida de Europa occidental.
Hasta aquí llegan mis reflexiones. En todo caso, sirva de catarsis al autor y de entretenimiento al lector. Lo que sí, es que la moneda está en el aire (en sentido literal y en sentido metafórico).

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