Amistad: historia de una aventura

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El interés que encierra el tema de la amistad tal vez se deba a dos factores: que todo mundo valora la posibilidad de tener amigos… y que muy pocos lo logran. Y es que la amistad es una necesidad para el ser humano debida a su insuficiencia individual no es capaz de valerse por sí mismo y a su natural apertura a los otros, a quienes requiere como complemento.
En la medida en que se tenga una idea más completa de lo que es la amistad, de cómo se origina, de cuáles son sus elementos, resulta más fácil realizar la experiencia de hacer verdaderos amigos.
La amistad requiere un proceso. No es algo que surja de repente. De ordinario nos relacionamos con muchas personas, por motivos muy variados familiares, laborales, sociales, religiosos, deportivos, etcétera, sin que, en la mayoría de los casos, establezcamos lazos de amistad. Sin embargo, esos encuentros iniciales son siempre el punto de partida para llegar a hacer amigos.

COMPAÑERISMO

Si el encuentro inicial se continúa, mediante el trato y la comunicación, las personas comienzan a conocerse. Por ejemplo, si trabajan juntas, cada una va captando aspectos de la otra, de manera que paulatinamente va dejando de serle desconocida. Se establece una relación entre ellas, cuyo contenido se encuentra constituido por la actividad que realizan en común y por el incipiente conocimiento que hasta el momento tienen una de la otra.
A esta relación se le puede llamar compañerismo. Compañeros son los alumnos de un mismo salón de clases; los integrantes de un equipo de fútbol; los empleados de una fábrica; los socios de una empresa; los miembros de una organización religiosa. Sus vínculos son débiles y demasiado dependientes del motivo que los une la actividad que realizan juntos, de manera que si éste faltara, dejarían de verse. El alumno que cambia de colegio pierde a sus antiguos compañeros, el deportista que abandona el equipo no ve más a aquéllos con los que solía jugar, quien se muda de trabajo pierde la relación con sus anteriores colegas, etcétera. En cada uno de estos casos se refleja hasta qué punto la relación de compañerismo es débil.

DEBILIDAD DEL COMPAÑERISMO

La principal debilidad del compañerismo radica en el escaso contenido personal de la relación. La persona del compañero viene a ser como una simple circunstancia de lo que fundamentalmente se busca: la actividad realizada en común. Esta situación puede presentarse incluso de manera prolongada, como el que trabaja al lado de un compañero durante años y no consigue establecer una relación propiamente personal con él, porque no tiene acceso a su intimidad. El desinterés por la persona es, pues, característico del simple compañerismo.
Por contraste con lo anterior, a veces ocurre que, entre dos o más compañeros, de pronto nace un deseo de relacionarse más estrechamente. Esto se debe a que descubren la afinidad que existe entre ellos, de la que deriva la inclinación al acercamiento.
Hasta aquí no cabe hablar todavía de amistad, pero se puede intuir que el compañerismo va a ser la matriz, el origen, de la amistad, en cuanto que los amigos siempre habrán sido antes compañeros en algún sentido. ¿En qué consiste la afinidad que produce el impulso para pasar del compañerismo a la amistad?
Afinidad, en abstracto, significa semejanza de una cosa con otra, coincidencia en algún aspecto. Cuando se trata de afinidad entre personas, esa semejanza o coincidencia puede darse en dos niveles, subjetivo y objetivo.

SIMPATÍA: AFINIDAD SUBJETIVA

La afinidad subjetiva consiste en la inclinación o afecto natural que una persona experimenta hacia otra. Se da entre ellas, espontáneamente, una coincidencia afectiva, una sintonía emocional que les hace experimentar los mismos sentimientos. A este fenómeno se le suele llamar simpatía, que etimológicamente significa <sentir con> el otro, sentir al unísono. Ordinariamente la simpatía proviene de la semejanza entre los sentimientos de los sujetos.
Hay quienes tienen una especial facilidad para <simpatizar> con los demás, desde el primer momento de la relación, por su capacidad para captar y transmitir sentimientos. Esta cualidad los hace agradables y les ayuda a <caer bien> a quienes los tratan. En general, la mujer, por su carácter más afectivo, suele gozar de esta cualidad en mayor grado que el hombre. Sin embargo, como también existen sentimientos negativos que producen alejamiento y antipatía entre las personas, la mujer, por la misma razón, es decir, por su mayor carga sentimental, puede experimentar más intensamente estas inclinaciones.

COMUNICACIÓN DE SENTIMIENTOS Y CONVIVENCIA

Cuando la afinidad subjetiva se despierta entre quienes venían manteniendo una relación de simple compañerismo, experimenta un cambio. Nace una atracción espontánea y recíproca, se siente agrado en el trato y la relación fluye con naturalidad. La comunicación se favorece y no solamente se realiza mediante el lenguaje verbal. Un gesto, una mirada, una actitud, pueden decir más que las mismas palabras, porque son vehículos que transmiten sentimientos.
La atracción recíproca en estos casos favorece también la convivencia. Se buscan ocasiones para coincidir, el afecto aumenta, el trato se facilita y todo apunta, paulatinamente, hacia la unión e identificación mutua, que formará parte esencial de la amistad.
La afinidad subjetiva, íntimamente vinculada a la comunicación de los sentimientos, juega un papel muy importante en la convivencia, porque las personas <no pueden convivir si no tienen los mismos gustos y no gozan y se interesan por las mismas cosas>. Por eso, cuando se da la sintonía afectiva, se produce una fuerte compenetración entre quienes se relacionan.

LA FUERZA DEL AFECTO

El afecto que procede del sentimiento se distingue del amor de la voluntad, al que nos referiremos más adelante. Santo Tomás, para explicar la fuerza del amor sentimental, afirma que se ama por el sentimiento <cuando el hombre no sabe vivir sin aquello que ama>. Y Ortega, aludiendo a este mismo tipo de amor, advierte que amar a una persona <es estar empeñado en que exista; no admitir, en lo que depende de uno, la posibilidad de un universo donde aquella persona este ausente>. Se trata, por tanto, de una fuerza que se orienta a la unión, a la identificación con la persona querida, quien pasa a formar parte inseparable de la propia vida. Por eso se reclama y se exige su presencia.
Cabe advertir que, cuando existe afinidad entre las personas, la comunicación de los sentimientos beneficia, además, a los sentimientos mismos. Por ejemplo, la alegría, lejos de disminuir, aumenta cuando la comunicamos a los demás; o las penas, cuando son participadas por otros, reducen su efecto depresivo.
Todo esto pone de manifiesto que la afinidad subjetiva proporciona a la relación entre los sujetos un carácter personal, íntimo, del que el compañerismo carecía, y que será esencial para la auténtica amistad.

DEBILIDAD DE LA AFINIDAD SUBJETIVA

Sin embargo, no deberá confundirse la simpatía con la amistad propiamente dicha. Ni siquiera es el factor más determinante para que los compañeros se conviertan en amigos, como tendremos ocasión de comprobar. Su debilidad está en que la afinidad subjetiva, emocional, no ofrece, por sí misma, un contenido suficiente para que la relación adquiera solidez y consistencia. Si la relación se apoya exclusivamente en los sentimientos compartidos, resultará superficial e inestable, estará sujeta a la volubilidad de esos fenómenos emocionales. Además, si carece de otros contenidos, lo más probable será que la relación fracase: o se termina, porque el contenido es pobre y no despierta el suficiente interés; o el carácter exclusivamente sentimental de la relación, hace que se deforme y acabe, por ejemplo, en apegamientos impropios de la verdadera amistad.
La afinidad subjetiva es como el lubricante para que las piezas del motor puedan funcionar con facilidad y sin forzarse. Cuando a un motor le falta aceite, suele estropearse o al menos paralizarse. Si en la relación humana no hay simpatía, si no se da esa comunicación de sentimientos que tanto favorece el acercamiento personal, difícilmente se podrá ir más allá del compañerismo. Pero, ¿de qué sirve el lubricante, si el motor carece de piezas? Las piezas son el contenido objetivo de la relación, del que ahora debemos ocuparnos.

AFINIDAD OBJETIVA: INTERESES COMUNES

Las piezas del motor son, pues, el contenido objetivo de la relación. En este nivel puede también haber afinidad, que consistirá en coincidir con otra persona en algún objeto de interés común, que no se comparte de igual manera con los demás compañeros, y que da a la relación un cierto carácter de exclusividad.
Según esto, la afinidad que se genera tiene carácter objetivo, en el sentido de que las personas se sienten atraídas por un mismo objeto, que va a ser el punto de encuentro entre ellas. No se trata ya de dos subjetividades relacionadas entre sí, por la sola atracción afectiva afinidad subjetiva, sino de una relación con contenido real y concreto: el objeto de interés común. La ópera, por ejemplo, puede ser ese objeto que sirva de punto de encuentro entre quienes se sienten atraídos por ella.
La diferencia con el compañerismo es muy clara. Mientras el contenido de éste se reducía a una actividad que se realizaba en común, y en cierta manera casualmente, ahora ha surgido un auténtico interés común, que no se comparte con la mayoría de los compañeros, y que origina una relación diferente.
En efecto, a partir de este momento, la comunicación fluye con facilidad y aparece como en la afinidad subjetiva la inclinación al acercamiento mutuo, a convivir, a frecuentarse, aunque en este caso movidos por el objeto de interés común.

DIVERSIDAD Y COMPLEMENTARIEDAD

Hay que tener en cuenta que la afinidad en este nivel objetivo no consiste necesariamente en ver las cosas de la misma manera, ni en estar de acuerdo con las soluciones planteadas a los problemas, sino en coincidir en el interés por unas mismas cuestiones. Por ejemplo, el punto en común puede ser el avance tecnológico en materia de computación, aunque cada quien tenga sus preferencias sobre los sistemas o los programas más acertados.
Más aún, las diferencias en los enfoques sobre un asunto, que para ambos resulta importante y, por tanto, interesante, pueden favorecer la relación al aumentar las posibilidades de captarlo mejor, con la aportación del otro. El interés de dos personas puede estar centrado en la economía, aunque no coincidan en el sistema más adecuado para un determinado país, lo cual les llevará a cambiar impresiones y a enriquecer el punto de vista de cada uno. Tal vez nunca lleguen a ponerse de acuerdo, pero les seguirá resultando apasionante conversar sobre ese tema, que llenará muchas horas de convivencia. Lo más probable es que acaben siendo amigos.

DEBILIDAD DE LA AFINIDAD OBJETIVA

Acabarán siendo amigos, siempre y cuando no falte el lubricante que hace fluir la relación, es decir, aquella afinidad subjetiva que hemos llamado simpatía. En efecto, ocurre en la práctica que un grupo de científicos trabajan conjuntamente en campos apasionantes para todos, durante años, y nunca trascienden la relación de compañerismo, porque se mantienen en el nivel objetivo de sus intereses, sin acceder a lo personal de cada uno. Aquí radica la debilidad de la afinidad objetiva, en que no necesariamente produce una relación personal, íntima, entre quienes se comunican. Por eso requiere del complemento de la simpatía, es decir, de la comunicación de sentimientos, para que pueda convertirse en amistad.
Por contraste con los científicos anteriores, y con quienes se vinculan exclusivamente mediante la afinidad subjetiva, San Agustín refiere cómo era la relación con sus amigos y en su descripción aparecen compenetrados ambos elementos, los intereses comunes y los sentimientos compartidos: <Había cosas -dice-que cautivaban con más fuerza mi alma en relación a ellos: conversar, reír,servirnos mutuamente con agrado, leer juntos libros bien escritos, chancearnos unos con otros y divertirnos en compañía; discutir a veces, pero sin animadversión, como cuando uno disiente de sí mismo, y con tales disensiones, muy raras, condimentar las muchas  onformidades; enseñarnos mutuamente alguna cosa, suspirar por los ausentes con pena y recibir con alegría a los que llegaban. Con estos signos y otros semejantes (…) se derretían nuestras almas y de muchas se hacía una sola>.
Cuando el complemento de la simpatía existe, los intereses comunes favorecen también el carácter personal de la relación, ya que, a través de ellos, se descubre a la otra persona. Dicho de otra forma, los intereses comunes se convierten en vínculo de conocimiento y unión entre las personas relacionadas. A diferencia de los científicos que abordaban su tema de manera neutral y objetiva, sin involucrarse ellos mismos, ahora se tratan las cuestiones de interés común, dejando que la propia personalidad se proyecte, permitiendo que cada uno de los interlocutores capte el modo de pensar y el modo de ser del otro, quien a su vez posee una disposición propicia para recibir ese conocimiento.

CANTIDAD Y CALIDAD DE LOS INTERESES

Cabe señalar, a propósito del papel fundamental que los intereses comunes juegan en el proceso hacia la amistad, que mientras mayor riqueza encierren esos intereses puente para la relación entre los sujetos, más fuerte y más profunda será la vinculación entre ellos. La riqueza de los intereses se refiere tanto al aspecto cuantitativo como al cualitativo, y en ambos casos se trata, lógicamente, de intereses buenos en el sentido de que favorecen la mejora de las personas. Si son muchos los puntos de interés común, la relación resulta más fácil y más entretenida por la variedad; si el contenido posee calidad y es profundo porque incluye, por ejemplo, valores humanos, intelectuales, artísticos, espirituales, la unión entre las personas será más plena y personal.
De aquí cabe derivar una consecuencia. La capacidad para hacer amigos, supuesta la afinidad subjetiva, dependerá de los intereses que se tengan o de la capacidad para adquirirlos, tanto en número como en calidad. El número de intereses favorece la cantidad de amigos: mientras más intereses se tengan, mayor será la facilidad para coincidir con un número mayor de personas y establecer lazos de amistad. La calidad de los intereses favorece la calidad de la amistad: mientras mayor sea la riqueza de esos intereses, mejores amigos se podrán hacer. No es lo mismo, por ejemplo, coincidir con alguien exclusivamente en el interés por un deporte, que compartir además el interés por la cultura, los problemas humanos o las cuestiones religiosas. Y como la posibilidad de ampliar el ámbito y el contenido de nuestros intereses depende de nosotros mismos, se puede decir que en nuestras manos está la posibilidad de incrementar la capacidad personal para hacer amigos.

ELECCIÓN DE LA PERSONA

Los elementos aparecidos hasta ahora, en el origen y proceso de la amistad entre dos o más personas, son el afecto recíproco y los intereses comunes. Según este análisis, la voluntad humana, con su acto propio que es el querer, ha intervenido en el segundo de los elementos mencionados: un objeto interesa cuando atrae a la voluntad y suscita el acto de querer. Sin embargo, esta operación de la voluntad puede ser movida, ya no por un objeto de interés común, sino por la persona misma con la que me relaciono. ¿En qué consiste este querer volitivo que tiene por objeto a una persona humana? La respuesta a esta pregunta nos introduce en el tercer elemento necesario para la amistad.
El acto de querer, en su sentido más pleno, se llama amor. Se trata de un deseo que habrá de traducirse en obras, es decir, de una decisión de poner todos los medios a mi alcance para ayudar al otro a superarse, a que alcance el máximo bien de que sea capaz.

INTERVENCIÓN DE LA VOLUNTAD

El acto de voluntad implica una elección de la persona del amigo, de la que a su vez deriva el compromiso de buscar su bien real, objetivo, aunque esto exija tantas veces la renuncia a gustos o intereses personales. Es una elección que recae sobre la persona en su totalidad, a la que se quiere en y por sí misma, y no en función de algunas cualidades parciales. Quien dice ser amigo de alguien por el beneficio material o económico que se deriva de esa relación, evidentemente no ha entendido lo que es la amistad. Lo mismo habría que pensar de quien no estuviera dispuesto a aceptar al amigo como es, con sus defectos y cualidades, o no fuera capaz de ayudarlo a superarse.
Cuando la elección es auténtica, la persona del amigo queda situada en el centro de la relación, es decir, se convierte en el contenido principal, por encima de aquellos intereses comunes que hasta entonces venían ocupando el lugar fundamental. El salto es trascendental por lo que implica de incremento en el carácter personal de la relación. ¡El amigo interesa más que aquellas cosas que venían ocupando nuestra atención, nuestro tiempo, nuestros esfuerzos, porque nos resultaban apasionantes! Ahora el interés por el amigo se extiende a todo lo que forma parte de su vida. Por eso, deseamos conocerlo mejor, penetrar en su interioridad, descubrir sus ideales, sus convicciones, para compenetrarnos de todo lo que le pertenece.
En un proceso natural y espontáneo hacia la amistad, el paso a la elección del amigo suele darse de manera casi inconsciente, porque es el término lógico de un camino ascendente y continuo, cuando los demás elementos lo favorecen.

PRIMACÍA DE LA ELECCIÓN SOBRE LAS DOS AFINIDADES

Pero no siempre ocurrirá así. Cabe, por ejemplo, que la elección del amigo se realice sin estar precedida de la afinidad subjetiva o de la objetiva, y que, como consecuencia de esa elección, aparezca posteriormente la afinidad de la que se carecía.
Cuando tomamos la decisión de querer a una persona que no nos simpatiza, cambia nuestra disposición hacia ella, comenzamos a descubrir sus cualidades, la empezamos a valorar, y muchas veces el resultado final es que la antipatía original se transforma en afinidad. En cambio, cuántas veces amistades que parecían invulnerables han terminado por pequeñas diferencias que generaron reacciones emocionales que no se supieron resolver. En realidad, no se trataba de auténticas amistades, porque les faltaba la consistencia de una voluntad capaz de mantener la relación, más allá de esas reacciones sentimentales.
Otro tanto puede ocurrir con los intereses comunes, que comienzan a aflorar después de haber optado por la persona. Por ejemplo, si antes la música clásica nos dejaba indiferentes, a partir de la elección de un determinado amigo nos comienza a gustar, porque el amigo nos ha contagiado el interés por ella.
Esto puede abrir horizontes a quien desee ampliar el número de amigos, ya que el punto de partida puede ser una decisión personal de alcanzar ese objetivo. Otro tanto cabría advertir para quien desee profundizar en una amistad ya iniciada, o quiera mantener viva la amistad con el paso del tiempo, por ejemplo, entre los esposos, entre padres e hijos, etcétera: la voluntad puede ser el motor que enriquezca continuamente el proceso.

RECIPROCIDAD

Ciertamente, para que haya amistad no basta con que alguien lo decida unilateralmente. Aunque ha estado implícito en todo lo que hemos venido diciendo, vale la pena destacar que la amistad, independientemente del proceso que siga, exige reciprocidad. Cuando falta la correspondencia, no existe la amistad.
Por eso, un síntoma inequívoco de auténtica amistad, es que los amigos mejoran y se superan continuamente, por la ayuda que se proporcionan entre sí. Cada uno ofrece al otro lo mejor de sí mismo, lo que más pueda favorecerle. Y el mayor bien que se puede hacer al amigo es acercarlo a Dios.

CONCLUSIÓN

Después de estos análisis, el gran valor de la amistad, como componente de la vida humana, ha quedado ratificado. Los hombres somos seres complementarios, no nos bastamos a nosotros mismos. Tenemos necesidad de los demás, para suplir nuestra insuficiencia existencial. Los amigos son el complemento natural para superar esas limitaciones. De ellos recibimos afecto, comprensión y ayuda. Con ellos compartimos lo que poseemos, en un proceso permanente de enriquecimiento recíproco. A ellos entregamos lo mejor de nosotros mismos, con el fin de que alcancen su plenitud.
Los amigos simpatizan, se comunican sus sentimientos. Sufren juntos, se alegran juntos. Se identifican fuertemente por el afecto que los une, y se apoyan entre sí de manera incondicional. Conviven con sumo agrado, unas veces cambiando impresiones en conversaciones apasionantes; otras, pasando ratos inolvidables, donde las palabras ni siquiera se echan en falta. Esta convivencia fluye con espontaneidad, por la identificación afectiva, por la sintonía emocional, que existe en la verdadera amistad.
Los amigos tienen intereses comunes, que les sirven como vínculo de unión. Esos intereses poseen un cierto carácter de exclusividad, en cuanto que no son compartidos, de la misma manera, por los demás. Precisamente por eso, la relación entre los amigos se torna diferente: sólo con ellos se puede hablar de ciertos temas, sólo con ellos se pueden discutir determinadas ideas, sólo con ellos se pueden intercambiar algunos puntos de vista, que a los demás dejarían indiferentes. En ese intercambio, los amigos se complementan y se enriquecen. También, al proyectarse cada uno en aquello que comparte con los demás, el conocimiento mutuo crece y favorece la amistad. Los verdaderos amigos llegan a tener abundantes intereses comunes, entre los que destacan algunos de mayor contenido y calidad, que enriquecen la relación.
Los amigos se quieren; cada uno desea el bien para el otro. Se aceptan como son, con sus cualidades y defectos. Se ayudan a superarse, a crecer como seres humanos. Su respuesta es incondicional ante cualquier necesidad. El amigo se compromete a hacer todo lo que esté de su parte para conseguir que sus amigos sean felices, que alcancen la plenitud a la que están llamados: que encuentren y se unan con Dios. La decisión de buscar el bien del amigo es total, absoluta, incondicional.
Podemos concluir con unas palabras de la Sagrada Escritura, que sintetizan y expresan admirablemente el valor de la amistad, que a lo largo de estas páginas se ha querido poner de manifiesto: <Un amigo fiel es poderoso protector; el que lo encuentra halla un tesoro. El amigo fiel es un tesoro>.

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