Valores: medida del hombre

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Se lleva a cabo este coloquio internacional sobre los valores, en un momento en el que la opinión pública de nuestro país parece convencida de que México necesita un nuevo modelo económico, debido a las pésimas consecuencias acarreadas quizá por aquel la economía social de mercado que ahora seguimos. No obstante, dudo que muchos sepan qué quieren decir cuando piden un nuevo modelo económico.
Quienes esperan un nuevo modelo económico no nos permiten entrever más que una alternativa: un mayor dirigismo por parte del Estado. Pero lo que hoy, a finales del siglo, ya no se puede discutir, es que las diferencias del mercado puedan corregirse mediante un mayor incremento del dirigismo estatal. El Estado es demostrativamente inepto para dirigir empresas mercantiles, incapaz de dirigir las economías de los países. Para demostrar lo anterior no hacen falta muchas disquisiciones: basta remitirse a los resultados fácticos de Europa del Este.
Acrecentar el dirigismo es incrementar la burocracia y la reglamentación: hacer que el costo de reglamentar lo que se produce sea mayor que el de producir lo que se reglamenta. Dirigir mejor no es dirigir más. Esto ha de tenerse bien presente: dirigir mejor es una proposición enunciada en el nivel cualitativo; dirigir más es un juicio que alude al nivel de la pura y mera cantidad.
No obstante ello, si el modelo actual resulta cuestionable, es porque la economía social de mercado no es la rectora fundamental de la sociedad, porque la economía no es la pieza principal de la vida. Por esto, porque la vida es más rica, heterogénea y profunda que la economía, es por lo que las economías sociales de mercado pueden vivirse de muchas maneras.

Estado, mercado y medios de comunicación

Hasta hace apenas dos décadas, el funcionamiento de la sociedad ha sido interpretado como una figura de transacción o pacto implícito entre la intervención estatal y la defensa del mercado libre, de manera que la estructura que sostiene la sociedad contemporánea se resuelve en dos pivotes centrales: el mercado y el Estado, que corresponden respectivamente al economicismo y racionalismo imperantes.
Ahora es necesario introducir un tercer elemento: los medios de comunicación colectiva, que se añaden al poder del Estado y al dinero del mercado, para intervenir con su influencia persuasiva.
Pero la sociedad humana no se encuentra de acuerdo con una lógica economicista según la cual todo resulta susceptible de ser medido con dinero. Nos inconformamos con que el hombre sea un individuo racional maximizador de utilidades. Estamos de acuerdo con Antonio Machado cuando dice que “sólo el necio confunde valor con precio”.
En efecto, la despersonalización propiciada por el Estado no se recupera en el mercado: el mercado es impersonal. Pensamos equivocadamente que en el mercado se logra esa personalización de la que la máquina burocrática estatal nos había privado. Ya antes de los años cincuenta, Max Weber nos había dicho que el mercado era “la relación práctica de vida más impersonal en la que los hombres pueden entrar… Cuando el mercado se abandona a su propia legalidad [la oferta y la demanda] no conoce… ninguna de las relaciones originarias de las que son portadoras las comunidades de carácter personal”.
¿Debemos entonces encajonarnos entre la despersonalización del Estado que nos priva de nuestro carácter de persona y la impersonalización del mercado que la margina? A menos que se supere esta alternativa no se podrá entender el advenimiento de los nuevos fenómenos sociales y resolver los problemas que producen. No podemos estar de acuerdo en que sólo existan los caminos mencionados. Éstos resultan meros aspectos secundarios de la vida. El modelo que se nos ofrece está incompleto, porque se trata de un paradigma sólo económico y político, y las verdaderas necesidades de la sociedad no tienen remedio ni en la política ni en la economía.
Debajo del Estado, del mercado, de la televisión y del periódico, se encuentra el mundo de la realidad personal, el ethos primario de la vida, el mundo de las relaciones personales que no pueden traducirse en términos de dinero, influencia o poder: eso que según vimos Max Weber llama relaciones originales de las que son portadoras las comunidades de carácter personal.
Este conjunto de realidades vitales recibió de Edmund Husserl el nombre de Lebenswelt, que José Gaos tradujo con todo acierto como el mundo de la vida corriente. El racionalismo y el economicismo contemporáneos cometieron el grave error de marginar al Lebenswelt como algo que meramente se supone, como si se tratase de un excipiente sin valor particular.
El esquema social del que hablamos antes debe, por tanto, complicarse para dar cabida a ese mundo del ethos vital que se encuentra en su trasfondo, pero no como un agujero negro, sino como un cimiento; así se ve en la siguiente figura.
La solución no vendrá, dije, por el lado de la economía y de la política. Lo que se pide ahora es una atención a las needs of the real world. Ese mundo real es más real que las suposiciones políticas y económicas. Como lo dice Václav Havel, “la estructura de este mundo está constituida por valores que se encuentran ahí continuamente… desde siempre, antes que hablemos de ellos”.
El lugar de lo insustituible y entrañable
¿Cuál es la trama del Lebenswelt, de ese mundo realísimo e inmediato de la vida corriente, de la gente común? Las pequeñas células que lo constituyen son innúmeras, o por lo menos innumerables: la familia, las relaciones de amistad, el barrio, las escuelas no estatales ni mercantiles, las asociaciones voluntarias, los clubes, las parroquias, los grupos de dominó, los equipos deportivos no profesionales…
Es el ámbito de la plena confianza y la correspondencia, el lugar de lo insustituible y entrañable, lo que de suyo no está nunca sometido al cálculo de transacción, allí donde el hombre se hace más hombre, donde logra cultivarse a sí mismo de modo personal.
En el Lebenswelt se da el fenómeno contrario a esa regla despersonalizante de la oferta y la demanda, en la que doy lo menos posible para obtener lo más posible; aquí, en el mundo de la familia y de la amistad, lo doy todo por nada.
El reconocimiento, la valoración de todas estas necesidades del mundo real acarrea, sin duda, inmediatas consonancias ideológicas. Para referirse a este mundo de la vida corriente y a su poderosa influencia pública, Edward Shils acuñó el término de cultura cívica, la cual según Almond y Verba está integrada por las actitudes del ciudadano común, entre las que deben contarse los sistemas de creencias y códigos privados de relaciones personales, más firmes y decisivos que las normas legales y las ideologías. El ámbito social no queda plenamente invadido por el Estado o el mercado. Hay un espacio de nadie que debemos ocupar.
Así como al mundo de la comunicación colectiva, del mercado o del Estado, les asignamos un supuesto valor predominante (la influencia, el dinero y el poder, respectivamente), ¿qué valores asignaremos a este ámbito de la vida corriente, porque prevalecen en él? Después de grandes dudas, me he decidido a señalar tres valores, y aún me resultan pocos: la amistad, la confianza y la alegría; amistad, confianza y alegría son las realidades antropológicas que caracterizan a y fructifican en el mundo del Lebenswelt, y quedan recogidas en la siguiente figura.
Es claro que quienes nos hallamos inconformes con la actual decadencia de los valores en nuestra sociedad que está bien a la vista debemos intensificar nuestra influencia sobre el Lebenswelt, que es perdonen la metáfora culinaria donde se cuecen los frijoles de las estructuras sociales.
Actualmente es evidente la poderosa influencia que el Estado, el mercado y el mundo de la televisión y la prensa tienen en el nivel subyacente del Lebenswelt, que llega incluso a la intimidad de los hogares.
El flujo de las influencias parece encontrarse ahora indudablemente así, como se expresa en la siguiente figura.
Me atrevo a proponer no un cambio estratégico o táctico, sino mucho más: un mayor énfasis a la influencia que se puede ejercer directamente sobre el mundo de la vida corriente, sobre el mundo en donde cuentan o deben contar, ante todo, las personas, con sus singularidades concretas. Debe cambiarse el flujo de las influencias, como lo describimos a continuación.
Sabemos que la influencia sobre las personas y sus familias, y sus grupos comunitarios voluntarios, valiéndonos de las relaciones estrictamente personales, de amistad y confianza, es mucho más lenta que la transformación de las grandes masas. Es más lenta, pero sin duda más efectiva.
Hemos de tener presente la triple superioridad señalada por Juan Pablo II ante la Pontificia Academia de las Ciencias en 1979: (a) de la ética sobre la técnica, (b) de la persona sobre las cosas y (c) del espíritu sobre la materia. Triple superioridad, y doble trascendencia: el mundo es trascendido por el hombre (versus todo ecologismo exclusivista) y el hombre es trascendido por Dios (versus todo reduccionismo agnóstico).
Hoy nos adherimos más a personas que tienen un sistema de valores, un carácter sólido y bien constituido, antes que a quienes defienden modelos, sistemas o ideologías políticas. Quienes cuentan hoy no son los neosocialismos o los neoliberalismos, sino las Thatcher, los Gorbachov, Walesa, Wojtyla, Mandela o el también sudafricano De Klerk. Tristemente, diríamos que cuentan igualmente los Hussein.
Mijail Gorvachov, en su reciente libro La búsqueda de un nuevo inicio, confiesa que “en los primeros años de la perestroika formulamos el principio: comienza la perestroika contigo mismo…; pero nos precipitamos en cambiar la sociedad mientras marginábamos los cambios personales…” (p.46).
Es verdaderamente notable que esta afirmación se haga después de 80 años de instaurado el comunismo, que habría invertido los términos de la ecuación: primero el sistema y después la persona.
La fatal desembocadura en el anonimato
Cuando la comunicación colectiva, el mercado y el Estado influyen preponderantemente sobre el Lebenswelt, lo más significativo y real de la vida se evapora en abstracciones en donde las personas pierden su dimensión individual y encarnada. Los valores se evaporan, y nuestra vida personal adquiere un estado delicuescente y gaseoso que hasta hace poco tiempo carecía de nombre, hasta que, a espaldas uno del otro, personas de mentalidad tan diversa como el norteamericano William Pfatff, del International Herald Tribune (13-X-93), el germánico Robert Spaëmann, de la Universidad de Colonia, y Octavio Paz, de México, han coincidido curiosamente bautizándolo con el nombre de nihilismo. Pero no un nihilismo profundo, que toma trágica conciencia de que el hombre no tiene sentido, al modo de Frederich Nietzsche, sino un nihilismo epidérmico que Robert Spaëmann ha llamado con acierto nihilismo banal, y nuestro premio Nobel califica de nihilismo vergonzante, porque no sabe siquiera que lo es, y que podría denominarse, si no fuera pleonasmo, nihilismo anodino: no es que el hombre piense que carece de sentido, siendo un dramático estúpido estar ahí, sino que al hombre contemporáneo le importa un bledo el buscarse un sentido, y prefiere vivir como si no lo poseyera.
En Los fantasmas de la sociedad contemporánea, se ha intentado describir los rasgos del presente estado social. Los adjetivos con que esta sociedad se califica son los siguientes.
Nos encontramos en una sociedad compulsiva, en la que el hombre, como el animal, se deja determinar unívocamente por sus instintos. El hombre es un ser que se destaca como persona frente al animal porque posee un dominio sobre sus tendencias instintivas.
Una sociedad permisiva se caracteriza porque sus hombres se comportan sin preguntarse si esas satisfacciones hacen crecer lo que realmente son, o lo degradan, encogen y empequeñecen. Cuando, por la irreprimible satisfacción de nuestras tendencias no inteligentemente dominadas, nos dejamos llevar por las múltiples compulsiones internas que nacen de nosotros, perdemos el sentido de la naturaleza humana, no sabemos ya quiénes somos. Ya no sabemos cómo conducirnos para ser lo que somos. Parodiando a Dostoievski, si no hay naturaleza (o si no hay un Dios que la haya concebido para nosotros) todo está permitido.
Sin el dominio sobre las tendencias espontáneas e irreflexivas, y sin criterios, valores, normas, leyes, caminos, señalizaciones, para orientar la conducta de nuestra vida, la persona humana pierde su individualidad. Dicho de modo claro y cortante: pierdo mi individualidad, me hago literalmente impersonal cuando carezco de conciencia acerca de cómo debo yo actuar, no en cuanto integrante de mi país o mi distrito, mi barrio o mi club, sino como esa persona individualísima, irremplazable e irrepetible que soy; cuando no sé qué hacer de esa vida única que Dios me ha dado para mí solo. Es la fatal desembocadura en el anonimato. Para la persona individual, el anonimato se identifica con el nihilismo, con el vacío más radical: cuando la persona se vacía de sí, no hay ya nada que lo rellene.
Esta sociedad de compulsiones, permisivismos y anonimatos vacíos es, además, pesimista, con un pesimismo cobarde. La “moral” de los instintos espontáneos sin freno, de la actuación libre de reglas y convenciones, y de las personas diluidas en masas uniformes, tal “moral” si la podemos denominar así sirve sólo para el momento de la salud, del placer, del bienestar, del goce; pero es una “moral” que nos deja inermes, literalmente descobijados, a la intemperie, en el momento del dolor, de la enfermedad y de la muerte. Ese momento resulta insoportable porque se carece de recursos para darle cara. El hombre nihilista acude cobardemente a la nada, a la eutanasia. De ahí que el nihilismo banal, aquí sucintamente descrito, sea una “moral” siempre entre comillas de huida, una moral, dije, pesimista y cobarde, pues no afronta con seriedad el sentido último de la existencia.
Compromiso, renuncia y don de sí
Pero el Lebenswelt, el mundo de la vida corriente, posee una alternativa distinta de ese nihilismo banal al que nos estamos refiriendo. ¿Qué características debe tener el Lebenswelt para que la corriente de influencia se dé en el sentido que ya dibujamos?
La antropología y la ética contemporáneas han aproximado de manera visible los conceptos de virtud y de carácter (como ocurre en el popular The book of virtues, de William Bennett). ¿Qué tipo de carácter deseamos que tengan los integrantes de la comunidad en donde queremos vivir?
En 1992 un grupo muy calificado de educadores norteamericanos lograron determinar, en la llamada Declaración de Aspen, seis elementos medulares del carácter que debieran imprimir las instituciones que influyen en la juventud.
Pero, además, también es evidente una concordia, no ya entre las instituciones reunidas en Aspen, sino entre las grandes civilizaciones de la historia, en las que se da una coincidencia asombrosa y llamativa acerca de cómo debe ser el hombre humano merecedor de tal título.
No es fácil un elenco cerrado. No obstante ello, nosotros señalaremos aquellos valores, virtudes, cualidades, que se presentan en nuestro tiempo como fundamentales para el Lebenswelt. La firmeza de nuestra existencia, la fuerza expansiva de nuestra persona, se adquiere en la medida que desplegamos en nuestro interior tres capacidades que son innatas en todo hombre, concebido de acuerdo con una idea cristiana de la existencia.
Primero, la capacidad de compromiso. Como acontece con el árbol bien plantado, cuanto más profundas son las raíces del hombre, más libre se encuentra para resistir el vendaval; al contrario, la arena suelta del desierto, libérrima carencia de ataduras, es esclava de cualquier brisa ligera. Una persona que no se halla comprometida, por ejemplo, en una familia, es un individuo sin ancla ni fondeadero, voluble, carente de ligaduras, habitante de la nada.
Segundo, la capacidad de renuncia, porque el compromiso implica la renuncia de todo aquello que es incompatible con el objeto con el que me he comprometido.
Tercero, la capacidad del don de sí. La entrega desinteresada, corre pareja con el sentido de responsabilidad; con el control de los instintos; con el temple de las capacidades; con el dominio del yo; con la afirmación del carácter.
Me he atrevido a señalar cuáles son las notas que han de prevalecer en nuestro tiempo, en el interior de nuestro mundo de la vida corriente. Pero mi atrevimiento es aún mayor: aventurar las notas del carácter, las virtudes básicas necesarias ya no en nuestro tiempo, sino en nuestro país. No me tiembla el pulso al sostener que nuestro país se haya sediento, se encuentra ayuno, tiene hambre imperiosa, de un valor o una virtud que se expresa con una sola y simple palabra: verdad.
Diría que esta necesidad de verdad se desglosa en tres importantes cualidades: (a) Integridad de vida: vivir como se habla ; (b) Veracidad: decir lo que se piensa y; (c) Credibilidad: cumplir lo que se promete.
La confianza es la piedra básica de la relación humana, tanto para Stephen Covey, que la llama precisamente credibilidad, como para Francis Fukuyama, quien la califica como capital social.
Se nos puede interpelar diciendo que nos referimos a ideales inasequibles y románticos, ¿qué pasa con los modelos económicos?, ¿qué pasa con la economía social de mercado?, ¿qué pasa con la crisis monetaria y laboral de México?
Responderé que estoy de acuerdo con Lipovettsky en que las grandes utopías ya no tienen credibilidad; pero le falta decir que sí tienen aún credibilidad las pequeñas utopías. Las utopías de cada uno, las ambiciones más altas de vivir una existencia que valga plenamente la pena, son perfectamente posibles en el ámbito del ethos vital, del Lebenswelt. Y, aunque no lo fueran, siempre tendrá vigencia la sensata observación que Aristóteles le hace a Zenxis: lo imposible verosímil debe ser preferido a lo posible no convincente, lo cual tiene su preludio en los Upanishads: vale más proponerte la meta de la excelencia y no lograrla, que la de la mediocridad y conseguirla.

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