Trabajo y diversión

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Para evaluar bien si el trabajo es deshumanizado o no, es necesario establecer dos tipos de balances, a cuyo través contrapesar el mayor o menor énfasis que se atribuye al ejercicio de la profesión: el balance trabajo/familia y el balance trabajo/ocio.
Nadie dudará que si es disarmónico el resultado de la actividad humana en los dos balances anteriores, habría que concluir que la supuesta adicción al trabajo es algo más que supuesta. En el fondo, la adicción al trabajo es un desorden que va contra la necesaria armonía exigida ¾ y exigible¾ por cualquier actividad humana (Polaino-Lorente, 1995).
Por el contrario, si los balances anteriores no fueran armoniosos, entonces es muy probable que nos encontremos ante lo que se ha dado en llamar «trabajadores quemados» (worker burnout).
En cualquier caso, ya se advierte que las dos variables a las que, en la década de los setenta, mayor peso se les concedía como definidoras de este trastorno (tiempo dedicado y esfuerzo), comienzan a ser sustituidas en la actualidad por otras como ciertas actitudes laborales erróneas, el tipo de compromiso y satisfacción con el trabajo, y el carácter obsesivo-compulsivo de estos comportamientos.
Conviene hacer notar que si nos atenemos sólo a la variable del tiempo (dedicación al trabajo), posiblemente muchos buenos profesionales sean hoy calificados de adictos. Y, sin embargo, tal calificativo sería injusto, puesto que hay muchos profesionales que estando muy motivados por su trabajo disfrutan con él y cumplen una importante función social, sin por ello renunciar al ocio o a la satisfacción de sus deberes familiares o sociales.
En este punto es necesario no olvidar que la satisfacción que el trabajo produce no es siempre morbosa, como ya Marks (1977) nos advirtió.
Después de una jornada agotadora, muchos buenos profesionales experimentan, junto al cansancio, el gozo y la satisfacción por los problemas que han resuelto y los servicios que han prestado, que sus vidas valen la pena ser vividas de esta forma (autorrealización personal).
La sesgada percepción social de los adictos al trabajo y el desprestigio con que hoy se califica cualquier actividad competitiva, que no sea la meramente deportiva, por algunos sectores de nuestra sociedad, son estereotipias y falsas atribuciones sociales que en el futuro habrán de ser modificadas.
Otra cosa muy distinta es que la satisfacción profesional ¾ por honesta que sea¾ jamás debiera entenderse como la única posible, como una satisfacción excluyente e incompatible con cualquier otra, especialmente respecto de otras ¾ la satisfacción familiar, por ejemplo¾ , a la que aquélla siempre debería subordinarse.

Qué se entiende por divertirse y pasárselo bien

El pasárselo bien y la diversión tienen que ver con el ocio. El tema del ocio es muy antiguo. Los clásicos distinguían entre ocio (schola) y negocio (neg-otium). Los griegos probablemente no entenderían que hoy trabajemos por el trabajo mismo.
El ocio, para Aristóteles, es el punto cardinal alrededor del cual todo gira (Política), hasta el punto de que «estamos no ociosos para tener ocio» (Ética a Nicómaco).
El ocio era, en su más puro sentido, ninguna actividad, porque ninguna actividad genera la máxima actividad, que es hacer lo que a uno le dé la gana. Porque si uno no hace lo que le da la gana, no crece y no se desarrolla.
Por el contrario, el negocio es la negación del ocio, es la vida programada o preprogramada, es funcionar como una peonza, sin actualizar o ejercer la opción de elegir. En la actualidad casi todo ha devenido en negocio, hasta el punto de incluso hacer negocio con el ocio, capitalizar el ocio.
Hoy como ayer, como en otras épocas, hay muchas personas que no saben qué hacer con el ocio. Esta característica cubre todo el arco de las edades, desde el primer año de la vida hasta los noventa años. Su forma más extendida es lo que conocemos con el término de aburrimiento.
¿En qué consiste el aburrimiento? Sencillamente, en estar incapacitado para el ocio, como consecuencia de percibirse a sí mismo como un ser que ha dejado de ser interesante para sí mismo, que no es interesante.
¿Por qué puede hacerse uno ininteresante para sí mismo? He aquí una buena pregunta, que remite a otra: ¿por qué se aburre la gente? La gente se vuelve no interesante para sí cuando piensa que no puede hacer nada consigo misma.
Las personas son pero no están hechas, ninguna persona está finalizada. Por supuesto, que tenemos fines, pero aún no los hemos alcanzado; de ahí que no estemos todavía finalizados. Esto significa que en tanto que personas todavía no hemos alcanzado nuestro destino personal, por lo que hemos de continuar luchando por hacer viable ese proyecto en que consiste nuestro vivir. Por el contrario, si no disponemos de ningún proyecto, en tanto que personas, estamos acabadas y nuestras propias vidas se agostan y devienen ajadas, entre otras cosas porque nos hemos quedado sin futuro.
Una persona no se aburre cuando tiene proyectos. Y tiene proyectos, porque tiene fines, propósitos, metas a las que dar alcance. Como, por otra parte, la vida es un bien más bien escaso, la vida es muy corta y frágil, pues no hay otra solución que la de aprovechar hasta el último segundo.
Tal intensidad vital es consecuencia precisamente de estar motivados, de disponer de una meta por la que levantarse cada mañana, de haber encontrado un sentido que colma de significado nuestra entera actividad grande o pequeña, como una tarea, como una tarea urgida que es preciso llevar a cabo y para cuya realización apenas si disponemos de un breve período de tiempo. Esto es lo que contribuye a que no experimentemos el aburrimiento, a que nos divirtamos, a pasárnoslo bien.
Y uno se divierte cuando está «entre-tenido», es decir, cuando despreocupado de sí, se abre, se ocupa y se entrega a algo o a alguien que no es uno mismo. Por eso, en cierto modo, su ser se encuentra «tenido-entre» otros seres que no son él.
«Entre-tener-se», no es que uno se tenga a sí mismo, sino que uno está entre cosas que le tienen a uno. La persona se entre-tiene, cuando asume situaciones de «inter-esse», dicho con un concepto más metafísico, cuando su puesto en el mundo consiste en estar entre los seres («inter-esse»), sin focalizar su atención en el «esse», es decir, sin establecer el auténtico encuentro y diálogo con ninguno de esos seres.
Hay muchas personas que se di-vierten (que se «vierten» hacia fuera y desentienden de ellas mismas), anegando su interés en el mero «estar-entre». Acaso por eso mismo necesiten de tantos estímulos. Precisamente, para no pensar en nada serio ni siquiera en ellas mismas, para escapar de sí mismas.
Esto es lo que, por ejemplo, sucede hoy cuando las personas se entretienen en la ficción ¾ un riesgo calculado, menor y ficticio¾ de jugarse unas monedas en las máquinas, mientras matan el escaso tiempo vital de que disponen, mientras hacen almoneda de los doblones de oro en que consiste todo vivir humano.
Cuando las personas precisan de actividades como éstas para entretenerse, es que no se tienen a sí mismas. Por eso, precisamente, prefieren que les tengan las cosas, las circunstancias, en lugar de tenerse a sí mismas. Sencillamente, tienen miedo a asumir la dirección de sus propios comportamientos; y ello porque no tienen metas, porque están ausentes de ideales, porque no disponen de fines, en una palabra, porque carecen del más elemental proyecto de convertirse, de llegar a ser las personas que quieren y deben ser.
Sin dirección, el comportamiento personal no puede guiarse ¾ no puede conducirse¾ hacia ningún propósito. Entre otras cosas, porque no hay intencionalidad. Y sin intencionalidad, no es posible establecer una cierta teleología, lo que significa que las acciones que se emprenden están desfinalizadas y son un despropósito muy difícil de justificar.
Cuando no se dispone de ningún fin por el que vivir, entonces no se tolera ningún modo de vida, porque cualquier cosa que se haga resulta irrelevante, aburrida, tediosa. Es lo que acontece cuando se entrega la libertad personal a la nada.
Por contra, cuando se dispone de un proyecto, el trabajo ¾ el esfuerzo que es menester realizar para llevarlo a cabo¾ se transforma en algo divertido, motivador, gozoso. Entonces, el trabajo se transforma en juego, en divertimento, en aventura a la que apostar la libertad personal, lo que nos hace pasarlo bien.
El juego, qué duda cabe, es una de las actividades más relevantes y propiamente humanas a las que podemos entregarnos, de manera que cuando lo acometemos la persona se hace más digna. Esta actividad atañe a la dimensión lúdica de la persona humana, la que le configura como homo ludens.
Los animales, en cambio, ni saben ni pueden ni quieren jugar; parece que juegan, pero esa actividad les es imposible. Las personas humanas juegan y, además, desde pequeñitas. Sin haber hecho ningún master en ninguna universidad extranjera acerca del juego, el niño con apenas unos años ya juega. A través del juego, el niño descubre la realidad, se engancha a la vida, investiga, aprende, se lo pasa bien, se pone a sí mismo a prueba, crece, se desarrolla, en una palabra, experimenta con su propia libertad, lo que le permite afirmarse como persona.
Por eso hay que llevar el sentido del juego al trabajo, hay que hacer de todo trabajo un juego, en donde la persona se ponga a prueba a sí misma y haga crecer lo mejor de ella y, además, se lo pase bien. Y no se lo pasará bien si no alcanza su propio destino, si su vida no se realiza plenamente al realizar su trabajo, si a través de él no consigue ser feliz.
No conozco ni un solo juego que no tenga leyes, que no esté regulado por ciertas normas. Todo juego es de suyo normativo. Sin normas no puede haber juego. Tal vez por eso, es por lo que suele haber «tramposos», personas que fraudulentamente incumplen las normas a las que no se atienen. Cuando alguien no cumple la ley decimos que es un tramposo, lo que casi siempre se prolonga en discusiones y conflictos.
El único modo de salir hacia adelante, de ganar a los contrarios en una competencia leal, es respetar las leyes que regulan aquel juego. Esto es lo que hace divertido el juego.
Lo mismo sucede con el trabajo, cuando es entendido como juego. En ese caso, el trabajo deviene en un ámbito de libertad, en el que, sin demasiado riesgo, experimentamos las consecuencias de nuestra toma de decisiones, observamos los resultados obtenidos, aprendemos, nos sometemos a normas, es decir, nos implicamos en una actividad que es también ética y a través de la cual nos socializamos y participamos mediante las relaciones interpersonales en la construcción de ese necesario entramado que es el tejido social.
De aquí que casi todos los juegos ¾ como la mayoría de los trabajos¾ se realicen en equipo. Esto permite la emergencia de la solidaridad, el apoyo, la cooperación sinérgica de unos con otros en un escenario, no obstante, competitivo.
La observancia de las normas por las que se rige cada juego, constituye una de las mejores maneras de socializarse. Cuando uno se atiene y respeta las reglas de un juego ¾ las que sean¾ , en que uno apenas arriesga nada, tal vez pueda ser calificado de necio por eso.
Pero a través del cumplimiento de esas pequeñas normas ¾ por lo demás, meramente consensuadas¾ , la persona aprende a embridar sus pasiones, a someter su conducta a lo que se ha pactado, a ser leal, a cumplir la palabra empeñada, es decir, a realizarse como persona.
Y es muy posible que, a través de ese aprendizaje, alcance otros no menos importantes como atenerse a las reglas del tráfico, al código civil, a los preceptos del decálogo.
La persona aprende que por este cumplimiento no se restringe ni limita el ámbito de su libertad, sino que más bien este ámbito resulta ampliado, que dispone todavía de suficiente espacio de libertad como para poner en marcha, innovadoramente, su creatividad personal a fin de allegar la pertinente solución a los problemas que la sociedad tiene planteados.
Esta natural desembocadura del juego y del trabajo en el comportamiento ético es lo que, en definitiva, transforma el mapa cognitivo de la persona y le permite proyectarse a sí misma en los proyectos que concibe, que logran hacer de su vida una fascinante aventura. A lo que se ve, hay que meter el juego en la vida humana, hasta transformar el trabajo, cualquiera que sea la actividad profesional realizada en juego.
¿Por qué el estudio se asocia, habitual y únicamente, con el cansancio del esfuerzo, la fatiga del sudor y la ansiedad de los exámenes? ¿Es que acaso no disfruta el hombre al satisfacer el hambre natural de saber que le es propia? Estudiar, aprender, formarse son también actividades lúdicas y gozosas. De lo contrario, no nos hemos enterado de nada.
El trabajo, cualquier trabajo, habría que percibirlo como un juego y no a causa de que le restemos la importancia que, sin duda alguna, tiene, sino porque deviene en un juego tan apasionado, que acaba por configurarse como una realidad plenificadora, en la que desde luego nos jugamos realmente la vida personal (DOrs, 1996).
Cuando se juega se pasa bien, cuando uno juega se es feliz. Pasárselo bien no es entretenerse. Pasárselo bien no es regalar la libertad a las circunstancias a las situaciones de «inter-esse» para que elijan por uno.
La vida personal no se puede hacer por encargo de otro ni al dictado de lo que diga otro, como tampoco a tenor de lo que determinen las circunstancias, el contexto o la situación. Sencillamente, porque la libertad es el don que se nos ha dado, por cuya virtud cada persona tiene la propia vida en sus manos para hacer trabajar, actuar, realizar con ella lo que le dé la gana.
Sólo el hacer con la propia vida lo que a la persona le da la gana, es como cada persona realiza su vida y se autorrealiza en ella. Y es que, siempre que hacemos algo, en cierto modo, nos hacemos a nosotros mismos a través de ese algo que hacemos.
Si el trabajo deja de ser un juego y deviene en una tarea ininteresante, aburrida y tediosa, surge entonces lo que los clásicos conocían con el término de «acedia». «La acedia es la “desesperación en la debilidad”, de la que dijo Kierkegaard que consiste en que uno “desesperadamente no quiere ser él mismo”, no quiere ser lo que Dios quiere que sea, no quiere ser lo que realmente y en última instancia es» (Pieper, 1962).
Algunas actitudes que caracterizan al trabajo humanizado
Se describen a continuación algunas de las actitudes aunque muy limitadas en su diversidad, dado los naturales límites de esta colaboración, que con mayor frecuencia sostienen y caracterizan el trabajo personal digno y humanizado:
1. Trabajar y poseer para que otros puedan trabajar: la generación del empleo. Esta actitud ante el trabajo constituye un nuevo punto de vista: aquel que incorpora, atiende e implica, entre sus fines, a los otros o, más precisamente, al trabajo de los otros. En este caso concreto no se puede hablar de trabajo deshumanizado y, mucho menos, de una actitud patológica ante el trabajo.
El empresario que, por ejemplo, trabaja y posee más, a fin de crear más puestos de trabajo, de manera que también los otros puedan trabajar más o disponer de mejores ofertas y posibilidades de trabajo, manifiesta con ese modo de comportarse su relativa invulnerabilidad a las formas enajenantes del trabajo, a que hemos aludido con anterioridad.
En estas circunstancias, la posesión que del trabajo resulta es una posesión ciertamente arriesgada, dado que lo poseído no se reserva para sí, sino que, al contrario, se pone de alguna manera a disposición de los otros. Es, pues, sí, una posesión (un medio), pero al servicio de la creación del empleo (un fin), que generará y vertebrará los necesarios tejidos social e instrumental al servicio de la promoción de aquéllos para los que él trabaja.
En realidad, este trabajo es una fábrica generadora de trabajo, un modo comprometido de replicarse, clonarse, generarse y expandirse a sí mismo, a pesar de los riesgos que ello implica.
En ocasiones, sin embargo, puede ser tan intenso el anhelo de incrementar la posesión para, a su vez, incrementar las posibilidades de trabajo de los demás, que acaso llegue a enfatizarse demasiado la rentabilidad y cuenta de resultados, con menoscabo de la dignidad y nobleza de los que con él trabajan.
2. Trabajar para no poseer: las motivaciones transhumanas. ¿Es posible la actitud de trabajar para no poseer? ¿Se puede trabajar así? Ciertamente que se puede, aunque en la actualidad no esté muy extendida tal actitud.
En realidad, el hecho de trabajar para no poseer resulta un tanto difícil de entender, cuando se contempla desde la mera perspectiva del homúnculo productivo. Para adentrarse en su comprensión es preciso apelar a otras motivaciones de mayor calado o, si se prefiere, de mayor profundidad. Me refiero, claro está, a esa nota de «plusvalía», de «además», de carácter transhumano de trascendencia que alienta en el comportamiento de la persona, y sin el cual éste no se entendería.
Este modo de habérselas con el trabajo puede resultar deshumanizado o sobrehumanizado. En el primer caso un error por defecto, la persona trabaja mucho y acaso bien, pero distanciándose e impermeabilizándose de las consecuencias de su trabajo. Es el caso del oportunista reasegurador, al que sólo le importa estar seguro de su nómina (lo único que le importa, lo único que le interesa poseer), independizándose artificialmente de lo que se genera con su esfuerzo y de la evolución de la empresa a la que con su esfuerzo colabora.
Es el caso también de algunos funcionarios del Estado que, renunciando a las consecuencias de su trabajo, buscan sólo la seguridad personal el bien propio, desinteresándose del bien de los administrados del bien común y renunciando al riesgo personal que todo trabajo conlleva.
Por contra, otro modo muy distinto de enfrentarse al trabajo lo que constituye un cierto exceso, es el prototipo ejemplarizado por el asceta. La persona trabaja con la intensidad de quienes apuestan la entera vida en lo que hacen, pero renunciando al dominio de las posesiones que, obviamente, son generadas por ese trabajo. Sencillamente, trabajan como los demás con toda aplicación humana, pero sus motivos son muy diferentes (los demás, Dios, la misma perfección personal).
En la primera actitud es muy frecuente que asistamos a una cierta escisión antinatural entre lo hecho y quien lo hace, entre el trabajo y el capital, entre la causa instrumental y la causa eficiente de lo que se realiza, entre lo subjetivo y lo objetivo del trabajo. En la segunda actitud, en cambio, nada de esto acontece, sino que todo ello se ordena, ensambla e integra de forma más armoniosa y perfecta. A este respecto, piénsese, por ejemplo, en los sufridos y arriesgados trabajos a los que se entregó la Madre Teresa y a los que cada día continúan entregándose sus hijas.
3. Trabajar para alcanzar el propio destino: de la identidad personal a la vida lograda. El trabajo es la actividad que mejor se adecua a la condición humana, una vez que la vida se ha entendido como tarea.
Trabajar, entonces, se autoconfigura como el procedimiento más relevante para transformar el mundo y hacer que emerja y comparezca en su superficie todo lo que, soterrado e incógnito, en él subyace desde su creación.
Trabajar deviene, entonces, en el medio más apropiado para cuidar de los demás, para afirmar a cada persona en su propio valer, mientras se le ayuda a avalorarse y acrecerse hasta alcanzar su mayor estatura posible.
Trabajar se transforma, entonces, en el método más conveniente para autorrealizarse como persona, al mismo tiempo que se actualizan todas las virtualidades y potencialidades que, a modo de regalos, le han sido donadas a la persona.
Trabajar así es sinónimo de un cierto acabamiento, de dar alcance a la propia finalización, de conquista del propio destino, de cumplimiento de la personal y libérrima trayectoria biográfica.
Si no se realizara el trabajo de esta forma, la persona dejaría de ser ella misma, porque ella misma no se haría sin realizar lo que hace. En el trabajo está en juego, nada más y nada menos, que la propia identidad de la persona humana, que es siempre un proyecto en el mundo, el modo en que cada persona se proyecta en el mundo.
Trabajar no es otra cosa, entonces, que cooperar con Dios, realizar personalmente el encargo divino (la vocación) que se ha recibido y, por cuya virtud, el hombre resulta salvado, santificado y divinizado.

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