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CULTURA: EL HÁBITAT DEL HOMBRE

Lo natural no es lo propio del hombre. Las actitudes, el modo de andar, las entonaciones: no hay nada tan aparentemente inmediato que no sea, de hecho, adquirido, ni tan aparentemente espontáneo que no haya sido aprendido. Todo aquello que nos parece lo más natural en el hombre es, entonces, un hecho cultural. Pero como no hay hombre sin cultura, ¿no será que la noción de «hombre culto» no es más que una insoportable redundancia? Si la cultura es el medio humano, como la naturaleza es el medio animal, ¿cómo se podría aspirar a una cultura que nunca nos ha hecho falta y cómo hemos podido reivindicar como una libertad aristocrática lo que nos determina inconscientemente? Una cosa debe ser entonces el sistema de instituciones, representaciones y usos por los cuales un grupo se caracteriza y asigna a sus miembros sus comportamientos y funciones, y otra cosa esta frágil memoria que hace recordar a cada generación aquello que no ha vivido.

Según el primer sentido, a saber, el del sistema de instituciones, el más banal comportamiento o la menor manifestación del menor grupo, todo, y no importa qué, es cultural: las prácticas religiosas, el comportamiento del público en los estadios, así como la nouvelle cuisine, el uso del walkman y el biper. Así pues, la cultura engloba todas las maneras por las que el individuo se integra y reacciona en un momento dado a su situación dentro de un grupo. Todas las formas por las que el presente compone su rostro son la cultura.

De acuerdo con el segundo sentido, el de la frágil memoria, la cultura es aquello por lo cual una civilización asume su destino, de manera histórica, haciendo del pasado la genealogía del presente. No pertenece pues a la cultura sino aquella parte del pasado que puede hacerse presente por la experiencia: no la gastronomía ni la navegación de los griegos, sino el mundo homérico; no el ruido ni el olor del aceite de los gimnastas de Atenas, sino las olimpiadas de Píndaro; no el sonido de las gaitas de Flandes en el siglo XVI, sino el mundo de Breughel y de Adrián Brouwer; no el ruido de las calles ni el rechillido de las alcobas del siglo XVIII, sino un entorno donde puedan cruzarse los personajes de Sade y Mozart, El Campesino y El Sobrino de Rameau. Así, siendo esto lo que sobrevive de una época de la que todo lo que era material ha desaparecido, la cultura es un ámbito espiritual compuesto únicamente de representaciones, sentimientos e ideas.

Según la primera opción, todo hombre está inmerso en su cultura. Ella lo baña, lo rodea, lo amolda y condiciona sin darse cuenta; la cultura no es nada que el hombre domine ni que pueda gobernar. La política es entonces tan cultural como el arte culinario y las sex shops. A la inversa, si una política cultural es posible, si una sociedad puede administrar, proteger y desarrollar su cultura, sólo puede ser posible en la segunda opción, ahí en donde los libros, monumentos y obras de arte sean los únicos objetos.

Toda política cultural tiene una doble exigencia: la de conservar y transmitir un patrimonio, y la de desarrollarlo y aumentarlo. Doble tarea y doble vocación: conservación e innovación, tradición y creación.

EL YUGO DE LA CULTURA

Contra tal aseveración se proponen dos objeciones: una consiste en denunciar en la cultura la forma subrepticia e insidiosa por la cual la clase dominante asegura su supremacía derramando su ideología. La otra objeción ve en la cultura el modo hipócrita por el que el pasado oprime y se inserta en el presente: la cultura sería la vampirización que los muertos ejercen sobre los vivos.

Si fuera cierto que la cultura es un instrumento de opresión de clase, deberíamos ser más revolucionarios y proteger más a las clases oprimidas. ¡Entre más incultas, menos alienadas!

Pero ¿cómo podríamos entonces decir, como Sartre, que por cada obra maestra que los amateurs se reúnen para celebrar «hay en el mundo un tesoro más que el obrero no poseerá jamás, una belleza más que no podrá apreciar», y de la que, por consecuencia, está objetivamente privado? Es notorio que los sentimientos revolucionarios inspiran el arte menos progresista, lo mismo que el arte más revolucionario se dirige generalmente al público menos popular. Convencional y regicida, David toma sus modelos de la estatuaria antigua; igual que Ingres, pintor oficial de Carlos X y de la monarquía de Julio, pretenderá regresar a Rafael y a los griegos. En cambio, por muy revolucionarios que puedan parecer, ¿se pensaría que el cuadrado blanco sobre fondo blanco de Malevitch o las cataplasmas monumentales de Cristo son, en efecto, revolucionarios? Desde 1950, Sartre había descrito claramente esta situación: «la música moderna exige una elite y las masas trabajadoras exigen una música». Para este conflicto sólo existe una solución: no suprimir la elite, no prohibir la música moderna sino, al contrario de lo sucedido en la revolución cultural china, por medio de un conocimiento más profundo de las formas del arte del pasado, preparar el acceso a las formas del arte contemporáneo.

Nos vemos confrontados así con la segunda objeción. Si la cultura no fuera sino el medio más ordinario para que un grupo se apropie del individuo y para que el pasado colonice el presente, anarquistas de derecha e izquierda se conjurarían con razón para repudiar la cultura en nombre de la libertad. «Para devolverle al día virginal, vivaz y hermoso la espontaneidad de su genio», pensarán, «encerremos la cultura en los museos y clausuremos los museos».

Sin embargo, así como una planta no podría florecer si no estuviese enraizada en un suelo, de la misma forma un hombre no tendría imaginación si no pudiera hurgar en lo más profundo de su memoria: el porvenir no tendría sentido si no tuviera un pasado. La cultura es lo que nos arraiga en una tradición y en una historia, gracias a ella recibimos la conciencia de nuestra identidad y, sin cultura, nos volvemos como un viajero sin equipaje, sin identidad, sin destino: unos desarraigados.

CULTURA COMO LIBERTAD

Pero entonces, ¿la cultura no es más que tradición? La tradición, ¿no es más que conservación? ¿Y tal conservación no hace del presente más que un apéndice del pasado? Donde habíamos soñado la cultura como libertad y la libertad como una aventura embriagante, ¿no estamos solamente invitados a navegar sobre las aguas lacustres del pasado?

Y sin embargo, si bien es muy cierto que todo genio se manifiesta por algo inimaginable y por una ruptura imprevisible, no es menos cierto que no hay genio sin talento, no hay talento sin oficio, ni oficio sin aprendizaje. Digámoslo de una vez: no hay escuela del genio, pero no hay genio sin escuela.

Si bien suscitar el genio no ha dependido jamás de poder alguno, sí depende de él hacerlo posible o imposible. En efecto, ni los príncipes Esterhazy hicieron a Haydn, ni el arzobispo Coloredo hizo a Mozart, ni la aristocracia madrileña o la familia de Carlos IV hizo a Goya. Fue su genio. Pero si no hubiese existido orquesta en Salzburgo, y la familia Mozart se hubiese dedicado a otra cosa distinta de la música, no habría existido Mozart; de la misma manera, sin el taller de Bayeu, sin la tradición y el mercado de la pintura en España, no habría existido Goya. Mientras se mantengan y se multipliquen las escuelas y el poder asegure la permanencia de la tradición, será posible devolver esta inquietante pero maravillosa mutación que es el genio.

En cuanto al temor de que el poder domine al arte rigiendo las escuelas, nada sería más falaz ni más ilusorio, porque el arte no perece nunca por exceso de reglas u obligaciones sino, al contrario, por su ausencia. Y, en efecto, si el arte es un juego, y si el genio es una suprema libertad, tal como no podemos jugar sin reglas, la libertad no puede ponerse a prueba si le falta el obstáculo. Paradójicamente, son las obligaciones de la escuela las que abren al genio la carrera de su libertad.

Además, contra lo que Nietzsche decía de la erudición histórica, la cultura no ha consistido jamás en hacer desfallecer el presente bajo el peso del pasado, sino al contrario, en fortalecer y vivificar el presente con la energía del pasado. La cultura no condena al presente a cargar con el pasado como el cadáver de un gigante. El presente no carga con nada. En un sentido estrictamente biológico, la cultura es una asimilación. Como la planta se nutre de los jugos que obtiene del suelo en donde está sembrada, es asimilando el pasado como la modernidad organiza y constituye su propia identidad. Así es como de tantas lecturas hechas de tantos autores de tantos siglos, un hombre forma su propia sensibilidad y construye su propio pensamiento, lo mismo que de tantas experiencias sufridas y de tantos modelos imitados, un artista crea su propio estilo.

Por este proceso de asimilación, lo propio de la cultura es lograr, en pocos años, que cada generación se vuelva tan vieja como la humanidad entera. Pero aquello que la tradición hereda a cada generación es, en lugar de su anacronismo, su modernidad. Cada uno es libre de preferir a Horacio que a Verlaine, a Virgilio que a Saint John Perse, a Góngora que a Mallarmé. Pero si la cultura ofrece a cada uno vivir en el universo estético que le resulte más agradable, ésta determina a cada quien a ser uno mismo: Flaubert o Stendhal se vieron obligados a escribir como solamente ellos lo hubiesen hecho y, precisamente, como nadie más lo haría. En este sentido, la cultura prohibe tantos modelos como suministre: obligando a innovar, constriñe a la libertad.

LO QUE HACE LA VIDA MÁS SENSIBLE

Al modelo de producción capitalista, Marx le reprochaba el no haber hecho posible que la humanidad realizara todo lo que un hombre puede realizar, de suerte que irremediablemente, limitado a su propia finitud, cada uno sufre su propia humanidad. A la inversa, permitiendo a cada uno interiorizar eso que experimentan los otros, la cultura hace vivir a cada uno la experiencia de la humanidad entera. Gracias a que Flaubert escribió Madame Bovary, cada uno de sus lectores pudo encarnar a cada uno de sus personajes. Así como la literatura nos ha hecho probar todas las pasiones del amor incluso antes de que hayamos amado, al punto de que las novelas se vuelven la verdadera educación sentimental; como es la pintura la que nos enseña a ver las cosas, al punto de que el sentimiento de la naturaleza no puede desarrollarse sino al frecuentar los museos; de este modo la cultura nos vuelve el mundo más presente y la vida más sensible.

En el sentido en que Rousseau decía que el hombre que ha vivido más no es el que cumple más años, sino el que más ha sentido la vida, hará falta decir que todo hombre vive más mientras mayor sea su cultura. El derecho a la cultura no debería ser entonces menos recomendable que el derecho a la salud.

Si es verdad además, como pensaba Proust, que el mundo se multiplica tantas veces cuantos artistas originales hay para hacérnoslo ver de otra manera, la cultura que nos regala el espasmo de nuestra primera mirada nos hará acudir a ese mundo tantas veces como nos asombre. Vivir sin cultura es por ello vivir una sola experiencia, y eso es vivir como atado, habiendo perdido hasta el recuerdo de toda primera vez.

PARA LIBRARNOS DE LA SOLEDAD

Disponiéndonos a tantas otras vidas y tantos mundos posibles, el arte nos hace experimentar, como en un viaje, la vastedad de nuestra libertad. En este sentido, estar privado de cultura es tanto como estar metafísicamente constreñido a residir en un solo lugar. El liberalismo reivindica para cada uno el derecho de pasar del mundo de Poussin al de Tintoreto, o del de Schumann al de Ravel, así como de las fronteras del Hudson a las del Caspio, o de la rivera del Tíber a la perspectiva Nevski. Pues, ¿qué es la libertad de tránsito entre los países, sino el presentimiento de nuestra libre circulación entre mundos?

Lo que exploraban los grandes viajeros al explorar el mundo fue, de hecho, la humanidad; al compartir la experiencia de otros pueblos aprendieron a comunicarse con ellos. Por eso la cultura viene a constituir, a pesar de todas las separaciones geográficas e históricas, la común y profunda experiencia por la que tantos hombres descubren su secreta fraternidad. De esta comunidad se sigue un aumento de comunicación, como si su idioma se enriqueciera con tantas palabras nuevas, que la cultura les hubiera hecho descubrir sensaciones o sensibilidades nuevas.

Además de esta libertad de comprender y experimentar lo que la humanidad expresa por sus obras, hay otra libertad: la de expresar a los otros nuestra propia experiencia y, al hacerlo, universalizar lo que nos es más particular. Al proporcionarnos medios de expresividad, la cultura nos libera de nuestra soledad y, como en una cena profana, hace de nuestra propia vida la vida de los demás.

Puede ser esta capacidad de transferir nuestras emociones lo propio del arte; y puede ser este don de la expresividad lo propio del genio. Pero este don no podría aprovecharse sin la adquisición de los diversos recursos del lenguaje. Así como seríamos incapaces de decir lo que somos incapaces de pensar, el artista sería incapaz de representar lo que es incapaz de experimentar. Como su lenguaje plástico define el campo de su expresividad, es su expresividad y su estilo lo que determina el tema de sus obras. Pero es su semiología la que determina su estilo, y su cultura la que determina su semiología.

¿DE QUÉ DEPENDE LA CULTURA?

La cultura de una nación depende menos de la existencia de un Estado que se encargue de los artistas, que de la existencia de talleres y escuelas que puedan formarlos. Ciertamente, donde desaparecieran los amateurs del arte, también desaparecerían los artistas, y si no hubiera más artistas no habría más amateurs. ¿No estamos en un círculo vicioso? Aunque los artistas no elaboraran sus obras, de cualquier manera las obras crean su público, de modo que la oferta crea la demanda porque es el arte el que produce el gusto del arte. Si existe una política cultural, no puede consistir únicamente en favorecer el aprendizaje del oficio. Entre más talleres, conservatorios, escuelas, etcétera, se abran, más numerosos serán los niños que utilizarán los diversos lenguajes y recursos para desarrollar su virtud artística y más se desarrollará su gusto. A los hijos del tintorero de Venecia les importaría poco el futuro de los aristócratas si no continuaran con el taller de su padre. Sin los talleres de Pérugin, Bertoldo y Ghirlandajo, ¿a qué Rafael de Sanzio o a qué Buonarroti le podrían servir los Médici? (Traducción de Gabriela Sánchez y Luis Xavier López Farjeat).