Las siete culturas del capitalismo

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Quien tiene en sus manos Las siete culturas del capitalismo y cuenta con oportunidad de hojear su índice, queda inmediatamente cautivado. Adentrarse, aunque sea por un momento, en su lectura, hace evidente que nos encontramos ante uno de los trabajos más profundos y generales sobre la empresa en el mundo capitalista. Resulta obvio también que el estudio no se hace mediante inspiraciones e intuiciones brillantes, sino fundamentado en mucho trabajo de campo, laborioso y paciente, del que goza el lector como un fruto cosechado después de un largo y detallado proceso de cultivo, mediante la encuesta realizada a 15,000 gerentes de muy distintos lugares del orbe.
La obra disecciona, paso por paso, los trazos fundamentales de la cultura capitalista de las siguientes naciones: Estados Unidos, Gran Bretaña, Suecia, Francia, Japón, Holanda y Alemania, con no marginales referencias a otros países, como España e Italia. Se trata de un trabajo objetivo, realizado por autores que, ya por su mismo back ground intelectual, nos dan confianza de su imparcialidad. Trompenaars, del Centro de Estudios Internacionales acerca de la Empresa (CIBIS), Holanda, y Hampden-Turner, del Instituto Judge de Estudios sobre Management, del Reino Unido, han llevado a cabo una obra no sólo de hondura teórica sino también de gran alcance práctico.
Los análisis hechos sobre las culturas capitalistas de los mencionados países no arrancan de actitudes ideológicas o sociológicas globales de la macroeconomía, sino que se ven desde la fuente misma de esas culturas, esto es, desde la empresa y, más concretamente, desde el management de ella; y éste, además, no entendido como una disciplina científica, sino como el producto o fruto del carácter o modo de ser cultura, precisamente de los que hacen la empresa o ejercen el management. No dudamos por ello en afirmar que se trata de una obra prevalentemente cultural más que de un estudio sobre administración.
La edición de Vergara, por otro lado, destinada a los países de habla española, y por tanto también al nuestro, no pudo haberse hecho en un momento más oportuno. Cuando se debate agriamente en México la necesidad de un cambio de modelo económico, con alternativas difusas e ininteligibles (no se sabe bien, en efecto, qué se quiere cambiar y a qué se quiere cambiar) esta obra nos dice con conocimiento de causa que hay al menos siete maneras culturales profundamente diversas de vivir un mismo modelo económico: el capitalismo.
Harían bien los preconizadores de un cambio de economía en nuestro país, averiguar qué tipo cultural de capitalismo es el nuestro, qué similitudes y diferencias guarda con las de al menos esos otros siete países, cuáles son los que ofrecen mayores posibilidades de éxito, y a la vista de estos datos, cuál sería la ruta factible para nosotros. Esta averiguación no ha sido hecha, que sepamos, pero debe hacerse. De lo contrario, hablar de un cambio de modelo económico es caer en un lugar común, en un desánimo generalizado, y en un desconcierto improductivo.

LA GRIETA ENTRE ECONOMÍA Y CULTURA

Dijimos que el contenido de esta obra es sobre todo un estudio de la cultura. Uno de los graves problemas de Occidente, y de su capitalismo, es el de haber separado la economía y la cultura, o, más rigurosamente, el desentendimiento mutuo, consciente y voluntario entre los estudiosos de la economía y los intelectuales de la cultura, la grieta entre la economía y el hombre, la separación entre las técnicas económicas y los estudios antropológicos… Los países estudiados se adhieren a una misma filosofía (la validez o superioridad de la economía de mercado, la economía de empresa;pero ahí terminan al parecer sus semejanzas: el sentido del trabajo, la actitud hacia los inversionistas, los estilos de dirección del personal, las estrategias de negocios, guardan entre sí diferencias culturales considerables.
Se afirma en las primeras páginas que la economía, al considerarse ahora como una disciplina exenta de valores, no es inspiradora de la generación de riqueza, porque omite el verdadero fundamento de toda empresa. La cultura es, en realidad se dice quizá parafraseando a Adam Smith la mano invisible que regula a las actividades económicas. Con una sola palabra definitiva no nuestros autores contestan a esta pregunta: ¿la generación de riqueza se debe más al avance científico que a las expresiones culturales? En efecto “la creación de valores o riquezas es en esencia un acto moral” (p. 15/16).
El análisis general de las culturas de empresa en los siete países mencionados se desarrolla mediante siete rasgos también generales, que se encuentran de algún modo presentes en toda la obra, aunque a lo largo de ella se introducen variaciones y matices imposibles de recoger en esta reseña, pero imprescindibles para la utilidad de su lectura. La coincidencia numérica de los siete países citados y de los siete rasgos bajo los que se analizan que expondremos a continuación es puramente casual.

SIETE RASGOS, SIETE CAPITALISMOS

1) El primer rasgo cultural estudiado se refiere al modo de establecer las reglas y de identificar las excepciones, el cual configura el dilema cultural: Universalismo versus particularismo.
2) Se estudia después el modo de enfrentarse con la organización: considerando analíticamente cada parte o viéndola bajo la perspectiva de una armonía globalizadora, lo que respondería al dilema metodológico: Análisis versus integración.
3) Se atiende también a la diversa manera de relacionarse con los grupos o comunidades de individuos, que, a su vez, da pie a la consideración de dos polos axiológicos extremos: Individualismo versus comunitarismo.
4) Las guías o criterios más importantes de acción, por parte de la empresa nos ponen en contacto con dos grandes modos de trabajo: Orientación hacia adentro versus orientación hacia afuera.
5) ¿Cómo se manejan los procesos que acontecen en las empresas, a los que contemporáneamente se les imprime cada vez más velocidad? La respuesta a esta pregunta nos señala también dos géneros de empresas, que nuestros autores colocan en dos extremos, según que consideren: El tiempo como secuencia versus el tiempo como sincronización.
6) Varían también las formas de hacer empresa dependiendo de otro factor cultural: el status en que se coloca a las personas. Para unas empresas, la posición tiene que ganarse con la demostración de resultados; para otras, la posición deriva de varias condicionantes edad, experiencia, titulación académica, antigüedad en la empresa… según las cuales asigna una posición no necesariamente vinculada a los resultados: Status conseguido versus status asignado.
7) En unas empresas el valor predominante de relación es la homogeneidad de las personas (que se asumen como iguales y se diferenciarán por su eficacia) o la heterogeneidad de ellas, que se distinguirán por su diverso nivel jerárquico: Igualdad versus jerarquía.
Con todos los profundos matices a los que nos referimos antes, las culturas de las empresas en los países investigados representan intentos diversos de resolver los dilemas planteados por estas siete cuestiones. Simplificando, podría decirse que Estados Unidos e Inglaterra se ubicarían en el lado de la izquierda de estos parámetros (es decir, la dirección de sus empresas sería universalista, analítica, individualista, orientada hacia las operaciones internas, con un punto de vista secuencial de sus procesos, atenta a los resultados y valorando a la igualdad) mientras que Japón y Alemania en ese orden se encontrarían en la parte de la derecha de los extremos alternativos (sus empresas serían particularistas, integradoras, comunitarias, sincrónicas, etcétera). En una posición intermedia y variable hallaríamos a las empresas holandesas, francesas y suecas.

UN SOLO MUNDO, UNA SOLA RAZA

Aunque podrían aquí adivinarse en esta simplificadora clasificación los bloques de la última conflagración mundial (los Aliados en una parte y los países del Eje en la otra), nuestros autores, apegados a datos fenoménicos pragmáticos, no sacan de ello tal vez acertadamente ninguna inferencia.
Porque, de nuestra parte, la conclusión que personalmente obtenemos de esta obra no es la de ubicar la situación de las diversas empresas por su nacionalidad, sino la de detectar los vectores principales que señalan el desarrollo de las nuestras. Como es sabido, los Estados Unidos están teniendo un repunte de su productividad al resucitar valores comunitarios o asociacionistas que habían descuidado, y lo hacen quizá por fuerza de la competencia japonesa. Mientras que los nipones, a su vez, comienzan a agrietar su redonda y coherente esfera de esfuerzo, dedicación y calidad, al ingresar en ese estado de abundancia que infiltra en el trabajador un nocivo influjo de burguesía e individualismo.
No hemos encontrado en este estudio un aspecto que hubiera constituido un gran acierto: los puntos en que estas culturas guardan identidad o al menos más aproximación. Se dice que su único lado común es el capitalismo. Pero de la lectura entera de la obra podrían decantarse nos parece algunas notas hondamente compartidas por unos y otros. Que los autores de este valioso trabajo no hayan dado ese paso podría ser considerado por algunos entre ellos nosotros mismos como una pieza faltante del estudio. En efecto, en este momento de la historia de la cultura consideraríamos muy positiva la definición de que hay valores, derechos humanos, principios éticos universales, porque los hombres poseemos una naturaleza común, independientemente de las modalidades culturales que adoptemos. Esto hace que vivamos en un solo mundo y pertenezcamos a una sola raza: la raza humana, que ha de dominar por encima de peculiaridades mercantiles, particularismos nacionalistas y relativismos éticos.

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