El nuevo motor de la historia

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El tema de los valores humanos es una cuestión crítica que ahora confrontamos todas las sociedades. Durante mucho tiempo se pensó que el mundo moderno podía organizar grandes sociedades sin respeto a los valores: sólo se necesitaban las instituciones, la ingeniería social, y con ello, la sociedad sería justa, equitativa y demás. Si algo podemos constatar al final del siglo XX, es que esto no es verdad.
En mi país, los Estados Unidos, existe una crisis severa de valores. La nación se desempeña muy bien en lo económico, jamás ha sido tan rica materialmente como hoy. Sin embargo, todo mundo percibe una aguda insatisfacción en su propia vida en relación, principalmente, a la ausencia de valores, a la carencia de aquellos lazos que vinculan a los estadounidenses entre sí, con sus familias, comunidades, lugares de trabajo Me parece que, a la larga, esta crisis afectará la prosperidad material. En México se experimenta algo similar que se acentúa con los problemas económicos, reduciendo la confianza en funcionarios públicos, empresas, e instituciones de todo tipo. Las sociedades requieren un énfasis renovado en la investigación y restauración de los valores.
Me referiré al papel de los valores en una democracia moderna y, particularmente, en una economía moderna, cómo renovarlos y el papel de nuestras instituciones en dicho proceso.
En El fin de la historia afirmo cómo, a principios de este siglo, las sociedades se dividían por profundos abismos ideológicos. Monarquía, fascismo, democracia liberal y comunismo eran enconados contrincantes que se disputaban la supremacía política; los países optaban por los divergentes caminos económicos: proteccionismo, corporativismo, libre mercado y planificación socialista centralizada. Hoy día, casi todas las naciones desarrolladas han adoptado o están adoptando formas institucionales de tipo democrático liberal, y muchas se han desplazado en forma simultánea hacia una economía de mercado y una integración a la división del trabajo capitalista y global.
Este movimiento constituye “el fin de la historia”, en el sentido marxista-hegeliano que la percibe como una amplia evolución de las sociedades humanas en su avance hacia un objetivo final. Esta tesis causó una enorme controversia en su momento, pero me parece que todos los eventos que se han sucedido posteriormente demuestran que realmente no hay otra alternativa. Podría tratarse de una sociedad fundamentalista islámica, neobolchevique o fascista, pero ninguna es una alternativa realista para un país que busque una economía con alto nivel de prosperidad, que le permita participar en el mundo moderno.
Éste es el significado de “el fin de la historia”: no existe una serie revolucionaria de cambios institucionales. No podemos forzar a nuestras sociedades a cambiar en una forma fundamental que nos haga ser mejores de lo que éramos o estar mejor de como estábamos; esto no significa que estemos satisfechos ni que haya una carencia de problemas sociales significativos. Cualquier sociedad moderna industrializada enfrenta muchos problemas, pero deben resolverse a nivel de valores humanos y cultura.
Samuel Huntington, profesor en Harvard, escribió recientemente el libro Choque de las civilizaciones donde sostiene que el antiguo conflicto ideológico del período de la guerra fría, abrió la puerta a lo que él llama una conciencia en la civilización, un choque en la civilización, en que los períodos serán definidos cada vez más en términos culturales.
Concuerdo en que las cuestiones culturales, éticas, axiológicas y religiosas, serán sumamente importantes para quien intente comprender la política o economía mundial. Difiero en que necesariamente esto nos lleve a un mundo más conflictivo; es posible, me parece, que coexistan diversas culturas y civilizaciones, que compitan a nivel cultural y económico global, pero interactuando en forma positiva, aprendiendo una de la otra y siendo capaces de evolucionar y crecer.
En Asia Oriental observamos la fusión de los sistemas culturales del Este con el mundo occidental, con el racionalismo y el crecimiento de una burocracia moderna. Al mismo tiempo, estas naciones generaron un notable crecimiento económico. Estados Unidos ha aprendido lecciones muy importantes de estos países asiáticos. El factor cultural estará cada vez más presente, pero no necesariamente nos llevará a una guerra.
De todos los elementos que conforman una cultura, el que llamo capital social, es particularmente importante en la creación de la economía contemporánea; en realidad, surge del concepto de capital humano. Muchos economistas han comprendido, desde hace años, que en una economía moderna, tecnológica, la riqueza no se produce como antes, por la propiedad de la tierra, maquinaria y recursos naturales amplios. Cada vez más, la riqueza moderna resulta de las ideas, habilidades y capacidades de cada uno. Pero hay otro aspecto que los economistas tienden a pasar por alto: el capital social. Es la capacidad de la gente para trabajar una con otra, cooperar en grupos, organizaciones y asociaciones. Podemos percibir que esto es fundamental para una economía de mercado y para un sistema político y democrático moderno.
No existe una sola actividad económica que no resulte de la colaboración de muchos individuos; desde el manejo de un pequeño restaurante o lavandería, hasta una corporación de microprocesadores; los individuos son importantes como empresarios e innovadores, pero la verdadera producción económica siempre la realizan grupos de personas.
Una sociedad con alto nivel de capital social será mucho más eficiente económicamente que una en la que se carece de confianza. Desde luego que una sociedad de poca confianza puede conducir a actividades económicas, pero requiere de reglas, leyes, burocracia, mucha autoridad que ordene a la gente cómo comportarse, multitud de abogados, litigios, policías para aplicar la ley
Un sistema así es factible, sin embargo sus costos de transacción son altos. Cada centavo que se paga para que entre en vigor una ley y que la gente la obedezca, es un impuesto a la actividad económica lo mismo que lo que se pierde por la corrupción o los delitos.
Una sociedad con alto nivel de confianza puede ser más eficiente. En la esfera política, la confianza es absolutamente fundamental: en una democracia liberal, el Estado ocupa un papel limitado y la gente tiene libertad para organizar sus actividades. Obviamente, ese tipo de gobierno requiere de un nivel mucho más alto de confianza social que uno autoritario. Para la antigua Unión Soviética fue posible sostener una sociedad de casi cero confianza, porque el Estado organizaba todo: prensa, sindicatos, religión, deportes; la gente no tenía que confiar una en la otra, el Estado regía la interacción social. Ahora que se ha replegado y la gente ejerce su libertad, contemplamos una crisis severa de confianza personal en los países antiguamente comunistas. No saben cómo relacionarse entre sí, la familia está débil, la empresa privada y los partidos políticos son endebles, la política es personalista y las organizaciones criminales se apoderan rápidamente de los negocios Ésta es la herencia del estatismo.
Casi toda sociedad en el mundo actual busca limitar de alguna forma la actividad estatal, pero no habrá transición sin confianza social y valores que unan a la gente en una sociedad civil activa, dinámica, fuerte. Sé que muchos economistas no comparten esta conclusión, porque hemos distorsionado nuestra forma de entender no sólo la política, sino la misma economía.
Me parece que es omitir algo central, el no afirmar que los valores son fundamentales para decidir si el Estado o el mercado pueden resolver el problema del desarrollo económico. Por ejemplo, una característica importante de la intervención del Estado en Asia Oriental era que podía expandirse porque se trataba de sociedades poco democráticas. Estas políticas podían aplicarse en culturas con gran deferencia hacia la autoridad, estatal o de otros niveles. Cuando las autoridades estatales ordenaron el cierre de un elevado número de industrias intensas en mano de obra, en los años 60 y 70, no hubo problemas sindicales, huelgas ni protestas en la prensa o las calles; las cosas simplemente se hicieron. Pero no encontramos ese patrón en Latinoamérica o Europa Occidental; aquí, la intervención estatal en la economía se daba, casi inevitablemente, en nombre de la conservación de los empleos aunque fueran industrias obsoletas. Esa diferencia en valores institucionales, democráticos y, finalmente, culturales, marca la eficacia o ineficacia de este tipo de intervención estatal.
La economía neoclásica ¾ paradigma predominante para enseñar economía en Estados Unidos y, cada vez más, en todo el mundo¾ se basa en un modelo simple y preciso: el hombre maximiza en forma racional lo que tiene y opera basado en su individualidad; toma decisiones de acuerdo a su esfuerzo para potenciar su ingreso económico en cualquier situación. Obviamente es así, pero no es un modelo exacto. En muchas áreas de la conducta humana las personas no se comportan simplemente como maximizadores de cosas útiles, sino enraizados en herencias culturales. En China, por ejemplo, la primacía del hijo varón, la importancia de la relación hijo-padre, afectan la estructura económica. La gente no simplemente busca aumentar su ingreso económico como individuo, todos estamos vinculados a comunidades morales y cada una de éstas tiene cierta parte de nuestra lealtad, interés y energía. Cualquier ciencia económica que no considere estas lealtades más amplias, omite un elemento económico esencial.

El hilo de los negocios en China

Quiero ilustrar algunos puntos analizando distintas sociedades, empezando con Asia. Existe la tendencia a considerarla una región homogénea, pero si analizamos más de cerca, existen profundas diferencias. Consideremos Japón y China (y me refiero a la parte capitalista de China: Hong Kong, Taiwán, las partes comercializadas de la República Popular de China, Singapur), lo primero que observamos es que los negocios son pequeños; el tamaño promedio en el sector privado de Hong Kong, en los años 50, era de menos de cincuenta personas y desde entonces se ha reducido, lo mismo que en Taiwán, Singapur y otros sitios. La razón es que cada negocio pertenece a una familia; ésta tiene tal importancia en la cultura china que la sociedad gira alrededor de ella. Si analizamos el verdadero significado social del confucianismo moderno, encontramos una doctrina sobre la familia que, en muchas formas, guarda un paralelo con la sociedad latinoamericana católica.
Veamos el caso de un hijo en una familia china: su padre ha cometido un crimen y la policía lo busca. Cualquier hijo en esa situación encontraría un dilema moral, ¿lo entrego a la policía o permanezco leal a mi padre? En la sociedad confucianista tradicional la respuesta es clarísima: no se entrega al padre a la policía, porque sus obligaciones como hijo para la propia familia son más importantes que las que se tienen para con el Estado.
Esto tiene muchísimas implicaciones sobre la forma de los negocios y la política china. Muchas familias en China poseen empresas con dos libros contables: uno para la autoridad fiscal y otro para la familia: el blanco y el negro; estos negocios no crecen mucho porque no contratan un contador o directivo que no forme parte de la familia. En cierta manera, la misma fortaleza del vínculo moral que une a la familia china, implica una falta de confianza para los demás. Casi no hay negocio que dure más de dos o tres generaciones; lo funda por lo general, el patriarca: un empresario en textiles, por ejemplo. En la segunda generación, de acuerdo con la ley de la herencia en China, hay que dividir la fortuna con equidad entre los varones; no se puede acumular capital, llevarlo completo a la siguiente generación, se tiene que repartir entre los hijos. Para la tercera generación, los nietos, estudiantes en Estados Unidos, son expertos en historia o arte y no les interesa regresar a Taipei a manejar un pequeño negocio de textiles: en ese momento, el negocio familiar se desmorona. Para la totalidad de la economía china esto no es algo negativo, porque en lugar de ese negocio surgen diez, pero sí la limita porque no es fácil construir empresas grandes, profesionales, las que existen son casi siempre del Estado.
Casados en Japón
En Japón es totalmente distinto. La familia japonesa es débil, comparada con el Estado u otras formas de autoridad. Si un hijo en Japón enfrenta el mismo problema del padre delincuente, entrega al padre, porque hay una obligación superior hacia la autoridad política. Ello afecta también la vida profesional. El japonés asalariado, de clase media, ve poco a sus hijos; llega a casa, cena rápidamente y regresa con los colegas del trabajo; los fines de semana los pasa en un picnic de la empresa. En cierta forma se “casa” con la empresa.
Esto se remonta a la antigua sociedad y a la capacidad del japonés para organizar instituciones desde el inicio de su historia nacional. Grandes empresas como Mitsubishi o Mitsui empezaron como negocios familiares, pero ya para fines del siglo XIX eran manejadas por directivos profesionales, no por las familias dueñas. Es difícil recordar una marca china, en cambio hay muchas japonesas; la razón está en la durabilidad de sus instituciones económicas.
Capitalismo a la italiana
Esta historia sobre la cara de los negocios y del núcleo familiar, se aplica también a Europa. En múltiples sentidos, la economía italiana moderna coincide con la de Hong Kong o Taiwán. Hoy, en Italia, existen relativamente pocas empresas privadas de gran tamaño, hay algunas como Olivetti o Fiat en el norte, pero en el centro y sur, el tamaño de los negocios se reduce en forma dramática.
Independientemente de ello, su economía ha sido extremadamente dinámica en las últimas generaciones. El capitalismo aquí ¾ impulsado principalmente por empresas del centro de Italia, poblado por negocios familiares pequeñitos, parecidos entre sí¾ también indica que los italianos han tenido dificultades para crear organizaciones económicas grandes y el Estado, particularmente en el sur, ha organizado actividades económicas en gran escala.
Si comparamos a Alemania con Italia, el contraste es similar al de China y Japón. A diferencia de Italia, Alemania es la casa de las grandes corporaciones: una sociedad civil muy densa, con numerosas asociaciones y vínculos de lealtad entre familia y Estado. En muchos sentidos, el surgimiento de esas corporaciones privadas se debe principalmente a la estructura social, que no enfatiza la familia al grado de la sociedad italiana. Los vínculos familiares son importantes pero pueden ser, a veces, demasiado fuertes cuando implican que sólo existe confianza dentro de la familia y propician dos sentidos de moralidad: uno para dentro de ella y otro, como dicen los brasileños, para la calle. Parece una característica de las sociedades latinoamericanas que enfrentan problemas persistentes de corrupción política y, en el aspecto económico, un manejo predominantemente familiar con un camino que hace difícil la evolución a una corporación profesional.
El arte de la asociación
En Estados Unidos hay problemas diferentes, pero igualmente severos en términos de valores sociales. Si preguntáramos a mis compatriotas dónde sitúan su propia sociedad -si orientada a la comunidad como en Japón, o al individualismo como en China- , dirían que son sumamente individualistas porque el individualismo tiene una connotación positiva en la cultura norteamericana; les gusta considerarse únicos, pioneros. Ross Perot, el admirado candidato independiente a la presidencia, tiene un eslogan: “las águilas no andan en parvada, cada quien tiene que volar por su lado”, esto es el individualismo perfecto. Creo que los estadounidenses se equivocan; de hecho, han estado mucho más orientados al grupo, e históricamente han podido colaborar unos con otros en mayor medida de lo que este tipo de individualismo sugeriría.
La sociedad norteamericana es sumamente participativa. Alexis de Tocqueville, en su libro: Democracia en América lo llama el arte de la asociación. Hay una densa y compleja red de organizaciones voluntarias: iglesias, asociaciones profesionales, instituciones de caridad, escuelas privadas, hospitales, sociedades corales que dan a la sociedad enorme cohesión a pesar del énfasis ideológico en el individualismo. Max Weber, el sociólogo alemán, también lo subraya.
Los estadounidenses se organizan fácilmente. El problema está en el enorme viraje de la cultura norteamericana casi desde 1960. A partir de allí, la gente se volvió mucho más individualista, más egoísta. En muchos aspectos, en 1996, la sociedad norteamericana es genuinamente individualista en la forma en que antes se consideraba este término. El síntoma más evidente es el aumento del crimen violento, con todo lo que implica de carga económica por vivir en una sociedad que carece de un nivel alto de conducta virtuosa. Los problemas sociales que la mayoría de los estadounidenses reconocen, si les preguntamos sobre el origen de su descontento, son la carencia de vínculos morales entre ellos, empezando por la familia y llegando a todas las asociaciones voluntarias.
Ocaso estatal
Pasemos a la cuestión en un sentido positivo: ¿cómo podemos crear valores y cuál es el papel que desempeñan en la sociedad moderna?
Considero, como mencioné al principio, que enfrentamos una crisis en las instituciones formales (sistemas legales, constitucionales, formas de gobierno mediante los cuales la gente acuerda cómo convivir). Ésta es realmente la crisis del Estado moderno; a cualquier parte del mundo que miremos el Estado, en cierto modo, ha llegado a su límite. Jugó un papel importante en la modernización, pero en muchos sentidos está al final de su efectividad. Hoy, un Estado moderno no puede garantizar un nivel alto de prosperidad material para sus ciudadanos. Lo vemos en Europa Occidental. El Estado europeo occidental fue tomado por muchas personas como el modelo de la sociedad moderna que concentraba el 60 ó hasta 70% del producto interno bruto del país; lo canalizaba y redistribuía, en seguros de empleo, seguro médico, subsidios y servicios sociales.
Este Estado vive una severa crisis porque se han reducido los incentivos para lograr eficiencia económica, y en una economía globalizada resulta imposible mantener cierto nivel de vida cuando la productividad de los trabajadores no mantiene el paso que debe. Si consideramos que la tasa de desempleo ha aumentado virtualmente en todas las sociedades europeas con alto grado de bienestar con cada recesión, veremos cómo es imposible crear trabajos en una economía donde básicamente todos tienen derecho a un trabajo y nadie puede ser despedido. Europa Occidental, como región global, no ha creado una red privada de empleos en los últimos diez años, así que la tasa de desempleo ha quedado en niveles de recesión. Muchos economistas dirán que esto empeorará en proporciones críticas con el envejecimiento de la población.
Para el Estado moderno este modelo ya no resulta viable, ni siquiera con un Estado menos ambicioso como en Estados Unidos; nos hemos dado cuenta de que el gobierno no puede manejar el ciclo de los negocios. Pero creo que algo se ha demostrado en los últimos años: los Estados que han tratado de intervenir en los ciclos de negocios en forma muy activa terminan con altas tasas de inflación, porque el gasto aumenta durante la recesión y, por razones políticas, no pueden reducirlo cuando viven épocas buenas. Esto ocurre repetidamente en Estados Unidos. Significa un crecimiento constante del sector estatal y por lo tanto de la inflación a largo plazo. El problema de las instituciones formales va más allá del Estado; las grandes empresas y corporaciones enfrentan un problema severo, lo mismo que los partidos políticos, sindicatos y organizaciones formales de todo tipo.
La ironía de la modernidad
Henry Ford desarrolló, en cierto modo en los albores del siglo XX, lo que hoy es la empresa: la fábrica basada en los principios del taylorismo, contraparte industrial del surgimiento del Estado moderno en la esfera política. El taylorismo ¾ sistema de reglas minuciosas que regulaban la interacción de grandes números de trabajadores y les permitían coordinar actividades complejas¾ era un sistema industrial de poca confianza: no se esperaba de los empleados sino que obedecieran reglas impuestas. Era la época del cronómetro y de cada movimiento calculado. Éste fue un modelo industrial realmente efectivo en su tiempo, pero ha recibido una crítica muy severa en las últimas generaciones por razones similares a las de su triunfo: un sistema rígido, altamente burocrático, que no aprovechaba las posibilidades de la confianza social, ni en una organización pequeña ni en los términos más amplios de una sociedad.
De alguna manera, el fracaso de las instituciones formales es irónico; la mayoría pensamos que la modernidad se vinculaba al surgimiento de las instituciones formales. Todos los proyectos de la ilustración que concibieron gente como Voltaire, Adam Smith, Locke, Hobbes, o cualquiera de los fundadores de la constitución estadounidense, asumieron que, en cierta forma, se pasaría de una sociedad dominada por las normas informales ¾ costumbres, religión, valores…¾ hacia una sociedad gobernada simplemente por leyes transparentes. Es decir, que la costumbre daría lugar a un régimen legal que definiría claramente los derechos y responsabilidades de todos en cada circunstancia.
La premisa del liberalismo político y económico modernos, es que los valores no son importantes: la gente simplemente obedece a sus intereses racionales y aprende a cooperar dentro de un sistema político o económico. Weber afirma que la esencia de la modernidad es el surgimiento de la ley y su extensión a todos los dominios; pero observamos cómo en cualquier lado se derrota la ley, y comprendemos que la ley excesivamente rígida no se adapta adecuadamente a la complejidad tecnológica, social y económica de fines del siglo XX.
De la burocracia a los lazos informales
Nuestras instituciones formales -políticas y comerciales- , fueron exitosas gracias a que se complementaban con normas y prácticas informales. Weber en su famoso libro: La ética protestante y el espíritu del capitalismo, señalaba que éste no se fundamentaba en derechos de propiedad, ni en el desarrollo del derecho mercantil que permitía a la gente celebrar contratos personales, sino que dependía fundamentalmente de un sistema ético, en el que las personas confiaban entre ellas incluso a largas distancias.
Consideremos la creación de una compañía naviera en los siglos XVIII ó XIX, y su enorme lista de intermediarios: exportadores, árbitros, mercaderes… con los que no había contacto personal ni modo de obligarlos a cumplir la ley. Sin una estructura moral que soportara el sistema de institución legal, no sería posible este tipo de trabajo capitalista. Hoy se requiere una situación paralela: todas las instituciones formales necesitan moverse de una reglamentación centralizada legalista, de normas burocráticas, a un esquema de mayor consenso moral, de auto-organización, basado en la capacidad de la gente para trabajar espontáneamente, apoyados en su capital social, compartiendo normas comunes informales y valores morales.
Percibimos esto claramente en la complejidad del desarrollo tecnológico moderno. Sillicon Valley, en los Estados Unidos, pareciera desde el exterior el modelo de un sistema competitivo, capitalista e individualista. Sin embargo, muchos estudios aparecidos últimamente indican que su éxito no se debe tanto a su naturaleza competitiva como a la existencia de una amplia red de lazos sociales basados en educación y procedencia social común, amistad… todo esto desarrolla fuertes vínculos sociales. Sólo esta densidad de redes informales ¾ de cohesión social y confianza¾ permite la colaboración en estas compañías de elevada tecnología. Si se vive en un mundo de técnicas complejas, entre ingenieros altamente especializados, no se puede regular el comportamiento mediante burocracia o reglas formales.
Este tipo de interacción social basado en la confianza, en un alto grado de profesionalismo y de normas morales interiorizadas, adquiere gran importancia a mayor desarrollo social. Una de las razones por las que el taylorismo funcionó, fue el bajo nivel educativo de los obreros; la mitad de los ensambladores eran inmigrantes recién llegados que no hablaban inglés, y para una fuerza de trabajo tan poco especializada eran necesarias reglas impuestas, una autoridad fuerte, división extensa del trabajo y que los capataces presionaran para obtener mayor desempeño y coordinación.
A medida que la sociedad se desarrolla y la gente interactúa sobre bases más complejas, este tipo de regulaciones tienen que ceder su lugar a unas más informales. Igualmente el Estado debe dejar paso a una sociedad en donde la gente se organice sola en formas más efectivas que las anteriores.
Un ejemplo es la reciente ley sobre salud pública aprobada por el Congreso norteamericano, a finales del verano pasado. Esta nueva legislación social, revoluciona la ley aprobada en 1930 que pretendía cerrar la brecha entre ricos y pobres. La ley ayudaba a familias con hijos y después empezó a auxiliar sólo a madres solteras (en el momento en que una madre pobre se casaba con el padre de su hijo, el beneficio se suspendía). Es decir, a medida que creció el nivel de ayuda social, se incrementaron también las familias desintegradas hasta el punto que, en términos globales, el número de niños nacidos fuera del matrimonio representaba el 30%. En algunas comunidades, el nivel se incrementa hasta 60, 80 y 90 %; así, la experiencia de contar con padre y madre en casa, resulta ya inusual. La crítica argumentaba que, en muchos sentidos, el Estado que operaba este sistema de ayuda social fue responsable de minar los valores que integraban o daban cohesión a la unidad familiar: el Estado afectaba intereses familiares de la sociedad estadounidense.
Aunque la intención que dio lugar a esta ley fue buena ¾ vincular socialmente a las viudas de la clase trabajadora, a las mujeres pobres que mantenían solas a su familia porque su esposo había tenido algún percance, que se habían divorciado o que necesitaban asistencia personal por un tiempo¾ al institucionalizarse como sistema de apoyo a madres solteras o solas, esta conducta persistió convirtiéndose en un sistema cultural por generaciones. La ley actual de ayuda social intenta reducir el papel estatal en esta área tan delicada para evitar un papel nocivo y tratar de restaurar cierta responsabilidad en la sociedad civil. Personalmente, temo el resultado de esta ley. El problema de restaurar los valores de la sociedad civil no es sencillo. El Estado puede minarlos, pero nadie en los Estados Unidos tiene la más remota idea de cómo puede el Estado restaurarlos.
En muchos aspectos, para que esta reforma de bienestar social tenga éxito, tendríamos que educar a los padres en responsabilidades que no han aprendido a ejercitar en las últimas dos generaciones.
Educación, amistad, corrupción y derechos
Muchos conservadores tienen la idea de que, ante el hecho de que el Estado mina valores sociales importantes, todo lo que hay que hacer es deshacer o reducir el poder estatal y, con ello, los valores sociales se materializarán como una cosecha que crece con poquita agua que se le rocíe.
Desafortunadamente, dudo que en el ámbito de los valores eso funcione. Muchas generaciones no cuentan con el conocimiento de haber tenido un padre, así que no poseen ninguna experiencia en cuanto al significado de la responsabilidad paterna. El simple hecho de cortar el subsidio estatal a las madres, no desempeñará ese papel de socialización positiva que se requeriría para restablecer los valores sociales. En infinidad de aspectos, el problema de un Estado que se retira y una sociedad civil que crece se encuentra en el núcleo del dilema político de todas las sociedades.
En México esto se percibe en forma aguda: varios años de política económica liberal, en donde el Estado se repliega del manejo de sociedades industriales y ya no establece reglamentos tan estrictos en las diferentes áreas de la vida económica. Lo que se suponía que debía ocurrir era que el sector privado tomaría el control con normas más adecuadas y que esto resultaría en nuevas formas sociales de conducta.
Existe un reto para quien quiera alimentar la confianza en nuestra sociedad; es éste es un problema que todos compartimos: Rusia, Estados Unidos, Italia, México… ¿Cómo construir confianza informal en una sociedad en la que el Estado se debilita?
No puede hacerse de la misma manera en que se emite una constitución, o en que se llevan a cabo las elecciones, o al modo en que se organiza una empresa privada, porque brota de diferentes fuentes: la confianza surge de valores morales compartidos, de aspectos tan vitales como la religión, parentesco, amistad, raza…
En Estados Unidos hay un alto grado de confianza en ciertas etnias. Mi familia viene de Japón, y en muchos de los vecindarios japoneses en San Francisco o Los Ángeles, las actividades económicas se organizan sobre bases étnicas porque los japoneses-norteamericanos se tienen más confianza entre sí que a las personas de otras comunidades, y eso es una parte fundamental de la confianza.
La educación es también una herramienta socializadora importante y base para un alto grado de confianza. De muchas maneras generamos confianza en nuestras instituciones y esta confianza es patrocinada por organizaciones educativas; de hecho, la institución privada, que es muy fuerte en un país como México, tiene un papel importante en la creación de valores morales: se propician estándares profesionales similares originados en normas comunes, parte de la educación superior.
Por último tenemos fenómenos tan sencillos como el de la amistad. Actualmente existe un gran interés en Estados Unidos por las ciencias sociales y su estudio de las leyes informales: particularmente en las tecnologías avanzadas, las redes informales son la mejor manera de que la información circule en las empresas o de un individuo a otro.
En términos de un programa o una agenda, el Estado posee un papel bastante complejo: por una parte, puede destruir la confianza, minar los valores sociales y, por otra, le es muy difícil reconstruir valores morales y confianza. Existe, entonces, la posibilidad de hacer demasiado o de hacer muy poco. El primer caso es evidente, cuando un Estado ambicioso busca reglamentar y controlar todo; se abre a cierto tipo de corrupción moral, porque impide que la gente trabaje espontáneamente por su cuenta, en grupos o asociaciones privadas.
El caso clásico fue Francia. Tocqueville contrasta la densidad de asociaciones privadas en Estados Unidos y Francia, en una afirmación memorable: “En tiempos de la revolución francesa no había tres franceses que estuvieran juntos, espontáneamente, por una causa común”. Y señala que el éxito de la revolución radicó en que las clases sociales amenazadas ¾ burguesía y aristocracia¾ , estaban demasiado ocupadas peleándose entre sí como para unificarse en un grupo social o en un partido político que pudiera contener la revolución. En muchos aspectos, el Estado impidió a la sociedad francesa desarrollar labores sociales y esa actitud persiste hoy. Es un Estado político altamente centralizado, con bajo nivel de confianza en su sociedad civil quien es, a su vez, débil: el Estado puede hacer demasiado.
Por otra parte, el Estado hace poco cuando define un papel más limitado, más estrecho para sí mismo. Queda claro que no hablamos de su desaparición, sino de que realmente haga lo que puede, en forma efectiva, limpia, honesta. Y el papel más importante que puede jugar es la perfección de los derechos de propiedad. El fracaso de los gobiernos para proteger estos derechos se encuentra en el núcleo de problemas esenciales experimentados por muchas sociedades con bajo nivel de confianza: Italia, Francia, China… Todas atravesaron períodos de extrema centralización estatal, Estados arbitrarios respecto a los derechos de propiedad privada.
Hay un ejemplo claro en Sicilia y otras partes del sur de Italia: un Estado demasiado intervencionista, arbitrario en sus políticas fiscales, que no ha hecho cumplir las leyes en forma uniforme. En muchos sentidos, la mafia es su resultado. La mafia se puede entender como una empresa económica que proporciona protección a la propiedad privada en las transacciones económicas. Sospecho que mucho del crimen organizado en Estados Unidos y en muchas partes de América Latina, puede originarse en esta excesiva e injusta protección a los derechos de propiedad privada. A menos que el Estado desempeñe su papel adecuadamente, seguiremos con sociedades en las que los derechos de propiedad están protegidos por fuerzas externas al gobierno, interesadas en alimentar la desconfianza y crear una atmósfera apropiada para sus negocios. Cualquier organización delincuente quiere una sociedad con un bajo nivel de confianza.
Los necesarios valores familiares
Existe un punto emotivo aquí, y en particular en Estados Unidos, que ha llevado a grandes divisiones en los últimos años y que deseo retomar.
Las familias pueden ser excesivamente débiles o fuertes. Estados Unidos vive una aguda crisis de familias débiles; la familia nuclear se encuentra en un proceso de desintegración y desaparición, y esto es grave. La familia nuclear es fundamental para la socialización de los jóvenes, para inculcar en ellos, al llegar su edad adulta, esos valores que trascienden a la familia, valores que sirven para interactuar más adelante con otras personas en una forma justa y confiada. Si carecemos de ellos no habrá lugar para la socialización.
Por otra parte, encontramos sociedades en donde la familia es excesivamente fuerte; tanto que surge la doble ética: una moralidad para la familia y otra para quienes no forman parte de ella. Eso representa también un impedimento para desarrollar una cultura cívica, instituciones estatales e impersonales honestas, justas, base de la confianza política.
Dentro de las empresas existe un reto importante para cada empresario, porque una empresa no es simplemente un grupo de individuos con intereses estrechos y privados; cada empresa, en cierta medida, es una comunidad porque desarrolla vínculos internos de solidaridad. Un directivo inteligente comprende y aprovecha este aspecto social de su organización.
La técnica de manufactura utilizada en Japón por la empresa Toyota, difundida en muchas partes del mundo es, fundamentalmente, un sistema donde predominan grandes niveles de confianza, en donde se entiende que el trabajador no es un robot que puede ser controlado simplemente por reglas burocráticas y que, si se le permite, aprovechará bien su responsabilidad. Ése es un modelo de negocio que ha aprovechado con gran efectividad la industria automotriz y muchos otros sectores de la economía moderna; la confianza y los valores morales no se oponen a una economía moderna capitalista. La cuestión de los valores humanos es central y preponderante en todas las actividades que desarrollamos aquí, en Estados Unidos y en todo el mundo. Es más, la existencia de un mercado, de un sistema capitalista global y eficiente presupone gente que pueda organizarse a sí misma, confiar y trabajar una con otra, con base en valores morales compartidos.

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