Memoria y olvido. Vida de Juan José Arreola (1920-1947).

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Memoria y olvido. Vida de Juan José Arreola (1920-1947).
Contada a Fernando del Paso
Conaculta. México. 1994, 179 págs.

Si la memoria es la facultad del olvido, a Juan José Arreola ya le falla, pues en esta obra contada a otro escritor, recuerda perfectamente su vida con la alegría de haberla vivido en lo cotidiano. De Zapotlán el Grande («un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán») a París pasando por Guadalajara y México, Arreola nos conduce con su sabrosa conversación salpicada de buen humor, plagada de mexicanismos («me rajé», «arrempujar», «el más latoso»…), por los ambientes del teatro y la literatura de México y Francia, durante la primera mitad de este siglo.
Una obra a la cual corresponderían diversos títulos: «Conversaciones con J.J. Arreola», por la delicia del narrador y la brevedad de cada una de ellas (tres, cuatro, cinco y, excepcionalmente, seis páginas); «Memorario», por su afinidad con Confabulario y Bestiario; «Divertimento», por la variedad de los temas (de los recuerdos de familia, al cine, teatro, y otras disertaciones sobre la mujer, la literatura, los relojes, las plumas fuente, los tipos de papel, los toros…). No faltan —no podían faltar— los personajes: de Louis Jouvet a Gabriela Mistral, de Octavio Paz a Freud, sin omitir a Rodolfo Usigli, Juan Rulfo, Paul Claudel, Roger Callois, y un larguísimo etcétera.
La conversación de Juan José Arreola es como su escritura y su narración: amena, variada, en ocasiones disparatada y, siempre, alegre, alejada de formalismos y formalidades. Cuando uno se pregunta por qué no escribió más, él responde que «lo que importa es escribir de manera excepcional» y no preocuparse por la cantidad. Y en esta obra es posible enterarse de que la escritura de Arreola nació y creció en el día a día, casi sin los estudios formales ni las tertulias bohemias —que no faltaron pero no fueron lo habitual—, sino más bien que como empleado de mostrador «llenaba las hojas de papel de envoltura con versos, nombres hermosos y primeros gérmenes imaginativos… (que) en medio kilo de sal, en un kilo de azúcar o en un cuarto de kilo de piloncillo se fueron mis primeros trabajos literarios».
Lo mejor de Arreola lo encontramos en ese terreno de lo cotidiano. Lo menos bueno en alguna disertación sobre la mujer o sobre la religión, sin llegar a ser nunca ofensiva ni molesta, sino simplemente disparatada. El único “pero” o pena, que no haya continuado sus conversaciones. Y el agradecimiento, además de ser para Arreola por hacernos partícipes de su don de la palabra, a Fernando del Paso quien asumió, con verdadero espíritu de monje medieval, el papel del sastre: «Mi tarea, modesta y pesada, pero llena de compensaciones, exigió cierta cantidad de zurcido invisible —con tal de que sea invisible para el lector, aunque no lo sea para Juan José, me doy por satisfecho».

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