La acapulqueñización de la economía

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Al Dr. Rumoroso y al Lic. Galindo
Un inicio crudo y llamativo: los huracanes son como el cólera, sólo matan a los pobres. La verdad no peca, pero incomoda. El huracán Paulina, del cual nos hemos olvidado quienes no vivimos en Acapulco, parece haberse cebado especialmente en los más necesitados. La inauguración del tianguis turístico en la bella bahía, realizada por autoridades federales hace unas semanas, me ha recordado la catástrofe.

PILARES DEL DESARROLLO ECONÓMICO

Las tres principales fuentes de divisas para México son: las exportaciones petroleras, las maquiladoras y el turismo. Renglón aparte merecen los trabajadores ilegales en E.U. Lo ingresado por nuestros compatriotas „ofundamental para estados como Oaxaca y Zacatecas„o no es certeramente cuantificable. Tres fenómenos sugieren la importancia de la «economía mexicana» detrás del muro del nopal:
a) el afán de las instituciones financieras en las operaciones pequeñas de transferencia de dólares de Estados Unidos a México,
b) la atención de TELMEX en la larga distancia entre particulares,
c) la sospechosa reticencia de algunos legisladores a permitir votar desde el extranjero (¿por quién votarían los millones de mexicanos residentes en California?).
Braceros, petróleo, turismo y maquiladoras componen el eje del desarrollo económico de nuestro país.

CONTRASTE DE REALIDADES

Me centro en el turismo: algunos economistas advirtieron desde hace años sus riesgos. Se trata de una actividad que atrae inversión extranjera, genera empleo y capta divisas. Pero al lado de las ventajas de la mal llamada «industria sin chimeneas» (la industria turística sí contamina), persisten aspectos no deseables. Construir la economía de un país teniendo como uno de los cuatro pilares la «industria» turística es algo delicado. No basta saber econometría; es menester dominar el arte de la política. Enuncio algunos puntos (me encantaría comentarlos con los artífices de la economía mexicana):
Primero, el turismo es una fuente de divisas muy frágil. Basta un boicot político, una mala prensa, un huracán o una epidemia para desarticular durante semanas y aún durante meses una región, incluso para arruinarla. El caso de Chiapas
Segundo, los centros turísticos tienden a convertirse en polos de desarrollo que atraen la atención y el capital en detrimento de otras zonas. El caso de Acapulco es paradigmático: la autopista del sol de primer mundo cruza regiones paupérrimas. El desarrollo del estado de Guerrero gira en torno a Ixtapa y Acapulco. Basta visitar Chilpancingo para convencerse. Es penoso observar la cantidad de rancherías y pueblos que no «merecen» un entronque a tan importante vía de comunicación. El tráfico de esas poblaciones no costea las casetas. Sus habitantes son ignorados por el desarrollo: están condenados a vender tamarindos enchilados a los paseantes.
Tercero, es cuestionable la derrama económica del turismo en la población. A diferencia de la industria pesada o la de alta tecnología, el turismo no distribuye mejor la riqueza. Nuevamente el caso de Acapulco es ejemplar: al lado de zonas hotelera y residencial de país desarrollado, dotadas de servicios de magnífica calidad, existen zonas de barriadas, terriblemente pobres. Éstas fueron las más castigadas por el huracán Paulina. La costera Miguel Alemán es prácticamente la única avenida presentable de la ciudad. A tres cuadras de hoteles de lujo hay calles en pésimo estado.
Cuatro, las empresas turísticas tienen una importante participación extranjera. Muchos dólares entran por concepto de turismo, cierto; pero también muchos dólares salen a las matrices de las empresas hoteleras y de aviación extranjeras. ¿Son mexicanas estas grandes corporaciones? ¿Estamos capitalizando al país con ese dinero?

ALGO HUELE A PODRIDO

En definitiva, el desarrollo turístico es „odesdichadamente„o compatible con la existencia de grandes núcleos de pobreza y con un desarrollo económico desequilibrado, volcado hacia las necesidades del turista y no hacia las necesidades de la población nativa. Resultan ofensivos los verdes campos de golf en una zona donde el agua dulce es escasa. Por la mañana, cientos de bicicletas de guerrerenses pobres circulan en sentido contrario, rumbo a la nueva zona hotelera. El transporte público es deficiente: la mano sufre para llegar a servir en los faraónicos hoteles, cuyas tarifas ofenden a la clase media y al proletariado. El contraste entre el Cancún de los extranjeros y el Cancún de los mexicanos no puede ser más clamoroso.
El turismo puede convertirse en un pivote del desarrollo de un país sólo en casos como el de España, en que los recursos generados por la industria turística fueron orientados hacia la creación de una planta productiva, de universidades y modernización de la agricultura. España supo apalancarse en el turismo: fábricas y más presas. Italia es otro caso felizmente ejemplar. ¿Cuándo se inauguró la última magna obra hidráulica para el campo mexicano con divisas obtenidas del turismo? Si nosotros no imitamos a Italia y España en este rubro, corremos el riesgo de convertirnos en un proveedor barato de playas, sol y bares.
Un amigo alemán regresó hace unos meses de Acapulco. Coincidió con la convención de banqueros. Regresó escandalizado por el despliegue policíaco. Ni siquiera se permitió a los «lancheros» rentar carpas y sombrillas en las inmediaciones de la playa donde tuvo lugar la reunión. Policías antimotines, federal de caminos, guardaespaldas, ejército… El teutón pensó que se trataba de un golpe de Estado. El contraste entre el despliegue de seguridad y la modestia (por no decir miseria) de tantos trabajadores del puerto nos hace pensar que es menester revisar los mecanismos de distribución de la riqueza en las grandes zonas turísticas de México. De lo contrario, tendremos que exclamar con el príncipe Hamlet, ¡Algo huele a podrido en Dinamarca!

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