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Hoy, uno de los principales problemas de la educación es conciliar los intereses particulares del individuo con los intereses generales de la sociedad. La forma más común de lograrlo es a través de la competencia. La Ilustración no sólo la consideró sino incluso le parecía deseable para los beneficios económicos sociales, pues consideraba las pasiones humanas como mecanismos impulsores de la economía. En realidad, los economistas clásicos simplemente describían cómo se llevaban a cabo las transacciones normales en el mercado, es decir, no les interesaba cómo deberían ser, sino cómo son de hecho: «No esperamos comer gracias a la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino a la consideración de su propio interés. No nos dirigimos a su humanidad sino a su egoísmo y nunca les hablamos de nuestras necesidades sino de su provecho» (A. Smith. 1776).

El liberalismo positivista se centró más en una educación de eficacia en el mercado del trabajo, que en una formación humanista que preparara a la persona para la convivencia. Al subrayar que la felicidad humana se fundamenta únicamente en el bienestar material y proponer que el individuo debe alcanzarla por sus propios esfuerzos, dejó de considerar (y se hizo incluso intrascendente) que las relaciones humanas tuvieran un interés más allá de la búsqueda del hedonismo. Al negar la trascendencia y el sentido de la vida humana más allá de la temporalidad, consideró que el basamento económico debía ser naturalista, el darwinismo se convirtió, entonces, en puente entre las ciencias sociales y las naturales. El mercantilismo competitivo saturó todas nuestras actividades sociales y, así, también la educación se fundamentó en la competencia individual: «La Ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad de servirse de su propia inteligencia sin la guía de otro». En esta frase de Kant, la autosuficiencia individual se interpreta como un reto para superar la pereza y el miedo y lograr la autonomía individual. La lucha por el conocimiento como medio para obtener poder se manifestó en la importancia dada no sólo a las calificaciones, promedios, títulos y grados universitarios, sino también al deporte, mientras que las materias humanistas (apreciación estética, historia, filosofía) pasaron a ser materias de «relleno».

TRES NOTAS NEURÓTICAS

Con la caída del comunismo y el triunfo del libre mercado, se ha exacerbado más la competencia, a tal grado, que en la búsqueda de «la excelencia» y el éxito individual se manifiesta cada vez más lo que K. Horney denomina como el afán neurótico de competencia.

De acuerdo con Horney, el neurótico se distingue en tres aspectos del individuo normal:

* Siempre se valora a sí mismo en comparación con los demás (inclusive en circunstancias inadecuadas), pues compite con personas que no son sus rivales y que no tienen un objetivo en común para competir; hasta compite con quien no debe competir: compañeros de equipo, hermanos, cónyuge, hijos, amigos… Como su actitud es inconsciente, pretende demostrarles quién es el más inteligente, bello, etcétera, sin discriminar, pensando que con ello establece una relación de admiración hacia su persona.

Lo que busca es destacar en cualquier cosa, y por lo mismo, en realidad no se interesa por nada: «Sus sentimientos frente a la vida se asemejan a los del jockey en una carrera, al que sólo le importa pasar a la cabeza de los demás. Tal actitud conduce por fuerza, a perder todo interés real por cualquier propósito, pues lo que le interesa no es el contenido de lo que hace, sino cuánto éxito, fama y prestigio ganará con ello» (p.156).

* No persigue únicamente destacar en algo, sino ser único y excepcional, la idea de ser perfecto lo lleva a la paradoja de no poder ni siquiera gozar de su éxito: «Hasta un triunfo puede constituir para ellos una frustración, al no satisfacer totalmente su desmesurada expectativa. El éxito de un libro o de un artículo científico, por ejemplo, acaso los decepcione al no provocar un tremendo revuelo, sino únicamente un interés limitado» (p.158).

Desde la perspectiva educativa, este tipo de estudiante podrá rebajar su triunfo en un examen difícil, señalando que otros también lo aprobaron. Pero lo más dramático es que muchos estudiantes dotados de grandes talentos, «son incapaces de perseguir un objetivo con constancia, a causa de que tienen intereses y ambiciones en todos; al fin, no logran nada y desbaratan sus facultades» (p.157).

* La tercera característica es el resentimiento inconsciente de sus ambiciones manifestado en una actitud agresiva y narcisista de la afirmación de su yo. Por esto, para el neurótico parece tener más importancia la destrucción de su competidor que triunfar; buscará pues disminuir cualquier logro de los demás. Está firmemente convencido de que sólo puede existir un ganador; de aquí el placer que siente al enterarse de alguna crítica o defecto en el trabajo de sus compañeros, porque considera humillante cualquier tipo de imperfección, pero, por lo mismo, no acepta ningún tipo de crítica. Con esta actitud, paradójicamente, se cierran a todo tipo de mejora: «Así, tales personas no pueden soportar que nadie más que ellas tengan pensamientos originales, desechando enérgicamente toda sugerencia que no les pertenezca: por ejemplo desdeñan o dejan de lado los libros o revistas que recomienda un circunstancial competidor» (p.1619).

LA MARAVILLA DE UNAS PUPILAS ABIERTAS

Aristóteles decía: «Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber» (Met. I,1.) Pero esta afirmación parece no cumplirse para ellos, pues como consideran que el conocimiento es poder (incluso confunden información y conocimiento) entonces no encuentran placer en el estudio, pues el conocimiento es sólo un medio para lograr el éxito, y por lo mismo se toma como medicina amarga porque, en realidad, carecen de vocación y el estudio se convierte en tormento tedioso: el interés se centra únicamente en la obtención de óptimas calificaciones, no conformándose más que con los más altos promedios. Tal vez la expresión ser un «matado», significa que tienen que negar sus propios intereses, pues lo curioso de esta actitud es que, por querer afirmar su yo, en realidad se olvidan de sí mismos, su propia ambición, la desesperación de no querer ser mediocres y desear una personalidad propia, los lleva a una serie de espejismos de negocios y éxitos que nada tienen en común con sus inclinaciones y talentos, al inventarse un yo distinto al real.

Por buscar el éxito inmediato (por ejemplo ser multimillonarios antes de los treinta) olvidan reflexionar y buscan la inmediatez obteniendo, en ocasiones, únicamente fracasos (lo mismo que a quien, desesperado por dormir ya que debe levantarse temprano, no puede conciliar el sueño, a pesar de su cansancio). No logran sus objetivos ya que los confunden con consecuencias: así como el sueño es resultado de la tranquilidad, así también el éxito es, muchas veces, producto de la vocación.

El despertar de la vocación implica, también, el despertar de la conciencia y con ello se manifiesta el despertar de la capacidad de asombro. Dice Ortega y Gasset en La rebelión de las masas: «Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender. Es el deporte y el lujo específico del intelectual. Por eso su gesto gremial consiste en mirar al mundo con los ojos dilatados por la extrañeza. Todo mundo es extraño y es maravilloso para unas pupilas bien abiertas. Esto, maravillarse, es la delicia vedada al futbolista y que, en cambio, lleva al intelectual por el mundo en perpetua embriaguez de visionario. Su atributo son los ojos en pasmo. Por eso los antiguos dieron a Minerva la lechuza, el pájaro con los ojos siempre deslumbrados» (p.38).

Sin embargo, ¿cómo despertar la conciencia de quien se cree superior y al que no le interesa más que la búsqueda de lo inmediato? ¿Cómo dialogar con una persona que no acepta críticas, porque considera síntoma de perdedor el no tener la razón? Es aquí donde interviene la sabiduría de la humildad socrática, porque el tener un promedio de 10 en todas las materias, el tener sesudas tesis de maestrías y doctorados no significa que uno sea un sabio (las calificaciones y las investigaciones sólo indican lo que uno sabe, pero no indican lo que no se sabe). La realidad es tan increíblemente compleja que la diferencia entre el sabio y la realidad es infinitamente superior que entre el sabio y el ignorante. Por eso para Sócrates la actitud del filósofo es la de aquel que posee verdadero amor por la sabiduría:

«Ocupa un término medio entre la sabiduría y la ignorancia, porque ningún dios filosofa, ni desea hacerse sabio, porque la ignorancia produce precisamente el pésimo efecto de persuadir a los que no son bellos, ni buenos, ni sabios, de que poseen estas cualidades porque ninguno desea las cosas de las que se cree provisto» (El banquete, 204 a b).

Cualquier persona puede enseñarnos algo. Cada quien tiene un punto de vista específico de mirar la realidad, porque al tener sus propias cualidades sensibles e intelectuales únicas e irrepetibles, perciben lo real de manera particular y personal. Hay que escuchar con respeto a todos, sin por ello eximirnos de aseverar juicios críticos; enriquecernos de sus experiencias y criterios es una actitud mucho más sabia que imponer nuestros puntos de vista por no querer ver más que aquello que nos conviene.

DEL EXACERBADO AMOR A SÍ MISMO AL AISLAMIENTO

En realidad, el principal problema de la neurosis competitiva es el aislamiento. El temor al fracaso es, en el fondo, angustia de sentirse humillado al mostrar debilidad e imperfección. La preocupación continua por exaltar el yo, señala Horney, no es por amor a sí mismo, sino por protección contra el sentimiento de insignificancia y rebajamiento, o en términos positivos: para restablecer el sentimiento de autoestima (p.143). La ambición desmedida de ser siempre el primero, en el fondo tiene tres funciones inconscientes: descargar la hostilidad reprimida, superar la angustia de su indefinición y protegerse contra aquello que más se teme, la debilidad. El sentimiento de no poder autoaceptarse, lleva al neurótico a no poder estar sólo consigo mismo, por eso siempre busca la ocupación como una obsesión, incluso convierte la planificación de su tiempo libre en un verdadero problema (el neurótico racionaliza esta actitud con la virtud de ser una persona muy ordenada). La búsqueda del éxito es, en el fondo, una necesidad de sentirse amado, vinculado con los demás, pues considera condición necesaria poseer esta virtud de la excelencia en todo, para poder ser aceptado y querido.

Así, cuanta mayor distancia le representen sus relaciones con los demás, tanto más preocupado se hallará con este afán de perfección, manifestándose entonces como una necesidad de ser infalible y extraordinario ante sus propios ojos. Como esta actitud de querer ser único lo torna necesariamente solitario y desconfiado, se retroalimenta de más angustia y desesperación y, por lo tanto, de mayor agresividad.

De hecho cualquier relación más íntima está condenada al fracaso: es difícil relacionarse con una persona que se cree perfecta. Al elegir pareja, buscarán encontrar, en el otro, un eco de admiración hacia sí mismos, y buscarán, también, individuos fácilmente manipulables, pues según Horney, en una sociedad en la que prevalece el espíritu de competencia individualista, es fácil que imperen malas relaciones entre los sexos, a menos que sus esferas de actividad se hallen estrictamente separadas (p.162).

Si el neurótico entabla relaciones amorosas con una mujer de nivel o personalidad iguales o superiores, en lugar de experimentar satisfacción por sus éxitos, por lo común se avergonzará y entrará, inconscientemente, en competencia. Si la mujer es bella, en parte sentirá orgullo al ser su pareja, pero por otro lado experimentará celos y deseos de humillarla creyéndose disminuido por ella. Como considera el amor como medio para sus fines egoístas y narcisistas, prestará poco o ningún interés por los asuntos o problemas de su compañera, y en cambio sí una ira incontenible si ella no presta atención a los suyos. Guarda la misma actitud con respecto a sus amigos, pero cuando se le llama la atención y se le subraya la injusticia de su conducta, entonces se siente incomprendido, pues él (o ella) es una persona «especial», que necesita un trato distinto.

Según A. Lowen, en realidad este tipo de personalidades que se consideran «especiales» no son necesariamente lo que la sociedad llama «perdedores», incluso muchos llegan a tener éxito, son gente brillante, inteligente y trabajadora. Lo irónico es que la clave de este tipo de «éxito» es la carencia de sentimiento.

Sin embargo, detrás de esa frialdad aparente y arrogancia competitiva se encuentra un ser humano que sufre irremediablemente un sentimiento de inseguridad y aislamiento de los demás, pero su terrible tormento se hace más desesperado en cuanto es él mismo el que cierra, paradójicamente, las puertas de la ayuda. Al considerase autosuficiente se percibe como víctima y se encierra en su dolor. Señala Kierkegaard: «Cabalmente, por ese motivo, es de la mayor importancia para él estar alerta para que su tormento no se le escape de entre las manos o que nadie venga a quitárselo, pues de lo contrario no podría demostrar ni estar convencido de que tiene razón» (La enfermedad mortal. España. 1984, p.112).

El proyecto educativo moderno (crear individuos autosuficientes, excelentes, exitosos y con tendencia a la perfección) ha traído como consecuencia la formación de individuos egoístas, narcisistas, solitarios y con tendencia a la depresión.

De ahí la importancia de la educación no solamente basada en la competencia, sino también en virtudes que posibiliten la convivencia y cooperación hacia el bien común. Es necesario el fortalecimiento de vínculos comunitarios, a través de verdaderos ideales que corresponden al ámbito del espíritu, como señala Carlos Llano: «El cambio de cultura sugiere que es preferible ganarse al otro que ganarle al otro».