Valores bajo sospecha

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Marx lo profetizó perfectamente a mediados del último siglo: al lograrse el mercado mundial, no existiría ni un lugar ni una sola cosa que no se trocara en mercancía; todo sería sujeto de compra y venta, todo tendría “valor”.

Por eso, el tema del valor de los valores puede entenderse de dos maneras.

1. Una evaluación de los valores similar a la utilizada para los valores bursátiles.
¿Qué valor tienen hoy la constancia, lealtad, entrega o fidelidad? ¿Qué valen actualmente la valentía, la honestidad y el honor? ¿Qué “ganan” quienes los practican? ¿Son los valores una buena inversión? En efecto, se dice que con la llegada del SIDA, la fidelidad está en alza; que con la política, la honestidad ha caído bastante y que, junto al desempleo, sube otra vez la entrega. Ya lo decía Paul Valéry a fines de la segunda guerra: “Digo que existe un valor llamado espíritu lo mismo que hay un valor petróleo, trigo u oro”. Pero cuando se afirma que el espíritu es un valor lo mismo que el petróleo es porque en realidad no existe un valor del espíritu. Se trata entonces, si acaso, de un cálculo de medidas, de comparaciones, lo que los griegos llamaron una metrítica: se miden los diferentes valores y lo que se puede ganar con ellos. En tal caso, el valor no es una meta sino un simple medio. El único valor ¾ como el valor de intercambio en el universo mercantil¾ , es el interés, el éxito, la ganancia. Pero, lo digo desde ahora, cuando todo tiene precio nada tiene valor, puesto que todo precio es relativo mientras que todo valor es absoluto.
2. En un segundo sentido, el valor de los valores podría significar, ¿cuál será el fundamento, principio o raíz de los valores? Éste es un problema tan antiguo como la misma filosofía. Platón decía: “Todo lo que posee valor tiene que ser bueno”. La idea del bien es el principal conocimiento, puesto que todas las cosas justas y los otros valores sólo son justos y tienen valor por ella. ¿Por qué vale la pena ser honesto, dedicarse, entregarse? ¿Por qué es mejor trabajar bien que trabajar mal, si somos pagados de igual manera? ¿Por qué ser justo mientras otros no lo son, y no parece irles mal? ¿En qué consiste este valor fundamental, originario, que da valor a todos los valores? ¿Cuál es el sentido de este valor originario?
El valor no es el término de un camino
Intentaré seguir un método negativo y dilucidar primero qué desvaloriza la vida para así entender, por el contrario, lo que podría otorgarle valor.
Creo que el principal origen de cualquier decepción, es el paso de lo posible a lo real. Todo lo imaginado es imaginado como acabado, fijo, fuera del tiempo y del espacio, mientras que lo real está siempre en el espacio y en el tiempo: es relativo, comprometido con la mediación. Y eso será mi primer teorema: mostrar que la decepción consiste en haber proseguido, como si tuviera valor, algo que, al cumplirse, manifiesta tener escaso valor.
Buscaré mostrar, primero, que no hay valor donde no hay vida y, en consecuencia, que el “más allá” de la vida ¾ una eternidad concebida sin pasado, sin ahora y sin futuro¾ no es más que, como decía Bergson, una “eternidad de muerte”, y que sólo algún nihilismo reconoce cualquier valor a la muerte.
Segundo, que el valor de los valores no es la inmediatez: el valor no es el término de un camino, no es algo como un acabamiento.
Tercero, por consiguiente, la mediación puede tener valor; pero no toda mediación. Aunque toda mediación tiende hacia algo, el valor no es esta meta que es una inmediación. El valor de los valores es lo que da estilo y sentido a la mediación, es decir al trabajo, a la entrega, a la vida. El valor de los valores sería como la transmutación de lo sobrenatural en lo natural. Cuando señalo que el valor de los valores es lo que da sentido al trabajo y a la vida, quiero decir que no tiene valor trabajar para trabajar el trabajo en cuanto trabajo; no la vida en cuanto vida da sentido a la vida.
Mi primer teorema, mi primer intento de análisis, es demostrar que el valor de los valores no es una inmediación. No conocemos ¾ no digo, imaginamos¾ , nada tan denso, rico, abundante, profuso, como la realidad del presente. No agotaríamos nunca su inventario y, sin embargo, experimentamos siempre alguna precariedad, alguna inconsistencia del presente. ¿Es este sentimiento de carencia e indigencia del presente, el que nos da la impaciencia del porvenir o, más bien, será esta originaria impaciencia del porvenir la que nos hace experimentar el presente como indigente, como un puro plazo?
Parece como si el presente, lo inmediato, fuera sólo la espera de un valor que lo justificará todo, y por eso, esta espera desvaloriza el presente.
Baudelaire escribía: “¡Oh muerte! Viejo capitán, ya es tiempo: levemos anclas. Este país nos aburre. ¡Oh muerte! Zarpemos. Queremos lanzarnos al fondo del abismo infierno o cielo, qué importa, al fondo de lo desconocido para encontrar, por fin, algo nuevo”.
Cuando los hombres quisieron representarse el origen de su existencia pensaron que, en un primer momento, el hombre vivía cara a cara con el mismo ser infinito en la simplicidad de una infinitud de perfecciones infinitas. ¿Podría desear algo más? A pesar de ello, el hombre pudo ser tentado. Este mito o relato de la tentación originaria, manifiesta el insuperable deseo del porvenir que constituye la misma conciencia: donde no hay nada más que esperar, la conciencia se aburre, desea cualquier cosa, algo por venir, falta el sabor del tiempo. En este sentido, en una primera aproximación, el valor sería la improvisación, la embriaguez de zarpar, el trance de la aventura, el impulso de la vida.
Inquietud: una interrogante
Este ejemplo, relato paradigmático de la tentación, manifiesta que la mera inmediatez aunque sería la inmediatez de la plenitud del mismo infinito, de la misma perfección infinita, incluso la del Absoluto, no puede ser el valor, y menos aún, el valor de los valores. Así, se plantea una alternativa o, bien, un problema: el de la inquietud.
¿Somos seres inquietos señalaba San Agustín y otros pensadores posteriores, hasta Malebranche, por haber perdido nuestro lugar natural, nuestra morada, porque nos alejamos, nos desviamos, del valor de los valores; somos seres inquietos, echados a la mediación, por haber perdido la inmediatez originaria que expresa, en este sentido, nuestra inquietud, nuestra búsqueda de Dios? O, ¿no sería más bien que, por ser siempre inquietos, hemos perdido nuestra morada originaria, hemos podido apartarnos de Dios y perder la inmediatez? El hombre no está ahora en la mediación por haber perdido la plenitud de la inmediatez, sino que nunca la inmediatez pudo significar una plenitud para un ser cuya mediación es el mismo ser.
Por tanto, la inquietud no es derivada, no es una consecuencia, de nuestra condición caída, sino que es originaria. En efecto, la inquietud es la misma esencia de la vida, digo la inquietud, pero hubiera podido decir la mediación.
Si en una tienda de herbolaria pedimos lirios o claveles, y nos proporcionan unas pequeñas semillas sin forma, lo que compramos es el porvenir ya en el presente. Eso es lo propio de la vida. La flor está ya en la semilla; el porvenir está ya esperándose a sí mismo en la materialidad del presente. Por eso, me parece que hay una consustancialidad ¾ pertenecen a la misma sustancia¾ en la idea de la flor que está todavía por venir y la materialidad de la semilla que tengo ahora en la mano. Esta unidad de la flor en la semilla, los biólogos la llaman una tendencia, y lo propio de una tendencia es que el porvenir está ya obrando en el presente.
El porvenir actúa en la materialidad del presente y lo que une el porvenir al presente ¾ como una causa a su efecto¾ , no es una gran audacia idiomática el llamarlo tiempo. Pero esto es tan viejo como la misma filosofía, por eso Aristóteles (quizá enseñado por Platón) llamaba entelequia al alma, que es el mismo principio de la vida. ¿Qué quiere decir esto?, que lo propio de todo ser vivo, de cualquier semilla, es que su fin que está por venir (thelos) lo tiene en ella misma: posee en sí, su fin como su propia meta, como su destino, como lo que tiene que cumplir. Es, a ella misma, su propia inquietud.
En el mito de la creación del alma, Platón relata que había dos elementos: lo mismo y lo otro. Lo mismo siempre idéntico a sí, eterno, no sometido a la corrupción, y al no devenir: inmaterial, inteligible, siempre idéntico en el reposo. Pero existía otro elemento: lo otro que era, a la vez, una alteración indefinida, cambiante sin cesar, lo múltiple. El demiurgo, pues, tomaba esos dos elementos obteniendo un tercero, mezclaba otra vez y producía un cuarto elemento: el alma. Pero Platón añadía: “el elemento de lo mismo, lo idéntico, lo eterno, lo inteligible, es el modelo”. El alma es la mezcla de una mezcla y el alma está en la materialidad del porvenir y tiene que hacerse parecida al modelo, hacerse parecida a la eternidad inteligible de su modelo. Es decir, el alma tiene originariamente que ser lo que no podrá ser nunca. Prosigue como el valor mismo de su vida lo que no encontrará nunca. Vive de su propia inquietud y, si me atrevo a decirlo, en otro sentido, de su mismo fracaso. El fracaso es el mismo dinamismo de la vida. Por eso, bien decía Claudel: “Somos la promesa nunca cumplida”; y el mismo Pascal metafísico, cristiano, místico y gran científico del siglo XVII afirmaba: “Nuestra naturaleza está en el movimiento ¾ es decir, en la mediación¾ , el reposo completo es la muerte”. Por eso, me parece, existe una ilusión de las escatologías, que nos representa y hace considerar la ultimidad como el supremo valor.
Deseo, tiempo y eternidad
En efecto, no hay vida en donde no actúa el alma y no hay alma que no sea una entelequia ¾ es decir, que sea a ella misma, su propia inquietud¾ . Hay una ilusión inherente a la misma noción de entelequia puesto que somos lo que tiene que cumplir su propio fin. ¿Cómo no tener ilusión de que el valor se encuentre en esa reunión con nuestro thelos? ¿Cómo no tener ilusión de que al cabo del porvenir está nuestra perfección, es decir, que habremos cumplido todo lo que en nosotros era posible? Así es como natural, espontánea y necesariamente, nos representamos el futuro como el thelos, la promesa, lo que perseguimos, el cumplimiento de nuestra vida, la meta. De ahí viene la ilusión inevitable que nos hace considerar el tiempo como el camino de la perfección; como una peregrinación hacia la felicidad: al cabo del tiempo será la plenitud, la inmediatez. Lo anuncia, en efecto, el séptimo ángel del Apocalipsis: “Será la eliminación de toda negatividad () no habrá más tiempo”, será el fin de todos los tiempos. Esto es, para mí, una ilusión que nos hace considerar el futuro como la promesa de cualquier ultimidad.
Experimentamos, así, un sentimiento espontáneo de que el valor de los valores está en este más allá del tiempo, más allá de toda espera, de todo deseo, de toda mediación; en este futuro sin futuro que algunos filósofos llamaron la eternidad. Pero la plenitud y la inmediatez de tal perfección, son incompatibles con la misma naturaleza de la conciencia que siempre supera, trasciende, lo inmediato; la unión de la conciencia con la inmediatez sería la inconsciencia.
Según entiendo, no hay fin o inmediatez posibles para un ser que se define por su misma inquietud y por la infinitud de su tarea. Lo mismo que el alma platónica, nunca acabará de cumplir lo que tiene que ser. Es una tarea infinita que va desarrollar. Así es como todos los metafísicos clásicos definieron al hombre por la infinitud de su voluntad. Por eso Descartes señalaba en 1639, el deseo que cada uno tiene de poseer todas las perfecciones que puede concebir, y en consecuencia, todas las que creemos ser en Dios; de ahí viene la voluntad sin límites que Dios nos dió, y es principalmente a causa de esta voluntad infinita que está en nosotros, como se puede decir que nos creó a su imagen.
Mientras que, al cabo de su metamorfosis, cada insecto viene a ser perfecto, ningún hombre acaba su obra en sí mismo ni alcanza su perfección. En efecto, a diferencia de todas las otras criaturas, como lo dice el mismo Pascal, “el hombre fue creado sólo para la infinitud”, por eso, como lo apuntara Malebranche: “el hombre siempre tiene movimiento para ir más allá, posee movimiento hacia el más allá, siempre tiene inquietud, siempre está en la mediación”.
Cinco consecuencias
Entendemos ahora que el infinito es la meta, el destino, la mira, la puntería, el inobjetivable correlato de nuestra voluntad. Si mi voluntad es infinita lo que quiere es el infinito; el infinito es su meta, no puede ser satisfecha mientras no lo haya alcanzado, y no lo alcanzará nunca.
Si el hombre fue creado para el infinito:
1. No hay nada en la naturaleza tan inmenso, que no sea pequeño respecto a lo que queremos.
2. No existe nada en la naturaleza que nos sujete o detenga, sin que podamos escapar. Por eso, dicen los clásicos, siempre podemos proseguir o huir, afirmar o negar. Tenemos libre albedrío.
3. Nada hay nada en la naturaleza que pueda satisfacer nuestra voluntad, que la colme; eso sólo lo intentamos en la pasión, al dar un precio infinito a algo finito. Esto constituye un fetichismo de lo infinito, un fetichismo del deseo, pero siempre fracasa. Es la ilusión de la pasión.
4. Es una sola y misma cosa experimentar nuestra libertad respecto a cualquier cosa finita y experimentar nuestro destino sobrenatural.
5. Al ser finitos y proseguir el infinito, no podemos ser más que unos seres de la inquietud. Debemos cumplir lo infinito en lo finito. Somos la mediación infinita.
Así, quería mostrar que el valor de los valores no puede ser ninguna inmediatez. Entonces, ¿puede haber un valor de la mediación en cuanto que mediación? Toda mediación es el dinamismo de un intervalo, el ejercicio de una tendencia, de un deseo. Por tanto, ¿cómo puede tener valor una tendencia sin el valor de hacia lo que tiende? Descubrimos, entonces, la naturaleza contradictoria del deseo; todo deseo es ansia de porvenir, cambio, innovación, aventura, deseo de lo posible. Deseamos que las cosas sean de otra manera a como son. Todo deseo es deseo de la contingencia.
Naturaleza contradictoria del deseo
Pero lo importante es que, al mismo tiempo, todo deseo es deseo de aquello que no nos dejaría nada más que esperar, es decir, todo deseo es, simultáneamente, deseo de eternidad, sosiego, descanso, paz, plenitud. Quisiéramos ver tan cumplidas nuestras posibilidades que no nos quedara nada más que cumplir. Todo deseo es deseo de la necesidad.
Digámoslo tajantemente: todo deseo es, a la vez, deseo de zarpar y de llegar por fin a un puerto donde no tuviéramos ya que salir. Todo deseo es a la vez deseo de progreso y orden, de trascendencia e inmanencia, de mediación e inmediatez. Lo mismo que Bergson había mostrado que el impulso vital es también impulso para mantener e impulso para cambiar.
Esta naturaleza contradictoria del deseo nos hace comprender la naturaleza contradictoria de la libertad entendida como el poder de cumplir nuestro deseo, puesto que no podemos cumplirlo. Por eso hay una antitética de la libertad. Es muy notable que dos filósofos casi contemporáneos, con veinte años de distancia, al intentar concebir la libertad suprema, la de Dios, se la representaran como mera contingencia, como mera necesidad. Cuando Descartes quiere concebir la libertad de Dios, piensa que nada puede limitarla y por eso afirma: “Dios hubiera podido hacer que dos afirmaciones contradictorias, al unirse, fueran verdaderas, o que existieran montes sin valles. Dios puede todo”. Spinoza contesta: “Pero si Dios puede todo, no puede nunca todo lo que puede, y por eso, esa toda potencia es una impotencia”.
No. Lo que sucede es que concibieron la libertad como cumplimiento del deseo. Pero la verdadera libertad es cumplir, realizar todo lo posible. Todo lo posible es real; lo que no es real es imposible y, por tanto, no es tarea de la libertad.
La verdadera libertad consiste en haber superado la antitética del deseo; no estriba en alcanzar, cumplir, adueñarse, sino, más bien, en el mismo ejercicio, en el mismo acto de la mediación. La libertad consiste en el acierto, en la maestría del acto mismo, de la misma mediación, sin preocuparse del resultado o del fin de la inmediatez. Por eso, hay un ejemplo muy característico en la moral provisional de Descartes, cuando dice en su tercera regla que la soberana felicidad, la suprema libertad, es gozar sólo del ejercicio de nuestra voluntad. Escribe: “Esta soberana felicidad, que las almas vulgares esperan en vano de la fortuna, es decir, de lo que cumplen, de lo que se adueñan, de lo que poseen, sólo podemos obtenerla por nosotros mismos”. Es decir, el resultado, lo que va a ocurrir, no es exactamente mi responsabilidad, es terreno de la responsabilidad de Dios, es como un fíat: yo actúo tanto como puedo, conforme con el bien que concibo; lo que en realidad sucederá no siempre está en mis manos lograrlo.
Por eso, Descartes señala que la verdadera libertad consiste en someterse a la voluntad de Dios; pero someterse no es acabar con el querer, mientras prosigo todo lo mejor. Así es como escribe a la princesa Isabel: “El verdadero oficio de la razón consiste en examinar el acertado valor de todos los bienes que parecen depender de nuestro quehacer y dedicarnos para alcanzarlo, pero si la fortuna nos hace fracasar seguiremos, sin embargo, gozando de toda la beatitud natural”. Si la fortuna nos es contraria, si todo fracasa a pesar nuestro, deberemos estar tan felices como si la hubiéramos alcanzado. Nuestra libertad ha actuado bien. El valor no consiste en la posesión de cualquier objeto, sino en el adueñamiento y en el ejercicio de nuestra voluntad; el valor no consiste en lo que queremos, sino en nuestro mismo modo de querer. Es lo que Descartes llamaba la generosidad, que definía como “la libre disposición de nuestras voluntades”, es decir, como la voluntad que tenemos sobre nuestras voluntades, como el libre uso de mi voluntad. De tal manera, que sólo quiero lo que quiero querer; por eso, ahora entendemos que el objeto de nuestro deseo no puede ser ningún objeto.
En efecto, cuando los griegos, Platón y Aristóteles, concibieron el deseo sobre el modelo de la necesidad, pensaron que lo mismo que el hambre prosigue la saciedad, lo mismo el deseo desea no desear más. Pero, ¿quién deseó nunca ser anoréxico? Cuando no sabemos qué más desear, no llega la felicidad sino el aburrimiento. Cuando no sé qué desear, deseo desear. Por eso, el deseo es, a sí mismo, su propio goce. Todo deseo es deseo del no sé qué, deseo de la transición, no de un objeto, que sería una inmediatez, sino deseo de la pura transición, del puro paso, del puro cambio, de la pura mediación.
Resumo: no es la meta la que suscita el deseo, es el deseo el que se propone una meta para tener algo qué desear. Así es como lo que deseamos no es el fin, acabamiento, desvanecimiento del deseo; lo que deseamos es sentir la vida del porvenir en el presente, es cumplir el mismo ejercicio del tiempo; lo que deseamos es la exultación de la mediación es, en otras palabras, la misma intensidad de la vida.
Trabajo y abnegación
Además, ninguna voluntad tiene sentido donde no hay esfuerzo, ningún esfuerzo es posible sin resistencia. Ahora bien, la resistencia es la materialidad del presente que siempre se opone a nuestros proyectos, es decir, a la impaciencia del porvenir. De tal modo que no hay voluntad sin materia, y que siempre, cuando quiere, el espíritu está obrando en la materia. Al obrar, la mediación no acaba de inmediatizarse. Para el muchacho que estudia piano, el más mínimo esfuerzo, los cinco minutos de cada día, se acumulan y se hacen presentes en los años siguientes; todo su pasado, esforzándose en sus ejercicios, vive en el virtuoso que está tocando. El trabajo sintetiza el deseo de la mediación y el deseo de la inmediación, pues el mismo resultado ¾ la inmediatez, lo que vengo a alcanzar¾ es un nuevo medio para obrar más adelante, de tal manera que sólo hay valor por la mediación. El primer valor de la mediación es el trabajo, esto es, cumplir en la naturaleza la vida misma del espíritu.
Por eso, hay un valor casi insuperable de los deberes de estado. Por eso existe un valor del ánimo, el ánimo que es la virtud de empezar; un valor de la perseverancia, que es la virtud de proseguir (me atrevo a decir que la perseverancia es la verdad del ánimo, puesto que nada empezó si no prosiguió;hay un valor de la entrega, de la dedicación, puesto que todo se cumple poco a poco. Una cadena sólo vale lo que vale el más débil de sus eslabones y hay un valor de la humildad puesto que sólo al someterse a las cosas, las sometemos.
Hemos visto que somos caracterizados por una voluntad infinita, por un deseo inobjetivable, es decir, por una exigencia de lo sobrenatural. Por ello, el segundo valor que se une al valor del trabajo es la abnegación. La abnegación manifiesta que lo espiritual es absolutamente irreductible a todo lo natural. Así, en el mismo trabajo, hay un valor del desinterés, de la generosidad; lo que hago no lo hago porque me es útil sino porque es un bien; este valor consiste en hacerse, en no querer más que ser el mediador, la mediación. Y, en efecto, todo lo recibí y tengo que transmitirlo incrementándolo, aumentándolo de mi propio esfuerzo, de mi propia dedicación; transmito la vida que recibí, transmito el saber que recibí, transmito los ejemplos que recibí, transmito la relación que recibí. El resultado no es el motivo de mi acción; hago, como decía Descartes, todo lo que puedo para cumplir, pero el resultado no es de mi responsabilidad: hago todo cuanto puedo.
La significación objetiva, lo que la historia hará con lo que hice, eso depende de la posteridad: o acogerá mis esfuerzos o los dejará inútiles, eso no me corresponde. En una perspectiva más cristiana: el arquitecto que eleva un templo espiritual a Dios, necesita piedras vivas; lo que me corresponde es cortar la piedra que soy como si tuviera que ser utilizada por el arquitecto, pero no conozco sus fines, su voluntad; quizás, aunque tallada, la dejará: eso no me corresponde. Únicamente me corresponde hacerme digno de ser utilizado, pero el resultado, finalmente, no está en mi mano. Por eso, actúo no tanto por lo que alcanzo, sino por lo que atestiguo; lo mismo que los mártires son testimonio de lo que los posee, obrando nos hacemos testimonio del infinito que nos posee. Y, en efecto, somos siempre desunidos por lo que poseemos y únicamente unidos por lo que nos posee, de tal manera, que el valor de los valores me parece esa unión del trabajo y de la abnegación.

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