El rescate ético de la empresa y el mercado

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El rescate ético de la empresa y el mercado se inserta en el llamado «humanismo cívico» [1] y resulta pertinente para abordar un tema que provoca manifestaciones y foros mundiales. Por el acierto de los autores al elaborar este texto ameno y directo, rico en ejemplos, su alcance debería sobrepasar a la empresa y Estado mexicanos que ya es mucho pedir; sin embargo, hará falta que los lectores se adentren en sus páginas con la disposición de adquirir un conocimiento político-prudencial que los ayude a poner en práctica lo aprendido y a dar valor a su actuar como ciudadanos.
La economía como eje en torno al cual giran Estado y sociedad está en entredicho. La realidad se impone y ante los fallos del capitalismo y socialismo surgen posturas antagónicas. Muchos continúan buscando soluciones a nivel macro y apuestan por la bondad de los modelos teóricos neoliberalismo o estatismo.
Llano y Zagal analizan el panorama y buscan la reforma que permitiría construir sociedades justas y armónicas. Desde su punto de vista, no debemos apostar exclusivamente por lo económico a nivel de los grandes actores mercado, Estado y sociedad; centran su atención en el corazón de la problemática: los individuos. Las personas con nombre y apellido son las que dan vida a las instituciones empresa, gobierno y familia y con su comportamiento, creencias y valores marcan su rumbo.
La situación global de injusticia, corrupción y falta de equidad refleja el actuar de los individuos. El criterio económico es parcial y sólo conduce a soluciones parciales, según Philipe Bénéton, «el fracaso de las políticas de lucha contra la pobreza se debe a haber menospreciado la dimensión moral de las personas».
Para los autores el problema tiene un fuerte componente ético, hasta el punto de que puede considerarse la raíz, por lo que no debe atacarse exclusivamente bajo un ángulo político o económico. Su propuesta es rescatar la empresa y el mercado desde la ética, tanto o más importante que el modelo económico. Es decir, es necesario un «cambio de estructuras y cambio de estilos personales de vida».

A FAVOR DEL CAMBIO

La opinión pública en los distintos países coincide en la necesidad de una reestructuración económica-estatal. Sin embargo, aunque el modelo ha cambiado a lo largo de los años, la realidad no: la brecha entre empleados y desempleados, pobres y ricos es demasiado ancha.
Bajo el principio de intervención para remediar las fallas del mercado, el Estado comenzó a introducirse en el campo económico. El remedio causó peores males que la enfermedad. La falla no está sólo en el sistema, sino en las personas que lo hacen realidad.
Ningún sistema económico ha conseguido aminorar mágicamente el egoísmo de los hombres, pues se trata de un problema antropológico, no económico. Funcionarios, gobernantes y burócratas son tan humanos como los demás.
Al lado de cualquier modelo económico debe subrayarse un concepto pleno del ser humano, al que por paralelismo los autores denominan modelo antropológico.
Insisten que el remedio a las penurias sociales no se logra instaurando un modelo económico desde la macroestructura estatal; el cambio debe originarse primero desde abajo, suscitando en los individuos, familias, escuelas, empresas, cámaras, colegios profesionales, etcétera, los valores sociales que harán efectivo el corregir o perfeccionar el modelo económico.
La propuesta es incentivar la moral de los ciudadanos. Tarea que no puede asumir un Estado neutro y aconfesional que, a fuerza de querer parecer aséptico, tolerante y libre, termina siendo inmoral, contagiando a los ciudadanos. Tampoco la puede asumir el mercado, que propicia la privatización pero no la personificación verdadera.
Porque la columna vertebral de la vida no es ni el Estado ni la ciencia ni el mercado, su reforma debe partir de la modificación de actitudes, hábitos y creencias individuales; es decir, desde la ética sustentada en un concepto del hombre que, en vez de apostar por el egoísmo, permita desarrollar las capacidades de compromiso, renuncia y don de sí.
Los autores presentan tres condicionantes como eje en su discurso:

  1. La ley de la oferta y la demanda no es absoluta; hay bienes que no pueden comprarse. Es necesario dar relevancia a los valores espirituales y culturales que trascienden toda mercantilidad.
  2. La democracia demanda un mayor coeficiente de eticidad, sin la cual se da un deterioro o degeneración que lleva a regímenes totalitarios y autoritarios. Hay que realzar el valor social de la ética, cuya fuente insustituible es un concepto válido del hombre.
  3. El mercado no es el único hábitat del ser humano. Proponen estimular la solidaridad, propia de la familia, las relaciones de amistad, las iglesias, porque en ellas se aprende el oficio de ser hombre.

EMPEZAR POR LOS CIMIENTOS

El primer paso de los autores es situar la ética en el contexto actual y explicar las visiones que compiten por dar un sentido al mundo que vivimos. El antecedente lo encontramos en el «escepticismo ético posmoderno» consecuencia inmediata del modernismo caracterizado por una ruptura de la vida humana. Por un lado se encuentra el mundo vital y por otro la tecnoestructura.
El mundo vital, creado en torno a la comunidad, corresponde a la familia, las amistades, la religión, y se rige por la lógica del desinterés, la solidaridad, compasión y dependencia. También se guía por el mito de la espontaneidad y tiende a ser irracionalista y subjetivo. Como resultado, se torna escuela de sentimentalismo, no hay compromiso, se desprestigian las reglas, se pierde el sentido del deber y la autoridad se devalúa.
La tecnoestructura, creada alrededor del individuo, corresponde al Estado, la ciencia, el mercado, y se rige por la lógica de la eficacia, el éxito, la competencia e independencia. También se guía por el mito de los hechos y tiende a ser racionalista y objetiva. Deviene un mundo inhóspito donde prevalece un legalismo contractualista, se da un fetichismo de los procedimientos, el deber se cumple por amor al deber (o al dinero) y la autoridad se afirma arbitrariamente.
Bajo esta perspectiva, la ética también se divide en emotivista y utilitarista. La primera se fundamenta en el subjetivismo y emotivismo, y su finalidad es un estado de satisfacción subjetivo. La segunda se basa en la eficacia y utilidad, y su fin es optimizar el funcionamiento del sistema.
A juicio de los autores, existen tres visiones de la ética:

  1. Ética del capitalismo salvaje. Es la más popular. Se trata de un doble discurso: aplicar la ética utilitarista a la empresa y la política, y la emotivista al mundo vital. Parte del agnosticismo y se legitima como condicionante de la convivencia social. Lo «bueno» es lo conveniente para que funcione el libre mercado. La propia libertad se limita por la libertad de los demás.
  2. El posmodernismo escéptico. Las normas éticas son asunto estético, no filosófico, científico económico o político. No promueve la ética porque sería imponer puntos de vista. El bien es un artificio racionalista. Su ideal es comportarse, vivir y pensar como uno quiera; disfrutar la vida sin plantearse si las acciones son buenas o malas. Si acaso reconoce como límite de la propia libertad el derecho de los otros a ser diferentes.
  3. Neoaristotelismo cristiano. Parte de la racionalidad del ser humano, creado con un orden natural. La razón descubre las finalidades naturales del cosmos y del ser humano mismo; respetarlas (papel de la ética) es la manera de ser auténticamente persona. La ética se justifica por la plenitud que logra en nosotros y se construye por virtudes flexibles y concretas. Promueve la autoposesión del hombre a través de las virtudes. El individuo virtuoso logra reunir en cierta medida el placer y el cumplimiento del deber y, al unirlos, se recobra la unidad del hombre. Lo bueno es lo que está de acuerdo con el orden creado y racional. El límite de la libertad es la naturaleza, que a su vez es poliforme.

Dado que la ética responde a un modo de ver la vida, toda persona asume ciertas premisas éticas, consciente o inconscientemente. En concreto, quienes sostienen en la vida práctica la versión del «capitalismo salvaje» o la escéptica no suelen ser conscientes de ello; asumen las convicciones que se respiran en el ambiente sin saber que han tomado ya una postura ética y sin poder dar razón de ella.
Es necesario darse cuenta que asumir unas premisas éticas no es optativo, de modo que toda persona debería hacerlo racionalmente, no por azar.

EL CONTINUO APRENDIZAJE DE SER HOMBRE

La posibilidad de realizar el cambio que proponen Llano y Zagal radica en lo que consideran el nervio del libro: «la importancia de la libertad humana y de la responsabilidad en la mejora del individuo y las personas. () Las personas no son bloques estáticos sino núcleos en perpetua mejora o detrimento». Como reza el dicho, «el que no avanza, retrocede». De aquí la necesidad de la educación y formación permanentes.
Al respecto, ponen el dedo en la llaga: existe un divorcio entre la escuela y el mercado real de trabajo, entre la educación (desarrollo de la inteligencia) y la formación (desarrollo del carácter), que se traduce en la creación de puestos cada vez más especializados para los que la preparación escolar es insuficiente, además de una enseñanza polarizada en los conocimientos y la racionalidad que descuida el carácter de los alumnos, cuando la eficacia en el trabajo reside más en los trazos del carácter personal que en la preparación técnica.
Para sanar esta incoherencia proponen una coordinación entre empresa y universidad, a la par de una preparación continua, inaplazable frente a los cambios laborales.
Los autores ahondan en los cambios entre trabajo formal o estructurado y trabajo informal o no estructurado, y en ambos enfatizan el papel de la persona. Dado que las empresas no pueden ofrecer empleo para toda la vida, se requiere un nuevo trato entre empresa y empleado, basado en el binomio confianza-seguridad, no lealtad-seguridad. La seguridad que antes otorgaba la organización descansa ahora en la preparación del trabajador.
Así, la educación permanente no sólo resulta imprescindible por la variabilidad de las circunstancias del entorno y la competitividad de los trabajos profesionales, sino que «constituye la verdadera y radical “privatización” de la economía»: el único modo para que cada persona pueda generar su propio valor agregado. «La inteligencia y la voluntad rectamente formadas son “medios de producción”… y si hay algo “privado” son las aptitudes espirituales».
La empresa debe apoyar la continua formación de los trabajadores: «la renovación de los activos materiales se hace por sustitución; la del personal por perfeccionamiento». Perfeccionamiento imprescindible en las tareas directivas (implicadas en todo trabajo), pues requieren un mayor grado de «estructura interior», condicionada por el modo de ser del sujeto.
Mejorar la empresa requiere mejorar el carácter de quienes la dirigen, más que su saber técnico. Esto, como tantas veces se ha repetido, no es imposible.
El carácter se adquiere por contagio y para ello los autores recomiendan, entre otras cosas, buscar un asesor o tutor ejemplar de quien aprender las cualidades necesarias para la dirección objetividad, humildad, magnanimidad, audacia, confianza, fortaleza, constancia…, además de la formación permanente, que ayuda a aplicar los nuevos conocimientos a las condiciones concretas del empleo y a compensar el deterioro de las notas caracterológicas en el tiempo.
Ya que el hábitat natural del empresario es la crisis, es necesario resaltar dos notas caracterológicas: capacidad de riesgo para enfrentar la incertidumbre se identifica con el afán de logro y capacidad de resistencia, con la que uno «se gana a sí mismo», se hace dueño de su sensibilidad, afectividad y hace la diferencia entre un emprendedor y un aventurero.
Para los autores, esta capacidad es de suma importancia y se mide por la menor posición de vulnerabilidad de la persona cómo se relaciona con lo fundamental: orienta el tener para hacer, el hacer para ser y el ser como fin (resistencia) o al revés (vulnerabilidad) y por la dimensión ética de su actividad, el enfoque último de su trabajo sólo busca resultados o guarda principios.
Esta vulnerabilidad se refleja en dos enfoques éticos: ética de resultados (también teleológica o consecuencialista) y ética de principios (o deontológica).
No recomiendan vivir exclusivamente bajo una ética de resultados, en tiempo de crisis la persona se hunde, contrario a cuando se guía por principios. La ética bien entendida es una ética de deberes, aunque preste cuidadosa atención a los resultados. Si nos basamos en principios seremos más resistentes.

ÉTICA EMPRESARIAL, ¿MODA PASAJERA?

Contrario a lo que podría pensarse, por lo mucho que hoy se habla de ética y el énfasis en la formación de la personalidad tanto como en las habilidades, la mayor sensibilidad ética que existe en el entorno empresarial no es tan sólida como ingenuamente suponen algunos. Y es que hablar del tema no implica un aumento de moralidad empresarial.
Los autores temen que la business ethic sea una moda de los negocios, al igual que otros temas, y para evitarlo insisten en la formación permanente de la personalidad. La moda no es mala de suyo, pero está destinada a desaparecer. El riesgo es que la cultura y filosofía de una empresa obedezcan al capricho de la moda y desaparezcan con ella.
Peor aún, en algunas empresas mexicanas la ética ni siquiera está de moda. Muchos extranjeros se resisten a invertir en México porque la ética no es una de nuestras características competitivas. La falta de transparencia en tantos procedimientos políticos y económicos inciden en la eficacia de la empresa mexicana.
El primer paso para propiciar el cambio orgánico es reconocer que el libre mercado presupone un mínimo de ética. La sociedad de libre mercado es una sociedad de contratos cuya premisa es la buena fe. Ningún documento recoge explícitamente todas las condiciones supuestas por la buena fe de los contratantes. Es decir, la ética no es un obstáculo para la libre empresa, sino su condición de posibilidad. No hay libertad auténtica sin eticidad.
La existencia de organizaciones que puedan funcionar sin ética es relativa y cuestionable. La eticidad interfiere en el sistema de oferta y demanda, hasta el punto de que el libre mercado no existe en un estado puro. Confianza, lealtad, veracidad, son condiciones de posibilidad para el mercado, incluso en formas viles como el narcotráfico y la pornografía.
El segundo paso es evitar el error de cimentar la ética sólo en la rentabilidad y la utilidad. La utilidad que no pocas veces genera no es garantía suficiente; transgredir una regla puede reportar utilidades aunque dañe a la sociedad. El cimiento duradero son las convicciones y compromisos personales. Ni altos sueldos ni un régimen de terror convierten a un egoísta y murmurador en un empleado leal y esforzado.
La ética debería ser cultura viva, incorporada a la estructura y operación de la empresa, para esto hay que considerar al menos cinco principios:

  1. Principio de totalidad. No pueden existir dos morales. Es imposible ser ético en los negocios y rufián en la vida privada o viceversa. La vida tiende a la unidad no a la segmentación.
  2. Principio de consistencia. Coherencia entre principios y conclusiones, entre el ideario corporativo y las acciones concretas de la dirección.
  3. Principio de gradualidad. Todo ser humano está obligado a comportarse éticamente, pero a más educación corresponde más responsabilidad. A mejor sueldo o mayor cargo, más exigencia ética. En cuanto a la gradualidad para adquirir o cambiar hábitos no se adquieren de un día a otro, no se pide con ciertas acciones, como el homicidio o el robo, las decisiones al respecto deben ser tajantes.
  4. Principio de ejemplaridad. El ejemplo arrastra para bien y para mal, y los cargos directivos están a la vista de todo el mundo. De ahí la importancia del comportamiento de los altos ejecutivos como instrumento para formar la personalidad de los empleados; su ejemplo incide más en el comportamiento de otros.
  5. Principio de cascada. El cambio cultural de una organización debe derramarse desde la dirección, no sólo por el ejemplo, sino por la implantación de procedimientos.

La dificultad de insertar la ética en la empresa radica en que no es destreza técnica, sino aspecto del carácter. La ética es un saber político-prudencial que transforma al sujeto que actúa y permite «dirigirse a uno mismo hacia un fin correcto», es señorío sobre las propias pasiones y apetitos desordenados que modifica y desarrolla el temperamento natural para obtener un carácter maduro, una personalidad plena.
Sólo sabe ética quien es ético y vive de acuerdo a sus convicciones. Ser ético equivale a ser prudente. La prudencia permite resolver problemas nunca antes vistos. Es un conocimiento de principios generales que presupone un concepto del hombre, una escala de valores, una visión del mundo, pero también es un conocimiento del caso concreto.
La prudencia, como todo hábito, es falible necesita continuo perfeccionamiento e implica otras virtudes justicia, fortaleza, lealtad con las que forma el entramado indisoluble de virtudes que componen un carácter, una personalidad recta. Una cualidad ética reclama otras y les da consistencia.
La ética de los negocios no es un conjunto de reglas generales que pueden aplicarse a casos singulares sin mayores cavilaciones. Debe articularse a partir de principios objetivos y universales, que se aplican con prudencia a cada caso particular, tomando en cuenta la singularidad circunstancias, intenciones, acción objetiva de cada caso.
Éste es uno de los 12 mitos que los autores aclaran. Dedican un capítulo al tema y lo retoman tangencialmente a lo largo del libro.
Para quienes comulguen con la idea de los autores, vale la pena mencionar los factores que, a su juicio, dificultan inculturizar la ética en la empresa mexicana: crisis económicas recurrentes la falta de liquidez adormece la conciencia; que algunos cuadros del sector empresarial al modernizarse soslayan la dimensión cultural; ausencia de Estado de derecho; poca combatividad de los medios de comunicación, por los pactos de no agresión con ciertas empresas; debilidad de instituciones medias o ausencia de un proyecto ético en ellas; mito liberal de que las convicciones personales no impactan en la vida pública; resentimiento social que se larva y manifiesta, ocasionalmente, en forma de transgresiones éticas contra la corporación.

CÓDIGO ÉTICO: LAS REGLAS DEL JUEGO

Concretan el tema de la ética en un capítulo dedicado a los códigos de ética en la empresa. Aunque la globalización del mercado incrementa la exigencia formal de una business ethic, México presenta un grave atraso al respecto, debido a tres dificultades propias de la geografía empresarial mexicana y latinoamericana:

  • Las empresas transnacionales no adaptan sus códigos al entorno sociocultural.
  • La empresa familiar tradicional es renuente a un código de ética por considerarse una irrupción en la privacidad de la familia y porque frecuentemente ha crecido sin acta fundacional, desarrollo cultural programático y es difícil que los directivos acepten una refundación.
  • La microempresa, escasa de recursos humanos y atareada por la realidad inmediata, no encuentra tiempo para redactarlo. La operación cotidiana devora la estrategia.

Los autores recomiendan elaborar un código de ética, ya que es la máxima expresión cultural de una empresa: describe los valores aceptados y por tanto el compromiso de la corporación con los accionistas, empleados, proveedores, clientes, sociedad civil y gobierno. Sin embargo, recuerdan que no es una solución mágica ni debe medirse por sus resultados económicos.
Es un autoexamen al que no son ajenos los niveles ejecutivos superiores. El proceso de elaboración es tan importante como el resultado, no es un producto que se compra «hecho». La dirección debe estar dispuesta a invertir tiempo para pensar y discutir los compromisos que va a adquirir y los valores que reconocerá la corporación, considerando que no respetarlo lo convierte en pura retórica, deteriora la imagen de la empresa, fomenta la desconfianza y cuesta dinero.
Un código debe establecer estándares precisos y claros de conducta, y explicar específicamente las consecuencias de su violación. Los autores recomiendan, además, diseñar planes de divulgación para que las reglas sean completamente entendidas por los empleados; establecer canales adecuados para informar sobre la infracción de los lineamientos; promover un ambiente donde esos reportes sean esperados, aceptados y elogiados, y revisar con regularidad el cumplimiento, aceptación y problemas del código, tomando en cuenta que promover valores también requiere de una planeación.

EL DECISIVO MATIZ SOCIAL

El tema de la corrupción nos remite de nuevo al cambio de estructuras y mentalidad. Llano y Zagal dedican un capítulo a analizar el caso y proponer algunas soluciones y, para finalizar, retoman la discusión sobre el neoliberalismo y el estatismo, matizando los conceptos.
Denominan estatistas, por un lado, a quienes confían en un Estado providencia capaz de asegurar el bienestar generalizado de la población y, por otro, a quienes sostienen la oportunidad de un Estado social complementario de las fuerzas del mercado.
Llaman neoliberales, en un sentido, a quienes querrían dejar al mercado como fuerza única natural de la sociedad, arrinconando al Estado y, en otro, a quienes consideran que el mercado es la fuerza principal de la economía y el Estado hace mal en intervenir en un terreno que no le corresponde, pero la vida ciudadana no se desarrolla sólo en el mercado. Corresponden, respectivamente, al capitalismo salvaje y a la economía social de mercado, que varían según las circunstancias de lugar y tiempo.
El reto no es combatir a ultranza una economía de mercado acertada o un estatismo prudente, sino hacer compatibles, armónicamente, un Estado social y una economía social de mercado.
Por social entienden lo más valioso de la existencia que no puede quedar subsumido plenamente por las reglamentaciones estatales ni por la ley de la oferta y la demanda.
En ese ámbito se encuentran las comunidades de amistad en palabras de Gabriel Chalmeta o las comunidades de carácter o de tradición según MacIntyre, ámbitos para mejorar los estilos personales de vida, donde se gesta y progresa la vida ética.
De estas comunidades destaca la familia. El Estado será social si no invade el campo de las iniciativas privadas económicas, pero siempre y cuando respete, fomente y salvaguarde el terreno de esa iniciativa primera y original que es la familia. Igualmente, la economía de mercado será social en la medida y sólo en la medida en que no invada ni degrade, sino respete y ayude, a la familia.
Un Estado que sacrifica la familia a favor del mercado atenta contra la dignidad de la persona humana.

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[1] Cfr. Alejandro LLANO. Humanismo cívico. Ariel. Barcelona, 1999.

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