Ética: tarea de libertad

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Una primera mirada nos muestra a la ética orientada al comportamiento o conducta de las personas. En concreto, a la vida buena de la cual el hombre cabal o íntegro es su expresión gráfica. Se trata, pues, de hacer el bien, y no sólo saber dónde está o qué es.
Hacer el bien, es decir, realizarlo, no sólo concebirlo, de allí que sea necesario el real ejercicio de la acción buena, para ser una “buena persona”. Las buenas intenciones no son suficientes, hay que desear mejorar y poner los medios. En este último sentido, la ética se vincula a la voluntad, facultad humana que quiere y alcanza el bien.
La ética se relaciona, entonces, con normas de moralidad que indican cómo obrar, con bienes que deben alcanzarse y con virtudes o hábitos positivos que facilitan el obrar bueno y recto. Los valores no son sino las virtudes en tanto que bienes que deben alcanzarse y que requieren de aprendizajes positivos.
El ser humano tiene un modo de ser específico y debe actuar de acuerdo a él. Éste es un principio que también se aplica a cualquier otro ser. De un huevo de gallina incubado, esperamos que al cabo de 21 días salga un pollo, no una lagartija. De otro modo, si usamos las cosas para algo distinto a lo que están pensadas, las estropeamos. Por ejemplo, podría clavar un clavo con el mango de un desarmador. Si lo hago habitualmente, al cabo de muy poco tiempo, ese mango se destrozará. Algo semejante ocurre con el ser humano. Si no actuamos como hombres, corremos el riesgo de estropearnos como personas; la “mala vida” pasa, también, su factura.
La persona es una síntesis de cuerpo y espíritu. Su corporeidad se manifiesta en necesidades materiales (comida, vestido, casa, etcétera) y su espiritualidad se expresa a través de sus dos grandes facultades: inteligencia y voluntad. La inteligencia pide lo suyo, es decir, conocimientos, educación que genera habilidades, modos de hacer. La voluntad está pronta a emprender tareas, hace lo que la inteligencia ha visto como bueno y se expresa en múltiples relaciones afectivas y compromisos vitales, de los cuales el amor, la amistad, son sus prototipos.
Somos personas y estamos llamadas a obrar y comportarnos como tales. Pero a diferencia de los restantes seres de la creación que cumplen su fin necesariamente (el gato no puede dejar de actuar como gato), el hombre cumple su fin libremente, es decir, los seres humanos, aun sabiendo lo que debemos hacer, no siempre lo hacemos. Precisamente, para unir coherentemente el ser y el obrar humano está la ética, que es la unión entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser como personas.
Conviene tener en cuenta que todo comportamiento humano tiene resonancia ética, dado que la persona es una y la ética también. Es decir, es la misma ética la que nos sirve para dar consistencia a las acciones que realizamos en el trabajo, familia, vida social. No hay distintos criterios éticos para un ámbito o para otro. Si hemos de ser honrados, lo seremos igualmente en el centro del trabajo, descanso, hogar, etcétera.
Por eso, vivir éticamente es tarea que involucra a toda la persona, las 24 horas del día. No se puede vivir cabalmente “desde fuera”, hay que entrar al ruedo, no es un asunto delegable, ni existen “técnicas” o “procesos” que suplan el propio esfuerzo personal. Y así como para saber nadar hay que mojarse, tragar agua, etcétera, así para vivir íntegramente hay que ser íntegro, una vez y otra, y otra.

ÉXITO Y ÉTICA

Queda claro que el trabajo profesional es un ámbito de relaciones de gran resonancia ética: a través del ejercicio profesional, no sólo mostramos y mejoramos nuestras habilidades y modos de hacer, sino que también y en simultáneo, expresamos y mejoramos nuestras actitudes y modos de ser.
La personalidad, estilo personal o modo de dirección tiene en la ética un ingrediente de la mayor importancia, pues da peso específico a nuestras acciones y es el abono natural que ennoblece al poder, cubriéndolo de autoridad. Lo que se ve de nuestro trabajo, se mide y queda en hechos, pero, también, hay algo que no se ve y queda en nosotros como aprendizaje positivo (virtud) o como aprendizaje negativo (vicio). Si lo primero nos hace buenos profesionales, lo segundo nos transforma en buenas personas.
Obrar éticamente no asegura el éxito, si éste se entiende sólo como triunfo o bienestar económico. Sabemos por propia experiencia que no siempre lo más noble es lo más provechoso. Hay circunstancias en nuestra vida y, específicamente, en el trabajo profesional, en las que obrar con rectitud exige renunciar al propio provecho; cuando lo que está en juego es “subir” o “ganar” a costa de no pesar nada, renunciamos a los principios que dan consistencia, sentido y valor a lo que somos y hacemos.
Llegados a este punto, hemos de preguntarnos si es posible mejorar. La respuesta no tiene vuelta de página: sí. El crecimiento ético es el único crecimiento irrestricto en el ser humano. Todos los demás crecimientos tienen un límite, ser mejores como personas, no. Opuesto a este planteamiento está el pesimismo vital, ya sea por defecto (el abúlico), ya por exceso ( el cínico). En ambos casos, existe una renuncia a mejorar y desconfianza frente a los demás.
Si es posible mejorar en todos los ámbitos del desarrollo vital (trabajo, familia, descanso, etcétera), este crecimiento supondrá crecer en virtudes, es decir, disposiciones permanentes para hacer el bien que, como toda virtud, enriquece también a los demás, empezando por los más próximos.

PARA CRECER ÉTICAMENTE

Crecer éticamente es tarea de libertad. Este despliegue de la libertad necesita del otro (del prójimo) para desarrollar todas sus potencialidades. El trabajo de dirección, ya sea en el hogar o la empresa, ofrece una magnífica oportunidad para crecer y hacer crecer. Abordaremos este tema apoyándonos en una metáfora sugerida por el profesor Leonardo Polo en su libro Quién es el hombre. Se trata del cuento de la Caperucita Roja.
En él, está bastante claro todo el despliegue de la libertad que tiene un origen y un destino. Entender la libertad encarnada, la libertad posible y real es importante para no hacernos planteamientos teóricos desproporcionados. El cuento nos coloca frente al primer actor, el agente libre: Caperucita. Su mamá le pide lleve una canasta con panecillos y miel a la abuela que vive en el bosque. Caperucita acepta. Si ella hubiera rechazado el encargo, el cuento habría acabado allí. Pero sigamos, Caperucita dice sí, y esta afirmación es inicio de libertad; se presenta como capacidad de tomar alternativas, con toda la amplia gama de posibilidades: no siempre digo sí, o no a la primera, a veces tendré que decir “espera” o “déjame pensarlo”, “me faltan datos, “dame más tiempo”… Hay muchas posibilidades y corre tiempo entre el sí y el no, pero lo que está claro es que el inicio de la libertad supone la capacidad de poder decir sí o no. Capacidad mínima de no determinación ante algo.

LA MISIÓN

El cuento tiene un segundo personaje: la mamá. El encargo no lo inventa Caperucita. La iniciativa no parte de ella. Es su madre quien la llama y le pide llevar la canasta. Es otra la persona que encarga. En el momento en que Caperucita dice sí, ese encargo se convierte en su misión: llevar la cesta a lo largo del bosque y entregarla a su abuelita. El encargo revela mucho a quien encarga. Hay que saber hacerlo y para ello hay que fijarse en la complejidad de las situaciones a resolver.
No se trata de un encargo teórico, bonito o imposible, es un encargo bien hecho. La mamá ha pensado en todo, e interesa que también nosotros lo hagamos. Por ejemplo, ¿qué edad tendría la niña? El cuento no lo dice pero, desde luego, no se trata de una quinceañera ni una niña de dos años. Podría tratarse de una niña de ocho años. Sigamos indagando: ¿cuánta distancia y tiempo habría de la casa de mamá a la de la abuela?, ¿decenas de kilómetros, meses, días, semanas? Suponemos que la madre es una buena mamá y no la madrastra de Cenicienta ni la bruja de Blanca Nieves: el camino sería más bien corto. Probablemente Caperucita ha recorrido el camino muchísimas veces, pues es de fácil acceso y aunque existe un lobo, la probabilidad de encontrarlo es muy lejana; no es un peligro inminente. Imaginamos que el viaje será de día y tardará pocos minutos. Además, Caperucita ya almorzó, pues de lo contrario, al primer descuido, se comería el pan y la miel. No haría falta ningún lobo para comerse los alimentos.
Encargar es un arte que supone conocimiento propio y del otro. Saber encargar no es asunto de poca monta. Es un tema serio. Hay que pensar muchas cosas para encargar a la medida y, también, claro, tener autoconocimiento para aceptar el encargo que somos capaces de hacer y no lanzarnos a misiones imposibles, que nos desbordan, que están más allá de nuestro alcance.

LOS OBSTÁCULOS

Existe un tercer personaje en el cuento: el lobo que quiere comerse las viandas, a la abuela y a Caperucita. Representa los obstáculos al despliegue de la libertad. Es decir, cuando uno asume una misión, un objetivo en la vida, grande o pequeño, resulta que cuesta llegar al destino. En el trayecto podemos encontrar dificultades que es necesario saber manejar, pues el obstáculo tal vez no sea malo por sí mismo. Me explicaré.
Grandes objetivos en la vida hay pocos; pequeños objetivos, muchísimos. Entre los grandes están la carrera profesional, el trabajo, el matrimonio, los hijos. Los pequeños son innumerables: levantarme a una hora, vestirme con un traje de un color o de otro, tomar una bebida u otra, ir o no a la fiesta, etcétera. En cualquier caso, ponerse en camino no es haber llegado. “Llegar a” toma tiempo y esfuerzo, porque exige inteligencia, voluntad y los sentidos en juego. Más todavía, nos tenemos que poner nosotros mismos para que ese objetivo se alcance, un día y otro y otro, con inteligencia y voluntad, con ganas o sin ellas. Ahora bien, estas circunstancias ordinarias (cansancio, desilusión perplejidad, etcétera) o las dificultades externas (falta de medios, incomprensión, obstáculos, injusticias, etcétera) son los compañeros habituales del caminante.
Los obstáculos son una constante. No hay que decir: “qué pena que exista un lobo en las cosas que estoy haciendo”. No, el obstáculo cumple su papel, sin él, el ser humano se ablanda y empequeñece. Sin obstáculos que templen el carácter, el ser humano se encoge, no reluce en toda su estatura, le quedarían facetas por descubrir. Sentir el reto y la carga nos viene bien. Empinarnos un poco para estar a la altura del encargo estimula la inteligencia y la voluntad.
Es conveniente el obstáculo, aun cuando duela, porque nos hace madurar y entender mejor nuestra propia naturaleza y la de los demás. Cuando no existe experiencia del cansancio, de la dificultad, el ser humano se torna en una especie de planta de invernadero que al primer viento se va al suelo, no es capaz de afrontar las crisis, ni de levantar cabeza después del tropezón. Por eso es importante la pedagogía del esfuerzo. Las cosas cuestan y suelen ser lo ordinario. Pocos son los tiempos y espacios en los que podemos decir como Becquer que el cielo y la tierra nos sonríen. Lo ordinario es la pequeña dificultad, interna o externa; felicidades de claroscuros, como en los cuadros: luces y sombras que resaltan las cosas. Antonio Machado dice: “Ay de nuestro ruiseñor, si en una noche de luna, se cura el mal de amor que llora y canta sin pena”.
Desde luego, tenemos también la obligación de quitar los obstáculos para hacer la vida más agradable a uno mismo y a los demás. Pero, es igualmente cierto, que es inconsistente rechazar el dolor porque es dolor. Más aún, el dolor transido de sentido nos hace más humanos, nos madura, aunque alguna vez, también, arranque lágrimas, al hacernos aterrizar al valle de lo humano.

EL BENEFICIARIO

Nos queda el cuarto personaje de esta narración biográfica de la libertad humana: la abuelita que es beneficiaria del despliegue de la libertad. Resulta que la cesta no es para Caperucita, ni para su madre, ni para el lobo o el cazador, es para la abuela. Es decir, es otro quien se beneficia con este despliegue de libertad. Caperucita no ha pasado el susto de su vida para luego comerse los bocadillos de la cesta. No, ha vencido al lobo para que la abuelita reciba la cesta. Aquí todos ganan: la mamá, al saber que cuenta con una hija comedida y diligente; Caperucita, porque al asumir el encargo se enriquece; y, claro, la abuelita con la cesta tangible y con los intangibles del afecto humano.
Por eso, al final del cuento no encontramos a una Caperucita amargada que le increpe a su abuela: “Aquí tienes, pues, tus alimentos, cómetelos porque ya me han causado muchos problemas”. La Caperucita que conocemos llega y le entrega a la abuelita la cesta con alegría. Está alegre de ver a la abuelita comer los alimentos. Ésta es la capacidad de dar del ser humano que Antonio Machado pone de manifiesto en el siguiente verso “La monedita que está en la mano, quizá se deba guardar; la monedita del alma, se pierde si no se da”. El avaro ya no sólo de las cosas materiales a las que está apegado desordenadamente, sino el avaro de su propia vida, que va a lo suyo descaradamente, el que está pensando siempre en términos de sí mismo, ha reducido su humanidad a la mínima expresión, más aún, ha adormilado sus dimensiones más hondas, cerrándose a la experiencia de la donación. Por eso, Caperucita gana al dar. Gana, también, al recibir, al saberse querida, aceptada, ayudada como ser humano digno, no como un gato al que hay que darle leche para que no muera. Se le proporciona la ayuda que le corresponde según la medida de su dignidad, porque tampoco se puede ayudar de cualquier forma: no se debe ayudar con desprecio, asco o de mala gana. Éste no es el modo adecuado de ayudar. El ser humano es persona siempre, también cuando necesita ayuda.
Hemos llegado al final. Con Caperucita, presenciamos el despliegue de la libertad, que en su radicalidad se presenta como la voluntad de hacer el bien “porque me da la gana”. Libertad comprometida en tareas en las que no somos beneficiarios directos y que, sin embargo, llevan consigo satisfacción: por aquí camina la alegría y sobrevuela la felicidad que abre sus puertas hacia afuera, porque cuando intentamos abrirlas hacia adentro, se cierran. Desde la metáfora de Caperucita Roja, el otro multiplica mi libertad, hace posible que mi libertad exista. Sin el otro no hay libertad, o mejor dicho, si no está el otro de por medio, mi libertad es bien poca cosa, pues quedaría como enrollada por el egoísmo.

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