¿Qué se ha hecho el ángel del humor?

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Como es sabido, ni el imán ni la corriente eléctrica se dan sin la oposición de dos polos que se condicionen entre sí. El polo positivo dejaría inmediatamente de existir si desapareciera el correspondiente polo negativo, y al revés. Sólo por medio de una oposición, de una polaridad, de una tensión, nace el juego de las energías. Ya los antiguos Heráclito y Lao-Tsé nos iluminaron a este respecto. Así hay que entender aquello de que “la guerra es la madre de todas las cosas”, lo mismo que el binomio Yin-Yang.
No tengo la menor intención de proponer una nueva definición de humor, que sería la centésima o la milésima. El punto central de mis reflexiones no será definir ese fenómeno, tan importante para la especificidad del hombre como animal ridens, sino mencionar sus presupuestos. Éstos son tan imprescindibles como los del imán y la corriente. Tampoco hay humor sin la contraposición de dos opuestos: sin la oposición entre conservadurismo de los valores y rebelión, entre regla y excepción, entre norma y práctica, entre principios estables de la ética tradicional, por una parte, y derechos de lo concreto, lo real, lo único, por otra. Y es preciso que esa oposición se sienta con una agudeza suficiente como para llorar, pero también con una agudeza suficiente como para reír. De otra manera no hay humor que nazca, pues el hombre es capaz de humor en la misma medida en que sigue siendo capaz de respetar lo que se manda y lo que se prohibe.

La sonrisa y lo sacro

No es una casualidad que los chistes clericales pertenezcan a las mejores manifestaciones del humor humano. ¡El mismo François Rabelais era un eclesiástico! El que se encuentra en la inmediata proximidad de los principios más conservadores, expuesto al olor penetrante de lo sacro, tiene siempre unas disposiciones particularmente favorables para el humor. No en vano se señala que la calidad de los chistes clericales depende directamente de la intensidad del compromiso real de una nación o grupo con la religión. Son excelentes, por ejemplo, los chistes clericales de los irlandeses, de los polacos
Un cristianismo adogmático bien puede tener sentimientos sinceramente nobles. Lo que no puede tener, y eso por su misma esencia, es: humor. Para encontrar la risa, la paradoja, el juego de palabras vibrante y atrevido, haciendo equilibrios al borde de la blasfemia, tenemos que ir a los defensores del dogma, ya pasados de moda: a los predicadores de la época barroca, como Abraham de Santa Clara, o al menos a Leon Bloy y G.K. Chesterton. Los chistes más geniales de toda la historia de la cultura rusa los encontramos en Vladimir Soloviov, el archimístico, cavilador y asceta. Y es que era capaz de reír porque era también capaz de seriedad absoluta. Para que el humor siga siendo una empresa atrevida, un auténtico riesgo y no una pura simulación, debe ser siempre consciente de habérselas con una seriedad igualmente auténtica e indoblegable.
Así están las cosas con los chistes clericales. Luego vienen, por ejemplo, los chistes de judíos. ¿Podrían concebirse estas fantásticas manifestaciones sin una idea religiosa del pueblo de Dios? En el Doktor Faustus se lee: “Yo soy judío, usted sabe. Fitelberg, he aquí un nombre claramente judío. Yo llevo el Antiguo Testamento en el cuerpo, y esto no es una cosa menos seria que el ser alemán”. Así dice Thomas Mann, pero nosotros podríamos cambiar el final de la cita: que el ser sacerdote. En efecto, para la Biblia, los judíos son el pueblo sacerdotal; por eso parece razonable clasificar los chistes de judíos al lado de los chistes clericales. Son particularmente agudos los chistes relacionados con el conflicto entre judaísmo y cristianismo. Por ejemplo, cuando un judío bromea con un sacerdote católico preguntándole si de verdad no puede aspirar a un cargo más alto que de Papa, “pues uno de los nuestros ha llegado tan lejos que ya es Dios”.
Entre el conformismo y la rebeldía
La gracia de todos los chistes políticos realmente agudos está siempre relacionada directa o indirectamente con la contraposición entre mentalidad conformista y mentalidad rebelde. Para cimentar un humor político de calidad, esta contraposición debe ser convincente, auténtica y suficientemente seria, seria como la vida y la muerte. En una sociedad totalitaria, la seriedad de esta contraposición se convierte en una auténtica seriedad de muerte. En mi Rusia natal, y en todo el cinturón de estados satélites, el horrendo período del totalitarismo soviético de Stalin y Brezhnev provocó un admirable desarrollo del arte del chiste político. ¡Oh, qué grande se vuelve ese arte cuando ofrece a los individuos la última oportunidad de no ser aplastados!
Cierto, es de desear que semejantes estímulos al florecimiento del humor permanezcan para siempre lejos de nosotros, pero justamente la actual situación en los países democráticos y “desarrollados” hace sumamente dudosa e incluso inadecuada la repartición básica de papeles entre “instalados” y “rebeldes”. A la nueva situación aludía en el año 1989, en un poema profético, el poeta ruso Viacheslav Ivanov, al hablar de un mismo comportamiento de “el rebelde, el obispo y el rey”. Hoy el nihilista ya no es un rebelde; a duras penas llega a ser un cínico en el sentido estricto del término, pues ya no está “contra todos”. Las notas más importantes del ser rebelde, como por ejemplo los elementos de la ideología de la revuelta estudiantil de 1968 en la Sorbona, hoy se han convertido en una tendencia dominante, incluso en un presupuesto de la political correctness. La abolición de todos los “tabúes” que comprometen, sobre todo en el ámbito sexual, el feminismo vulgar, que de facto tiende a negar precisamente lo creativo en la mujer y en consecuencia a demoler el respeto tradicional por la maternidad, la destrucción de todas las jerarquías culturales, el gran principio antielitista “tú no eres mejor que yo”, privilegio básico de la ignorancia autocomplaciente de cara a la paideia todo esto ya pertenece a la esfera de las ideas recibidas, para decirlo con una fórmula de Gustave Flaubert, o sea: al ámbito de los axiomas asumidos de modo automático y acrítico.
Si, en medio de la eliminación general de tabúes, aún se mantiene algo como un auténtico tabú, es justamente la negación de esos axiomas. Es verdad que también hoy los propugnadores de esta ideología se comportan con frecuencia de modo pseudopatético, incluso llorón, como si todavía tuvieran que sufrir el duro destino de un rebelde de antaño. Pero en esta actitud quejumbrosa no se manifiesta la seriedad de la tendencia dominante sino sólo su falta de sentido del humor. Nuestras experiencias de la época soviética, experiencias de riesgo real, del peligro real de toda decisión de ser de otra manera, nos prohiben participar en este juego y despreciar la diferencia entre seriedad y falta de sentido del humor.
Revolución sexual versus eros
Por lo que se refiere a los chistes eróticos, la más antigua y universal categoría de chistes, antigua como la misma humanidad, hay que decir que dependen del hecho de que lo sexual ha sido siempre un objeto privilegiado de los tabúes estructuradores. El P. Florenski, sacerdote y filósofo ruso del siglo XX, era de la opinión de que en el rigor y la pluralidad de las prohibiciones no se revela un carácter bajo del sexo, minusvalorado por la religión, sino, al contrario, su valor sacrosanto. Es lo mismo que pasa con todo lo relativo al culto, que está destinado a protegerse por medio de la intocabilidad.
Ahora se clama por la abolición de todo tabú. Para la cultura del chiste erótico esto significa una catástrofe. Probablemente la actual revolución sexual y la educación sexual hacen imposible la alta poesía de la castidad, pero yo no tan estoy seguro, pues toda auténtica poesía, como toda auténtica santidad cristiana, es precisamente una protesta contra el espíritu del tiempo, un forcejeo desesperado por liberarse de su poder, y se realiza a contracorriente. Pero no es éste mi tema. Yo quisiera subrayar otra cosa: con toda certeza, el Decamerón, Gargantúa y todas las demás obras maestras del chiste sexual burdo se vuelven para siempre imposibles e irrecuperables en el contexto que la revolución sexual ha determinado. Todo humor en este campo pierde su fundamento y su objeto. Lugete o Veneres Cupidinesque!, “Llorad, oh gracias y amorcillos”, como escribió el grande Catulo.
La venerable tradición del erotismo genial llega ahora a su fin. La revolución sexual termina por destaparse y mostrarse como lo que es: como una revolución contra el eros. El presunto permisivismo “prohibido prohibir” implica una prohibición latente, una prohibición muy importante: al erotismo le está vedado significar algo. Pero toda posibilidad de una risa relacionada con el eros depende de la significación del eros y cae si ésta viene a caer. Para decirlo con G.K. Chesterton, en esta atmósfera resultan imposibles no sólo todas las virtudes cristianas o incluso paganas, sino también todos los “pecados decentes”, every decent sin.
¿El fin del humor?
En conclusión: si la indoblegable e incómoda seriedad es el presupuesto dialéctico del humor y la comicidad, entonces la frivolidad, tan típica de nuestro tiempo, omnipresente, monótona, universalmente aceptada, que se ha vuelto la norma evidente, que ya no sorprende, que ya no llama la atención, alrededor de la cual nada es blanco o negro sino que todo aparece gris, la frivolidad, pues, significa el fin del humor. Al hombre le queda la angustiosa elección entre la falta de humor y la seriedad. Tertium non datur. No hay otra posibilidad.
Claro que, ante los ideales y los valores, toda seriedad puede siempre crear problemas más o menos “traumáticos”. Nuestros contemporáneos se muestran demasiado inclinados a considerar los problemas “existenciales” del alma como problemas meramente psíquicos, que, en consecuencia, se han de afrontar con un tratamiento psicoanalítico o psicoterapéutico. Pero, con todo respeto por el gran vienés Sigmund Freud, la última palabra en las cuestiones existenciales no debe dejarse a ningún precio a sus numerosos seguidores. Rainer Maria Rilke acuñó una fórmula para expresar sus reservas ante el tratamiento psicoanalítico: “Exorcizándome mis demonios me van a expulsar también a mis ángeles”. Entre estos ángeles amenazados se cuenta el glorioso ángel del humor, como sabemos ahora por experiencia. Esa vida, que se ha vuelto demasiado cómoda y sin problemas, que se ha vuelto, en una palabra, demasiado anestesiada, carece de significado y, por tanto, es b i o V o u b i w t o V , como dice Ismene en Edipo en Colono: una vida que no es digna de ser vivida.

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