Es la hora del descontento en todas sus formas, desde la lamentación resignada hasta la sublevación manifiesta. Viejos y jóvenes se concilian para denigrar el presente: unos añoran el pasado y otros ponen toda su esperanza en los cambios que aportará el porvenir. En todos los grados de la escala social, las gentes se lamentan de su suerte y se agotan en críticas. En suma, nadie está contento de nada, salvo de sí mismo, pues, ¿quién acepta su parte de responsabilidad en los males que deplora?

Al salir de una reunión impregnada por completo de este ambiente taciturno, el azar de una lectura me hizo reparar en este pensamiento de Confucio: “Más vale encender una luz, por pequeña que sea, que maldecir la oscuridad”.

A FALTA DE VELA
Un amigo a quien comenté esta sentencia me respondió. “De acuerdo, pero Confucio vivió en una sociedad descentralizada, de tipo agrícola y artesanal, donde el individuo podía hacer algo para remediar las desgracias de la época. Cuando anochecía, se encendía una vela; si hacía frío, se podía recoger leña en el bosque cercano y había una chimenea en cada casa para encender el fuego. Pero, ¿qué se puede hacer hoy día en una gran ciudad cuando un apagón eléctrico nos priva simultáneamente de luz y de calor?”.

Igualmente, ¿qué recursos tiene la iniciativa individual contra males como la inflación, el desempleo, una huelga de correos o de ferrocarriles? El mal ha adquirido hoy un carácter colectivo que exige igualmente remedios colectivos, es decir, medidas de conjunto que corresponden en gran parte a los poderes públicos. De ahí la politización general de los problemas sociales. “¿Qué espera el gobierno para…?”, dice espontáneamente el hombre de la calle. En una palabra, estamos en una situación en la que la gente, a falta de vela, no tiene más recurso que maldecir la noche hasta que se arregle el alumbrado público.

Reconozco y éste es el reverso angustioso de nuestra civilización técnica, a la vez liberadora por la potencia de los medios que pone a nuestra disposición, y alienante por el exceso de centralización que el hombre moderno tiene cada vez menos dominio sobre los elementos externos de su destino. Lo que favorece por una parte la pasividad, pues se espera que las soluciones vengan de fuera, y de otra el afán reivindicativo, el deseo de recibir siempre más. El individuo puede, sin embargo, encender una vela en esta noche, al menos estableciendo el contacto humano, tan reducido hoy por la concentración y el anonimato tecnocrático. Nos lamentamos que la tecnocracia impone a los hombres relaciones casi únicamente funcionales. Pero de cada uno de nosotros depende remontar este obstáculo. Ofrezco como prueba dos ejemplos opuestos.

INTERCAMBIO LUMINOSO
Me encontraba hace algunos meses en una oficina de correos. Una anciana que desea enviar un giro dice tímidamente a la empleada: “He olvidado mis gafas, ¿sería tan amable de llenar mi solicitud?”. La empleada, con una mirada en la que se unen la frialdad personal y la indiferencia administrativa, responde irritada: “¿Cree que tengo tiempo para hacer su trabajo? Mire el impreso y verá que dice: rellenar por el usuario”. Aún estoy viendo a la pobre anciana retirarse (después pude ayudarla), andando más despacio y con el ánimo helado por esta acogida glacial.

Otra oficina de correos de la misma ciudad. Detrás de una de las ventanillas más frecuentadas, una joven tranquila, amable, recibe a cada uno con una sonrisa espontánea y acogedora, desconocida incluso entre los comerciantes más celosos, porque tal sonrisa se dirige no al cliente, sino al ser humano. Tras hacer las gestiones postales a las que tenía derecho pagando las tarifas usuales, he llevado conmigo esa sonrisa inesperada que no era algo debido, sino un favor, una gracia. Y, además, me he sentido dispuesto a sonreír a los interlocutores más o menos pesados que debía ver durante la jornada, pues el buen humor, la atención, la afabilidad, provocan reacciones en cadena del mismo modo que la indiferencia o la animosidad.

Este elemento de gracia y gratitud (las dos palabras tienen la misma etimología) confiere a las relaciones más superficiales una cualidad única e irremplazable. Gracias a él, el encuentro anónimo de dos peones en el tablero social puede convertirse en un intercambio luminoso y vivo entre dos presencias. Este destello de simpatía, que está al alcance de todos en cualquier momento, al disipar la oscuridad, nos evita maldecir.

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