Democracia como valor universal

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Cuando pasen los años y la gente vea en retrospectiva lo que sucedió en el siglo XX, a los estudiosos no les será difícil reconocer que el establecimiento de la democracia como forma de gobierno fue lo que le dio forma y figura a los acontecimientos.
Pero hasta hace varias décadas, el concepto de democracia estaba aún muy lejos de ser considerado como una de las soluciones a la organización social del mundo. Sin embargo, hoy en día observamos que se está convirtiendo en un valor universal.
Todos sabemos que los griegos hace más de dos mil años fueron los precursores de este sistema gubernamental. Fue allí donde la democracia tomó forma y se puso por primera vez en práctica (aunque en escala limitada) antes de ser remplazada por otras formas de gobierno más autoritarias y asimétricas que han existido hasta el día de hoy.
Desde entonces, eventos esporádicos han ido moldeando gradualmente el surgimiento de la democracia como forma de gobierno, como la Carta Magna de 1215, la Revolución Francesa y la Independencia Norteamericana en el siglo XVIII, la participación ciudadana en Europa y la Unión Americana en el siglo XIX, etcétera, verdaderos catalizadores de este desarrollo.
Pero fue sólo en el siglo XX cuando la democracia se convirtió en la manera «común» de gobernar, a la que cualquier nación tiene derecho, ya sea en América, Europa, África o Asia.
De hecho, durante todo el siglo XIX encontramos politólogos que se refieren a naciones «que están preparadas para adoptar la democracia». Esa idea cambió sólo en el siglo XX al reconocer que el planteamiento estaba equivocado. No se trata de esperar a que un país «esté preparado» para la democracia, sino que a un país se le prepara a través de la democracia.
Hoy en día, el concepto de democracia se ha convertido en un valor generalmente aceptado en el mundo contemporáneo. A pesar de que aún no se practica universalmente, en términos generales de opinión pública la democracia ha logrado el status quo de ser el camino correcto para gobernar.
Esto es un cambio histórico significativo, ya que no hace muchos años los precursores de la democracia en Asia y África tuvieron que defender sus posturas contra la pared. Actualmente, se da por hecho que la democracia es un sistema relevante en cualquier lugar y eso consolida las bases para calificarla como un valor universal.
Pero antes es importante preguntarse ¿cómo ha funcionado la democracia? A nadie se le ocurrirá opinar que es un fracaso en Estados Unidos, Francia o Inglaterra, pero el hecho está en que el concepto es aún motivo de grandes disputas en muchos de los países pobres.
Veamos el caso de la India. En 1947, los ingleses tenían serias dudas sobre el futuro del subcontinente que estaban a punto de dejar en manos de un gobierno sin experiencia, que además heredaba un país recién dividido en tres pedazos, con una variedad multicultural y religiosa única en el mundo y sin claras alianzas políticas, amen de brotes de violencia comunal y desórdenes públicos. Era difícil tener fe en el futuro de una India unida y democrática.
Y más de cincuenta años después encontramos un vibrante sistema democrático funcionando en un país que tiene más de 650 millones de electores. Gobiernos han llegado y se han ido obedeciendo el deseo del electorado y las reglas parlamentarias. Su inmensa y variada amalgama de diferencias sobrevive y funciona en una unidad política con un sistema democrático que, de hecho, mantiene unido al país gracias a esa democracia.

DEMOCRACIA Y CRECIMIENTO ECONÓMICO

Muy seguido se escucha que los sistemas autoritarios son más eficaces para lograr desarrollo económico. Eso es a lo que le llamo la «hipótesis Lee», en referencia a la posición del ex-mandatario de Singapur, Lee Kuan Yew. Es cierto que algunos gobiernos autoritarios, como Corea del Sur, Singapur y la China moderna, han tenido crecimiento económico más rápido que otros países menos disciplinados (como es el caso de India, Jamaica o Costa Rica).
Pero la «hipótesis Lee» está basada en un empirismo esporádico, enfocado en un selecto grupo de casos y con información limitada, sin hacer un muestreo estadístico con toda la información disponible, porque si tomamos en cuenta todos los países con régimen autoritario, las conclusiones son bastante diferentes.
De hecho no hay evidencias claras y definitivas de que los gobiernos autoritarios, con la negación de los derechos políticos y civiles que eso lleva consigo, sean verdaderamente promotores de desarrollo económico. Todo parece indicar que las variables que afectan a este desarrollo están basadas en muchas otras circunstancias y es difícil establecer una relación concreta entre el desarrollo económico de un país y su democracia.
Además, es importante que tomemos en cuenta los factores «causales», no solamente los estadísticos. El milagro económico del Sudeste asiático se explica mejor al analizar las «causas» que las estadísticas. La apertura comercial, la utilización de mercados internacionales, la existencia de incentivos públicos para la inversión y exportaciones, aunado todo esto a un esfuerzo constante por mantener altos niveles de educación y alfabetismo, exitosas leyes agrarias y otros promotores de incentivos sociales, han sido «las causas» de la expansión económica de esa región.
No existe ninguna razón que nos lleve a concluir que cualquiera de esas políticas sean inconsistentes con la democracia y necesiten ser forzosamente impuestas por un régimen autoritario, como el que estuvo presente en Corea del Sur, Singapur o China. Por otra parte, hay suficiente evidencia de que lo realmente necesario para conseguir desarrollo económico es un ambiente favorable a los negocios, más que un hosco sistema político.
Como colofón de este análisis preliminar, es importante también considerar otros aspectos del desarrollo económico, como la necesidad de seguridad económica y bienestar social. Es decir, la conexión entre los derechos civiles y políticos con la prevención de desastres naturales. La pronta respuesta gubernamental a asuntos urgentes que afectan a la población depende en mucho de la presión que tiene cada gobierno. El libre ejercicio de los derechos políticos (como el voto, la crítica, la protesta civil, etcétera) es determinante de los incentivos políticos que motivan a cada Estado.
En otro lugar he explicado cómo es que nunca ha habido una hambruna substancial en algún país independiente y democrático, que cuente con libertad de prensa. No hay ninguna excepción a este hecho. Es triste observar como las dos hambrunas que sufrimos recientemente, en Corea del Norte y Sudán, demuestran esta realidad.
Cuando todo funciona bien y no hay necesidades públicas urgentes es fácil menospreciar el valor de la democracia; pero en momentos de necesidad, cuando la suerte de un pueblo se revierte por una razón u otra, es cuando los incentivos políticos que brinda el sistema democrático adquieren un importante valor práctico.

LA CRISIS ECONÓMICA DE ASIA

Podemos aprender una lección importante de esta crisis. Los subsecuentes problemas que acarreó fueron, entre otras cosas, un castigo por carecer de gobiernos democráticos.
Primero, el desarrollo de la crisis financiera de estas economías (Corea, Tailandia, Indonesia) tuvo una relación directa con la falta de transparencia en los negocios, primordialmente la falta de participación pública en la revisión de acuerdos financieros. La ausencia de un efectivo foro democrático fue la causa de esta omisión.
Segundo, cuando la crisis financiera se convirtió en recesión económica, no existía ningún mecanismo democrático que sirviera de foro para escuchar las necesidades de los más afectados por dicha crisis, como en el caso de Indonesia y Tailandia.
Los ciudadanos más vulnerables en estos dos países, seguramente no extrañaron el sistema democrático mientras existía el boom económico, pero cuando la situación se volvió desfavorable, la ausencia de instrumentos democráticos se hizo palpable, pues no tuvieron forma de expresar sus necesidades y de hacer notar su desigualdad a las clases gobernantes. El rol protector de la democracia se hace notar mucho más cuanto más se necesita.

ROLES Y FUNCIONES DE LA DEMOCRACIA

Permítanme ahora expresar algunas características positivas de la democracia, ya que dejaré para más adelante algunos aspectos negativos, sobre todo de ámbito cultural. Una verdadera democracia lleva consigo demandas exigentes, votar y respeto al voto, entre otras, pero también conlleva protección de la libertad, respeto de los acuerdos legales, garantía plena del libre diálogo y libre distribución de noticias e información.
De hecho, las elecciones deben ser descalificadas si carecen de un balanceado flujo de información que permita a los partidos en contienda expresar equitativamente sus plataformas políticas, y donde los electores no tengan plena libertad de acceso a toda la información referente a las partes contendientes.
Bajo esta luz, podemos distinguir tres principales avenidas en las que la democracia enriquece la vida de los ciudadanos. Primero, la libertad política es parte de la libertad humana y el respeto de los derechos civiles y políticos es crucial para el bienestar social. La participación política y social tienen un valor instrínseco en la vida humana. Excluir al ciudadano de esta participación es una depravación contundente.
Segundo, la democracia tiene un importante valor instrumental al permitir a los ciudadanos tener un canal de expresión que les permita conseguir la atención requerida a sus clamores políticos y necesidades materiales.
Tercero, la práctica de la democracia le da a los ciudadanos la oportunidad de aprender unos de otros, y a la sociedad le permite formar y delinear sus valores y prioridades. En este sentido, la democracia tiene una importancia constructiva que le ofrece a la sociedad la opción mediante el diálogo, el consenso, el intercambio de información, puntos de vista y análisis de edificar y delinear sus «necesidades» presentes y futuras.
Incluso la conceptualización y comprensión de estas «necesidades» requiere del ejercicio de estos derechos democráticos. De hecho, el alcance y la eficacia del diálogo abierto es muchas veces menospreciado en lo que se refiere al análisis de problemas sociales y políticos.
La miseria y pobreza extrema pueden ser de varios tipos. La totalidad del predicamento humano será la base que nos permita identificar esas «necesidades». Por ejemplo, hay muchas cosas a las que nos gustaría identificar como tales, pero que no son alcanzables. Nos gustaría ser inmortales, pero no podemos clasificar la inmortalidad como una necesidad, ya que eso no es factible.
Nuestra conceptualización de necesidades se refiere al conocimiento de nuestras limitaciones y a la comprensión que tenemos sobre lo que podemos hacer al respecto. Los derechos políticos, que incluyen la libertad de expresión y el diálogo, no son sólo un importante pivote para facilitar la respuesta social a las necesidades económicas, sino que además son un factor esencial en la conceptualización de dichas necesidades.

UNIVERSALIDAD DE VALORES

Si este análisis es correcto, entonces podemos afirmar que la democracia tiene una pluralidad de virtudes. Primero, la importancia intrínseca de la participación y la libertad en la vida humana; segundo, la importancia instrumental de los incentivos políticos que mantienen a gobiernos responsables y honestos, y tercero, el papel constructivo de la democracia en formación de valores y en el entendimiento de necesidades, derechos y deberes.
Sin embargo, no todos están de acuerdo en la importancia decisiva de la democracia y eso pareciera ir en contra de nuestra tesis de que la democracia es un valor universal. Hace falta pues, hacer una pregunta metodológica: ¿Qué es un valor universal? ¿Se necesita tener el consentimiento pleno de todo el mundo, en todo lugar para considerarlo «universal»? Si ese fuese el caso, creo que la categoría de valores universales estaría vacía.
El hecho de llamarle valor universal se refiere a que la gente de cualquier parte tenga razón de verlo como valioso. Cuando Mahatma Gandhi apeló al valor universal de la no-violencia, no se refería a que la gente en todo el mundo actuaba de esa manera, sino que había suficientes buenas razones para que la gente lo aceptara como algo valioso.
De ahí que pueda yo decir que el cambio de actitud hacia la democracia en el siglo XX ha hecho de ésta un valor universal.
Al considerar la democracia en un país que no la practica, y donde mucha de su gente no ha podido siquiera considerarla como una opción de gobierno, se presume que la gente involucrada la aceptará cuando se convierta en una realidad en sus vidas. Mientras que en el siglo XIX este supuesto no hubiese sido ampliamente aceptado, hoy en día lo natural es dar por hecho que los pueblos elegirían la democracia.
Uno debe observar también que este cambio de actitud se debe, en gran parte, a los cambios históricos del siglo XX. En la medida en que la democracia fue expandiéndose, sus seguidores han ido aumentado. Empezando en Europa y América, el sistema democrático ha llegado a las más remotas áreas, aunada a una intensa participación y gran aceptación por los pueblos.
En los casos en los que la democracia ha sido reprimida, las protestas han sido generalizadas, a pesar de que muchas de estas protestas han sido calladas brutalmente. Me enorgullece pensar en los muchos héroes que han incluso ofrendado su vida en aras de la defensa y restauración de la democracia.

DEMOCRACIA Y POBREZA

Pero algunos no están de acuerdo en ver la democracia como valor universal, y basan sus argumentos en el hecho de los contrastes existentes en la sociedad. Dicen que dichos contrastes se refieren a la pobreza de ciertos países, donde la gente pobre está interesada y me parece lógico que así sea en conseguir comida, no democracia. Este argumento, que se repite muy seguido, es doblemente falaz.
Primero, como lo dije ya anteriormente, el rol protectivo de la democracia es principalmente importante para la gente pobre. Esto se refiere a todas aquellas personas que sufren hambrunas, o a las que han sido golpeadas fuertemente por los descalabros del sistema financiero. La gente con necesidades materiales también tiene derecho a tener una voz política que exprese su clamor. La democracia no es «un lujo» que deba esperar ser adquirido sólo hasta que exista la prosperidad material.
Segundo, no hay clara evidencia de que a la gente pobre, si se le da a escoger, prefiera desechar a la democracia. Para aquellos que sostengan la idea de que a la gente pobre no le interesan los derechos civiles o políticos, la evidencia refuta claramente ese hecho. Y lo mismo se puede observar en aquellos lugares donde la lucha por la democracia ha causado graves estragos, como en Corea del Sur, Tailandia, Bangladesh, Pakistán, Myanmar (Burma) y otros muchos países (también africanos) donde muchos dictadores se oponen a los movimientos democratizadores de sus pueblos.
También existe la idea de que las diferencias culturales van en contra de la democracia. Quizás el más conocido es el que se refiere a los «valores asiáticos», en donde se dice que los asiáticos valoran más la disciplina que la libertad política. Debo reconocer que es muy difícil encontrar bases reales que justifiquen este razonamiento intelectual.
Sin embargo, no quisiera ser demasiado crítico contra estas afirmaciones, ya que en su mayoría han sido hechas, no por estudiosos o académicos, sino por líderes políticos quienes han sido portavoces de regímenes totalitarios. Incluso en aquellos países con fuerte presencia de mentalidad islámica, la tolerancia política, debido a la diversidad de sus tradiciones, ha sido vista como un valor para la sociedad.
La «diversidad» es una característica de casi todas las culturas del mundo. La civilización occidental no es una excepción a esta regla. La práctica de la democracia se debe en mucho al consenso que ha surgido a raíz de la Ilustración y la Revolución Industrial y los desarrollos históricos de este siglo. Pero ya sea en occidente, como lo es en Asia, la democracia ha echado raíces en los pueblos, que serán muy difícil arrancar, y de ahí que pueda ser ahora considerada como un valor universal.

CONCLUSIÓN

He tratado de cubrir una serie de temas relacionados con el hecho de considerar a la democracia un valor universal. El valor de la democracia incluye su importancia intrínseca en la vida humana, su rol instrumental en la generación de iniciativas políticas, y su función constructiva en la formación de valores. Estos méritos no pueden ser considerados de carácter regional. Como tampoco podemos decir que el orden y la disciplina van en contra de la libertad y la democracia.
Tal parece que la heterogeneidad de valores es la característica principal de la mayoría de las culturas. Pero el argumento cultural no detiene, ni siquiera impide, la capacidad de elección que tenemos hoy en día.
Esta capacidad de elección tiene que ejercerse aquí y ahora, tomando en cuenta los roles funcionales de la democracia, de los cuales depende la causa por la democracia del mundo moderno. He dicho que esta causa es de hecho sólida y no está limitada por fronteras. La fuerza para considerar a la democracia un valor universal está apoyada en esta solidez. Allí es donde se fundamentan nuestras ideas. No pueden ser desechadas por un tabú cultural o por prejuicios de nuestras civilizaciones, impuestos por nuestro propio pasado. (Adaptación y traducción, Rodolfo Bermejo Jiménez. Candidato a doctor en Economía. Universidad de Delhi, India.)

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