Enseñar fraternidad

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2022

En una sociedad sin hermanos, ¿es la fraternidad un vínculo menor en la familia?, ¿tiene un sentido propio en dicho ámbito y fuera de él?
Ser hermanos remite primero al ámbito de la biología: configura una común procedencia -los mismos padres- y una común carga genética. Un ámbito dado porque de igual manera que no elegimos nacer, ni a nuestros padres, tampoco elegimos tener hermanos, ni a ése hermano concreto. Y si en torno a la cuna del recién nacido se acumulan parientes que tratan de afirmar el parecido del retoño con la madre o el padre (según se trate de parientes de uno u otro lado), en realidad, ese niño con quien más comparte biología -en su carga genética- es con sus hermanos o hermanas.
Esta sangre común con nuestros hermanos es la que se esgrime continuamente como razón del amor que debemos tenernos. “Parece mentira que sean hermanos… y estén todo el día discutiendo”, es una frase muy repetida por nuestros padres. De igual modo, la misma exclamación sirve para que amigos y familiares se sorprendan sobre la diversidad de quienes comparten la misma sangre (¿cómo es posible que siendo tan diferentes sean hermanos?). Ya se sabe que la diferencia puede ser considerada como misteriosa y divertida, aunque a veces también dé ocasión a comparaciones inoportunas o al enconado esfuerzo igualitarista.

LA RELACIÓN MÁS SIMÉTRICA

Un proverbio chino dice “la sabiduría comienza perdonando al prójimo el ser diferente”. Naturalmente, la máxima es aplicable a toda la familia y sus relaciones (los prójimos más próximos), pero es en la fraternidad donde adquiere un sentido más amplio. Quizá porque la fraternidad es la relación más simétrica y consciente de la familia. Cada hermano constituye ese “otro” de forma muy distinta al “otro” que suponen padre, madre, hijo o cónyuge: no es el otro de la diferencia sexual; no es el otro al que he dado la vida; no es el otro a quien se la debo. Es el otro que simplemente existe frente a mí: tercamente semejante y tercamente diferente.
Al cabo de los años se acaba lo de compartir el cuarto de baño, el dormitorio, las vacaciones… Pero, no sé si por la biología, por el esfuerzo de algunos padres o por alguna extraña razón, la relación con un hermano no se limita a una mejor o peor tolerancia. Su existencia se atreve a interrogarme sobre mi responsabilidad, algo ante lo que la primera reacción sería responder: “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”.
A esto se suma el hecho de que, frente al mayoritario interés de nuestros padres por nuestros proyectos y su (casi siempre) orgullo y satisfacción por nuestros éxitos (o lo que consideramos como tales), los hermanos aparecen como individuos que nos restan nuestro merecido protagonismo. No se trata de celos o envidias -aunque a veces existan- , sino de esa sucesión de momentos familiares en los que uno traspasa el umbral de casa con un sobresaliente cum laude, un ascenso profesional, un novio o, también, con el ánimo melancólico por las dificultades reinantes, y encuentra que la atención familiar se dispersa porque existen otros individuos descontrolados que tienen que contar otras cosas absolutamente menores. Quizás, como dice Chesterton, “es precisamente el hecho de que nuestro hermano Jorge no esté interesado en nuestras dificultades religiosas, sino en el restaurante Trocadero, lo que da a la familia algunas de las cualidades tonificantes de la República”.

UNA CONVIVENCIA QUE DEJA POSO

En este sentido, lo que me parece más interesante de la fraternidad no es únicamente la convivencia entre hermanos durante la infancia y parte de la juventud, sino el poso que ésta deja en nuestra visión del mundo, así como las relaciones fraternales una vez superada esta etapa.
Hoy, el pensamiento contractualista o el individualismo en su versión extrema reciben trancazos desde muy diversos ángulos (comunitaristas, neofeministas, etcétera) y se pretende revitalizar toda esa red de vínculos y relaciones que no nacen del meditado cálculo o de la razón instrumental, entre ellos, la familia.
Quizás, entre todas las relaciones familiares, sea la fraternidad la más conciliadora con los logros de la modernidad -muchos de los cuales no queremos rechazar- , precisamente por el sentido particular que la libertad, la igualdad y la responsabilidad toman en este espacio. Pero esto no parece nada nuevo y nos devuelve a algo tan olvidado como el cristianismo -amor fraterno- o a la mismísima Revolución Francesa -libertad, igualdad, fraternidad- . No sé si la profusión del discurso solidario de hoy tiene algo que ver con un resurgimiento de esas dos fraternidades, aunque tengo ciertas sospechas de que pueda formar parte de una mística del tipo New Age. Me pregunto también si el actual modo de concebir esas “virtudes públicas” de las que tanto se habla -sobre todo, la solidaridad y la tolerancia- , no tiene mucho que ver precisamente con sujetos que carecen de hermanos o tienen pocos.
Porque quizás la defensa de la diversidad cultural de la tribu amazónica, la esporádica responsabilidad que sentimos ante el pobre del asilo o la tolerancia que se pretende mostrar ante los inmigrantes sean más fáciles y menos comprometidas que aceptar, querer y preocuparse de un hermano del que me separan ideas o modos de vivir o, simplemente, su exagerada afición al fútbol.
Estas “diferencias” a veces se pueden convertir en “indiferencia”, un alejamiento a menudo defensivo, resultado del inestable equilibrio entre sentirse responsable sin sufrir o imponerse al otro. Sólo cuando la fraternidad adquiere su verdadero sentido de libertad y en consecuencia de amor es cuando, más allá de la sangre, de compartir o no un techo familiar, puede mostrar lo mejor de sí misma.

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